José Julián Martí Pérez,
Apóstol de la Independencia
de Cuba

 

  

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 José Martí y el equilibrio del mundo

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Por Luis Toledo Sande(*)

La necesaria independencia de las naciones de la región encontró en el Héroe Nacional de Cuba, cuyo 150 aniversario de su natalicio estaremos celebrando este año, la exposición de un proyecto político-revolucionario con sentido universal y cuyo valor se afianzó en la respuesta no solo a la urgencia de independizar las colonias residuales del régimen español en América, sino, sobre todo, en la voluntad de resolver un grave problema que se le presentaba al mundo.

JOSE Martí pensó y actuó fundamentalmente al servicio de la que él llamó nuestra América, con una perspectiva que giraba en torno a la lucha anticolonial y que, si no tuvo como eje el papel de la lucha de clases, sí incluyó una justiciera identificación con los pobres. Por su parte, Carlos Marx, en Europa, había contado con que del seno del capitalismo de mayor desarrollo emergiera la construcción socialista; Martí, desde su observatorio neoyorquino, detectó que se ponía en marcha un creciente expansionismo, y se propuso contribuir, con la independencia de nuestra América, a ponerle freno.

Pudiera suponerse que tanto el proyecto marxista —enriquecido luego por Lenin en otras circunstancias y con frutos cuya actual negación no es responsabilidad suya ni de sus continuadores legítimos— como el martiano —cuya frustración temporal también toman como pretexto los desertores de siempre— fueron víctimas de ilusiones. Pero más justo sería pensar y sostener que ambos llegaron a plantearse fines sin cuyo logro la humanidad caminaría hacia la destrucción: está caminando hacia ella, lo que, por suerte, no es forzosamente irreversible.

La idea del equilibrio del mundo —también presente de alguna manera en la aspiración de justicia social propia del marxismo— tiene múltiples raíces y pudo llegarle a Martí especialmente desde Bolívar, quien, sin que aún existiera el imperialismo, fue capaz de vaticinar que los Estados Unidos parecían destinados a plagar de miseria a nuestra América “en nombre de la libertad”. Pero aquella idea, hoy más acuciante que en ningún otro momento de la historia, se fortaleció en Martí con las señales del Congreso Internacional de Washington, reunido en esa ciudad, por iniciativa de la nación anfitriona, en el invierno de 1889-1890. Las maniobras y las tendencias del foro, primero de una serie al servicio del panamericanismo imperialista, le confirmaron que en sus cálculos para dominar políticamente a nuestra América —y en ese camino al mundo todo— por la vía del mercado, los gobernantes de los Estados Unidos incluían “la complicidad posible de las repúblicas venales o débiles”.

El Congreso encarnó ardides que un siglo después se llamarían Tratado de Libre Comercio —con México y ya también Canadá en la mirilla principal— y, sobre todo, Área de Libre Comercio para las Américas. Martí vio claramente que los Estados Unidos procuraban crearse un mercado para productos que les resultaban invendibles, y las bases de su triunfo sobre Europa. Ante ello proclamó que a la América de habla española le había llegado “la hora de declarar su segunda independencia”, esta vez del “sistema de colonización” que el arrogante vecino del Norte se aprestaba a “ensayar” en pueblos que ya se habían librado de su metrópoli europea. Denunciaba así “la intentona de llevar por América en los tiempos modernos la civilización ferrocarrilera como Pizarro llevó la fe de la cruz”.

Por su ubicación geográfica, y por estar compuestas mayoritariamente de países que no se habían independizado, las Antillas —señaladamente Cuba y Puerto Rico— tenían un especial significado en la trama geopolítica que los Estados Unidos se disponían a capitalizar. La acometividad de esa nación para alcanzar sus intereses imperiales, o imperialistas, como él los calificó, hizo a Martí acelerar la fundación del Partido Revolucionario Cubano, creado en 1892. Sus Bases comenzaron subrayando el fin de “lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”.

En un artículo aparecido en el periódico Patria el 17 de abril de 1894 con el elocuente subtítulo “El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América”, al saludar la entrada del Partido en su tercer año de vida, escribió: “En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, —mero fortín de la Roma americana; —y si libres— y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora— serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio —por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles— hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo. —No a mano ligera, sino como con conciencia de siglos, se ha de componer la vida nueva de las Antillas redimidas. [...] Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son sólo dos islas las que vamos a libertar.” No teorizaba en las nubes, sino que daba salida a sus convicciones de luchador. En el Manifiesto de Montecristi, fechado 25 de marzo de 1895, y primer programa público de la gesta que había estallado el 24 de febrero, afirmó y explicó por qué la emancipación de Cuba se alcanzaría “para bien de América y del mundo”: “la guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en el plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”. En carta, de igual fecha, al dominicano Federico Henríquez y Carvajal resumió esas ideas: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo.” El 18 de mayo de 1895 le escribió al mexicano Manuel Mercado otra de sus

