José Julián Martí Pérez,
Apóstol de la Independencia
de Cuba

 

  

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 Los todos de Martí

LUIS TOLEDO SANDE

Con frecuencia, dos discursos de José Martí se han visto como si ocuparan los extremos de una polarización contradictoria, a despecho de las razones que reclaman ver en ellos una interrelación orgánica: son, respectivamente, los que se conocen como Con todos, y para el bien de todos y Los pinos nuevos, y él pronunció el 26 y el 27 de noviembre de 1891. En estas líneas se trata el primero de ellos. El segundo queda para un próximo artículo.

La divisa con que termina el discurso del 26, "pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: `Con todos, y para el bien de todos'", ha sufrido algunas lecturas que van de la desprevención al dolo. A ella echaron mano durante la República neocolonial los interesados en justificar las injusticias de un sistema opuesto a los ideales martianos, y después del triunfo revolucionario lo han hecho quienes condenan un proyecto que en sus mejores logros ha tenido base en dichos ideales.

En El Diablo Cojuelo, periódico estudiantil de 1869, Martí, entonces adolescente, impugnó a "esos que llaman sensatos patricios, y que solo tienen de sensato lo que tienen de fría el alma". La marcha posterior de la Guerra de los Diez Años le enseñó hasta qué punto, salvo casos particulares, los sectores más enriquecidos desertaban de la causa patriótica. En su Lectura en Steck Hall, balance de aquella gesta hecho con las miras puestas en la contienda por venir, impugnó a "los que se alzaron sobre el pavés de la revolución, no para afianzarlo o mantenerlo puro, sino para impedir que sus verdaderos mantenedores lo libraran de su mancilla pasajera".

Convencido de que entre los verdaderos mantenedores de la gesta habían primado los humildes, y en términos que evidencian su certidumbre de que no sostenía una verdad mayoritariamente reconocida, también dijo: "Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones". Abundó en criterios que muestran su conciencia de que se encaminaba a fundar un proyecto patriótico nuevo, ajeno a la "urbana y financiera manera de pensar" de los más ricos. Esa perspectiva la extendió a la América toda, y en uno de sus apuntes caraqueños, de 1881, escribió: "En América, la revolución está en su período de iniciación.—Hay que cumplirlo. Se ha hecho la revolución intelectual de la clase alta: helo aquí todo. Y de esto han venido más males que bienes."

Diez años más tarde se había fortalecido en esa orientación, y las exigencias unitarias del frente de liberación nacional que urgía desarrollar para la lucha independentista no lo llevaron a disimularla. En los humildes, en los trabajadores en quienes veía "el arca de nuestra alianza", no estaba el peligro mayor para la unidad en la guerra ni para la concordia en la república. Las Resoluciones —donde se siente su mano—, aprobadas en Tampa el mismo día en que pronunció aquel discurso, una vez planteada la necesidad de buscar "el acomodo a las realidades y derechos y alma democrática del país", declaran: "La organización revolucionaria no ha de desconocer las necesidades prácticas derivadas de la constitución e historia del país, ni ha de trabajar directamente por el predominio actual o venidero de clase alguna; sino por la agrupación, conforme a métodos democráticos, de todas las fuerzas vivas de la patria."

La expresión "las fuerzas vivas de la patria" no puede recibirse aquí en el sentido señorial que la distingue en el pensamiento burgués, y cabe apuntar que la advertencia contra el predominio de una clase sobre otras no se dirigía contra los sectores explotados, sino contra los explotadores. Desde el inicio del discurso en que invocó la "fórmula del amor triunfante", Martí refutó a quienes estaban dispuestos a sentarse sobre la libertad: "De altar se ha de tomar a Cuba, para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre ella."

Con razón reclamaba un porvenir "redimido del peligro grave de seguir a ciegas, en nombre de la libertad, a los que se valen del anhelo de ella para desviarla en servicio propio". Si a alguien contrariaría su prédica sería a los que en su testamentaria carta a Manuel Mercado, el día antes de morir, llamó "prohombres, desdeñosos de la masa pujante —la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país— la masa inteligente y creadora de blancos y de negros". Esos prohombres y sus servidores propalaban lo que en Tampa llamó el miedo "al negro, al negro generoso, al hermano negro"; "al español llano, que ama la libertad tanto como la amamos nosotros"; a los veteranos del 68 y, en general, a la guerra. Actitudes tales pretendían frenar el ímpetu emancipador, peligroso para las propiedades del privilegio.

A esa pretensión servían aquellos a quienes Martí definió como "los lindoros que desdeñan hoy esta revolución santa cuyos guías y mártires primeros fueron hombres nacidos en el mármol y seda de la fortuna"; "los olimpos de pisapapel, que bajan de la trípode calumniosa para preguntar aterrados, y ya con ánimos de sumisión, si ha puesto el pie en tierra este peleador o el otro, a fin de poner en paz el alma con quien puede mañana distribuir el poder"; y "los alzacolas que fomentan, a sabiendas, el engaño de los que creen que este magnífico movimiento de almas [...] no es más que el tesón de un rezagado indómito, o la correría de un general sin empleo, o la algazara de los que no gozan de una riqueza que solo se puede mantener por la complicidad con el deshonor, o la amenaza de una turba obrera, con odio por corazón y papeluchos por sesos, que irá, como del cabestro, por donde la quiera llevar el primer ambicioso que la adule, o el primer déspota encubierto que le pase por los ojos la bandera".

Aunque no quisiera excluir de la obra patriótica a nadie ni a sector alguno, sabía quiénes se autoexcluían de ella salvo para dificultarla. De hecho, esos no se hallaban en el conjunto de todos "los elementos reales de nuestro país" con quienes contar para la guerra necesaria y el funcionamiento justiciero de la república. Aún no habría todas las condiciones requeridas para proclamar cómo sería esa república; pero, arraigado en la historia y en sus circunstancias, y con perspectiva planetaria, Martí sabía que se trataba de un proyecto propio y nuevo, frente al cual "los petimetres de la política" se pondrían a "refunfuñar el patriotismo de polvos de arroz, so pretexto de que los pueblos, en el sudor de la creación, no dan siempre olor de clavellina".

(Granma) 7 de agosto de 2003


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