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Política > Todo Sobre Terrorismo

 Cuba contra la guerra y contra el terrorismo

  1. Editorial del periódico Granma: "Se inició la guerra" (8 de octubre del 2001)

  2. Discurso del Presidente cubano Fidel Castro, en la conmemoración del 25 aniversario del crimen de Barbados (Plaza de la Revolución de La Habana, 6 de octubre del 2001)

  3. Discurso del Representante de Cuba ante la ONU, Bruno Rodríguez, en la Asamblea General en el tema: "Medidas para eliminar el terrorismo" (Nueva York, 1ro. de octubre del 2001)

  4. Discurso del Presidente cubano Fidel Castro, en la Tribuna Abierta de Ciego de Avila (29 de septiembre del 2001)

  5. Discurso del Presidente cubano Fidel Castro, en la Tribuna Abierta de San Antonio de los Baños (22 de septiembre del 2001)

  6. Declaración del gobierno de Cuba: "No todo está perdido todavía" (19 de septiembre del 2001)

  7. Discurso del Presidente cubano Fidel Castro, el 11 de septiembre del 2001


SE INICIÓ LA GUERRA  
Editorial, periódico Granma, 8 de octubre del 2001

Ayer, a las 9:00 p.m., hora de Afganistán, se inició la guerra.  Más que la guerra, el ataque militar contra Afganistán.  La palabra guerra sugiere una contienda entre partes más o menos iguales, en que la más débil posea al menos un mínimo de recursos técnicos, financieros y económicos con que defenderse.  En este caso, una de las partes no posee absolutamente nada.  Llamémosla, sin embargo, guerra.  Así la calificó quien ordenó las operaciones militares. 

  Un tipo de guerra verdaderamente sui géneris.  Un país entero es convertido en campo de prueba de las más modernas armas que se hayan inventado nunca.  Los especialistas y expertos que en los centros de investigación y talleres militares invirtieron decenas de miles de millones de dólares para crear instrumentos de muerte, seguirán cada detalle del comportamiento de sus siniestras criaturas.

Sean cuales fueren los pretextos, es una guerra de la tecnología más sofisticada contra los que no saben leer ni escribir;  de 20 millones de millones de dólares de Producto Interno Bruto cada año contra un país que produce aproximadamente mil veces menos, que se transformará, por razones económicas, culturales y religiosas, en una guerra de los antiguos colonizadores contra los antiguos colonizados, de los más desarrollados contra los menos desarrollados;  de los más ricos contra los más pobres;  de los que se autotitulan civilizados contra los que ellos consideran atrasados y bárbaros. 

No es una guerra contra el terrorismo, que debía y podía ser derrotado por otros medios verdaderamente eficaces, rápidos y duraderos, que estaban a nuestro alcance;  es una guerra a favor del terrorismo, cuyas operaciones militares lo harán mucho más complicado y difícil de erradicar.  Un remedio peor que la enfermedad.

Ahora lloverán noticias sobre bombas, misiles, ataques aéreos, avance de blindados con tropas de etnias aliadas a los invasores, desembarcos aéreos o avances por tierra de fuerzas élites de los países atacantes;  ciudades tomadas, incluida la capital, en tiempo más o menos breve;  imágenes por televisión de cuanto permita la censura o escape de la misma.  Los combates serán contra los naturales del país y no contra los terroristas.  No hay batallones ni ejércitos de terroristas.  Este constituye un método tenebroso, un concepto siniestro de lucha, un fantasma.

Los hechos mencionados irán acompañados de triunfalismo, exaltaciones chovinistas, jactancias, alardes y otras expresiones de arrogancia y de espíritu de superioridad cultural y racial.

Después vendrá la gran incógnita:  ¿cesará la resistencia, desaparecerán todas las contradicciones o comenzará la verdadera guerra, aquella que fue definida como larga e interminable?  Estamos seguros de que esa es la mayor interrogante que llevan dentro los que hoy se ufanan de haberse lanzado a esa guerra aventurera.

Millones de refugiados se esparcen ya por todas partes y las dificultades mayores están por presentarse.  Esperemos los acontecimientos.

