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POR RAFAEL LAM -especial para Granma
Internacional-
JOSE Martí, como todo
artista y creador, en su etapa de juventud exploró
y experimentó en varias disciplinas del arte: la
pintura, la literatura y la música, que durante su
vida fue una especie de violín de Ingres para el
Apóstol.
Es sabido que Martí
cuando contaba con quince años se consagró durante
un breve tiempo al estudio de la teorética
musical. Si rastreamos en la Biblioteca Nacional,
que hoy lleva su nombre, podemos encontrarnos con
un tomito titulado Tratado teórico de
música, firmado por Narciso Téllez y Arcos.
El pie de imprenta es de La Habana y con fecha de
1868. Ese histórico libro lleva la firma
inconfundible de José Martí, estampada en tinta
negrísima.
Como les digo, el
libro perteneció al Apóstol y estuvo muchos años
clasificado, aunque los libreros durante muchos
años no habían observado esa importantísima
peculiaridad. El volumen, bien conservado, ostenta
las nobles huellas del estudio. Ciertos trazos a
lápiz, frases subrayadas, correcciones manuscritas
de erratas de imprenta, revelan una muy atenta
lectura por el joven José Martí.
Este interesante
descubrimiento lo realizó el musicólogo y escritor
cubano Alejo Carpentier, cuando llevaba a cabo una
serie de investigaciones de la música cubana en la
Biblioteca Nacional de La Habana. Es el 4 de marzo
de 1953 (en el año del centenario del natalicio de
Martí), cuando Carpentier publica el
descubrimiento y lo hace en el periódico El
Nacional de Caracas donde escribía sus
crónicas.
El lenguaje y el
espíritu de la música sensibilizó a Martí durante
toda su vida. “¡Ya se oyen los sonidos de las
liras, con que celebrarán las cercanías del cielo
los habitantes de esa formidable Arcadia!,
escribía en uno de sus prólogos, en
1883.
Entre el 21 de mayo y
el 4 de junio de 1875, Martí con el seudónimo de
Orestes, publica tres artículos sobre José White,
que aparecen en la Revista Universal
de México.
“Hay una lengua
espléndida, que vibra en las cuerdas de la melodía
y se habla con los movimientos del corazón: es
como una promesa de ventura, como una vislumbre de
certeza, como prenda de claridad y plenitud. El
color tiene límites: la palabra labios: la música,
cielo. Lo verdadero es lo que no termina: y la
música está perpetuamente palpitando en el
espacio.”
Martí no era un
técnico de la música, escribía de una manera
impresionista, pero con un lenguaje sensible,
amable. El pensaba que la música era para ser
disfrutada, sentida e intuida, porque de lo
contrario puede malograrse. “Aquí la música se
siente: hay otro mundo en que la música se
habla”.
“Hay una lengua
común, muy suavemente simpática, que deja en los
oídos dulzuras que van a ensanchar y a ennoblecer
el corazón: la música se oye, la alegría se
enciende, los ojos se enamoran: no hay pecho que
no crezca y se dilate: no hay sentimiento en el
espíritu que no murmure delicias y amor. La música
es la más bella forma de lo bello: -arrullar,
adormecer, exaltar, gemir, llorar: el alma que se
pliega a un arco: el oído que se subyuga, se
extasía, se encandena.”
En realidad, la
música es un lenguaje muy ecuménico, abarca muchos
dominios: científico, legal, médico, educativo,
ideológico, cultural, artístico, psicológico,
filosófico, mágico, poético, etc. Abarcar todos
esos dominios es imposible. Martí, que bebió de
todas las copas de la vida, se dio el gusto de
escribir lo que sintió de la música, y nadie como
él ha podido dejar palabras tan hermosas.
Post-vida: esto nos dice en sus palabras
mágicas la música. (José Martí),
Revista Universal, 1º de junio de
1875. (Granma) 20 de enero de 2003 |