Si coges preso a Fidel,
¡quémalo!, que el aire se lleve sus cenizas
Esta entrevista a José Suárez
Núñez, íntimo colaborador del dictador Fulgencio
Batista, fue realizada en Caracas, Venezuela, en
1989 y forma parte del libro Los que se fueron y
Los que se quedaron, ambos ampliados,
reproducidos en un solo tomo y que será
presentado por la casa editora Abril en la
próxima Feria del Libro de La Habana
LUIS BÁEZ
De
reportero sensacionalista a periodista más
reposado se vio en la obligación, por
circunstancias, de adentrarse en temas que no
eran los suyos. En los comienzos del exilio
aspiró al estrellato en la profesión y no lo
alcanzó, a diferencia de otros menos brillantes
que él, pero con mejor suerte.
No fue fácil localizarlo, se encontraba en
constante movimiento, propio de sus tareas como
especialista en cuestiones petroleras del Diario
de Caracas. Cuando di con él se mostró abierto
al diálogo.
Nos citamos para el centro comercial Chacaíto.
Fue una conversación de tanteo. Al principio
estuvo de acuerdo con la entrevista, pero me
pidió que lo dejara pensar bien antes de darme
una respuesta definitiva, porque el tema era
delicado.
Lo mejor de su juventud lo dedicó a defender al
régimen de Fulgencio Batista, desde el 10 de
marzo de 1952, y se desplomó con este, el 1ro.
de enero de 1959.
Estudió la enseñanza primaria en el colegio
jesuíta de Belén y el bachillerato en el
Instituto de La Habana, donde llegó a ser
presidente de la Asociación de Estudiantes, en
1950.
Una de las cosas que impresionó a
Suárez Núñez, aquel 1ro. de Enero, fue la
manifestación del pueblo en respaldo a Fidel y
la Revolución triunfante.
Fue secretario de la Juventud Acción Progresista
y presidente de la Juventud Unión Radical hasta
1954. Ambos partidos respondían a los intereses
de Batista.
Viajó con las tropas del ejército que fueron
enviadas a la Sierra Maestra a combatir a los
expedicionarios del Granma como corresponsal de
la revista Gente, de la cual era el director.
Uno de los principales voceros del régimen y
enlace de Batista con los propietarios de los
periódicos, revistas, emisoras de radio y
televisión que integraban el bloque cubano de
prensa.
A finales de 1959 se fue para los Estados Unidos
y trabajó en el diario La Prensa y en la revista
Temas, que se editaba en Nueva York. También fue
corresponsal del periódico colombiano Occidente
y de la revista Élite, de Venezuela. En 1963 se
radicó definitivamente en Caracas.
Para darse a conocer en el diarismo venezolano
se disfrazó de médico y publicó diversos
reportajes que mostraban las deficiencias e
irregularidades del hospital psiquiátrico de
Caracas. También acompañó a buscadores de oro y
diamantes en las selvas de la Guayana.
En la soledad del exilio escribió un libro
polémico: El gran culpable.
Ahí relata crudamente los pormenores del
gobierno del hombre al que durante muchos años
mantuvo en un pedestal.
Días después me dejó un recado en el hotel. En
la fecha acordada, José Suárez Núñez pasó a
recogerme temprano en la mañana y fuimos a una
pequeña oficina que tiene en las afueras de la
ciudad.
Habló ampliamente. Es una persona inquieta. No
permanecía sentado más de cinco minutos. Me
percaté de que estaba frente a un hombre que la
vida había golpeado duramente, pese a sus
esfuerzos por no reflejar ese dolor.
En aquel entonces, con 60 años, José Suárez
Núñez parecía enfrascado en permanente lucha
contra una gran frustración que lentamente lo
fue consumiendo, como si estuviera invadido por
un virus incurable. Su enfermedad era tan mortal
como el SIDA: padecía el mal del exilio.
¿Cómo se produjo su salida de Cuba?
Han pasado 30 años de aquellos acontecimientos.
Me tengo que ir porque estoy enfrentado al
movimiento revolucionario castrista.
Batista y su séquito de esbirros
y asesinos.
Trabajé muy cerca de Fulgencio Batista. Al caer
este no me quedaba más remedio que huir.
El 31 de diciembre de 1958 regreso a La Habana,
después de un recorrido que hice por Santa Clara
con el propósito de conocer la situación militar
que allí existía.
