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 Por Luis Toledo Sande(*)
La necesaria independencia de las naciones de la región encontró
en el Héroe Nacional de Cuba, cuyo 150 aniversario de su natalicio
estaremos celebrando este año, la exposición de un proyecto
político-revolucionario con sentido universal y cuyo valor se
afianzó en la respuesta no solo a la urgencia de independizar las
colonias residuales del régimen español en América, sino, sobre
todo, en la voluntad de resolver un grave problema que se le
presentaba al mundo.
JOSE Martí pensó y actuó fundamentalmente al servicio de la que
él llamó nuestra América, con una perspectiva que giraba en torno a
la lucha anticolonial y que, si no tuvo como eje el papel de la
lucha de clases, sí incluyó una justiciera identificación con los
pobres. Por su parte, Carlos Marx, en Europa, había contado con que
del seno del capitalismo de mayor desarrollo emergiera la
construcción socialista; Martí, desde su observatorio neoyorquino,
detectó que se ponía en marcha un creciente expansionismo, y se
propuso contribuir, con la independencia de nuestra América, a
ponerle freno.

Pudiera suponerse que tanto el proyecto marxista —enriquecido
luego por Lenin en otras circunstancias y con frutos cuya actual
negación no es responsabilidad suya ni de sus continuadores
legítimos— como el martiano —cuya frustración temporal también toman
como pretexto los desertores de siempre— fueron víctimas de
ilusiones. Pero más justo sería pensar y sostener que ambos llegaron
a plantearse fines sin cuyo logro la humanidad caminaría hacia la
destrucción: está caminando hacia ella, lo que, por suerte, no es
forzosamente irreversible.
La idea del equilibrio del mundo —también presente de alguna
manera en la aspiración de justicia social propia del marxismo—
tiene múltiples raíces y pudo llegarle a Martí especialmente desde
Bolívar, quien, sin que aún existiera el imperialismo, fue capaz de
vaticinar que los Estados Unidos parecían destinados a plagar de
miseria a nuestra América “en nombre de la libertad”. Pero aquella
idea, hoy más acuciante que en ningún otro momento de la historia,
se fortaleció en Martí con las señales del Congreso Internacional de
Washington, reunido en esa ciudad, por iniciativa de la nación
anfitriona, en el invierno de 1889-1890. Las maniobras y las
tendencias del foro, primero de una serie al servicio del
panamericanismo imperialista, le confirmaron que en sus cálculos
para dominar políticamente a nuestra América —y en ese camino al
mundo todo— por la vía del mercado, los gobernantes de los Estados
Unidos incluían “la complicidad posible de las repúblicas venales o
débiles”.
El Congreso encarnó ardides que un siglo después se llamarían
Tratado de Libre Comercio —con México y ya también Canadá en la
mirilla principal— y, sobre todo, Área de Libre Comercio para las
Américas. Martí vio claramente que los Estados Unidos procuraban
crearse un mercado para productos que les resultaban invendibles, y
las bases de su triunfo sobre Europa. Ante ello proclamó que a la
América de habla española le había llegado “la hora de declarar su
segunda independencia”, esta vez del “sistema de colonización” que
el arrogante vecino del Norte se aprestaba a “ensayar” en pueblos
que ya se habían librado de su metrópoli europea. Denunciaba así “la
intentona de llevar por América en los tiempos modernos la
civilización ferrocarrilera como Pizarro llevó la fe de la
cruz”.

Por su ubicación geográfica, y por estar compuestas
mayoritariamente de países que no se habían independizado, las
Antillas —señaladamente Cuba y Puerto Rico— tenían un especial
significado en la trama geopolítica que los Estados Unidos se
disponían a capitalizar. La acometividad de esa nación para alcanzar
sus intereses imperiales, o imperialistas, como él los calificó,
hizo a Martí acelerar la fundación del Partido Revolucionario
Cubano, creado en 1892. Sus Bases comenzaron subrayando el fin de
“lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena
voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y
auxiliar la de Puerto Rico”.