Nuestro pueblo será informado con la máxima objetividad de cada hecho que vaya sucediendo, con mayor o menor espacio en la prensa, la radio y la televisión, de acuerdo con su importancia, sin alterar el ritmo de nuestras actividades y programas normales de información y recreación, ni mucho menos descuidar los enormes esfuerzos de desarrollo social y cultural que llevamos adelante, ni la atención cuidadosa y estricta de todas las actividades productivas y los servicios, lo que hoy es más importante que nunca, dadas las afectaciones que los acontecimientos que se desarrollan pueden ocasionar a la ya deteriorada economía mundial, de cuyos efectos no podría escapar ningún país, aunque no hay otro más preparado, organizado y consciente que el nuestro para enfrentarse a cualquier dificultad que sobrevenga.  Tampoco dejaremos de prestar nuestra atención a la defensa, como nunca hemos dejado de hacerlo.

De nuevo veremos en el mundo vacilaciones y pánico.  Después, a medida que se vayan presentando los problemas previsibles, vendrán  la toma de conciencia y el rechazo universal a la guerra que acaba de iniciarse.  Hasta los propios ciudadanos norteamericanos, hoy impactados por la horrible tragedia, más tarde o más temprano lo comprenderán.

Aun cuando la oposición y condena al terrorismo y a la guerra, que ha sido la esencia de nuestra posición —hoy compartida por muchas personas en el mundo—, ha sufrido el esperado golpe del inicio de las operaciones militares, persistiremos luchando con todas nuestras fuerzas por la única solución posible:  el cese de las operaciones militares y la erradicación del terrorismo mediante la cooperación y el apoyo de todos los países, el repudio y la condena unánimes de la opinión pública internacional, bajo la dirección de la Organización de Naciones Unidas.


DISCURSO DEL REPRESENTANTE DE CUBA ANTE LA ONU, EMBAJADOR BRUNO RODRÍGUEZ, EN LA ASAMBLEA GENERAL EN EL TEMA: “MEDIDAS PARA ELIMINAR EL TERRORISMO  INTERNACIONAL”. 
Nueva York, 1ro. de octubre del 2001

Señor Presidente: 

En un discurso hace solo dos días, ante cien mil compatriotas, el Presidente Fidel Castro declaró:

“La conmoción unánime que en todos los pueblos del mundo causó el demencial ataque terrorista del 11 de septiembre contra el pueblo norteamericano, creó las condiciones excepcionales para erradicar el terrorismo sin desatar una inútil y tal vez interminable guerra”.

“El terror fue siempre instrumento de los peores enemigos de la humanidad para aplastar y reprimir la lucha de los pueblos por su liberación. No puede ser nunca instrumento de una causa verdaderamente noble y justa.”

Más adelante añade:

“Muchos parecen no haberse dado cuenta todavía de que el 20 de septiembre fue decretado ante el Congreso de Estados Unidos el fin de la independencia de los demás estados sin excepción alguna y el cese de las funciones de la Organización de las Naciones Unidas”.

“Cuba fue el primer país que habló de la necesidad de una lucha internacional contra el terrorismo.  Lo hizo a pocas horas de la tragedia sufrida por el pueblo norteamericano el 11 de septiembre, expresando textualmente: “Ninguno de los actuales problemas del mundo se puede resolver por la fuerza. [...] La comunidad internacional debe crear una conciencia mundial contra el terrorismo. [...] Solo la política inteligente de buscar la fuerza del consenso y la opinión pública internacional puede arrancar de raíz el problema. [...] Este hecho tan insólito pudiera servir para crear la lucha internacional contra el terrorismo. [...] El mundo no tiene salvación si no sigue una línea de paz y de cooperación internacional”.

“No albergo la menor duda de que los países del Tercer Mundo -me atrevería a decir que casi sin excepción-, independientemente de las diferencias políticas o religiosas, estarían dispuestos a unirse con el resto del mundo en la lucha contra el terrorismo como alternativa a la guerra”.

“Para esos pueblos, salvar la paz con dignidad, con independencia y sin guerra es piedra angular de la lucha que unidos debemos librar por un mundo verdaderamente justo de pueblos libres.” 

Señor Presidente:

En vez de la guerra, es necesario organizar la cooperación internacional para lanzar acciones globales efectivas, con arreglo al Derecho Internacional,  la Carta de las Naciones Unidas y las Convenciones Internacionales pertinentes, basadas en la fuerza extraordinaria del consenso y la voluntad soberana y unida de todos los Estados.