Por todo lo que observé, volví muy preocupado y
tenía la intención de comentárselo a Batista en
la fiesta de Año Nuevo.
Cuando llego a mi casa, mi esposa me informa que
no había fiesta en Columbia. Aquello me extrañó
mucho, pero me acosté a dormir, pues la
preocupación no pudo más que el cansancio que
traía. Como a la 1:30 de la madrugada me llamó
por teléfono un ayudante de Batista, quien me
comunicó que el presidente había renunciado. Que
por órdenes expresas de él, en los aviones que
estaban listos para partir, se habían separado
dos asientos: uno para Luis Manuel Martínez y
otro para mí.
Me pareció de muy mal gusto salir corriendo
enseguida. Esperé a que amaneciera. Llamé a
varios militares. Traté, incluso, hasta de
hablar con el general Eulogio Cantillo. Fue
entonces que un coronel amigo me aconsejó: "Joselín,
lo mejor es que te marches". Alrededor de las
6:00 de la mañana salgo a la calle y veo una
efervescencia castrista inmensa. Aquel símbolo
rojo y negro estaba en todas partes.
Me percato de que la situación es sumamente
difícil. Pienso que es más fácil llegar a una
embajada que a Columbia. Voy al Consulado
dominicano, pero me tiran las puertas. En la
misión diplomática de Argentina tampoco me dejan
entrar.
Desesperado, decido regresar a casa. No sabía
qué hacer. Mi esposa se pone una falda negra y
una blusa roja y salimos nuevamente a la calle.
Nos tropezamos con una multitud que venía por la
Avenida 23 y que gritaba: "Fidel, Fidel". Era
impresionante. Sin saber cómo, me veo dentro de
la manifestación. No olvidaré que de repente
alguien me preguntó por qué estaba tan callado y
solo atiné a responder: La emoción, la emoción.
Al pasar frente a la cafetería El Carmelo, me
introduje en la misma. Ahí me encontré con un
amigo y le pedí que me llevara al aeropuerto
militar de Columbia. Me hizo el favor, pero al
llegar la posta no me deja pasar. Le dije que el
oficial de guardia me esperaba. Insisto. Al fin,
logro entrar, con la buena suerte de que en esos
momentos iba a salir el último de los aviones
hacia Santo Domingo. Eran alrededor de las 10:00
de la mañana.
El capitán de la nave tenía órdenes de aterrizar
en Oriente a recoger a un alto oficial de la
Marina de Guerra. No recuerdo su nombre. De
pronto, a la vista de Santiago de Cuba, un
militar le pone al piloto la pistola en la nuca,
a la vez que le dice: "Si aterrizas, nos morimos
todos". Como comprenderás, seguimos directo
hacia Santo Domingo.
¿Quiénes iban en ese avión?
Además de mi mujer y yo, algunos ayudantes de
militares allegados a Batista.
¿Por qué Batista decide ir a República
Dominicana y no a los Estados Unidos?
Eso nunca me lo he podido explicar. Según me
contaron, esa decisión la toma en el vuelo a
última hora. Cuando el avión salió iba para los
Estados Unidos. A la media hora le ordenó al
piloto que desviara el rumbo hacia Santo
Domingo. Todos los demás aviones siguieron a la
Florida. La nave era un DC-6 de Aerovías Q,
empresa de la cual Batista poseía todas las
acciones. El vuelo era el 638.
Batista consideraba que como había tenido muy
buenas relaciones con los Estados Unidos y había
sido fiel a todos sus intereses debía ser
recibido con los honores que correspondía a su
jerarquía de ex presidente. Aspiraba a que le
dieran residencia, pero los norteamericanos se
la negaron. Pienso que si hubiera decidido
llegar a territorio estadounidense lo hubieran
aceptado al igual que ocurrió con el resto de
los batistianos. A esa hora no lo iban a
rechazar.
Ya en Santo Domingo, más de una vez me comentó,
amargado, adolorido, que después de haber sido
toda una vida aliado incondicional de los
norteamericanos, estos lo habían abandonado en
los momentos difíciles.
¿Cómo se produjo su encuentro con Batista en
República Dominicana?
Tan pronto llegué me dicen que Batista quiere
verme. Encontré a un hombre destruido, aislado.
Comencé a trabajar directamente con él. Le
mecanografiaba sus escritos. En la práctica, me
convertí en su secretario particular.
