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Que José Martí fue un hombre de la modernidad
parece no dejar lugar a dudas. No sólo por la época que le
tocó vivir -la segunda mitad del siglo XIX- sino porque su
existencia transcurrió bajo sus ámbitos geográficos y sociales
más destacados y su pensamiento y acción se enrumbaron por
ese camino. Fue Martí un enamorado de
la ciencia, tanto que dijo que no hallaba mejor poesía que la
de los libros de esas materias. Cantó emocionado y divulgó sin
cesar los avances tecnológicos que tuvo ante sí. Defendió
insistentemente una enseñanza moderna, es decir, científica,
no escolástica, de contenidos prácticos. Siguió de cerca y
difundió los resultados de la industria. Disfrutó la vida
urbana, su agitación, sus muchedumbres. Fue un trabajador
asalariado para sostener a su familia. Buscó el lado útil de
toda empresa humana y de toda idea.
Le gustaba leer a los clásicos de la
antigüedad, supo enaltecer las civilizaciones de la América
antigua, estuvo siempre enamorado de los artistas
renacentistas, disfrutaba la lengua del Siglo de Oro español.
Shakespeare fue para él paradigma literario y de la escena,
inquirió cuanto pudo acerca de la India y la China y otras
civilizaciones antiguas del Asia. Gastó una vez su último
dólar en comprar una taza de porcelana china porque le
impresionó su belleza. Apuntaba las palabras y las frases que
escuchaba al pueblo para usarlas en sus escritos.
Su cultura se apropió de cuanto valía de antes
y, al mismo tiempo, estaba al tanto de todo lo bueno que
aparecía. No desdeñó tiempo histórico alguno, ni escuela o
corriente, ni personalidad por más mediocre o perversa que
pudiera parecerle. Fue un estudioso del hombre, de su alma y
de su historia. Y tuvo fe infinita en la bondad humana desde
su ética de servicio.
Singular y poderosamente original, vio lejos y
hondo hacia el futuro. Uno de sus estudiosos escribió que
"vio, previó y post-vio". Y fue un hombre de su tiempo, porque
sabía que esa era la única manera de ser un hombre de todos
los tiempos.
Abarcador y de síntesis como lo moderno,
original como expresión de su individualidad a la moderna,
creyente de que todo tiempo futuro sería mejor, Martí, sin
embargo, no admitió las grandes líneas que atravesaban la vida
y la sociedad modernas, al menos en las expresiones que
lesionaban al hombre.
Modernidad, contramodernidad, modernidad
otra?
Desde joven comprendió que la modernidad
significaba también, y sobre todo, el omnipresente poder del
dinero y de los bienes materiales sobre lo espiritual, y que
asentaba el progreso en la obtención de aquellos.
Dotado de una cosmovisión que se planteaba la
armonía como centro, para Martí la naturaleza incluía al
hombre, quien no debía conquistar y destruir a aquella sino
integrarse a ella. Y como entendía que el hombre era el mismo
siempre en todas partes y momentos, pero cambiante según las
épocas, circunstancias y culturas, opinaba que eran
inadmisibles las hegemonías y dominaciones de unos hombres
sobre otros, de unas sociedades sobre otras, y que en nombre
de la modernidad se pretendiera obligar a todos los pueblos a
insertarse dentro del mismo y único modelo civilizatorio.
Por eso criticó el positivismo filosófico por
su culto, que hallaba desmedido, a la ciencia sobre la ética y
los valores. Por eso vio descomposición, pies débiles en un
gigante social, en las sociedades industriales burguesas y
modernas de Europa occidental y Estados Unidos, donde según él
se olvidaba el lado espiritual del hombre ante el afán de
poder y dinero.
Por eso fue un látigo su juicio sobre el París
corrupto y prostituido de la satisfecha burguesía republicana
y autoritaria de su tiempo. Por eso dejó numerosas páginas
describiendo las más horribles escenas de los barrios pobres y
obreros de Nueva York.
Por eso admiró a los árabes que se defendían
del colonialismo europeo en Túnez, en Argelia, en Marruecos y
en Egipto. Por eso vio poco valor humano en los ingleses que
cañoneaban cipayos en la India. Por eso se alienó junto a los
anamitas que peleaban por sostener su país independiente
frente a las tropas francesas. Por eso fustigó a los letrados
latinoamericanos que no tenían fe en su tierra ni en sus hijos
y admiraban al extranjero y sus costumbres.
Es evidente que Martí comprendió el profundo
carácter contradictorio de la modernidad (progreso y miseria,
liberación y nuevas dominaciones, el individuo frente a la
colectividad) y, de hecho, se planteó la necesidad para Cuba y
la que llamó nuestra América de asumir sus aspectos positivos
y de rechazar los negativos.
Conciencia de autoctonía, ética humanista y
toma de partido por los pobres de la tierra empaparon su
sensibilidad y sus ideas de fuertes antídotos contra la
asimilación acrítica de los rasgos inhumanos de la modernidad
que tenía lugar en los grandes polos de desarrollo del
capitalismo finisecular y que desde allí se imponía como
modelo por seguir en el resto del orbe.
De ahí que su proyecto de liberación del hombre
y de América Latina no se cierre al conocimiento, uso y
disfrute de todo aquello de la modernidad que no afectase la
identidad continental. Recuérdese que conminó a los estadistas
latinoamericanos, por ejemplo, a enviar a personas a estudiar,
en las haciendas de Estados Unidos, para aprender cómo
desarrollar una agricultura moderna que se abriese paso en los
mercados internacionales.
El mismo fue un difusor entusiasta del uso de
la electricidad, de las nuevas construcciones paradigmáticas
del mundo moderno, de la industria química, de la
descomposición de la luz por los pintores impresionistas.
Nunca quiso volver al pasado, por más que admirara muchas de
sus páginas y de sus logros. Y llamó a escribir con letras
nuevas la época también nueva que se estaba viviendo.
No le agradó la modernidad que se imponía a la
fuerza. Fue un defensor de la modernidad apropiada para los
requerimientos de los pueblos de nuestra América, para un
desarrollo propio que conservase su identidad.
Sociedades justas para un mundo más
equilibrado, donde el hombre se liberase de las fajas y
límites que se le imponían, ese fue el mundo moderno, o,
mejor, de futuro, que quiso o por el que peleó José Martí.
El autor es un periodista y escritor
cubano
Colaborador de Prensa Latina Trabajadores 12/12/2003
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