declaraciones que nunca se habrán citado en exceso: “Ya puedo escribir: [...] ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso.” La guerra que él contribuyó a preparar no era ya fundamentalmente contra el ejército español, sino, en lo más profundo, contra el poderío estadounidense, y a la causa cubana y latinoamericana le urgía el resuelto apoyo de los países a cuya salvación servía la gesta independentista; pero ese apoyo podía faltarle. A Mercado le escribe: “Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos, —como ese de Vd. y mío,— más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino, que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia, —les habrían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato y de ellos.” Lo motivaba un profundo y razonado convencimiento: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas; —y mi honda es la de David”, expresa en esa carta, donde da curso a inquietudes reforzadas por la entrevista que un par de semanas antes, en campaña, ha tenido con el corresponsal en Cuba de The New York Herald. Los hechos demostraron que entre Martí y la prensa dominante en los Estados Unidos mediaba un conocimiento recíproco marcado por las profundas diferencias que separan a un revolucionario y al imperialismo. A ese periodista le entregó Martí, dirigido al pueblo y al gobierno de los Estados Unidos, un comunicado cuya falsificación por el poderoso diario él no alcanzaría a conocer, pues se publicó el trágico 19 de mayo de 1895.

El corresponsal le confesó haber dialogado antes con el político y militar español Arsenio Martínez Campos, quien —recuerda Martí— “le dio a entender que sin duda, llegada la hora, España preferiría entenderse con los Estados Unidos antes que rendir la Isla a los cubanos” (lo que, después de la intervención de los Estados Unidos en la guerra, se consumó en el Tratado de París). El gigante norteño urdía una trama política en la cual le destinaba un papel a México, país al cual habían cercenado y que desde 1883 venían intentando atar a sus tratados de falsa reciprocidad comercial. El conocimiento de los planes estadounidenses y la necesidad de conseguir apoyo para la gesta explican por qué Martí, quien en 1877 abandonó México en respuesta a la emergencia anticonstitucional de Porfirio Díaz, en 1894 le solicitó ayuda a ese gobernante. No pocas veces, y con razón, se ha insistido en que Díaz confió peligrosamente el desenvolvimiento de su país a los capitales extranjeros, pero no tanto en que, al procurar que las inversiones fueran de distintos países, alguna contención intentaba poner a los capitales estadounidenses.

Todo eso ilumina el interés con que Martí le dice a Mercado que el corresponsal del Herald le habló de alguien a quien “en el Norte se le cuida, como candidato de los Estados Unidos, para cuando el actual presidente desaparezca, a la presidencia de México”. La observación apuntaba hacia una de las formas como se ha manifestado históricamente el injerencismo internacional de los Estados Unidos. Pero el héroe que al día siguiente caería en combate no permanecía pasivo: “Y México —¿no hallará modo sagaz, efectivo e inmediato, de auxiliar, a tiempo, a quien lo defiende? Sí lo hallará, —o yo se lo hallaré. Esto es muerte o vida, y no cabe errar.” En el citado artículo de 1894 había afirmado: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos.” El Congreso Internacional de Washington le confirmó por dónde andaba con respecto a los pueblos latinoamericanos ya independientes la política expansionista del naciente imperialismo, y él intuía, o sabía, qué le reservaba a Cuba esa política. El 14 de diciembre de 1889, en carta a su compatriota Gonzalo de Quesada Aróstegui, entonces secretario de la delegación argentina al mencionado Congreso, y luego secretario suyo en el Partido Revolucionario Cubano, escribió: “Sobre nuestra tierra [...] hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos, y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, —para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: —ni maldad más fría.” El imperio contaba con sus judas: “¡Y hay cubanos, cubanos, que sirven, con alardes disimulados de patriotismo, estos intereses!” Las preocupaciones y la clarividencia de Martí se confirmaron dramáticamente en 1898: los Estados Unidos intervinieron para impedir la liberación de Cuba, y con ellos se entendió no la España popular, sino la monárquica, conquistadora, reaccionaria y opresiva, madre directa de la falangista, lejos hoy de haber sido extirpada. Los acontecimientos desatados con dicha intervención, que tendría graves consecuencias para el planeta, evidenciaron lo acertado de Martí al ver en la independencia cubana un suceso de significación mundial. Lenin —cuyo nivel de información acerca de Martí ignoramos— definiría la Guerra Hispano-Cubano-Estadounidense como la primera confrontación imperialista. Pero nada de eso ha sido suficiente para que al proyecto concebido y encabezado por Martí se le haya reconocido toda su dimensión, más de humanidad que de localidad, aunque en esta tuviera sus raíces directas y sus objetivos inmediatos. De hecho, las dos guerras del siglo XX llamadas mundiales fueron capítulos en espiral de una historia con ostensible punto de partida en los actos de los Estados Unidos en 1898 en pos de su hegemonía y contra la Corona española: sobre todo, contra los pueblos de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