Cuba ha señalado: “Bastaría devolverle a la Organización de Naciones Unidas las prerrogativas arrebatadas y que sea la Asamblea General, el órgano más universal y representativo de esa institución, el centro de esa lucha por la paz,  para erradicar el terrorismo con apoyo total y unánime de la opinión mundial.  No importa cuán limitadas facultades ostente por el arbitrario derecho al veto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, la mayoría de ellos miembros también de la OTAN.  […]  La fórmula de reintegrar a las Naciones Unidas sus funciones de paz es indispensable.”

La Organización de Naciones Unidas es precisamente la coalición universal que necesitamos para la lucha contra el terrorismo. Ninguna coalición amorfa e impredecible, la OTAN y ninguna organización militar, ningún grupo de Estados, por poderosos que estos sean, podría sustituir a las Naciones Unidas en una acción global y legítima contra el terrorismo. Las Naciones Unidas no deberían ceder sus funciones ni prerrogativas ante la imposición de ningún país ni prestarse a servir, con una renuncia complaciente, intereses hegemónicos.

Corresponde a las Naciones Unidas, y solo a ellas, enfrentar con profundidad, serenidad, resolución y energía, los graves problemas del mundo globalizado, entre los que se encuentra, con toda urgencia, el terrorismo.

Las Naciones Unidas cuentan con la participación universal de los Estados, tienen autoridad histórica y moral, disponen de principios y normas aceptados por todos, tienen facultades para crear y codificar normas,  pueden actuar en todas las esferas, y sus numerosos y diversos órganos tienen amplias posibilidades.

Respaldamos al Secretario General de las Naciones Unidas en su afirmación de que "esta Organización es el foro natural en que construir una coalición universal. Sólo ella puede darle legitimidad global a la lucha a largo plazo contra el terrorismo."

Llegado el caso, las Naciones Unidas tienen incluso la prerrogativa del uso de la fuerza en defensa del principio de seguridad colectiva, pero esta excepcional prerrogativa debe ser usada con extrema prudencia y  responsabilidad.

Señor Presidente:

Las Naciones Unidas han hecho numerosos esfuerzos en el enfrentamiento del terrorismo, como lo demuestran las Convenciones vigentes, otros instrumentos recientemente adoptados y las numerosas resoluciones de la Asamblea General y otros órganos.

Para avanzar debiéramos, sorteando hegemonismos y ambiciones nacionales, abordar con total honestidad todas las formas y manifestaciones de terrorismo, en todos los lugares del mundo, y no puede excluirse bajo ningún concepto el terrorismo de Estado.

Debemos hacer prevalecer la mayoritaria  voluntad política de los Estados de aplicar plenamente los Instrumentos Internacionales, sin dobles raseros, sin selectividades políticas, sin diferenciar los que  viven en sociedades  opulentas, sin que a los Estados y a sus fuerzas armadas, especialmente de los países más poderosos, se les considere con derecho a actuar fuera de la ley y del Derecho Internacional.

Señor Presidente:

Compartimos los llamados a la prudencia y a la moderación que llegan de todas las regiones. No se puede responder a los ataques terroristas del 11 de septiembre con acciones de venganza y de guerra, que traerían como consecuencia una espiral de violencia y de actos bárbaros todavía inimaginables hoy.  La solución no radica en promulgar Leyes o Decretos que autoricen las ejecuciones extrajudiciales, que los Estados asesinen ciudadanos extranjeros, actúen de forma encubierta en otros países violando leyes y fronteras o que usen la fuerza dentro de otros Estados. Ello alejaría al mundo del propósito de erradicar el terrorismo y sería el fin de los mecanismos de seguridad colectiva. Sería el imperio de la fuerza y el comienzo del fin del tan proclamado Estado de Derecho.

Los actos terroristas generalmente son realizados por grupos extremistas, e incluso personas individuales.  Frente a un hecho de esta naturaleza, por grave que fuese,  el derecho a la legítima defensa no debe ser invocado por un Estado poderoso para desatar unilateralmente  una guerra que puede adquirir carácter global e impredecible, en la que moriría un incalculable número de personas inocentes.  Debe ser ejercido como el derecho de todos a la defensa común de todos.   Los países del Sur serían a la larga las potenciales víctimas de acciones de fuerza, si aceptamos hoy la guerra con el pretexto de la lucha contra el terrorismo.

