|
ROLANDO
RODRÍGUEZ
Mientras Gómez hizo residir la causa del arranque
de Martí en "su valor temerario y la fogosidad de su caballo"¹
algunos han querido ver en su acción un suicidio, una muerte
provocada conscientemente. Una frase expurgada de sus escritos, como
la de "Para mi, ya es hora"² de la carta a Federico Henríquez y
Carvajal, de marzo del 95, ligada a las diferencias de criterio con
Maceo y Gómez en relación con su salida de la manigua más su
presencia terca e intempestiva en el teatro del combate, casi solo,
han llevado a uno que otro a afirmarlo o, al menos, a hacer veladas
sugerencias que lo implicarían. Si aquella frase no se extrae de su
contexto, nada apuesta por la tesis del sacrificio buscado, del
martirio, del hombre que se hizo matar. En la misiva a Henríquez y
Carvajal, Martí se refiere a la idea, de la cual se le había tratado
de convencer en Montecristi, de que su papel esencial en la lucha
estaba fuera de la isla. Para establecer la verdad, debe señalarse
que previamente a la manoseada sentencia, el Apóstol le había
afirmado a Henríquez y Carvajal: "Yo evoqué la guerra: mi
responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar", y después
añadía: "...hay que hacer viable, e inexpugnable, la guerra; si ella
me manda, conforme a mi deseo único, quedarme, me quedo en ella; si
me manda, clavándome el alma, irme lejos de los que mueren como yo
sabría morir, también tendré ese valor (...) De mí espere la
deposición absoluta y continua".³ Y todavía, más adelante, asegura
que, ante la opción expuesta, prefería quedar en el escenario de la
querella, aunque fuese como el último peleador y como tal morir, y
pronuncia la frase. Mas, enseguida, en su desdoblamiento de siempre,
consciente de su responsabilidad en la nueva contienda y del
objetivo que perseguía con ella, que no solo era la independencia de
Cuba sino servir a América, oponía a cualquier deseo hipotético un
deber que creía estaba por encima de sí mismo. Por ende, esta frase
solo queda como imagen del ser individual no del ser histórico —de
cuya investidura tenía conciencia—, que se ha autoimpuesto una
empresa grandiosa y de fondo revelada en la carta inconclusa a
Manuel Mercado.
En la mente de un hombre que
el día anterior a su caída estaba proyectando los objetivos que se
exponían en la misiva a su amigo mexicano, en la de alguien que
apuntó en su texto "cuanto he hecho hasta hoy y haré" —obsérvese el
tiempo futuro—, no hay cabida para un martirologio provocado,
buscado de manera consciente, porque sabía que la muerte truncaría
empresa de tal calado, que tal vez estaba convencido de que no
tendría realización si no era conducida por sus manos, pues solo él
la entendía en todo su alcance.
Por añadidura, se olvidaría
que, el 14 de mayo, cinco días antes de su muerte, Martí había
anotado en su diario que iba meditando en la conducta que debía
adoptar en relación con su marcha de la manigua o su permanencia y
formación del gobierno; es decir, en el porvenir. Él, probadamente,
había previsto desde hacía largo tiempo la posibilidad de que no
pudiera permanecer en la manigua. Recuérdese que, ya el 20 de
octubre de 1894, le había escrito a Gómez:
Aquí, los primeros ímpetus,
con la fuerza y crédito de la guerra armada, serán todo lo que deben
ser, y el auxilio fácil mensual que dejo organizado. Allá, Ud. sabe
mi alma y mis propósitos y encenderé, y juntaré, y quitaré estorbos,
y haré eso cuanto quepa en mí. Y si luego debo echar a la mar el
corazón, y volver a ordenar el esfuerzo último, sin el descrédito
que acompañaría a un revolucionario meramente verboso, volveré,
donde sirva más.(4)
Otro dato más niega la
posibilidad de un suicidio, no por menor poco importante: si hubiera
querido marchar al sacrificio, no habría invitado a Ángel de la
Guardia a acompañarlo. Para un hombre de su ética, hubiera sido
injusto arriesgar la vida del joven —casi un niño—, en un destino
que, en todo caso, debía ser únicamente suyo.
En cuanto a la fogosidad del
caballo, aunque no debe ser la razón del avance impetuoso, resulta
de interés conocer numerosos testimonios que reiteran el carácter
brioso e incontrolable del corcel. Si bien algunos aseguran que la
bestia procedía de las ocupadas a las fuerzas del coronel Copello,
en Jobito, otra versión afirma que procedía de una recría de la zona
de Guantánamo, y el año anterior, un primitivo comprador del caballo
lo había devuelto a su propietario, "porque padecía el mal de
asustarse y desbocarse". Este propietario se incorporó después a las
huestes mambisas con sus corceles.(5) Pero hay que decir,
que si bien Martí no era un jinete consumado tampoco era un
inexperto. Desde su niñez había galopado y, de nuevo, durante sus
viajes, lo había hecho muchas veces.
