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Esta entrevista con el
cantautor cubano Polo Montañez, fallecido en La Habana este 26 de
noviembre a consecuencia de un accidente de tránsito acaecido una
semana antes, fue realizada a fines de mayo de este año en la
comunidad de Las Terrazas, pequeña localidad situada en las
estribaciones de la Sierra de los Órganos, en Pinar del Río, la más
occidental de las provincias cubanas. Hasta ahora había permanecido
inédita
PEDRO DE LA
HOZ
A este campesino de
puro linaje, nacido Francisco Borrego Linares en un intrincado punto
de la serranía occidental cubana y conocido en el arte como Polo
Montañez, aún no se le ha agotado la capacidad de asombro.
En menos de lo que canta un gallo, diría él mismo con
una imagen propia de los hombres de la tierra, ha conquistado el
favor unánime del público en México, Costa Rica y, de manera muy
especial, en Colombia.
También, por fortuna, es profeta en su tierra: de una
punta a otra de la geografía insular, sus temas se reiteran
insistentemente en la radio, ocupan los primeros lugares de las
listas de éxito, y sus presentaciones en concierto arrastran
multitudes, como expresión de un auténtico fenómeno de masas que
viene sucediendo desde la medianía del 2001.
El primer día del 2002, tal como hicieron miles de
artistas en los 169 municipios cubanos, Polo regaló un concierto a
la gente de su patria chica, la provincia de Pinar del Río. Nunca
antes un acontecimiento artístico había reunido a 50 000 personas en
la capital de ese territorio.
Poco después, viajó a Santiago de Cuba a encontrarse
en la escena con Eliades Ochoa, un sonero oriental que en los
últimos años ha alcanzado una dimensión mítica. Las tres funciones
en el teatro Heredia, el de mayor capacidad en esa ciudad, se
repletaron de tanto público que hubo que permitir espectadores en
los pasillos y las escaleras.
El tema "Un montón de
estrellas" desbancó a celebridades como Los Van, Issac Delgado,
Amaury Pérez y la Charanga Habanera en los registros anuales de
favoritismo popular y no es arriesgado decir que los fanáticos a su
música se han convertido en una legión insaciable que reproduce en
casetes cada uno de los cortes del disco Guajiro natural
(sello Lusáfrica, 2000) e imponen la música de Polo en grandes o
pequeños motivos festivos.
Pero quizá lo más sensible para todos los cubanos haya
sido la hondura con que Polo ha puesto música a un poema de Antonio
Guerrero, compatriota suyo condenado por un tribunal de Miami nada
menos que por luchar contra el terrorismo. La canción conmovió a la
isla entera en la despedida del 2001, al ser difundida por la
televisión.
Los éxitos de Polo han trascendido el ámbito
latinoamericano. Los europeos comenzaron primero que nadie a
apreciarlo. Luego de que José da Silva, presidente de Lusáfrica, se
quedara fascinado por el cantor campesino y grabara el primer disco,
Polo tocó las puertas del Viejo Continente.
NATURAL PERO NO
INGENUO
En el cuadernillo de su primer disco, se dice que
"Polo compone mientras camina o monta un tractor, mientras nada,
bajo la lluvia, el sol o la luna, cuando siembra la tierra... y
hasta durmiendo" Y de su contexto se dice: "Vive en un pueblito
rodeado de bosques y montañas, con casas de tejas rojas, blancas
paredes y ventanas donde abundan las flores".
Quizá esa imagen paradisiaca haga creer que el cantor
—si se me permite tomar en préstamo un término de las artes
plásticas— sea naif o ingenuo.
La mejor manera de
saber la verdad es observar a Polo en su propio medio y
escucharle.
— ¿Quién es realmente Polo Montañez? ¿Qué tiene que
ver con la música?
— Soy un guajiro que ha vivido siempre enamorado de la
música. Nací en el monte y crecí allí. Cuando era pequeño, en mi
casa y en la de los alrededores, se acostumbraba a hacer fiestas, en
la que mi familia participaba. Al viejo mío, que era carbonero, le
gustaba también la música y eso se pega. A él le gustaba de modo
especial el acordeón. A mí, en cambio, primero me llamó la atención
golpear los cueros de una tumbadora, pero después le puse interés a
la guitarra. Ahora me doy cuenta de que entre las cuerdas y la
percusión estaba el camino de la música cubana, el que más tarde me
trazaría como un objetivo en la vida.
— ¿Te definirías como un cultor de la música
campesina?
