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LUIS TOLEDO
SANDE
Con frecuencia, dos discursos
de José Martí se han visto como si ocuparan los extremos de una
polarización contradictoria, a despecho de las razones que reclaman
ver en ellos una interrelación orgánica: son, respectivamente, los
que se conocen como Con todos, y para el bien de todos y Los pinos
nuevos, y él pronunció el 26 y el 27 de noviembre de 1891. En estas
líneas se trata el primero de ellos. El segundo queda para un
próximo artículo.
La divisa con que termina el
discurso del 26, "pongamos alrededor de la estrella, en la bandera
nueva, esta fórmula del amor triunfante: `Con todos, y para el bien
de todos'", ha sufrido algunas lecturas que van de la desprevención
al dolo. A ella echaron mano durante la República neocolonial los
interesados en justificar las injusticias de un sistema opuesto a
los ideales martianos, y después del triunfo revolucionario lo han
hecho quienes condenan un proyecto que en sus mejores logros ha
tenido base en dichos ideales.
En El Diablo Cojuelo,
periódico estudiantil de 1869, Martí, entonces adolescente, impugnó
a "esos que llaman sensatos patricios, y que solo tienen de sensato
lo que tienen de fría el alma". La marcha posterior de la Guerra de
los Diez Años le enseñó hasta qué punto, salvo casos particulares,
los sectores más enriquecidos desertaban de la causa patriótica. En
su Lectura en Steck Hall, balance de aquella gesta hecho con las
miras puestas en la contienda por venir, impugnó a "los que se
alzaron sobre el pavés de la revolución, no para afianzarlo o
mantenerlo puro, sino para impedir que sus verdaderos mantenedores
lo libraran de su mancilla pasajera".
Convencido de que entre los
verdaderos mantenedores de la gesta habían primado los humildes, y
en términos que evidencian su certidumbre de que no sostenía una
verdad mayoritariamente reconocida, también dijo: "Ignoran los
déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de
las revoluciones". Abundó en criterios que muestran su conciencia de
que se encaminaba a fundar un proyecto patriótico nuevo, ajeno a la
"urbana y financiera manera de pensar" de los más ricos. Esa
perspectiva la extendió a la América toda, y en uno de sus apuntes
caraqueños, de 1881, escribió: "En América, la revolución está en su
período de iniciación.—Hay que cumplirlo. Se ha hecho la revolución
intelectual de la clase alta: helo aquí todo. Y de esto han venido
más males que bienes."
Diez años más tarde se había
fortalecido en esa orientación, y las exigencias unitarias del
frente de liberación nacional que urgía desarrollar para la lucha
independentista no lo llevaron a disimularla. En los humildes, en
los trabajadores en quienes veía "el arca de nuestra alianza", no
estaba el peligro mayor para la unidad en la guerra ni para la
concordia en la república. Las Resoluciones —donde se siente su
mano—, aprobadas en Tampa el mismo día en que pronunció aquel
discurso, una vez planteada la necesidad de buscar "el acomodo a las
realidades y derechos y alma democrática del país", declaran: "La
organización revolucionaria no ha de desconocer las necesidades
prácticas derivadas de la constitución e historia del país, ni ha de
trabajar directamente por el predominio actual o venidero de clase
alguna; sino por la agrupación, conforme a métodos democráticos, de
todas las fuerzas vivas de la patria."
La expresión "las fuerzas
vivas de la patria" no puede recibirse aquí en el sentido señorial
que la distingue en el pensamiento burgués, y cabe apuntar que la
advertencia contra el predominio de una clase sobre otras no se
dirigía contra los sectores explotados, sino contra los
explotadores. Desde el inicio del discurso en que invocó la "fórmula
del amor triunfante", Martí refutó a quienes estaban dispuestos a
sentarse sobre la libertad: "De altar se ha de tomar a Cuba, para
ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre
ella."
Con razón reclamaba un
porvenir "redimido del peligro grave de seguir a ciegas, en nombre
de la libertad, a los que se valen del anhelo de ella para desviarla
en servicio propio". Si a alguien contrariaría su prédica sería a
los que en su testamentaria carta a Manuel Mercado, el día antes de
morir, llamó "prohombres, desdeñosos de la masa pujante —la masa
mestiza, hábil y conmovedora, del país— la masa inteligente y
creadora de blancos y de negros". Esos prohombres y sus servidores
propalaban lo que en Tampa llamó el miedo "al negro, al negro
generoso, al hermano negro"; "al español llano, que ama la libertad
tanto como la amamos nosotros"; a los veteranos del 68 y, en
general, a la guerra. Actitudes tales pretendían frenar el ímpetu
emancipador, peligroso para las propiedades del
privilegio.
A esa pretensión servían
aquellos a quienes Martí definió como "los lindoros que desdeñan hoy
esta revolución santa cuyos guías y mártires primeros fueron hombres
nacidos en el mármol y seda de la fortuna"; "los olimpos de
pisapapel, que bajan de la trípode calumniosa para preguntar
aterrados, y ya con ánimos de sumisión, si ha puesto el pie en
tierra este peleador o el otro, a fin de poner en paz el alma con
quien puede mañana distribuir el poder"; y "los alzacolas que
fomentan, a sabiendas, el engaño de los que creen que este magnífico
movimiento de almas [...] no es más que el tesón de un rezagado
indómito, o la correría de un general sin empleo, o la algazara de
los que no gozan de una riqueza que solo se puede mantener por la
complicidad con el deshonor, o la amenaza de una turba obrera, con
odio por corazón y papeluchos por sesos, que irá, como del cabestro,
por donde la quiera llevar el primer ambicioso que la adule, o el
primer déspota encubierto que le pase por los ojos la
bandera".
Aunque no quisiera excluir de
la obra patriótica a nadie ni a sector alguno, sabía quiénes se
autoexcluían de ella salvo para dificultarla. De hecho, esos no se
hallaban en el conjunto de todos "los elementos reales de nuestro
país" con quienes contar para la guerra necesaria y el
funcionamiento justiciero de la república. Aún no habría todas las
condiciones requeridas para proclamar cómo sería esa república;
pero, arraigado en la historia y en sus circunstancias, y con
perspectiva planetaria, Martí sabía que se trataba de un proyecto
propio y nuevo, frente al cual "los petimetres de la política" se
pondrían a "refunfuñar el patriotismo de polvos de arroz, so
pretexto de que los pueblos, en el sudor de la creación, no dan
siempre olor de clavellina". (Granma) 7 de agosto de 2003 |