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Los biógrafos han insistido en los
rasgos románticos de la personalidad de José Martí, y con
frecuencia se ha considerado su condición de poeta como una
especie de raro impedimento para el hombre de acción que
también fue.
Y aunque durante los últimos decenios se ha
avanzado mucho en la comprensión de su extraordinaria
capacidad como líder y organizador político, aún asoma aquí y
allá su imagen de soñador desasido de los asuntos
terrenales.
Sin embargo, cualquier acercamiento
desprejuiciado a la vida de Martí nos indica sin duda alguna
que nos hayamos ante un hombre plenamente de su tiempo, primer
requisito que él mismo establecía para ser un hombre de todos
los tiempos. Nada humano le fue ajeno ante su enorme e
inapagable deseo de conocimiento y ante su firme voluntad de
mantener su vida apegada a las normas éticas que se fijó bajo
los principios de su afán de servicio humano.
En 1895, en medio de los campos cubanos, cuado
se incorporó a la guerra desatada a su impulso, dedicaba
tiempo en su diario de campaña a anotar el follaje, los
animales, las costumbres de quienes le rodeaban, los relatos
de los hombres de campo que hallaba a su paso.
Por esos mismos días, mientras esquivaba la
tenaz persecución del enemigo y escribía y convencía para
organizar el gobierno de los patriotas, se encargaba de hacer
valer el derecho a la justicia hasta para un desalmado que
cometía tropelías desde las filas revolucionarias.
Sus enemigos, atentos a las honduras de
justicia social de su pensamiento, lo consideraron un loco
peligroso. El mismo comprendió hasta dónde se apartaba de la
lógica de su tiempo y escribió: "Los locos somos cuerdos."
Realista y práctico, sutil y lleno de tacto en
sus actos fue Martí para así garantizar el cumplimiento de los
más hondos propósitos de su existencia. La base de su
perspicacia fue justamente su sentido de la previsión.
En su fundamental ensayo publicado en 1891, en
"Nuestra América", llamó a abandonar el espíritu aldeano y
atender a los grandes asuntos que imponía el mundo moderno
para asegurar la independencia y la soberanía de los países
latinoamericanos. Algún tiempo después, para afincar su idea
de que la independencia de las Antillas españolas contribuiría
al equilibrio universal, escribió: "Hay que prever, y marchar
con el mundo." Conocer es prever.
No cabe dudas de que la larga estancia
neoyorquina de Martí entre 1880 y1895, sólo interrumpida por
sus seis meses de residencia en Venezuela en1881 y por sus
numerosos viajes cuando preparaba la insurrección en Cuba, le
sirvió como atalaya para penetrar a fondo en el sentido de
aquel tiempo y en las líneas esenciales de su marcha a mediano
y largo plazo.
Sus más de trescientas Escenas norteamericanas
no sólo constituyen el conjunto quizás más penetrante de
estudios acerca de los Estados Unidos de entonces, sino que
expresan además su comprensión cabal de que la modernidad se
movía por nuevos cauces que tendían a imponerse por el orbe
desde los grandes polos del capitalismo industrial.
Lo que admira no es todo lo que llegó a saber,
el enorme caudal de información que manejó, su actualización
diversa en los asuntos e ideas de su tiempo, sino su fabulosa
capacidad de síntesis creativa para, por un lado, interpretar
y prever la marcha de la historia y, por otro, conocer las
particularidades de la sociedad cubana y sus similares del
continente, y entender las características propias de su
desenvolvimiento histórico y de su psicología social y la
tendencia de estas a favorecer las relaciones de
dependencia.
Martí siguió atentamente la política interior
de las potencias europeas y cómo ellas se repartían
territorialmente el mundo. Fue un defensor de la diversidad
cultural y civilizatoria, y su incurable curiosidad le hizo
admirar y estudiar desde las grandes culturas de larga
historia como la india, la china y la árabe, hasta las
expresiones de los pueblos del Pacífico o del interior de
África.
Se apasionó con las culturas de la América
antigua y llegó a afirmar que el continente no podría salvarse
sin sus indios. Describió amorosamente el espíritu artístico
de los indios de la América del Norte, cuando estos eran
perseguidos a sangre y fuego.
Se preocupó por conocer el sistema político de
Estados Unidos y su funcionamiento, así como los problemas de
su industria y de su desarrollo económico, además del alma de
sus pobladores. No dejó de preocuparse por cualquier asunto de
nuestra América que pasara ante sus ojos, y aunque vivió más
tiempo fuera que en Cuba conocía al dedillo cuanto pasaba en
la Isla y cuanto pensaban y anhelaban los cubanos.
Todas esas inquietudes y saberes múltiples no
eran para solazar su espíritu de incuestionable refinamiento,
sino que su voluntad previsora supo interrelacionarlos con
certero juicio, aprovechar los avisos que muchos otros
lanzaban acerca de los caminos del mundo, y con singulares
entereza y denuedo se dedicó a la descomunal tarea de elaborar
y poner en ejecución una estrategia para impedir el previsible
curso de los acontecimientos desfavorable a la soberanía y el
desarrollo de los pueblos latinoamericanos.
Insisto en la idea. Desde luego que otros
vieron y ahondaron en ángulos decisivos de los problemas de
aquellos tiempos, quizás más de uno atrapó los rasgos
decisivos de la época histórica que se iniciaba, claro que
muchos fueron expertos en conocer y describir los tantos
asuntos que atenazaban al orbe y a muchos países. Y más de un
alma noble clamó y peleó por la justicia.
No es que Martí fuera el genio previsor
absoluto que vio lo que nadie vio, sino justamente todo lo
contrario: acopió creadoramente, sintetizó con brillantez y
trató de implementar un curso de la historia a favor de los
pueblos dominados o que comenzaban a serlo.
Es en ello en que se muestra su original
sentido de la previsión, como escribió el día antes de su
muerte en combate: "impedir a tiempo con la independencia de
Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y
caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de
América."
Desde su ética de servicio, que lo condujo
desde jovencito a echar su suerte con los pobres de la tierra,
su intento por cerrarle el paso al avance de las hegemonías
entre las naciones constituye la verdadera importancia de la
previsión martiana. Más que un aporte intelectual -que no deja
de serlo de alguna manera-, se trata de un aporte práctico a
la política, al pensamiento y a la cultura contra las
hegemonías, las dominaciones y las exclusiones.
Previsoras para el bien del hombre y para el
equilibrio del mundo resultaron las ideas, la estrategia y la
acción de José Martí. A la vez –y por ello mismo- fue el
organizador de la última guerra por al independencia de Cuba
sin abandonar la de Puerto Rico.
Previsor él, que procuraba una república nueva
equilibrada a su interior con justicia social para contribuir
así a la reformulación de las repúblicas criollas donde
pervivía la colonia, y juntas afrontar victoriosamente la
inevitable embestida de Estados Unidos.
Previsor él, por su tesis de que esa nueva
república, y América Latina toda, habrían de insertarse
-dentro de las diferencias- entre las grandes potencias de la
época, sin inclinarse hacia alguna en particular. Previsor él,
que murió en el empeño de acercarse a las metas supremas que
se trazó:"Desatar a América y desuncir al hombre." (PL) (Trabajadores) 29/10/2003
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