Cuba respalda las numerosas iniciativas en curso o en debate que podrían contribuir a la acción de las Naciones Unidas, entre ellas las presentadas por el Movimiento de Países No Alineados, como la convocatoria de una Conferencia de Alto Nivel sobre el Terrorismo Internacional, la creación de un Centro de Cooperación Internacional y la negociación de una Convención General sobre el Terrorismo Internacional. Estamos también dispuestos a examinar constructivamente otras iniciativas que puedan contribuir a la lucha contra el terrorismo y que cuenten con esa legitimidad que evocaba el Secretario General.

Señor Presidente:

Si bien el Consejo de Seguridad ha realizado en el pasado determinados esfuerzos y aprobado diversas resoluciones, el terrorismo ha sido un área en que ha prevalecido la prudencia.  En los pocos casos en que ha tratado actos específicos de terrorismo, lo ha hecho por interés directo de algunos de sus Miembros Permanentes.

Sin embargo, Cuba pidió al Consejo de Seguridad que actuara acerca de la voladura en pleno vuelo del avión de pasajeros CU 455, en el que, en 1976, murieron 73 personas, pero el proyecto de Resolución S/23990, propuesto por Cuba, ni siquiera fue considerado.

He vuelto a revisar ahora aquel proyecto, comparándolo con la resolución que el Consejo de Seguridad adoptó la noche del pasado viernes, y encuentro que aunque el nuestro era mucho más moderado, proponía algunos de los conceptos y medidas contenidos en esta.

El proyecto cubano, en su preámbulo, consideraba indispensable la represión de los actos de terrorismo internacional para mantener la paz y seguridad internacionales; enfatizaba en la necesidad de actuar eficazmente contra el terrorismo, planteaba el deber de los Estados de abstenerse de organizar, instigar, ayudar, participar y consentir en su territorio actos terroristas. Nuestro texto tomaba nota de que un Miembro Permanente del Consejo de Seguridad había declarado poseer evidencias de los hechos.  Tenía en cuenta también que el organizador principal del acto terrorista, Orlando Bosh, residía en el territorio de ese mismo Estado, donde por cierto todavía reside hoy, y que el otro autor principal, Luis Posada Carriles,  con posterioridad al atroz crimen, desempeñó un doble empleo en el gobierno de ese Estado.  El proyecto de resolución cubano proponía también la participación del Consejo en la lucha contra el terrorismo internacional  invocando el Capítulo VII de la Carta.

La resolución no pedía el uso de la fuerza ni sanciones, sino simplemente que el Consejo condenara la voladura en vuelo del avión de pasajeros, indicara la obligación de esclarecer el crimen y castigar a los culpables.  Pedía al Estado concernido entregar información y evidencias relacionadas con la ubicación pasada o presente de los terroristas en su territorio, que tomara medidas eficaces para evitar que el mismo fuese usado para preparar, organizar o llevar a cabo actos terroristas contra Cuba y que el Consejo continuara ocupándose del asunto.

Después de Cuba, sólo habló 5 minutos el Miembro Permanente implicado para declarar “... no puedo menos que preguntarme por qué estamos aquí... Al reunirnos hoy... estamos perdiendo nuestro más valioso bien:  el tiempo”. Y se terminó la reunión.

En contraste, el Consejo de Seguridad acaba de adoptar, después de rápidas y poco transparentes negociaciones, una Resolución que ordena a los Estados modificaciones legislativas urgentes, exige informes inmediatos y crea una especie de Estado Mayor Antiterrorista.

El Consejo dispone  combatir en muy diversos ámbitos, que van desde la economía y las finanzas hasta el tráfico de drogas, el control de fronteras, el lavado de dinero, la falsificación de documentos, el tráfico de explosivos, armas nucleares, químicas, biológicas y otras.  Se abordan también temas relacionados con el crimen transnacional, las armas de destrucción en masa, las tecnologías de comunicaciones y el intercambio de información de inteligencia, contra individuos y entidades que practican el terrorismo.