En un artículo aparecido en el periódico Patria el 17 de abril de
1894 con el elocuente subtítulo “El alma de la revolución, y el
deber de Cuba en América”, al saludar la entrada del Partido en su
tercer año de vida, escribió: “En el fiel de América están las
Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una
república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara
ya a negarle el poder, —mero fortín de la Roma americana; —y si
libres— y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y
trabajadora— serían en el continente la garantía del equilibrio, la
de la independencia para la América española aún amenazada y la del
honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su
territorio —por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones
hostiles— hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de
sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de
ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del
mundo. —No a mano ligera, sino como con conciencia de siglos, se ha
de componer la vida nueva de las Antillas redimidas. [...] Es un
mundo lo que estamos equilibrando: no son sólo dos islas las que
vamos a libertar.” No teorizaba en las nubes, sino que daba salida a
sus convicciones de luchador. En el Manifiesto de Montecristi,
fechado 25 de marzo de 1895, y primer programa público de la gesta
que había estallado el 24 de febrero, afirmó y explicó por qué la
emancipación de Cuba se alcanzaría “para bien de América y del
mundo”: “la guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas
donde se ha de cruzar, en el plazo de pocos años, el comercio de los
continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno
que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato
justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del
mundo”. En carta, de igual fecha, al dominicano Federico Henríquez y
Carvajal resumió esas ideas: “Las Antillas libres salvarán la
independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado
de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio
del mundo.” El 18 de mayo de 1895 le escribió al mexicano Manuel
Mercado otra de sus

declaraciones que nunca se habrán citado en exceso: “Ya puedo
escribir: [...] ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida
por mi país, y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos
con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba
que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con
esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta
hoy, y haré, es para eso.” La guerra que él contribuyó a preparar no
era ya fundamentalmente contra el ejército español, sino, en lo más
profundo, contra el poderío estadounidense, y a la causa cubana y
latinoamericana le urgía el resuelto apoyo de los países a cuya
salvación servía la gesta independentista; pero ese apoyo podía
faltarle. A Mercado le escribe: “Las mismas obligaciones menores y
públicas de los pueblos, —como ese de Vd. y mío,— más vitalmente
interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los
imperialistas de allá y los españoles, el camino, que se ha de
cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los
pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los
desprecia, —les habrían impedido la adhesión ostensible y ayuda
patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato y de
ellos.” Lo motivaba un profundo y razonado convencimiento: “Viví en
el monstruo, y le conozco las entrañas; —y mi honda es la de David”,
expresa en esa carta, donde da curso a inquietudes reforzadas por la
entrevista que un par de semanas antes, en campaña, ha tenido con el
corresponsal en Cuba de The New York Herald. Los hechos demostraron
que entre Martí y la prensa dominante en los Estados Unidos mediaba
un conocimiento recíproco marcado por las profundas diferencias que
separan a un revolucionario y al imperialismo. A ese periodista le
entregó Martí, dirigido al pueblo y al gobierno de los Estados
Unidos, un comunicado cuya falsificación por el poderoso diario él
no alcanzaría a conocer, pues se publicó el trágico 19 de mayo de
1895.
El corresponsal le confesó haber dialogado antes con el político
y militar español Arsenio Martínez Campos, quien —recuerda Martí—
“le dio a entender que sin duda, llegada la hora, España preferiría
entenderse con los Estados Unidos antes que rendir la Isla a los
cubanos” (lo que, después de la intervención de los Estados Unidos
en la guerra, se consumó en el Tratado de París). El gigante norteño
urdía una trama política en la cual le destinaba un papel a México,
país al cual habían cercenado y que desde 1883 venían intentando
atar a sus tratados de falsa reciprocidad comercial. El conocimiento
de los planes estadounidenses y la necesidad de conseguir apoyo para
la gesta explican por qué Martí, quien en 1877 abandonó México en
respuesta a la emergencia anticonstitucional de Porfirio Díaz, en
1894 le solicitó ayuda a ese gobernante. No pocas veces, y con
razón, se ha insistido en que Díaz confió peligrosamente el
desenvolvimiento de su país a los capitales extranjeros, pero no
tanto en que, al procurar que las inversiones fueran de distintos
países, alguna contención intentaba poner a los capitales
estadounidenses.
