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Por Jorge Ruiz Miyares
José Martí vivió 15 años en Nueva York. Cuentan
los historiadores que llegó un 3 de enero de 1880, y permaneció en la
ciudad con intervalos de viajes hasta el 30 de enero de 1895.
No puede valorarse la vida de Martí sin hacer un
alto en la inmensa labor que desarrolló en esta ciudad. Aquí escribió
febrilmente, y aquí alcanzaría una inmensa estatura literaria y
periodística.
Desde Nueva York tendería puentes, y construiría
alianzas entre emigrados y otros patriotas haciendo uso de un inmenso
poder de persuasión para forjar la libertad de la Patria. Legaría un
ejemplo imperecedero de austeridad, integridad y patriotismo.
Cuando él llega la ciudad, era ésta un crisol de
emigrantes, una urbe bulliciosa y apresurada. Vivió en la Isla de
Manhattan y en Brooklyn.
En su obra literaria hace referencia a lugares que
frecuentaba, como el Puente de Brooklyn, emblemática obra de la ingeniería
norteamericana del siglo 19, de la que vio su inauguración el 4 de mayo de
1883. Sufre aquí con estoicismo la separación familiar, la lejanía de su
esposa y de su hijo.
Desde Nueva York, con verbo sin igual, con pasión
e inmensa creatividad legó a la posteridad algunas de las obras más
preciadas de la literatura cubana. Aquí ve la luz en 1882 Ismaelillo, el
libro de poemas que dedica a su hijo. Aquí escribe sus Versos Sencillos,
que no se publicarían hasta después de su muerte. En 1889 publica, toda
llena de creatividad e ingenio, la revista para los niños La Edad de
Oro.
En Nueva York escribió artículos, crítica de arte,
ensayos literarios y poesía. Con aguda mirada retrató la vida en los
Estados Unidos, habló sobre su política, sus héroes literarios, su
desarrollo industrial, y sus ansias de expansión territorial. Los ensayos
martianos acerca de Walt Whitman, el puente de Brooklyn, Conney Island y
Buffalo Bill fueron reproducidos por numerosos periódicos latinoamericanos
de la época.
El espectro de los temas fue ancho, desde el servicio
memorial hecho en Nueva York por la muerte de Carlos Marx, al crimen
organizado, los disturbios de la Plaza de Haymarket, de Chicago, o el
derecho al voto de la mujer.
En marzo de 1889 escribe al Director del periódico
newyorkino The Evening Post , La Vindicación de Cuba, carta en que fustiga
la reproducción por ese diario de la ofensiva crítica a los cubanos
publicada por The Manufacturer, de Filadelfia. Entre otras ofensas, la
diatriba describía a los cubanos como pigmeos inmorales, haraganes y
vagabundos míseros, que hicieron durante 10 años una farsa de guerra.
En su viril respuesta, Martí, ilustra la gran epopeya de
la lucha cubana contra el yugo español y hace una relación de los
sacrificios de hombres y mujeres, sin distingo de clases o de razas, que
abandonaron sus riquezas voluntariamente, que quemaron sus ciudades con
sus propias manos para iniciar el camino de la revolución
independentista.
Decía que ningún cubano con decoro podría promover la
anexión a Estados Unidos.
En 1892, Martí publica aquí, en Nueva York, el periódico
Patria, órgano del Partido Revolucionario Cubano, organización que
concibió y fundó como el instrumento indispensable para realizar la Guerra
necesaria.
Con salud quebrada, organiza, alienta, lucha, aglutina y
sale de Nueva York el 30 de enero de 1895 a bordo del Vapor Athos para
encontrarse con el general Máximo Gómez, para dar inicio a la guerra.
Ciento 50 años han transcurridos del nacimiento del
Apóstol. En esta ciudad donde tanto pensó y luchó por su amada Patria, su
presencia se encuentra en uno de sus lugares más concurridos y
emblemáticos: el Parque Central.
En su entrada, por la Calle 59 y la Avenida de las
Avenidas, se levanta una estatua ecuestre de Martí, hecha por la escultora
Anna Vaughn Huntington. La estatua, de bronce, con una altura de unos
cinco metros, muestra al héroe nacional en el momento de su caída, o mejor
dicho, en el momento de su inmortalidad, de cara al sol, con su caballo
encabritado enfrentando las balas enemigas. El monumento fue instalado en
el Parque en 1965.
Este 28 de enero de 2003, no falta el homenaje al
apóstol. Como cada año, están ante el monumento las flores traídas por los
alumnos de la escuela que lleva su nombre, de la Misión de Cuba ante las
Naciones Unidas. Los pioneros cubanos, juntos a sus padres, hacen caso
omiso del crudo invierno. Vienen con respeto ante el hombre de América, al
cubano supremo que amó a los niños, que echó su suerte con los pobres de
la Tierra, que murió por la patria para vivir eternamente en ella. Y que
sigue naciendo y señalando, como nunca, el camino hacia la victoria final
de Nuestra América.
Nueva York, 27 de enero del 2003. (RHC)
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