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Por su extraordinario
valor histórico, la AIN reproduce fragmentos del
diario de Raúl Castro Ruz, escrito en el Presidio
Modelo, Isla de Pinos, en 1954.El texto seleccionado
se refiere a los acontecimientos correspondientes a
los días 24, 25 y 26 de julio de 1953, y fue
publicado por primera vez por la revista Bohemia, en
ocasión del décimo aniversario del ataque a los
cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.
A continuación, la carta enviada por Raúl al
director de la revista Bohemia
Santiago de Cuba, 18 de julio de 1963
Sr. Enrique de la Osa,
Director de BOHEMIA
Estimado amigo:
Más que un saludo al pueblo de Cuba a través de la
revista que diriges, por lucirme demasiado formal, a
última hora he decidido que mejor sería, con motivo
de este décimo aniversario del ataque a los
cuarteles del Moncada y de Bayamo, enviarte la copia
textual de un viejo diario que encontré entre mis
papeles en estos días precisamente que estamos
recogiendo todo lo que pueda ser de interés para
crear de una vez el Museo de la Revolución. Dicho
diario fue escrito en el presidio de Isla de Pinos y
la parte que inmediatamente transcribiré se refiere
a los días 24, 25 y 26 de julio de 1954, o sea, un
año después de los acontecimientos que hoy
conmemoramos y como verás se refería
exclusivamente a lo que hice durante esos tres días
precisamente un año atrás, en 1953.El relato en
cuestión es como sigue:
"Presidio de Isla de Pinos, Sábado 24 de julio de
1954.
...Retorno al mismo día de 1953... En compañía de
Pedro Miret y Abelardo Crespo fui anoche a una
fiesta familiar y por motivo de unos jaiboles que
tomé, ahora me dolía mucho la cabeza y me quedé
acostado hasta la media mañana; era un viernes.
Miret, que entonces era mi compañero de cuarto en la
esquina de Neptuno y Aramburu y ahora también con
Crespo somos compañeros de galera, había salido muy
temprano y cuando regresó al
mediodía y encontrarme con dolor de cabeza y aún en
el cuarto bajó a la calle y regresó con un jugo de
manzana insistiéndome en que lo tomara "pues tenía
que curarme enseguida", él se volvió a ir para la
calle y a los pocos minutos yo vomité el jugo.
No obstante, sus palabras, así como la seriedad de
su rostro me hicieron pensar que algo raro pasaba.
Al poco rato recibí una llamada telefónica de José
Luis Tasende, diciéndome que me mantuviera en la
casa y esperara otra llamada de él o que tal vez
pasaría a verme. Ya no me quedaba lugar a dudas: la
"hora cero", como solíamos decir, se acerca
rápidamente. A media tarde recibo la anunciada
visita del compañero Tasende, quien se presentó con
una visita relámpago idéntica a la de Miret,
abandonando mí
cuarto un instante después de darme algunas
instrucciones y también a entender que muy pronto
tendríamos que actuar, sin más datos de ninguna
clase. De acuerdo con esta conversación salí a la
calle y en una peletería perteneciente a unos
polacos en Belascoaín, compré un par de zapatos
amarillos. Vuelvo a la casa y me acuesto para
esperar, ya que seguía sintiéndome mal. A las ocho
de la noche recibo la última llamada telefónica de
Tasende, señalándome que me reuniera con él en el
punto "L"
(casa de Léster Rodríguez, cerca de la Universidad),
dirigiéndome inmediatamente al punto indicado, donde
con Tasende recogí el último cargamento de armas,
dirigiéndonos a la estación de ferrocarril, tomando
el tren central rumbo a Oriente. Miret, Crespo y
Léster se habían ido por otra vía. En la estación de
ferrocarril nos reunimos con dieciséis compañeros
más, todos subordinados al compañero Tasende.
Domingo 25 de Julio de 1954 ...1953. Nada dormimos
en el viaje, el alba de aquel sábado caluroso se
presentaba con esa tranquilidad que precede a los
grandes acontecimientos.
(En realidad era un amanecer como otro cualquiera,
pero a mí se me ocurrió pensar que ese era
diferente.) En el coche comedor, donde los
componentes del grupo íbamos a almorzar
individualmente como si no nos conociéramos, con la
excepción de Tasende y yo que llegamos juntos a
tomar el tren y por lo tanto, fuimos a comer algo
también juntos, allí él me informó del objetivo...
...Se me paraliza el estómago y desaparece el
apetito, yo conocía la magnitud y fortaleza de ese
objetivo por haber estudiado en Santiago de Cuba
durante varios años, Tasende riéndose me decía
"come, Raulillo, que mañana no vas a tener tiempo",
yo seguía tomando solamente pequeños sorbos de
cerveza. Ya el tren avanzaba por la provincia de
Oriente y después de pasar por Cacocún y un tramo
antes de llegar al entronque de Alto Cedro, mirando
hacia la izquierda divisé el central "Marcané", un
poco más a la derecha de este punto, se veían las
faldas de las montañas donde empieza la Sierra de
Nipe, allí estaban mis padres, en el mismo lugar
donde habían nacido todos sus hijos. Con la vista
fija y el pensamiento recordando los años de la
niñez por esos puntos, estuve con la cabeza fuera de
la ventanilla hasta que ondulaciones del terreno
los hicieron desaparecer de mi vista. En Alto Cedro,
durante la breve parada del tren, tuve que cubrirme
bien la cara con un pañuelo y fingir que dormía para
evitar ser visto por alguna de las muchas personas
que por allí conozco. Durante el viaje todo lo
miraba con esa avidez que despierta el sentimiento
de la última vez. Me agradaba infinitamente
volver a ver esos lugares conocidos por mí, y sobre
todo, saber que el teatro de los acontecimientos
sería Oriente, mi tierra natal. A media tarde llegó
el tren a Santiago de Cuba, en la estación esperaban
Abel Santamaría y Renato Guitart, los que nos
indicaron que atravesáramos la calle que teníamos
por delante y fuéramos a hospedarnos al Hotel "Perla
de Cuba", que estaba frente a la estación del
ferrocarril donde tenían
separadas habitaciones para nosotros. Allí nos
repartimos en unos cuartuchos del primer piso, y
mientras unos esperaban con paciencia su turno para
asearse un poco, aprovechando el único lavabo que
había en el piso, otros nos echábamos en las camas
para descansar un rato.