Para cumplir esa  resolución, es preciso definir previamente quiénes son esas personas y qué actos se considerarán terroristas. Es posible imaginar de dónde vendrán esas interpretaciones.

El Consejo de Seguridad ha sido empujado a dar respaldo legal a decisiones hegemónicas y arbitrarias de la potencia dominante, violatorias de la Carta y del Derecho Internacional, que invaden la soberanía de todos los Estados.  Para ello, una vez más, usurpa las funciones de la Asamblea General, único órgano cuya composición universal y método democrático podría dar legitimidad a decisiones de tanto alcance. El Consejo utiliza el método insólito de hacer obligatorias para todos los Estados, algunas de las normas recogidas en las Convenciones contra el terrorismo las que corresponde a los propios Estados decidir si desean ser signatarios  o no.

El Consejo de Seguridad, rehén del derecho de veto, solo podría ejercer una dictadura selectiva, caprichosa, arbitraria e ineficaz en vez del liderazgo moral que demanda el enfrentamiento integral al terrorismo en un mundo globalizado.

No puede eliminarse el terrorismo si se condenan algunos actos  terroristas mientras se silencian o justifican otros. Es, por ejemplo, un imperativo ético que cese el uso del veto para impedir  la acción internacional a fin de proteger al pueblo palestino de los incontables actos de terrorismo de Estado que está sufriendo.

Cuba opina que cualquier acción de fuerza  contra el terrorismo requerirá de una autorización expresa y previa del Consejo de Seguridad, tal como establece la Carta, y considera que ninguna de las dos Resoluciones adoptadas por este a raíz de los ataques del 11 de septiembre podría invocarse para lanzar acciones militares o de fuerza unilaterales.

Nuestro país, como siempre ha hecho, a pesar de algunos métodos y decisiones arbitrarias del Consejo de Seguridad, cooperará de buena fe con este, de acuerdo con la Carta, y hará cumplir sus propias leyes, que de forma soberana nuestro pueblo se ha dado, ajustadas al Derecho Internacional, y que combaten con fuerza y energía todo acto de terrorismo, cométalo quien lo cometa, así como otros graves delitos de carácter internacional que se vienen cometiendo en el mundo. 

Podemos declararlo así con toda la fuerza moral que nos da el hecho de que nuestras finanzas son transparentes y nuestros bancos no atesoran ni lavan dinero mal habido; de que nuestras instituciones no venden ilegalmente información o tecnologías, ni toleran el tráfico de armas ni sustancias peligrosas; ni nuestras fronteras amparan el crimen transnacional.

Las medidas concretas que se plantean en la resolución aprobada por el Consejo de Seguridad, y que Cuba comparte, han de aplicarse en primer lugar a los grandes bancos en los que, como todo el mundo sabe, es donde se lava el dinero.

Debo declarar categóricamente que Cuba no participará en ninguna acción de carácter militar.

Señor Presidente:

Hoy traigo aquí la memoria de 3 478 cubanos que murieron como consecuencia de agresiones y actos terroristas, y el reclamo de justicia de   2 099 cubanos incapacitados a causa de ellos.

Entre otros, la memoria de Félix García, diplomático de la Misión de Cuba ante Naciones Unidas, asesinado aquí en Nueva York, precisamente un 11 de septiembre en 1980. Su asesino fue detenido en noviembre pasado en Panamá, en medio de una Cumbre Iberoamericana, junto a Posada Carriles cuando, con el objetivo de asesinar al Presidente Fidel Castro, intentaba volar el Paraninfo de una Universidad donde se encontraban reunidos miles de estudiantes.  Posada Carriles y su grupo no han sido extraditados ni sancionados.   Hay razones para temer su fuga antes de ser sancionados o su total impunidad.

 Sólo en los años noventa se produjeron 68 actos terroristas contra Cuba, de ellos 33 en los últimos cinco años.

Nuestro país habla con toda la autoridad moral de no haber realizado jamás un acto terrorista, ni siquiera el intento de eliminar físicamente en acto de legítima defensa a los autores directos o intelectuales de abominables crímenes contra nuestro pueblo que financiaron y llevaron a cabo la Fundación Nacional Cubano-Americana y otros grupos de la mafia terrorista de Miami. Sin embargo, con absoluta impunidad se han organizado desde el exterior, en la etapa más reciente, atentados con bombas, intentos de asesinatos de los líderes cubanos y ataques contra objetivos vitales de nuestra economía.

