En este 2003 se cumplen 150 años del nacimiento de uno de los
hombres más ilustres de América. Las huellas de su pensamiento y de
su andar están aún frescas en varios lugares de su tierra natal.
Breve fue su existencia. Cuarenta y dos años, tres meses y 19
días. De ellos, en el destierro más de la mitad. Pero fue tal su
consagración a la forja de una patria, que el lapso relativamente
breve en que se desplazó por limitados espacios de este archipiélago
trazó una ruta digna de recorrer 150 años después de su nacimiento.
Hacerlo, nos ayuda a entender cómo se conformó la personalidad del
más universal de los cubanos.
El Museo Casa Natal de José Martí, de la Oficina del Historiador
de Ciudad de La Habana, es un excepcional punto de partida. La
institución posee la mayor colección de objetos que se atesoran en
Cuba, relacionada con la vida y la obra del Héroe Nacional.
Construida a inicios del siglo XIX, esta sencilla casa de típico
estilo colonial perteneció inicialmente a una congregación
religiosa, y en 1852 su nuevo propietario la alquiló a dos familias
emparentadas, una de las cuales era el joven matrimonio que formaban
el valenciano Mariano Martí y la canaria Leonor Pérez.
De ellos nació el 28 de enero de 1853 el primogénito, José
Julián, quien vivió en el lugar hasta los tres años de edad.
El museo posee siete salas permanentes y un área de exposición
transitoria, a las cuales se anexan los restos de la Real Cárcel de
La Habana.
En la Sala I de la planta alta, una tarja señala que esa fue la
habitación de su nacimiento. Aquí se exponen objetos relacionados
con su infancia, adolescencia y juventud, entre ellos la primera
carta que escribió a los nueve años, cuando acompañó a su padre a la
zona conocida como Anábana, cerca del actual Jagüey Grande,
provincia de Matanzas, donde su progenitor se desempeñó durante
algún tiempo como juez pedáneo.
En otras salas se recogen los testimonios del periodo de
deportación hacia España en 1871, sus viajes a México y Guatemala y
la participación de Martí en prestigiosas instituciones culturales
durante su breve estancia en La Habana después de la firma del Pacto
del Zanjón (1878-1879).
Además, la estancia en Estados Unidos (1880-1895), y el período
que vivió en Venezuela, además de la designación como cónsul en
Nueva York de Uruguay, Paraguay y Argentina —cargos a los que
renunció en aras de su quehacer independentista. El ambiente de la
oficina de Martí en Nueva York, sede del Partido Revolucionario
Cubano en su etapa de organización y funcionamiento está recreado en
el museo, así como el accionar del Delegado del Partido
revolucionario Cubano en la organización e inicio de la Guerra
Necesaria, como él la llamó.
La última etapa de la vida de Martí, la estancia en Montecristi,
la travesía desde Cabo Haitiano hasta la caída en combate en Dos
Ríos, en la antigua provincia de Oriente, se sintetizan en otra
parte de la institución.
En el entorno habanero
Apenas a unas cuadras de la Casa Natal, en la calle Cárcel entre
Zulueta y Prado, están los restos de la antigua Real Cárcel de La
Habana.
De este edificio construido entre 1835 y 1839, se conservan la
capilla y cuatro celdas bartolinas. Aquí estuvo preso a los l6 años
de edad, condenado a seis años de trabajos forzados por el delito de
infidencia.
Durante meses, el preso 113 —Martí— caminó a duras penas por la
calle de San Lázaro al amanecer y regresó bien avanzada la tarde,
junto a los demás reclusos, arrastrando las cadenas atadas en un
extremo a una pesada carga y en el otro al grillete que le oprimía
el tobillo, en un itinerario que iba del infierno de la cárcel al
dolor infinito de la sección La Criolla, de las canteras.
La Fragua Martiana, antigua zona de esas canteras, es otro punto
esencial de la ruta cubana de José Martí. Por eso en ocasión de su
sesquicentenario fue develada aquí la escultura de bronce, a tamaño
natural, El Preso 113, creada por el artista José Villa Soberón.
Por gestiones de la familia, el joven Martí fue trasladado a la
finca El Abra, de José María Sardá, en Isla de Pinos (hoy Isla de la
Juventud), donde permaneció recuperándose, hasta que partió,
desterrado, hacia España. Esta hacienda se conserva como museo. Pero
si el viajero dispone de escaso tiempo, en el entorno de Ciudad de
la Habana puede encontrar muchos lugares relacionados con su vida y
con su obra, unos tal vez más conocidos que los otros.
