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Lisandro Otero
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La Habana
Una vez más el pantanoso gobierno de Bush ha
aprobado un conjunto de medidas para propiciar el
derrocamiento acelerado de la Revolución cubana. Los
cubanos ya están acostumbrados a esas intimidaciones
que se producen regularmente. Cada cierto número de
meses, o de años, sacan una amalgama de providencias,
dictadas por supuestos expertos y se frotan las
manos satisfechos de su tarea: ¡Cuba está a punto de
caer en la red imperial! Durante casi medio siglo y
nueve presidentes norteamericanos este ritual se ha
sucedido de manera sistemática. No se dan por
vencidos. No pueden confesarse derrotados.
De todos los proyectos elaborados este es uno de los
más torpes porque enseña de manera evidente el
colmillo anexionista, porque muestra
desembozadamente la codicia y el afán represor. Se
dirá: Cuba no es Irak, no tiene petróleo. Sí pero
Cuba es algo más que recursos energéticos, es
ejemplo de rebeldía, de independencia de criterio,
de emancipación. Ningún gobierno ha actuado con la
claridad libertaria del cubano, ninguno ha sido
motor del rescate de la soberanía como lo ha sido la
Revolución isleña. Y eso lo ha hecho apartándose de
la grey amansada de las naciones latinoamericanas
que concurren en la OEA en su papel de coro.
Un aspecto polémico han sido los ochenta millones de
dólares destinados a la oposición interna. Con ella
ponen al descubierto el carácter mercenario de la
disidencia, el botín cuantioso que incita a muchos a
jugar un papel de falsos demócratas, de “luchadores
por la libertad” que van a la sección de intereses a
que le regalen radios, computadoras, cámaras y
alimentos. Hasta la propia disidencia interna se ha
visto en la necesidad de repudiar esa parte del
mensaje que deja tan en claro las incitaciones
consumistas de su actitud.
Lo que no escapa a nadie es la naturaleza
intervencionista de este plan. Ningún gobierno en el
mundo puede ordenar cómo va a ser el futuro de otro,
cómo debe organizarse el gobierno de su vecino. Eso
se llama ingerencismo, eso es intrusismo, mangoneo y
entremetimiento. Buscando otro nombre más ademado:
se llama imperialismo. Ya sabemos que los americanos
del norte son hábiles para buscar máscaras a su
afición al avasallamiento ajeno. Dicen que van a
exportar la democracia y la libertad y en realidad
exportan productos industriales a alto costo y
compran (o roban) materia prima depreciada.
Es increíble la manera pormenorizada en que han
previsto y dispuesto cada uno de los aspectos de una
administración dependiente del State Department.
Cuba se convertiría en un negociado clase B de un
ministerio yanqui. Habría que consultar a Washington
el color de los zapatos que nos ponemos cada día. El
nuevo gobierno de ocupación estaría compuesto de
robots atentos a cada palpitación del Potomac y no
se tendría en cuenta, para nada, los intereses
nativos. Sería la descaracterización y
despersonalización de la identidad cubana, la
anulación de doscientos años de historia, la
cancelación de la cultura acumulada en la
literatura, la música, el teatro, la música. Cuba
quedaría dependiente de los productos de
entretenimiento gringos que llegan en videos,
casetes, filmes y best sellers de vulgaridad y
tontería probados.
Tratarán de que el arroz con frijoles negros y el
picadillo a la criolla sea sustituido por McDonald´s
y los buñuelos de viento se eclipsen ante el hot
fudge. Es obvio que para lograrlo deben contar con
un país en paz y aquiescente que se deje imponer
todo eso sin protestar. Pero el concepto de guerra
de todo el pueblo haría del territorio cubano un
infierno de tal magnitud que lo de Irak les
parecería unas vacaciones en la Riviera francesa.
Lo que ha logrado el conocimiento de ese plan es
exacerbar los sentimientos nacionalistas, el
espíritu de resistencia, la voluntad de quebrantar
los propósitos dominantes. Ningún cubano, creo que
hasta los del exilio miamense, ha podido enterarse
de este propósito sin que le entre el cosquilleo de
la fibra patriótica. Es un intento tan desembozado
de autoritarismo descarado, de imposición insolente,
de prepotencia altanera que lo deja a uno pasmado y
boquiabierto que no es posible leerlo sin que uno
sienta sus palabras como un llamado a las armas.
(La Jiribilla) 16-07-2006 |