A propósito, Baconao, al que
una bala hirió en el vientre y le salió por el anca, sobrevivió y
Gómez ordenaría soltarlo en la finca Sabanilla, con la prohibición
expresa de que nadie más lo montara.(6) Era un tributo de
respeto y cariño hacia Martí.
A todas estas, según un relato
de lo acontecido, que Ángel de la Guardia dio a conocer a su esposa
tiempo después, en un campamento mambí, y el hijo de ambos refirió,
media legua después de cruzar el Contramaestre, junto con Gómez,
Martí, Borrero, Masó, su hermano Dominador y otros, una hondonada
desvió los caballos del Apóstol y el suyo y galoparon en una línea
diagonal respecto a la fuerza del jefe militar de la revolución
hasta tropezar con la avanzada española.(7) Es decir, en este
testimonio no muy repetido en las reseñas relacionadas con aquel
hecho, se aduce que la separación de las otras fuerzas cubanas fue
resultado de un accidente del terreno. Desde luego, en él, relato de
un relato, a su vez tomado de un relato, hay imprecisiones tales que
no permiten asumirlo al pie de la letra.
Incluso, los corresponsales de
La Discusión y de Diario de la Marina, sostendrían que
Martí revólver en mano arengaba a los mambises a avanzar cuando fue
herido de muerte, relato que obtuvieron de los soldados de la
avanzada.(8) Esta versión circuló ampliamente, pero como no la
corroboró una fuente cubana, y el único que podía hacerlo murió,
nunca se ha valorado. Sin embargo, no puede ignorarse
totalmente.
En fin, hablar de la búsqueda
deliberada de la muerte por parte de José Martí solo evidencia
desconocimiento de su carácter, afiliarse a esa tesis únicamente
puede conducir a pensar que lo suyo —y lo de todo revolucionario
auténtico— consistía en utopías y que en él todo emergía de una veta
romántica. Después de eso, en la acción de Dos Ríos solo quedaría un
arrebato hijo de la frustración, de la obcecación, de la desilusión,
porque lo hacían salir de la manigua. Se desconocería u olvidaría
que Martí era un político depurado que sabía de litigios, ataques
injustos y hasta de humillaciones, sin que esto lo condujera nunca a
depresiones: por la sencilla razón de que no podía permitírselas.
Él, estaba preparado para apurar acíbar, hiel. Cómo no recordar
estas palabras suyas, todavía frescas, cuando cayó: "No habrá dolor,
humillación, mortificación, contrariedad, crueldad, que yo no acepte
en servicio de mi patria".(9) Por el contrario, a
encrespadas tormentas, borrascas temibles y cielos encapotados,
siempre respondió de manera altiva, firme, valerosa. De hecho, nunca
se vio flaquear a su membruda voluntad y, en todo momento, se
sobrepuso al peor contratiempo. Porque fue siempre un luchador que
se enfrentó, sin lirismo alguno, con temple y nervio, a la
adversidad y cuando se impuso la tarea de independizar a Cuba, sabía
que su ruta se repletaría más de zarzas que de flores. Para aquel
hombre, la meta resultaba más importante que el camino.
Por todas estas razones, la
acción del Apóstol en Dos Ríos queda más bien prefigurada en otras
palabras que había escrito tiempo atrás: "La muerte engrandece
cuanto se acerca a ella; y jamás vuelven a ser enteramente pequeños
los que la han desafiado".(10) Es decir, en aquella
hora había montado porque después podría sentarse a continuar el
debate con los hombres que sabían montar, y había avanzado porque
consideraba que una vez en medio de la batalla ya no era la palabra
sino el ejemplo el que debía movilizar. Sería su demostración de
que, como aquellos, se volvía capaz de arrostrar la
muerte.
Tomado del libro Dos Ríos a
caballo y con el sol en la frente.
1 Gerardo Castellanos: Los
últimos días de Martí p. 317 2 José Martí: Ob. cit., t. IV p.
111 3 Ibíd. 4 Ibíd, t. III, p. 299 5 Véase el trabajo de
Ricardo Ronquillo Bello y Víctor Hugo Purón,"Cabalgadura en la
encrucijada", en el diario Juventud Rebelde,de 19 de mayo de
2000. 6 Rafael Lubián: Martí en los campos de "Cuba Libre", ed.
cit. P. 116. 7 "Dos documentos sobre la muerte de Martí. El
testimonio de Ángelde la Guardia Bello, según su hijo Ángel de la
Guardia Rosales",Anuario de Estudios Martianos no. 2, citado, p.
420. 8 Pedro Castillo: "¿Quién mató a Martí?", revista Bohemia,
no. 20,16 de mayo de 1968. 9 Ibíd, t. IV, p. 117. 10 José
Martí: Ob. cit., t. XIII, p. 306 (Granma) 19 de mayo de 2003 |