Todo eso ilumina el interés con que Martí le dice a Mercado que
el corresponsal del Herald le habló de alguien a quien “en el Norte
se le cuida, como candidato de los Estados Unidos, para cuando el
actual presidente desaparezca, a la presidencia de México”. La
observación apuntaba hacia una de las formas como se ha manifestado
históricamente el injerencismo internacional de los Estados Unidos.
Pero el héroe que al día siguiente caería en combate no permanecía
pasivo: “Y México —¿no hallará modo sagaz, efectivo e inmediato, de
auxiliar, a tiempo, a quien lo defiende? Sí lo hallará, —o yo se lo
hallaré. Esto es muerte o vida, y no cabe errar.” En el citado
artículo de 1894 había afirmado: “Un error en Cuba, es un error en
América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy
con Cuba se levanta para todos los tiempos.” El Congreso
Internacional de Washington le confirmó por dónde andaba con
respecto a los pueblos latinoamericanos ya independientes la
política expansionista del naciente imperialismo, y él intuía, o
sabía, qué le reservaba a Cuba esa política. El 14 de diciembre de
1889, en carta a su compatriota Gonzalo de Quesada Aróstegui,
entonces secretario de la delegación argentina al mencionado
Congreso, y luego secretario suyo en el Partido Revolucionario
Cubano, escribió: “Sobre nuestra tierra [...] hay otro plan más
tenebroso que lo que hasta ahora conocemos, y es el inicuo de forzar
a la Isla, de precipitarla, a la guerra, —para tener pretexto de
intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador,
quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los
pueblos libres: —ni maldad más fría.” El imperio contaba con sus
judas: “¡Y hay cubanos, cubanos, que sirven, con alardes disimulados
de patriotismo, estos intereses!” Las preocupaciones y la
clarividencia de Martí se confirmaron dramáticamente en 1898: los
Estados Unidos intervinieron para impedir la liberación de Cuba, y
con ellos se entendió no la España popular, sino la monárquica,
conquistadora, reaccionaria y opresiva, madre directa de la
falangista, lejos hoy de haber sido extirpada. Los acontecimientos
desatados con dicha intervención, que tendría graves consecuencias
para el planeta, evidenciaron lo acertado de Martí al ver en la
independencia cubana un suceso de significación mundial. Lenin —cuyo
nivel de información acerca de Martí ignoramos— definiría la Guerra
Hispano-Cubano-Estadounidense como la primera confrontación
imperialista. Pero nada de eso ha sido suficiente para que al
proyecto concebido y encabezado por Martí se le haya reconocido toda
su dimensión, más de humanidad que de localidad, aunque en esta
tuviera sus raíces directas y sus objetivos inmediatos. De hecho,
las dos guerras del siglo XX llamadas mundiales fueron capítulos en
espiral de una historia con ostensible punto de partida en los actos
de los Estados Unidos en 1898 en pos de su hegemonía y contra la
Corona española: sobre todo, contra los pueblos de Cuba, Puerto Rico
y Filipinas.