Un indiscutible símbolo de la ciudad es la estatua de mármol
blanco ubicada en el Parque central, inaugurada el 24 de febrero de
1905, la cual sustituyó a la de Isabel II, de España.
A 50 metros de allí, en la acera opuesta del Paseo de Prado, en
el hotel Inglaterra, fue restaurado el café El Louvre, donde
pronunció un discurso en 1879 ante jóvenes e intelectuales de la
época en honor a Adolfo Márquez Sterling, digno periodista. Una
tarja deja constancia de aquel acontecimiento.
A pocas cuadras —y este sitio es menos conocido—, en Prado y
Animas —muy próximo al actual restaurante Prado 264 se conserva en
buen estado la edificación en la cual radicó el Colegio San Pablo,
de Rafael María de Mendive, donde Martí expresó sus primeras
inquietudes independentistas a través de los versos del poema Abdala
antes de cumplir 16 años.
Y en la intersección de las calles Industria y San Miguel, en un
inmueble marcado hoy con el número 320, estuvo la vivienda de la
familia Valdés Domínguez, entonces con el número122, la cual fue muy
frecuentada por Martí. Fue allí donde escribió a un condiscípulo
incorporado a los cuerpos de soldados voluntarios españoles la
misiva que lo llevó al presidio político.
Bien cerca de allí, en Amistad entre Neptuno y Concordia, en la
humilde casa que estuvo marcada con el número 42 y que hoy no tiene
número, residió José Martí junto a su esposa Carmen Zayas Bazán y su
pequeño hijo José Francisco, en l879, etapa que describe en los
versos de su poema Ismaelillo.
Por aquellos días se desempeñaba como pasante de abogacía en el
bufete de Miguel F. Viondi y de Nicolás Azcárate, sito en Empedrado
número 2, y conspiraba junto a Juan Gualberto Gómez contra el
colonialismo español.
Al ser descubierto fue detenido en su casa y conducido a la
antigua jefatura de la Policía, en Empedrado y Monserrate, hoy una
de las instalaciones del Museo Nacional de Bellas Artes, de cuyas
celdas partió hacia su segundo y último destierro.
Se dice que la vigilancia de los agentes secretos del régimen
español se había estrechado contra José Martí aquel día de l879 en
que pronunció un encendido discurso patriótico en el Liceo Artístico
y Literario de Guanabacoa ante el mismísimo Capitán General de la
isla de Cuba.
Alguien trató de restarle importancia al desagradable momento que
vivió la máxima representación de la Corona en Cuba, susurrándole
que el joven Martí estaba loco. Y cuentan que el déspota respondió:
“Este Martí es un loco, pero un loco peligroso”.
En el Museo Municipal de Guanabacoa hoy se conserva el podio
desde el que Martí pronunció aquella vehemente pieza oratoria.
Y como colofón de este itinerario martiano en el entorno
habanero, sobresale el Memorial José Martí, ubicado la Plaza de la
Revolución, donde millones de cubanos se han reunido reiteradamente
en los últimos 44 años para proclamar en asamblea pública su
voluntad de realizar y preservar su utopía política y social.
En la base del Memorial, el visitante puede recibir una amplia
información gráfica y textual acerca de su vida y obra.
Una visión integral y más completa del Héroe Nacional de Cuba,
logrará el visitante si en su ruta martiana se asoma a Playitas de
Cajobabo, en la actual provincia de Guantánamo, punto de desembarco
de Martí y el generalísimo Máximo Gómez en abril de 1895, y más aún,
recibirá una visión asombrosa de la flora y de la fauna endémica, si
guiado por las páginas del Diario de campaña de José Martí continúa
su itinerario senderista hasta llegar a Boca de Dos Ríos, en la
provincia, donde como lo deseó, de cara al sol y en combate, dedicó
a Cuba su último aliento.
Entonces, el amigo que ha llegado hasta aquí en la ruta cubana de
Martí, sentirá la necesidad de dirigirse a Santiago de Cuba, al
cementerio Monumento Nacional de Santa Ifigenia. En el panteón del
autor de los Versos Sencillos colocará un ramo de flores y rendirá
homenaje a la bandera de la estrella solitaria. Después, se sentirá
honrado, recordando a quien sentenció que “honrar, honra.”
(Prensa Latina)