|
Para un príncipe enano Se hace esta fiesta. Tiene
guedejas rubias, Blandas guedejas; Por sobre el hombro blanco Luengas
le cuelgan. Sus dos ojos parecen Estrellas negras: ¡Vuelan, brillan,
palpitan, Relampaguean! Él para mí es corona, Almohada, espuela, Mi
mano, que así embrida Potros y hienas, Va, mansa y obediente, Donde él
la lleva. Si el ceño frunce, temo; Si se me queja, Cual de mujer, mi
rostro Nieve se trueca; Su sangre, pues, anima Mis flacas
venas: ¡Con su gozo mi sangre Se hincha, o se seca! Para un príncipe
enano Se hace esta fiesta.
¡Venga mi caballero Por esta
senda! ¡Éntrese mi tirano Por esta cueva! Tal es, cuando a mis
ojos Su imagen llega, Cual si en lóbrego antro Pálida estrella, Con
fulgores de ópalo, Todo vistiera. A su paso la sombra Matices
muestra, Como al sol que las hiere Las nubes negras. ¡Heme ya, puesto
en armas, En la pelea! Quiere el príncipe enano Que a luchar
vuelva: ¡Él para mí es corona, Almohada, espuela! Y como el sol,
quebrando Las, nubes negra, En banda de colores La sombra
trueca,— Él, al tocarla, borda En la onda espesa, Mi banda de
batalla Roja y violeta. ¿Conque mi dueño quiere Que a vivir
vuelva? ¡Venga mi caballero Por esta senda! ¡Éntrese mi tirano Por
esta cueva! ¡Déjeme que la vida A él, a él le ofrezca! Para un príncipe
enano Se hace esta fiesta.
Yo sueño con los ojos Abiertos, y de día Y noche
siempre sueño. Y sobre las espumas Del ancho mar revuelto, Y por entre
las crespas Arenas del desierto, Y del león pujante, Monarca de mi
pecho, Montado alegremente Sobre el sumiso cuello, Un niño que me
llama Flotando siempre veo.
Sé de brazos robustos,
Blandos, fragantes;
Y sé que cuando envuelven
El cuello frágil,
Mi cuerpo, como rosa
Besada, se abre,
Y en su propio perfume
Lánguido exhálase.
Ricas en sangre nueva
Las sienes laten;
Mueven las rojas plumas
Internas aves;
Sobre la piel, curtida
De humanos aires,
Mariposas inquietas
Sus alas baten;
¡Savia de rosa enciende
Las muertas carnes! -
¡Y yo doy los redondos
Brazos fragantes,
Por dos brazos menudos
Que halarme saben,
Y a mi pálido cuello
Recios colgarse,
Y de místicos lirios
Collar labrarme!
¡Lejos de mí por siempre,
Brazos fragantes!
Por los mañanas Mi pequeñuelo Me despertaba Con
un gran beso. Puesto a horcajadas Sobre mi pecho, Bridas forjaba Con
mis cabellos. Ebrio él de gozo, De gozo yo ebrio, Me espoleaba Mi
caballero: ¡Qué suave espuela Sus dos pies frescos!; ¡Cómo reía Mi
jinetuelo! Y yo besaba Sus pies pequeños, ¡Dos pies que caben En
sólo un beso!
¿Mi musa? Es un diablillo Con alas de ángel. ¡Ah,
musilla traviesa, Qué vuelo trae!
Yo suelo, caballero En sueños
graves, Cabalgar horas luengas Sobre los aires. Me entro en nubes
rosadas Bajo a hondos mares, Y en los senos eternos Hago
viajes. Allí asisto a la inmensa Boda inefable, Y en los talleres
huelgo De la luz madre; ¡Y con ella es la oscura Vida, radiante, Y a
mis ojos los antros Son, nidos de ángeles! Al viajero del cielo, ¿Qué
el mundo frágil?; Pues ¿no saben los hombres Qué encargo
traen? ¡Rasgarse el bravo pecho, Vaciar su sangre, Y andar, andar
heridos, Muy largo el valle, Roto el cuerpo en harapos, Los pies en
carne, Hasta dar sonriendo —¡No en tierra!— exánimes! Y entonces sus
talleres La luz les abre, Y ven lo que yo veo: ¿Qué el mundo
frágil? Seres hay de montaña, Seres de valle, Y seres de
pantanos lodazales.
