José Julián Martí Pérez,
Apóstol de la Independencia
de Cuba

 

  

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Cuba > José Martí

 La lira de la lira

Por Rosa Rodríguez G.

"Y fatigado de buscar en vano hazañas en los hombres, fue el poeta a saludar la hazaña de la naturaleza. Y se entendieron. El torrente prestó su voz al poeta; el poeta su gemido de dolor a la maravilla rugidora. El poeta ama, no se asombra. No se espanta, llama. Riega todas las lágrimas del pecho. Increpa, golpea, implora. Yergue todas las soberbias de la mente. Empuñaría sin miedo el cetro de la sombra. Ase la niebla, rásgale, penétrala... Cantó a la Naturaleza los dolores del hombre moderno. Y fue pujante, porque fue sincero. Montó en carroza de oro".

El culto de lo bello, la majestuosidad del verbo de un bardo sublimado hasta el delirio por la elocuencia de otro bardo, algo así como decir la lira de la lira, es esta descripción que hace José Martí en Nueva York, el 19 de diciembre de 1882, en el prólogo a la primera edición de El poema del Niágara, de un contemporáneo suyo, José Antonio Pérez Bonalde (1846-1892), considerado el más alto poeta lírico de la segunda mitad del siglo XIX en Venezuela.

Todo el deslumbramiento de las aguas de la imponente catarata de Canadá, está vertido aquí en este himno levantadísimo épico-naturalista, (según se le denomina a El poema del Niágara), fragmentado en nueve partes; una de ellas, la segunda, se inspira en el río y argumenta:

Escuchad cómo sube.../Va creciendo por grados, va creciendo.../Ya no es ruido lejano, ya es estruendo/Que el ámbito ensordece,/y a medida que crece,/va la linfa perdiendo/su serena quietud; ya las espumas /no son las blandas; las ligeras plumas/ que adornaban graciosas, /la inmaculada frente/ de la mansa corriente:/ son oleadas ruidosas,/ son roncos hervideros bullidores/que rugen, que se encrespan, que batallan,/ y al chocarse entre sí, raudos estallan.

Luego, enceguecido por el espectáculo que tiene ante sí llama al torrente panorama de horror y de hermosura. El hombre, su universo; la vida, la muerte; la libertad, encuentran en esta pieza literaria su alegoría y color. Y Martí lo sabe.

Precisamente de Bonalde se dice que ofrece con frecuencia en sus versos un sentimiento elegíaco y pesimista, a partir de inquietudes metafísicas relacionadas con el destino del ser humano y los misterios del cosmos. Se comenta también de su estro innato. Lo ve José Martí cuando asume que en El poema... observa una aplicación oportuna del lenguaje, alaba la dicción que califica de hermosa, y define: "hay ola y ala". Precisa cómo el verso por dondequiera que se quiebre ha de dar luz y perfume y advierte que la lengua es jinete del pensamiento y no su caballo.

Una reflexión meticulosa, mejor pudiera afirmarse, un encuentro de lujo, reunió a un grupo de académicos en el taller convocado por el Centro de Estudios Martianos para evocarle. El tema acerca del prólogo al poema de Bonalde, conducido por el doctor Pedro Pablo Rodríguez, investigador de la institución, trajo consigo que hay muchísimos asuntos de este grande de las letras en Español, José Martí Pérez, que aguardan por un estudio minucioso y allí quedó abierta la invitación. Hoy, entre los hombres de buena voluntad y para que no se apague el sol, vale repetir al excelso poeta, orador y prócer cubano en el prólogo a El poema del Niágara:

"La batalla está en los talleres; la gloria en la paz; el templo en toda la tierra; el poema en la Naturaleza.

http://www.islagrande.com/


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