Recuerdo que en una ocasión, durante las
primeras semanas, le dije a Batista: Presidente,
hay que hacer cualquier cosa para recuperar el
poder. Airado, me respondió: "No, no, no se
trata de hacer cualquier cosa, hay que hacer
cosas, pero hasta que por lo menos no pasen 10
años, no se puede pensar en combatir a Castro.
El país se ha enamorado de él. Todo lo que se
haga ahora es inoportuno".
Cuando comentaba estas expresiones con los demás
exiliados, me decían que Batista estaba loco,
que era un cobarde. Todos esos adjetivos que la
gente le lanza a los derrotados. Y no han pasado
10 sino 30, y Castro sigue ahí.
¿Qué papel desempeñó Batista en la conspiración
trujillista contra Cuba?
Batista, presionado por Trujillo, hizo grandes
aportes económicos.
Pero la verdad histórica es que él era uno de
los pocos que estaba convencido de que dicha
invasión no tenía posibilidades de triunfar. Yo
mismo estaba muy entusiasmado.
Trujillo había contratado mercenarios franceses,
yugoeslavos, checos, húngaros, españoles,
escapados de la Legión Francesa.
También cubanos que habían pertenecido a los
cuerpos represivos de Batista. Al frente de lo
que se denominó Legión Anticomunista del Caribe
se encontraba el general batistiano José
Eleuterio Pedraza.
Como es conocido, los complotados dentro de Cuba
fueron detenidos por fuerzas de la Seguridad y
el avión con el primer envío de mercenarios fue
capturado por tropas del Ejército Rebelde a su
llegada a la ciudad de Trinidad, el 13 de agosto
de 1959.
El plan de Trujillo era desembarcar, al
siguiente día, 5 000 hombres en las provincias
orientales. Todo se les vino abajo cuando las
autoridades cubanas denunciaron públicamente los
planes de agresión.
¿Las relaciones entre Batista y Trujillo eran
tirantes?
Siempre lo fueron. Fíjate que Trujillo estaba
deseoso de visitar Cuba, de ser recibido con
todos los honores y Batista nunca se decidió a
cursarle una invitación.
Ya en Santo Domingo las discrepancias se
agudizaron cuando Batista no se quiere meter en
ninguna acción contra Cuba. Lo primero que le
dice Trujillo es que tiene 5 000 soldados
dominicanos listos para desembarcar en Oriente,
pues es necesario impedir que Castro llegue a La
Habana.
"En una semana lo instauro nuevamente en el
poder", planteaba Trujillo, a la vez que también
le decía: "Si usted pone dos millones de
dólares, yo pongo cuatro. Tenga presente que
necesito impedir que Castro se consolide en el
poder, pues eso sería muy peligroso para mí".
Batista no cedió ante ninguno de esos
argumentos. Estaba seguro de que cualquier
acción contra Castro era una locura, y si además
tenía que soltar dinero, no había quien lo
convenciera.
A Batista no le faltaba dinero.
Fue uno de los gobernantes que más dinero le
sacó al Tesoro Nacional.
En todos los negocios que se hacían había que
darle una comisión del 30% y en otros casos del
40%. Hasta el último momento estuvo enviando
dinero a bancos de Nueva York. Incluso, a
finales de diciembre del 58, su albacea, Manuel
Pérez Benitoa, llevó 43 000 000, de los cuales
depositó 42, pues se quedó con uno. La fortuna
de Batista estaba calculada en cientos de
millones de dólares.
Era un hombre muy tacaño. En una ocasión, le
pidió una cita urgente a Trujillo y este se la
concedió, pues pensó que era algo relacionado
con los planes contra Castro. Cuál no sería su
sorpresa cuando Batista le dijo que venía a
solicitarle que influyera en el administrador
del hotel Jaragua para que le redujera los
precios de habitación y comida.
¿Él trató de irse de Santo Domingo con rapidez?
Sí. Enseguida comenzó a hacer gestiones para
marcharse, ya que Trujillo le estaba sacando
mucho dinero. El problema era que nadie le
quería otorgar visa. Él insistía en ir a Daytona
Beach, en la Florida, donde tenía una
residencia.
Después de soltar miles de dólares, consiguió
que los portugueses lo admitieran en la isla de
Madeira. Exactamente a los 8 meses y 22 días
pudo salir de República Dominicana. Solamente lo
acompañamos 22 de sus amigos. La aventura con
Trujillo le costó unos cinco millones de
dólares.