De mis sueños desciendo, Volando vanse, Y en
papel amarillo Cuento el viaje. Contándolo me inunda Un gozo
grave; Y cual si el monte alegre, Queriendo holgarse, Al alba
enamorando Con voces ágiles, Sus hilillos sonoros Desanudarse, Y
salpicando riscos, Labrando esmaltes, Refrescando sedientas Cálidas
cauces, Echáralos risueños Por falda y valle; Así al alba del
alma Regocijándose, Mi espíritu encendido Me echa a raudales Por las
mejillas secas Lágrimas suaves. Me siento cual si en magno Templo
oficiarse; Cual si mi alma por mirra Vertiese al aire; Cual si en mi
hombro surgieran Fuerzas de Atlante, Cual si el sol en mi seno La luz
fraguase; Y estallo, hiervo, vibro; ¡Alas me nacen!
Suavemente la
puerta Del cuarto se abre, Y éntranse a él gozosos Luz, risas,
aire. Al par da el sol en mi alma ¡Por la puerta se ha entrado Y en los
cristales: Mi diablo ángel! ¿Qué fue de aquellos sueños, De mi
viaje, Del papel amarillo, De llanto suave? Cual si de
mariposas, Tras gran combate, Volaran alas de oro Por tierra y
aire, Así vuelan las hojas Do cuento el trance. Hala acá el
travesuelo Mi paño árabe; Allá monta en el lomo De su incunable; Un
carcax con mis plumas Fabrica y átase; Un sílex persiguiendo Vuelca un
estante, Y ¡allá ruedan por tierra Versillos frágiles, Brumosos
pensadores. Lópeos galanes! De águilas diminutas Puéblase el
aire: ¡Son las ideas, que ascienden, Rotas sus cárceles! Del muro
arranca, y cíñese, Indio plumaje: Aquella que me dieron De oro
brillante, Pluma, a marcar nacida Frentes infames, De su caja de
seda Saca, y la blande; Del sol a los requiebros Brilla el
plumaje, Que baña en áureas tintas Su audaz semblante. De ambos lados
el rubio Cabello al aire, A mi súbito viénese A que lo abrace. De
beso en beso escala Mi mesa frágil; ¡Oh, Jacob, mariposa, Ismaelillo,
¡árabe! ¿Qué ha de haber que me guste Como mirarle De entre polvo de
libros Surgir radiante, Y, en vez de acero, verle De pluma
armarse, Y buscar en mis brazos Tregua al combate? Venga, venga.
Ismaelillo: ¡La mesa asalte, Y por los anchos pliegues Del paño
árabe En rota vergonzosa Mis libros lance, Y siéntese
magnífico Sobre el desastre, Y muéstrese sonriendo, Roto el
encaje, —¡Qué encaje no se rompe En el combate!— Su cuello, en que la
risa Gruesa onda hace! ¡Venga, y por cauce nuevo Mi vida lance, Y a
mis manos la vieja Péñola arranque, Y del vaso manchado La tinta
vacié! ¡Vaso puro de nácar: Dame a que harte Esta sed de pureza Los
labios cánsame! ¿Son éstas que lo envuelven Carnes, o nácares? La risa,
como en taza De ónice árabe, En su incólume seno Bulle
triunfante: ¡Hete aquí, hueso pálido, Vivo y durable! ¡Hijo soy de mi
hijo! ¡Él me rehace!
