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Para Cuba, José Martí es el Apóstol de su independencia, el
hombre que unió las voluntades de los cubanos, blancos, negros, mulatos,
chinos, creyentes y no creyentes, ricos y pobres, dentro de la Isla y en
la emigración; y que organizó la tercera y última guerra que libró el
pueblo en el siglo diecinueve para luchar por la independencia, la
soberanía, y también para acceder a la justicia, la paz y la democracia
en una sociedad con todos y para todos.
Fue, además, el
intelectual orgánico que diseñó el programa de la revolución, desde su
concepción política, y el mayor de nuestros escritores, el renovador de
la prosa y del verso, nuestro más grande lírico, periodista, maestro,
diplomático, tribuno, traductor y revolucionario, el paradigma de la
cultura y de la nación cubanas.
A ese hombre, al que todos y
todas rendimos un culto muy especial en el archipiélago y que el 28 de
enero del 2003 Regresarrá a los 150 años de su natalicio, ocurrido en La
Habana en 1853, cubano de primera generación, hijo de un valenciano y de
una canaria. A él, le hemos querido dedicar espacio en nuestra
publicación, con un dossier donde se presente, desde su encarnadura más
subjetiva, cuáles fueron sus vínculos con las mujeres de su vida: su
madre, hermanas, amantes, novias, esposa, compañeras...Y cual, además,
fue la visión martiana sobre la mujer, que por cierto, evoluciona, como
evolucionó su existencia, en el apretado marco referencial de haber
vivido sólo 42 años.
Este costado de José Martí, en el que no se
suelen detener mucho sus biógrafos y estudiosos resulta imprescindible
porque las mujeres cubanas, desde la primera guerra de independencia, e
incluso, en el proceso de gestación de la nacionalidad, han sido
abanderadas de la libertad, la soberanía y la independencia y hacedoras
de la cultura.
A ese Martí nos acercamos en estos trabajos, al
hombre sensible, inteligente, culto, no exento de contradicciones, que
fue creciendo, a paso acelerado, como los ejércitos que fundaron
pueblos, porque también en su obra, como en su vida personal, las
mujeres tuvieron un papel protagónico, en su pensamiento, en su
escritura, en la fragua de su existencia.
También es un justo
tributo a todas las que le brindaron amor, compasión, amistad, consuelo,
afecto a lo largo de sus años de intensa lucha por Cuba que, como mujer
también, desde la sustancia matriz de la tierra se adueñó de su espíritu
y fue nutriente de su producción literaria y de su ideario político y
revolucionario.
José Martí, el hombre público y el individuo, se
revelan en un diálogo plural con mujeres de carne y hueso, nervio y
fibra, que jamás jugaron papeles secundarios a su lado, o lo alimentaron
con amor y ternura, o lo estimularon con su pasión y su vehemencia, en
medio de sus desgarramientos más íntimos. Y es que quien conozca a la
mujer cubana podrá comprobar que bajo esa envoltura de sensualidad y
erotismo, de belleza y de gentileza, hay un volcán de lava que se
expande y se desborda desde las entrañas hacia el aire, con fuerza y voz
propia. Bien lo supo Martí que tuvo en la mujer cubana, como en la
española, la mexicana, la venezolana y la guatemalteca inspiración y
acicate para su propio verbo.
Por: Mercedes Santos Moray |