Han pasado tres décadas. Sería interesante que
contara algunas cosas de la intimidad del
régimen de Batista.
¿Por qué no? Además, no tengo nada que ocultar.
Muchas de estas cuestiones ya las publiqué en el
libro que edité en 1963 y que lleva por título
El gran culpable. Como comprenderás, el
gran culpable es Batista.
Allí relato numerosas experiencias de las cuales
puedo referirte algunas. Por ejemplo, cuando
Batista recibió la información del desembarco de
Castro, el 2 de diciembre de 1956, lo calificó
de "aventura local sin importancia", y trató de
aparentar que la noticia no lo había perturbado
en lo más mínimo. Siguió jugando canasta durante
horas sin hacer la más leve alusión al respecto.
Estaba en casa de Jorge García Montes, entonces
primer ministro, y cuando se va lo único que
comentó fue que Castro tenía los días contados.
A las pocas semanas, se celebró una reunión en
Columbia. El coronel Pedro Barreras, a quien
había designado jefe de operaciones de la zona
de la Sierra Maestra, dio toda la información
sobre la situación existente y explicó ante los
mapas el plan que proponía. En el transcurso de
la conversación, Barreras le pregunta al
presidente qué debía hacer con Castro si este no
moría en combate, y Batista le respondió
rápidamente, lo recuerdo muy bien: "Quémalo,
que el aire se lleve sus cenizas y nadie sepa
dónde está su tumba. No quiero otro Guiteras".
Aquello hizo que todos nos miráramos los unos a
los otros, cada cual con sus propios
pensamientos.
¿Usted qué pensó?
Bueno, no podría decirte. Creo que poco a poco
me fui dando cuenta de que aquello era algo más
que una simple "aventura local".
Veía muchas cosas. Veía cómo Batista hacía los
partes militares y después de mecanografiados
los modificaba tres, cuatro veces. No tenía
límites. Era muy ególatra y jamás quiso
reconocer las derrotas del ejército a manos de
las fuerzas rebeldes. Los despachos salían
firmados por el comandante Boix Comas, quien en
muchas ocasiones se enteraba de los mismos
cuando leía los diarios de la mañana. Algo
parecido le sucedió a Santiago Verdeja.
¿El ministro de Defensa?
Sí. Resulta que cuando el New York Times publica
la entrevista de Herbert Matthews a Castro, en
la Sierra Maestra, esto provocó un revuelo que
tú no eres capaz de imaginar. Nadie en el
gobierno lo quería creer y Batista mucho menos.
Inmediatamente convocó a una reunión en Palacio.
Entre todos los presentes examinaron la foto
publicada por el Times en la que se veía a
Matthews y al jefe guerrillero conversando
plácidamente. Bastó que alguien dijera que no se
le parecía a Castro para que Batista, acto
seguido, diera por sentado que se trataba de un
montaje fotográfico y dictara una declaración en
la que calificaba la entrevista de apócrifa y de
mentiroso a su autor.
A la mañana siguiente, todos los periódicos
habaneros reproducían en primera plana las
acusaciones de Batista, pero no estaban firmadas
por este, sino por Verdeja, quien se sorprendió
al ver esas declaraciones suyas en los diarios y
no pudo evadir el inmenso ridículo que cayó
sobre él cuando, al otro día, el New York Times
respondía con la publicación de varias fotos en
las que aparecía Castro en distintas posiciones
que no dejaban lugar a duda de la veracidad de
la información.
¿Qué tiempo permaneció en Portugal al lado de
Batista?
Pocas semanas. Batista me dio un pasaje y
algunos dólares. Viajo a los Estados Unidos,
donde tengo que entrar clandestino, pues no me
daban visa. Después de legalizar mi situación,
comienzo a editar en Miami un periodiquito
llamado Patria. Durante varios meses, me mandó
75 dólares semanales.
Llegó un momento en que me siento mal, porque se
había ido incorporando al periódico un grupo de
personas a las que no conocía y que no eran ni
periodistas. Decidí abandonar aquella empresa.
No estaba de acuerdo con esa gente, no porque
fueran malos o buenos. Tampoco difería de sus
puntos de vista, sino cómo llevarlos a cabo.
¿De qué vivió en Miami?