¡Pudiera yo, hijo mío, Quebrando el
arte Universal, muriendo, Mis años dándote, Envejecerte súbito, La
vida ahorrarte! Mas no ¡que no verías En horas graves Entrar el sol al
alma Y a los cristales! Hierva en tu seno puro Risa sonante; Rueden
pliegues abajo Libros exangües; Sube, Jacob alegre, La escala
suave; Ven, y de beso en beso Mi mesa asaltes: ¡Pues ésa es mi
musilla, Mi diablo ángel! ¡Ah, musilla traviesa, Qué vuelo trae!
Los persas tienen
Un rey sombrío;
Los hunos foscos
Un rey altivo;
Un rey ameno
Tienen los iberos;
Rey tiene el hombre,
Rey amarillo:
¡Mal van los hombres
Con su dominio!
Mas yo vasallo
De otro rey vivo,-
Un rey desnudo,
Blanco y rollizo:
Su cetro - ¡un beso!
Mi premio - ¡un mimo!
¡Oh! cual los áureos
Reyes divinos
De tierras muertas,
De pueblos idos
- ¡Cuando te vayas,
Llévame, hijo! -
Toca en mi frente
Tu cetro omnímodo;
Ungeme siervo,
Siervo sumiso:
¡No he de cansarme
De verme ungido!
¡Lealtad te juro,
Mi reyecillo!
Sea mi espalda
Pavés de mi hijo;
Pasa en mis hombros
El mar sombrío:
Muera al ponerte
En tierra vivo: -
Mas si amar piensas
El amarillo
Rey de los hombres,
¡Muere conmigo!
¿Vivir impuro?
¡No vivas, hijo!
Como taza en que hierve
De transparente vino
En doradas burbujas
El generoso espíritu;
Como inquieto mar joven
Del cauce nuevo henchido
Rebosa, y por las playas
Bulle y muere tranquilo;
Como manada alegre
De bellos potros vivos
Que en la mañana clara
Muestran su regocijo,
Ora en carreras locas,
O en sonoros relinchos,
O sacudiendo el aire
El crinaje magnífico; -
Así mis pensamientos
Rebosan en mí vívidos,
Y en crespa espuma de oro
Besan tus pies sumisos,
O en fúlgidos penachos
De varios tintes ricos,
Se mecen y se inclinan
Cuando tú pasas - ¡hijo!
¡Tú flotas sobre todo, Hijo del alma! De la revuelta
noche Las oleadas, En mi seno desnudo Déjante al alba; Y del día la
espuma Turbia y amarga, De la noche revuelta Te echa en las
aguas. Guardiancillo magnánimo, La no cerrada Puerta de mi hondo
espíritu Amante guardas; ¡Y si en la sombra ocultas Búscanme
avaras, De mi calma celosas, Mis penas varias, En el umbral
obscuro Fiero te alzas, Y les cierran el paso Tus alas
blancas! Ondas de luz y flores Trae la mañana, Y tú en las
luminosas Ondas cabalgas, No es, no, la luz del día La que me
llama, Sino tus manecitas En mi almohada. Me hablan de que estás
lejos: ¡Locuras me hablan! Ellos tienen tu sombra. ¡Yo tengo tu
alma! Ésas son cosas nuevas, Mías y extrañas. Yo sé que tus dos
ojos Allá en lejanas Tierras relampaguean, Y en las doradas Olas de
aire que baten Mi frente pálida, Pudiera con mi mano, Cual si haz
segara De estrellas, segar haces De tus miradas: ¡Tú flotas sobre
todo, Hijo del alma!
Hijo, en tu busca
Cruzo los mares:
Las olas buenas
A ti me traen:
Los aires frescos
Limpian mis carnes
De los gusanos
De las ciudades;
Pero voy triste
Porque en los mares
Por nadie puedo
Verter mi sangre.
¿Qué a mí las ondas
Mansas e iguales?
¿,Qué a mí las nubes,
Joyas volantes?
¿Qué a mí los blandos
Juegos del aire?
¿,Qué la iracunda
Voz de huracanes?
A éstos - ¡la frente
Hecha a domarles!