Alrededor de las siete de la noche, fuimos para el
restaurante del hotel, donde el diligente Abel
Santamaría había ordenado preparar un suculento
arroz con pollo, allí, entre tragos, risas y música,
celebraban los carnavales algunos santiagueros. Con
sus abigarrados disfraces algunos grupos se veían
pasar a lo largo de la calle en forma de
pequeñas comparsas, a veces entraban al restaurante
donde comíamos, tomaban algo y seguían la fiesta.
Sentados en diferentes mesas comían los compañeros,
cuyos rostros estaban alegres, serenos y decididos,
se necesitaba ser muy observador para poder ver en
los ojos la tensión del momento, y adivino para
descubrir que esa alegría era ajena completamente a
las fiestas carnavalescas. Para hacer más normales
las apariencias, Tasende a pequeños intervalos
depositaba algunas monedas en el tocadiscos, piezas
que no llegamos a oír porque eran muchas las que
otros habían seleccionado con anterioridad y apenas
terminó la comida nos íbamos marchando a nuestras
habitaciones a esperar que nos fueran a recoger.
Cada pequeño cuarto solo tenía una cama y en la que
a mí me tocó me recosté con ropa y zapatos y con
ambas manos detrás de la cabeza, los ojos fijos en
el alto techo del viejo hotel y la cabeza llena de
pensamientos esperaba que transcurrieran los minutos
más lentos de mi vida. Como las paredes que
separaban los cuartos entre sí solo llegaban a la
mitad del espacio que separaba el piso del techo, se
percibía con toda
intensidad el ruido de los tambores de las pequeñas
comparsas que pasaban por la calle, así como el
ruido del restaurante repleto de personas que bebían
y comían, el tocadiscos seguía chillando canciones
de diferentes tipos en forma ininterrumpida. A ratos
percibía claramente la conversación que en el cuarto
contiguo al mío mantenían un español y una
prostituta que se hacían el amor, cuyo diálogo
cambió de tono al final sustituyéndose las palabras
amorosas por el tono comercial que encerraban las
palabras del peninsular por el alto precio del
asunto.
Por un instante pensé que no era justo que mientras
unos bailaban y tomaban, o se hacían el amor, todos
divirtiéndose a su manera, nosotros estuviéramos
allí esperando ser llamados de un momento a otro
para una acción inminente, ¿para cuántos de los
compañeros que hace un momento estábamos sentados en
el restaurante sería la última comida? De los 18 que
formábamos ese grupo, al frente de los cuales venía
el compañero
Tasende, creo que solo tres regresamos con vida.
A medida que pasaban las primeras horas de la noche
seguía desarrollándose con creciente intensidad el
carnaval santiaguero. Con ritmo frenético sonaban
los cueros de los tambores, cuando próxima ya la
medianoche, se apareció un compañero enlace de
nuestro improvisado Cuartel General, situado en la
carretera entre Santiago y Siboney;
Fidel nos mandaba a buscar. Minutos después nos
encontramos con él y el resto de los compañeros,
estaba tocando a su fin el sábado 25 de julio y
dentro de pocos minutos comenzaría un nuevo día, el
domingo 26 de julio de 1953." (Escrito en 1954.)
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El resto de la
historia ya todos la conocemos, breves horas después
dejaron de hablar los tambores al ser silenciados
por el idioma de los primeros disparos con los que
se iniciaba una nueva etapa en el proceso de luchas
de nuestro pueblo. Dejó de correr la bebida para dar
paso a la sangre, inquieta de los primeros jóvenes
que caían frente a los muros imponentes del Moncada.
Con aquella primera sangre vertida, se dejaría
iniciado el método correcto y fundamental de lucha
de nuestro pueblo para destruir el andamiaje, en
forma definitiva, del sistema económico-político y
social existente en nuestro país. ¡Qué lejos
estábamos todos de imaginarnos, en aquellos
instantes, que durante ese amanecer del 26 de Julio,
se había iniciado el comienzo del fin del
capitalismo en Cuba!
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Eso es todo, y desde
Santiago de Cuba, ciudad heroica que supo recibir en
su tierra caliente los despojos mortales de los
primeros héroes, para convertirse en uno de los
baluartes más firmes y cuna de la Revolución, recibe
tú, así como los demás compañeros que laboran en la
revista BOHEMIA, un fuerte abrazo de PATRIA O MUERTE
¡VENCEREMOS!
RAÚL CASTRO RUZ
(AIN) 24-07-2006 |