También en la defensa de la liberación nacional y la soberanía de
su patria Martí expresaba una orientación profundamente popular. En
1869, aún adolescente, al caracterizar el ambiente cubano como él lo
apreciaba en su entorno habanero, impugnó a “los sensatos patricios”
que “sólo tienen de sensato lo que tienen de fría el alma” y “reúnen
en sus casas a ciertos personajes de aquellos que han fijado un ojo
en Yara y otro en Madrid”. Inició así una trayectoria crítica que
llegará en permanente enriquecimiento a su citada carta
testamentaria a Manuel Mercado. En ella afirmó que ya el anexionismo
carecía de realidad. Él sabía que los Estados Unidos no estaban
interesados en anexarse a Cuba, sino en someterla como colonia
—contra lo cual actuó la probada beligerancia independentista del
país antillano—, pero los autonomistas constituían para la causa
cubana un escollo intercambiable con el representado por los
anexionistas. Eran “la especie curial, sin cintura ni creación, que
por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le piden
sin fe la autonomía de Cuba, contenta sólo de que haya un amo,
yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de oficio
de celestinos, la posición de prohombres desdeñosos de la masa
pujante, —la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país, —la masa
inteligente y creadora de blancos y negros.” Martí no despreciaba el
aporte de ningún cubano a la salvación de su patria, pero una vez y
otra la vida le mostró que, salvo excepciones individuales, los más
ricos desertaban de esa causa y la abandonaban “al sacrificio de los
más humildes”, con el propósito de luego “sentarse sobre ellos”. Así
escribió él en su artículo “Los pobres de la tierra”, publicado en
Patria el 24 de octubre de 1894. Catorce años antes, el 24 de enero
de 1880, al hacer ante compatriotas emigrados un balance de la
Guerra de los Diez Años, sostuvo que los “verdaderos mantenedores”
del ímpetu de liberación habían sido los más humildes, y,
generalizando, proclamó que “el pueblo, la masa adolorida, es el
verdadero jefe de las revoluciones”. En Versos sencillos, poemario
nacido del invierno de angustia en que sesionó el Congreso
Internacional de Washington, expresó la decisión de echar su suerte
“con los pobres de la tierra”.
La expansión imperialista se ha valido de la complicidad
celestinesca que los sectores y las clases de mayor opulencia en los
distintos países le han ofrecido a Goliat. Mientras que entre los
pobres sigue localizándose el centro de los empeños enfrentados o
capaces de enfrentarse a los designios cesáreos. Las actuales
circunstancias planetarias están marcadas por el silenciamiento
oficioso de la cuestión colonial, por las consecuencias del
desmantelamiento del campo socialista europeo, por traiciones y
desencantos de todo tipo contra el empuje revolucionario y por el
predominio de las fuerzas imperiales.
En cuadro semejante el terrible desequilibrio mundial se reviste
de un manto de engañosa y peligrosísima unipolaridad. Pero ni en las
naciones capitalistas de más vastos recursos el movimiento de los
trabajadores ha podido ser borrado ni enteramente confundido por la
opulencia y las maniobras de un imperio con el honor harto deshecho,
y en la mayor parte del planeta se agravan las secuelas y la
sobrevivencia del estado colonial. En conjunto, sigue siendo
incontestable un hecho: la masa adolorida de pueblos y seres
humanos, largamente mayoritaria incluso dentro de los países más
poderosos y de la misma potencia hegemónica, es la base y la fuerza
decisivas con que se podrá cumplir demandas tan urgentes como la
lucha antimperialista, por la equidad social y por un equilibrio sin
el cual el mundo está en peligro de ser devastado por la pobreza,
las guerras, las enfermedades y el desastre ecológico.
Sabias razones tuvo el marxismo del siglo XIX para ilusionarse
con que del capitalismo desarrollado surgiera el socialismo, pues la
otra variante probable, a su modo prevista por Martí en su afán de
poner freno a la voraz expansión imperialista, fue señalada en pleno
siglo XX, y con un término insustituible, por Rosa Luxemburgo: la
barbarie. Esa que, dueña de los medios dominantes, lo mina todo y se
las arregla para venderse como la cima de la modernidad. De ella
urge salvar a la especie humana, único soporte conocido en el cual
pueden consumarse la libertad y la justicia. o (*) El autor es un
reconocido biógrafo y estudioso de José Martí. (Prensa Latina)
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