Vendí televisores, aparatos de aire
acondicionado, refrigeradores; realmente, me fue
muy difícil. Ya estaban allí los nuevos ricos
que habían comprado grandes residencias. Los
ricos, como siempre, viviendo bien. La otra
parte del exilio, sudando la camisa.
Me sentía muy mal. Lo que ganaba no me alcanzaba
para vivir. Decidí irme a Nueva York.
¿Trabajó duro en Nueva York?
Sí. Durante mucho tiempo tuve que estar lavando
platos en diferentes restaurantes. Eso es algo
importante para el exiliado pobre, pues de esa
manera tienes también asegurados el almuerzo y
la comida. Vivía en un cuartico muy modesto.
Posteriormente, trabajé en una fábrica de
plástico.
Abandono los Estados Unidos en 1963 y viajo a
Caracas donde me radico definitivamente. En
Venezuela, aunque pasé dificultades, la vida no
me fue tan difícil como en Norteamérica.
¿Sus amigos batistianos lo ayudaron?
No, hombre, no. Allí nadie ayuda a nadie. Los
propios batistianos adinerados te veían y no te
conocían. El exilio le enseña a uno muchas
cosas. Es una gran escuela. La primera ley que
aprendes es que uno solamente es amigo de sí
mismo.
¿Perteneció a alguna organización
contrarrevolucionaria?
Con el embullo de los primeros años me inscribí,
a finales del 60, en un ejército expedicionario
que se estaba formando para invadir a Cuba y que
más tarde resultó el desembarco por Bahía de
Cochinos.
No me llamaron. Me hicieron un gran favor. Pude
haber muerto o caído preso como todos los que
fueron. Después no me incorporé a ninguna de las
organizaciones contrarrevolucionarias.
Me desilusioné mucho.
¿Por qué?
Porque como era batistiano, supuestamente
esbirro, entonces lo vetaban a uno.
Me hice el siguiente análisis: Cónchale, quiero
cooperar porque no me gusta el castrismo, pero
si esto es tan costoso que me van a hacer un
cubano de segunda, no, porque al menos yo no
puse a Castro. Al contrario, lo combatí.
Me dije: ¿Por qué tengo que mendigar la
posibilidad de que me incorporen a alguna
actividad? ¿Acaso para lo único que sirvo es
para cargarles los fusiles a los revolucionarios
puros? Era un problema de ética, de decisión
personal. Me alejé de todo. Además, me sentí
postergado, discriminado. Dije: Allá ellos, que
saquen a Castro si es que pueden. Como no vivo
del negocio de hacer revoluciones ni tengo
ningún cheque de la CIA, he tenido que trabajar
muy duro para poder vivir decentemente. No estoy
dentro del esquema de los exiliados de Miami.
¿Qué piensa de ese exilio?
El exilio de Miami no cuenta con un punto de
vista profundo de la realidad cubana. Los
exiliados están divididos en islas. Todos se
consideran jefes, líderes; pero ninguno es ni
jefe ni líder. Son islas, sí; pero sin mar.
Además, surgió un grupo de gente al cual
califico como los industriales del exilio,
especialmente en Miami. En Cuba sonaban dos
cohetes y enseguida comenzaban a recolectar
dinero con el pretexto de que era para los
luchadores por la libertad, cuando en verdad
todo iba a parar a sus bolsillos. De esa manera
han vivido sin trabajar todos estos años.
Hay muchos que no han cambiado la hoja del
almanaque. Se tropiezan con un cubano
revolucionario y le huyen. Se creen que los van
a contaminar. Saben que son los perdedores y
tienen miedo al choque. Llevan en su vida 30
años de retraso.
¿Cuál es la diferencia entre el exilio de Miami
y el de Venezuela?
Estados Unidos es el país que más ha estimulado
al exilio. La política norteamericana es de
completa hostilidad hacia Cuba.
Un señor que se va para allá, por lo menos
siente un clima de mayor felicidad, porque este
en un país adversario del que se ha ido y hay,
por tanto, un ambiente espiritual más accesible.
Se siente amparado por el tío Sam.
En Venezuela, al igual que en otros países
sudamericanos, es más difícil la actividad. En
estas naciones hay gentes que son enemigas de
los norteamericanos. Existe un clima antigringo.
En los Estados Unidos, si un exiliado critica la
política norteamericana, tiene problemas. Si en
Venezuela un cubano critica a los Estados
Unidos, no pasa absolutamente nada.