— No voy a mentir: las tonadas, los sones montunos y
las décimas formaban parte de lo que yo escuchaba y cantaba en un
primer momento, pero después, de muchachón, no tanto. Debo explicar
que yo soy de los jóvenes de los 60, y en el monte pinareño se
escuchaba mucho a la radio. Y por la radio, en programas como
Nocturno, de Radio Progreso, que era lo que oíamos noche tras
noche como la mayor posibilidad de entretenimiento, comenzaban a
darse a conocer cantantes españoles e italianos, de lo que se llama
la onda pop, y yo tenía una facilidad tremenda para
aprenderme esas canciones.
— Eran canciones románticas...
— Claro, claro, eran románticas (ríe)... y como uno
siempre ha sido un poco enamorado, pues ya sabes; esas canciones de
Los Fórmula V, de Los Bravos, de Juan y Junior, y más tarde las de
José José, Nicola di Bari, José Feliciano, eran las que les gustaban
a las muchachas. Pensándolo bien, ese tipo de canciones dejó en mí
algo positivo, porque después de todo esa línea romántica no tenía
por qué estar separada de la música tradicional cubana más movida.
También, debo aclarar, me gustaban canciones de Silvio y Pablo. Como
joven al fin, no le hacía mucho caso al bolero, pero a medida que
fui haciéndome mayor, me percaté de que allí también había un enorme
tesoro romántico, canciones muy bonitas, y con una melodía
increíble.
— ¿Desde cuándo pensaste en consagrarte a la música a
tiempo completo?
— Siempre soñé con
vivir para la música. Pero no era fácil ni era tan claro el camino.
Sabía que la música había que estudiarla y yo mismo ni siquiera me
había estabilizado en los estudios elementales. La Revolución llevó
la Alfabetización y las escuelas a los parajes más difíciles, pero
no siempre los maestros que enviaban a mi zona permanecían en ella.
Cambiaban con frecuencia. Y entre eso y mis ganas de andar metido en
el monte, la escuela se me fue quedando al margen. Me puse a
trabajar, hice de todo y sé hacer de todo en el monte: cortar leña,
aserrar árboles, sembrar, cosechar, operar la maquinaria. Todo lo
hacía cantando y pensando en la música. Figúrate, que un día mi
padre me vio "majaseando" (holgazaneando) y me dijo: "Chico, la
música no se come". Tuvo que pasar bastante tiempo para que pudiera
armar un grupo y entrar en el sistema de las instituciones de la
música.
EL ÉXITO Y LA
MÚSICA
— Antes de que te llegara la hora del éxito, ¿cómo fue
la recepción de tu desempeño profesional?
— Nosotros interpretábamos cosas que nos pedían o que
estaban de moda en fiestas y recitales en comunidades de todo el
territorio vueltabajero. Cuando comenzamos a ser anfitriones en el
Motel Las Terrazas, que se halla enclavado en la comunidad donde
fuimos a vivir después de tantos años en medio del monte, me dio la
idea de intercalar creaciones mías. No sé si mucha gente se dio
cuenta que eran criaturas mías, nacidas de mi corazón y de la
cabeza, porque debo aclarar que la inspiración tiene que ponerse a
trabajar para hacer música, pues ésta no cae del cielo porque uno lo
quiera. Lo cierto fue que mucha gente que pasaba por Las Terrazas o
nos escuchaban en otros lugares, se fijaban en algunos de mis temas.
Hasta que llegó José da Silva, ese mulato africano que se le escapó
al diablo y me convenció de que lo mío era abrirme al mundo. Desde
entonces estoy con Lusáfrica, que es mi sello
disquero.
— ¿Soñabas, entonces, en ver a ese público
multiplicado?
—Ese es siempre el sueño del artista, pero también, en
el caso mío, con solo una persona que hubiera prestándome atención y
quedara enganchado con mi música, era suficiente como para
respetarla y sentirme compensado.
— ¿Te gustaría que te clasificaran como un músico
intuitivo?
— La intuición funciona, claro que sí, mas a medida
que uno se va metiendo más y más en el mundo de la música, se
aprenden muchas cosas. Por intuición llegué a montar mis números con
el grupo, a irme haciendo de un repertorio, pero lo demás, el
espectáculo, saber cómo comunicarte con la gente, hay que amarrarlo
con bejuco "colorao" y ese sí me lo conozco.
— ¿No te asusta el público?
(Ríe) —Lo que más me asustaban eran los aviones y las
entrevistas. No, en serio, el público en un momento parece que te va
a tragar, después entras en calor y terminas por compartir con él
ese montón de música que uno lleva por dentro.
— ¿Y la fama?
— No te puede hacer perder tu esencia. Si la gente te
quiere es porque te das a querer. Yo nunca dejaré de ser un hombre
de tierra adentro, un guajiro natural.
(Entrevistó: Pedro de la
Hoz) (Granma) 29-10-2002 |