Solamente la consideración y el respeto de nuestro pueblo por las víctimas del ataque del 11 de septiembre, y la gravedad de la actual situación que nos reúne en búsqueda de soluciones constructivas,  me animan a contribuir al espíritu de este debate con nuestro silencio acerca de los orígenes del terrorismo contra Cuba, al no hacer mención expresa de las causas, los cómplices, los verdaderos responsables, los flujos financieros, las cortes venales que absuelven y los territorios donde radican las organizaciones terroristas que actúan contra Cuba.

Comparto la esperanza de que la tragedia del 11 de septiembre lleve a la reflexión y a modificar las políticas, como desea el pueblo norteamericano,  que alientan y en el fondo amparan el terrorismo contra mi pueblo. El terrorismo contra Cuba debe cesar.  

Debo declarar que, ante la impunidad, Cuba está en todo el derecho de defenderse contra el terrorismo. Los cinco jóvenes cubanos que sufren encarcelamiento injusto y tratos degradantes en la Florida no se arrepienten de haber salvado con su heroísmo vidas de ciudadanos cubanos y norteamericanos.

Como señaló el Presidente Fidel Castro, “Cuba, con la moral que le otorga haber  sido el país que más ataques terroristas ha recibido durante más tiempo, cuyo pueblo no tiembla ante nada, ni hay amenaza o poder en el mundo capaz de intimidarlo, proclama que está contra el terrorismo y está contra la guerra. Aunque las posibilidades son ya remotas, reitera la necesidad de evitar una guerra de imprevisibles consecuencias, cuyos autores han confesado que no tenían siquiera idea de cómo se desenvolverán los acontecimientos. Reitera igualmente su disposición a cooperar con todos los demás países en la erradicación total del terrorismo”.

"Pase lo que pase, no se permitirá jamás que nuestro territorio sea utilizado para acciones terroristas contra el pueblo de Estados Unidos.  Y todo cuanto esté a nuestro alcance lo haremos para evitar acciones de ese tipo contra él.  Hoy le expresamos nuestra solidaridad con nuestra exhortación a la calma y a la paz".

Finalmente, el Presidente de nuestro país, expresando el sentimiento unánime de nuestro pueblo, afirmó:

"¡Nuestra independencia, nuestros principios y nuestras conquistas sociales los defenderemos con honor hasta la última gota de sangre, si somos agredidos!" 

Muchas gracias.


Declaración del Gobierno de Cuba
La Habana, 19 de septiembre del 2001

NO TODO ESTÁ PERDIDO TODAVÍA 

Bajo el efecto de la  conmoción ocasionada en el mundo por la triste y brutal noticia del atentado terrorista de que fue víctima  el pueblo norteamericano el 11 de septiembre, acompañada de  horribles imágenes de sufrimiento y dolor, mentes que se dejan arrastrar por sentimientos de odio y soberbia se han dado a la siniestra tarea de resucitar viejos métodos y doctrinas que están en la raíz misma del terrorismo y las gravísimas tensiones que se han creado hoy en el mundo.

En momentos en que lo único aconsejable es la búsqueda serena y valiente de soluciones definitivas al terrorismo y otras tragedias por consenso universal, se escuchan frases descarnadas, pronunciadas con ira y espíritu de venganza  por dirigentes y políticos influyentes de Estados Unidos, no escuchadas desde los tiempos que precedieron a la Segunda Guerra Mundial.

Cualquier persona honesta tendría derecho a preguntarse si lo que se busca es realmente justicia, o utilizar la dolorosa e insólita tragedia para imponer métodos, prerrogativas y privilegios que conducirían a la tiranía del Estado más poderoso del mundo, sin límite ni restricción alguna, sobre todos los pueblos de la Tierra.

Se proclama abiertamente por algunos importantes funcionarios levantar toda restricción al derecho de asesinar a cualquier persona por parte de  instituciones y funcionarios de Estados Unidos, incluida la utilización de criminales y delincuentes de la  peor calaña para ello.