El exiliado de Miami y el de Venezuela ven desde
un prisma distinto la situación en Cuba. Allí en
los Estados Unidos hay más militancia
anticastrista. Aquí uno tiene que trabajar para
poder subsistir. Además, en Latinoamérica hay
simpatías por la Revolución Cubana.
En Venezuela no existe una Calle 8, como en
Miami, donde se pasan el día anunciando que
mañana regresaremos a Cuba. Aquí no podemos
convertir nuestro problema personal en una
cuestión de Estado. Tenemos que respetar las
leyes de este país.
Los gobiernos de Venezuela y Cuba tienen
relaciones y tenemos que respetar esa decisión,
gústenos o no el régimen de La Habana. Son cosas
que no podemos discutir.
En lo que no existe diferencia es en la
añoranza. En cualquier lugar del mundo en que te
encuentras con un cubano, lo primero que está
presente es el recuerdo del país.
Hay mucha nostalgia, aunque no quieras. Cuando
te tomas un café o fumas un tabaco, cuando
escuchas música cubana. La nostalgia está
siempre presente, siempre.
Su participación en el Diálogo entre el Gobierno
cubano y los representantes de la comunidad
cubana en el exterior, celebrado en La Habana
los días 20 y 21 de noviembre de 1978, ¿le creó
problemas con algunos exiliados?
Fui atacado por algunos sectores del exilio,
pero eso no me quitó el sueño ni me causó la
mayor preocupación. Vi un poco de cinismo en
algunas de esas gentes. Tal es el caso de
Salvador Romaní, quien me pidió que le llevara
algunas cosas a sus padres, que se habían
quedado en Cuba. Le hice el favor y
probablemente me combatió para no tener que
darme las gracias.
Por otra parte, el Diálogo fue muy positivo. Es
un proceso que habrá que perfeccionar. Creí y
creo que el Diálogo es el único camino de
acercamiento entre los que estamos fuera y los
de adentro. Si se produce un nuevo encuentro de
este tipo, estoy seguro de que se incorporarán
muchas más gentes que en el primero. La palabra
de Castro es la más importante garantía, pues
todos sabemos que siempre que la da, la cumple.
Todo el mundo está consciente de que derribar a
Castro a través de las armas es muy difícil. Los
cubanos se han preparado muy bien militarmente a
lo largo de estos 30 años, y los norteamericanos
lo saben.
¿Todavía hay sectores del exilio que mantienen
el odio y el rencor hacia la Cuba
revolucionaria?
En la década del 60 sí, pero te puedo decir que
hoy la mayoría de los cubanos que estamos en el
exilio nos hemos acostumbrado a ver la
Revolución como una realidad. Los años han ido
dejando atrás la amargura de los primeros
tiempos.
El almanaque es un proceso interesante, uno va
mirando las cosas a medida que pasa el tiempo
con una perspectiva distinta.
El ser humano tiene un mecanismo que está en
constante transformación.
Te confieso que nunca les he tenido ni odio ni
rencor a ustedes.
Es más, cuando un deportista cubano obtiene un
triunfo, lo disfruto.
Muchas veces corrí al lado de Juantorena o peleé
junto a Teófilo Stevenson.
Nací en Cuba. Jamás estaría de acuerdo en que
para cambiar el sistema tiraran una bomba
atómica o hicieran un ensayo nuclear allí, como
algunos han deseado. Eso sería un crimen y una
estupidez.
¿Qué tiempo de vida le daba a la Revolución?
Cuando más, una década. Nunca tanto tiempo. Al
principio ataqué fuertemente a Castro por su
alianza con la Unión Soviética.
Con el paso del tiempo, he llegado al
convencimiento de que se movió magistralmente,
porque si no hace eso los Estados Unidos
hubieran hecho mucho más difícil el desarrollo
de la Revolución.
Castro logró que renglones tan importantes de la
economía como el abastecimiento de petróleo y
otras importantísimas materias fueran
suministradas por la Unión Soviética cuando los
Estados Unidos decretaron el boicot económico.
Igualmente, el envío de armamentos fue esencial
para que los cubanos pudieran enfrentarse al
gobierno norteamericano sin claudicar. Cuba
necesitaba un aliado, un socio, un amigo, y lo
encontró en la Unión Soviética.
Realmente nadie pensó que una revolución
socialista podría mantenerse en pie en Cuba,
frente a las costas de los Estados Unidos,
incluso, con una base naval dentro de su propio
territorio.
