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 “Te lo prometió Martí, Fidel te lo cumplió”

Durante los primeros ocho días de la victoria, Fidel demostró una vez más que llevaba en el corazón las doctrinas del Maestro

 

Alina Martínez Triay 

 

“Te lo prometió Martí, Fidel te lo cumplió”, fue la magistral síntesis expresada en un solo verso por Nicolás Guillén, del significado que tuvo para el pueblo cubano el triunfo de una revolución capaz de hacer realidad la obra inconclusa del Apóstol.

 

Durante los primeros ocho días de la victoria, en que Fidel encabezó la memorable caravana de la libertad desde la oriental Santiago de Cuba hasta la capital, demostró una vez más, como lo declaró en el juicio del Moncada, que llevaba en el corazón las doctrinas del Maestro.

 

Y del mismo modo que Martí había echado su suerte con los pobres de la tierra, Fidel declaró, en aquel momento decisivo de la historia de Cuba, su satisfacción de haber creído profundamente en el pueblo, esa masa desposeída, humillada y explotada que tan bien había definido en La Historia me absolverá, y expresó un concepto medular para el logro de la unidad por la que tanto abogó en su tiempo el Héroe de Dos Ríos: que aquella victoria no  correspondía a un grupo u otro de revolucionarios, sino el que había triunfado era el pueblo.

 

Aunque la alegría que desbordaba calles y plazas y la admiración que sentían las masas por el carismático líder de la Revolución hubiesen convertido de forma natural a aquel recorrido en una marcha triunfal, Fidel no quiso que así fuera. Decidió aprovechar cada una de las multitudinarias concentraciones que espontáneamente se formaron para escucharlo, para

 

Aclarar muchos conceptos, como aquel de haber conquistado la libertad no lo era todo sino la primera parte para tener derecho a luchar, como bien le dijo en una ocasión Martí a Carlos Baliño: “la revolución no es la que vamos a hacer ahora en las maniguas, la revolución es la que haremos después de la República”.

 

Esa República de la que habló Fidel en aquellas intervenciones, libre de explotación y de las lacras sociales que había padecido la nación hasta entonces, dueña de sus riquezas y donde se garantizaran empleo para los trabajadores, tierra para los campesinos, salud, educación, vivienda y tantas otras demandas sentidas de las masas, era la soñada por Martí, con todos y para el bien de todos, y donde la primera ley fuese la dignidad plena del hombre.

 

A la politiquería que había imperado hasta entonces y con la que tanto habían engañado al pueblo, el líder de la Revolución opuso, como él mismo expresó, “la política como la entendía nuestro Apóstol: la política comunitaria, al servicio de la colectividad; el arte de servir al pueblo”.

 

Y con la misma sencillez, modestia y naturalidad con que el Maestro asumió el papel trascendental que le correspondió en la historia patria, el líder indiscutible de la Revolución triunfante le aseguró a su pueblo: “Nunca nos dejaremos arrastrar por la vanidad ni por la ambición, porque como dijo nuestro Apóstol: ‘toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz’, y no hay satisfacción ni premio más grande que cumplir con el deber, como lo hemos estado haciendo hasta hoy y como lo haremos siempre”.

 

Una gran conclusión que pudieron extraer los cubanos de aquel trayecto de hondo contenido patriótico, donde Fidel les habló del pasado y los hizo pensar en el futuro, fue que había llegado la hora de hacer realidad sus sueños, pero eso no se lograría sin grandes sacrificios y esfuerzos. “Así que ahora todos tenemos que trabajar mucho”, convocó a los cubanos el Comandante en Jefe, poco antes de concluir su discurso en La Habana, el 8 de enero de 1959; a ese trabajo que calificó Martí como lo verdadero, el aire, y el sol de la libertad, del que sale la única dicha, nos convoca también hoy la Revolución en el año de su 50 aniversario.

 

Trabajadores 07-01-2008


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