Tal prerrogativa fue utilizada por gobernantes de Estados Unidos para eliminar a líderes patrióticos como Patricio Lumumba en el año 1961, organizar golpes de estado y genocidios que han costado cientos de miles de vidas y millones de personas torturadas, desaparecidas o eliminadas de cualquier forma.  Cuba ha denunciado cientos de planes de atentados contra sus dirigentes y no se ha cansado de reclamar castigo para los responsables y autores de incontables actos de terrorismo que han costado un elevado número de víctimas a nuestro pueblo.  El propio Senado de Estados Unidos investigó y denunció varios de estos hechos contra Cuba en los  que se emplearon artefactos variados que no excluían ninguna forma grosera y repugnante de matar.  Toda una ciencia se desarrolló en torno a tales propósitos.

El mundo no ha dado su apoyo unánime, ni expresado sus más sinceras condolencias al noble pueblo norteamericano para que sobre estos sentimientos se elaboren doctrinas que sembrarían de caos y hechos sangrientos el planeta.  Tan grave como el terrorismo, y una de sus formas más execrables, es que un Estado proclame el derecho de matar a discreción en cualquier rincón del mundo sin normas legales, juicios y ni siquiera pruebas.  Tal política constituiría un hecho bárbaro e incivilizado, que echaría por tierra todas las normas y bases legales sobre las que pueda construirse la paz y la convivencia entre las naciones.

En medio del pánico y la confusión originados por la situación creada, los dirigentes políticos de los diferentes estados,  a pesar de la extrema gravedad que significaría la introducción de estos procedimientos en la política internacional, salvo excepciones, no han pronunciado una sola palabra sobre el surgimiento de la tendencia fascista y terrorista que implican tales pronunciamientos.

Uno de los primeros frutos han sido cientos de actos de xenofobia y terror contra personas de nacionalidad y religión diferentes.  El pueblo norteamericano no sería jamás partidario del método brutal de asesinar fríamente a otras personas, violar leyes, castigar sin pruebas y negar principios de elemental equidad y justicia para combatir el terrorismo,  por repugnante e inescrupuloso que éste sea.  Son métodos que conducirían el planeta a la ley de la selva;  mancharían a Estados Unidos, destruirían su prestigio y alentarían los odios que hoy son causantes de tanto dolor y tristeza.  ¡El pueblo norteamericano quiere justicia;  no venganza!

Cuba expresó desde el primer instante que ningún problema del mundo actual podría resolverse por la fuerza;  que frente al terrorismo hacía falta formar una conciencia y unión universal capaz de erradicar y poner fin a este y otros conflictos y tragedias que ponen en riesgo hasta la supervivencia de la especie.

Aunque los tambores de la guerra truenan con inusitada fuerza, que al parecer conducen inexorablemente a un sangriento desenlace, no todo está perdido todavía.  Los ulemas de Afganistán, dirigentes religiosos de un pueblo tradicionalmente combativo y valiente, están reunidos para adoptar decisiones fundamentales.  Han dicho que no se opondrán a la aplicación de la justicia y a los procedimientos pertinentes, si los acusados de los hechos que residan en su país son culpables.  Han pedido simplemente pruebas, han pedido garantías de imparcialidad y equidad en el proceso, algo que la Organización de Naciones Unidas, con el pleno apoyo de la comunidad internacional, puede asegurar perfectamente.

Si tales pruebas existen, como afirman categóricamente los dirigentes del gobierno norteamericano, y no se les exige a los líderes religiosos pasar por encima de las más profundas convicciones de su fe, que como se sabe suelen defender hasta la muerte, se podría encontrar una alternativa a la guerra.  Ellos no sacrificarían a su pueblo inútilmente si lo que solicitan,  éticamente irrefutable, es tomado en cuenta.  Se ahorrarían ríos de sangre.  Podría ser este el primer gran paso para un mundo sin terrorismo ni crímenes impunes:  una verdadera asociación mundial para la paz  y la justicia.  El pueblo norteamericano emergería con enorme prestigio y respeto.  Cuba apoyaría sin vacilación una solución de este tipo.  Pero no puede perderse un minuto,  queda ya muy poco tiempo.  Sin este elemental, sencillo y posible esfuerzo, la guerra sería injusta.

Declaración del Gobierno de Cuba
La Habana, 19 de septiembre del 2001


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