También en la defensa de la liberación nacional y la soberanía de su patria Martí expresaba una orientación profundamente popular. En 1869, aún adolescente, al caracterizar el ambiente cubano como él lo apreciaba en su entorno habanero, impugnó a “los sensatos patricios” que “sólo tienen de sensato lo que tienen de fría el alma” y “reúnen en sus casas a ciertos personajes de aquellos que han fijado un ojo en Yara y otro en Madrid”. Inició así una trayectoria crítica que llegará en permanente enriquecimiento a su citada carta testamentaria a Manuel Mercado. En ella afirmó que ya el anexionismo carecía de realidad. Él sabía que los Estados Unidos no estaban interesados en anexarse a Cuba, sino en someterla como colonia —contra lo cual actuó la probada beligerancia independentista del país antillano—, pero los autonomistas constituían para la causa cubana un escollo intercambiable con el representado por los anexionistas. Eran “la especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le piden sin fe la autonomía de Cuba, contenta sólo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de oficio de celestinos, la posición de prohombres desdeñosos de la masa pujante, —la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país, —la masa inteligente y creadora de blancos y negros.” Martí no despreciaba el aporte de ningún cubano a la salvación de su patria, pero una vez y otra la vida le mostró que, salvo excepciones individuales, los más ricos desertaban de esa causa y la abandonaban “al sacrificio de los más humildes”, con el propósito de luego “sentarse sobre ellos”. Así escribió él en su artículo “Los pobres de la tierra”, publicado en Patria el 24 de octubre de 1894. Catorce años antes, el 24 de enero de 1880, al hacer ante compatriotas emigrados un balance de la Guerra de los Diez Años, sostuvo que los “verdaderos mantenedores” del ímpetu de liberación habían sido los más humildes, y, generalizando, proclamó que “el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”. En Versos sencillos, poemario nacido del invierno de angustia en que sesionó el Congreso Internacional de Washington, expresó la decisión de echar su suerte “con los pobres de la tierra”.

La expansión imperialista se ha valido de la complicidad celestinesca que los sectores y las clases de mayor opulencia en los distintos países le han ofrecido a Goliat. Mientras que entre los pobres sigue localizándose el centro de los empeños enfrentados o capaces de enfrentarse a los designios cesáreos. Las actuales circunstancias planetarias están marcadas por el silenciamiento oficioso de la cuestión colonial, por las consecuencias del desmantelamiento del campo socialista europeo, por traiciones y desencantos de todo tipo contra el empuje revolucionario y por el predominio de las fuerzas imperiales.

En cuadro semejante el terrible desequilibrio mundial se reviste de un manto de engañosa y peligrosísima unipolaridad. Pero ni en las naciones capitalistas de más vastos recursos el movimiento de los trabajadores ha podido ser borrado ni enteramente confundido por la opulencia y las maniobras de un imperio con el honor harto deshecho, y en la mayor parte del planeta se agravan las secuelas y la sobrevivencia del estado colonial. En conjunto, sigue siendo incontestable un hecho: la masa adolorida de pueblos y seres humanos, largamente mayoritaria incluso dentro de los países más poderosos y de la misma potencia hegemónica, es la base y la fuerza decisivas con que se podrá cumplir demandas tan urgentes como la lucha antimperialista, por la equidad social y por un equilibrio sin el cual el mundo está en peligro de ser devastado por la pobreza, las guerras, las enfermedades y el desastre ecológico.

Sabias razones tuvo el marxismo del siglo XIX para ilusionarse con que del capitalismo desarrollado surgiera el socialismo, pues la otra variante probable, a su modo prevista por Martí en su afán de poner freno a la voraz expansión imperialista, fue señalada en pleno siglo XX, y con un término insustituible, por Rosa Luxemburgo: la barbarie. Esa que, dueña de los medios dominantes, lo mina todo y se las arregla para venderse como la cima de la modernidad. De ella urge salvar a la especie humana, único soporte conocido en el cual pueden consumarse la libertad y la justicia. o (*) El autor es un reconocido biógrafo y estudioso de José Martí.

(Prensa Latina)


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