Esa es otra de las audacias de Castro. Su
esquema no está dentro de las computadoras. Toma
a todo el mundo de sorpresa.
Saca siempre de debajo de la manga la baraja que
nadie espera.
Este escenario no estaba estudiado en la
computadora de los norteamericanos: 90 millas,
media hora de vuelo. No, no es posible, ¿cómo
puede haber pasado esto? Esa es una pregunta que
se deben hacer diariamente.
En el exilio muchos cubanos admiran a Castro. No
comparten su ideología, pero reconocen que su
país de nacimiento es conocido en el mundo por
el papel político que desempeña y no solo por
sus peloteros ni por sus músicos ni por sus
mulatas, como era antes; claro está, son cosas
que no se atreven a decir públicamente ni pueden
decirlas. Pero en mi caso, con más de 60 años en
las costillas, nada me preocupa.
Esta es una afirmación que merecería ser
fundamentada, ¿no cree?
Tienes razón. Lo digo porque Fidel Castro se
gana el poder, no se lo regalan. El país estaba
cansado de la corrupción, de los militares que
se hacían ricos con los más disímiles negocios,
de los políticos robando a las dos manos. Es
Castro quien encarna ese anhelo del pueblo y
hace la Revolución.
Y contrario a la creencia de un siglo, Castro no
busca el apoyo de los Estados Unidos, sino que
viaja a México, viene en el Granma, desembarca
con un grupo de hombres por las costas
orientales y marcha hacia la Sierra Maestra.
Desde allí inicia un movimiento de lucha armada,
hasta ese momento algo solo típico en América
Latina, en países de dimensiones territoriales
como México y Brasil. Pese a todos los
vaticinios, reagrupa a los sobrevivientes y
triunfa sobre un ejército de 45 000 soldados,
entrenado y apoyado por los norteamericanos.
Esto te demuestra que Castro no solo no busca la
ayuda de los Estados Unidos, sino que hizo su
Revolución aun en contra de la voluntad de
ellos. Algo realmente inconcebible.
Y la continúa haciendo.
Es verdad. El problema es que los políticos
cubanos siempre se quedaron dentro de sus
fronteras y Castro no. Castro se sale de la
frontera cubana. Le canta las cuarenta al
imperio y llega donde nadie se imagina. Y no
solo llega, sino que también triunfa, aun cuando
sea en otro continente, a miles de kilómetros de
distancia.
Hoy el castrismo está vigente en toda América
Latina y mucho más allá. Esto nadie lo puede
negar. Es algo que los historiadores no podrán
desconocer a la hora de estudiar el proceso
cubano.
Por el tono en que lo dice, pudiera pensarse que
se siente orgulloso.
Me siento orgulloso de ser cubano. No soy
socialista ni comunista, ni lo seré nunca, pero
soy cubano. Me siento orgulloso de haber nacido
en una nación que hoy es respetada por todos en
el mundo, que son los campeones en boxeo, en
béisbol; que no va a las Olimpiadas y todo el
mundo se preocupa. Antes no ocurría así.
Éramos solo una prolongación territorial de la
Florida. No se nos tenía en cuenta para nada.
A mí me molestaba mucho en mi juventud que se
dijera que el cubano era símbolo de ocio y se
nos considerara incapaces, vagos, frívolos.
Jamás olvido aquel artículo de Martí titulado
"Vindicación de Cuba", respondiendo a las
acusaciones de The Manufacturer, de Filadelfia,
en el que nos calificaban de ser una posición
poco apetecible para los Estados Unidos porque
éramos amanerados, inermes, sumisos. Y Martí
contesta a esas ofensas diciendo que esos
amanerados eran tan hombres que habían peleado
como gigantes.
Hoy a nadie se le ocurre siquiera pensar eso.
Hoy el cubano es un hombre político, es una
doctrina. Se le respeta dondequiera que va,
aunque no se tengan sus mismos criterios.
Aunque muchos lo callen, yo no tengo miedo
decirlo, Luis. La edad de la vejez te enseña a
mirar las cosas de otra manera: con más
detenimiento, menos pasión; con más sentimiento
práctico y realista.
Además, recuerda lo que dijo el poeta: "Que
nunca como en el ocaso de la vida son tan bellos
los fulgores del amanecer".
Caracas, 1989
Granma
01-01-2008