¡A los lascivos
Besos fugaces
De las menudas
Brisas amables,-
Mis dos mejillas
Secas y exangües,
De un beso inmenso
Siempre voraces!
Y ¿a quién, el blanco
Pálido ángel
Que aquí en mi pecho
Las alas abre
Y a los cansados
Que de él se amparen
Y en él se nutran
Busca anhelante?
¿A quién envuelve
Con sus suaves
Alas nubosas
Mi amor errante?
¡Libres de esclavos
Cielos y mares,
Por nadie puedo
Verter mi sangre!
Y llora el blanco
Pálido ángel:
¡Celos del cielo
Llorar le hacen,
Que a todos cubre
Con sus celajes!
Las alas níveas
Cierra, y ampárase
De ellas el rostro
Inconsolable: -
Y en el confuso
Mundo fragante
Que en la profunda
Sombra se abre,
Donde en solemne
Silencio nacen
Flores eternas
Y colosales,
Y sobre el dorso
De aves gigantes
Despiertan besos
Inacabables,-
¡Risueño y vivo
Surge otro ángel!
Ved: sentado lo llevo
Sobre mi hombro:
¡Oculto va, y visible
Para mí solo!
El me ciñe las sienes
Con su redondo
Brazo, cuando a las fieras
Penas me postro: -
Cuando el cabello hirsuto
Yérguese y hosco,
Cual de interna tormenta
Símbolo torvo,
Como un beso que vuela
Siento en el tosco
Cráneo: ¡su mano amansa
El bridón loco! -
Cuando en medio del recio
Camino lóbrego,
Sonrío, y desmayado
Del raro gozo,
La mano tiendo en busca
De amigo apoyo,-
Es que un beso invisible
Me da el hermoso
Niño que va sentado
Sobre mi hombro.
¡Venid, tábanos fieros, Venid, chacales, Y muevan
trompa y diente Y en horda ataquen Y cual tigre a bisonte Sítienme y
salten! ¡Por aquí verde envidia! Tú, bella carne, En los dos labios
muérdeme: Sécame; ¡mánchame! ¡Por acá, los vendados Celos
voraces! ¡Y tú. moneda de oro, Por todas partes! ¡De virtud
mercaderes, Mercadeadme! Mató el. Gozo a la Honra: Venga a mí, ¡y
mate! Cada Cual con sus armas Surja y batalle: El placer; con su
copa; Con sus amables Manos, en mirra untadas, La virgen ágil; Con
su espada de plata, El diablo bátame: ¡A espada cegadora No ha de
cegarme!.
Asorde la, caterva De batallantes; Brillen cascos
plumados Como brillasen Sobre montes de oro Nieves radiantes; Como
gotas de lluvia Las nubes lancen Muchedumbres de aceros Y de
estandartes; Parezca que la tierra, Rota en el trance, Cubrió su dorso
verde De áureos gigantes; Lidiemos, no a la lumbre Del sol
suave, Sino al funesto brillo De los cortantes Hierros; rojos
relámpagos La niebla tajen; Sacudan sus raíces Libres los
árboles; Sus faldas trueque el monte En alas ágiles; Clamor óigase,
como Si en un instante Mismo, las almas todas Volando
ex-cárceres Rodar a sus pies vieran Su hopa de carnes; Cíñame recia
veste De amenazantes Astas agudas; hilos Tenues de sangre Por mi
piel rueden leves Cual, rojos áspides; Su diente en lodo afilen Pardos
chacales; Lime el tábano terco Su aspa volante; Muérdame en los dos
labios La bella carne; ¡Que ya viene, ya vienen Mis talismanes! Como
nubes vinieron Esos gigantes: ¡Ligeros como nubes Volando iránse! La
desdentada envidia Irá, secas las fauces, Hambrienta, por desiertos Y
calcinados valles, Royéndose las mondas, Escuálidas falanges; Vestido
irá de oro El diablo formidable, En el cansado puño Quebrada la
tajante; Vistiendo con sus lágrimas Irá, y con voces grandes De duelo,
la Hermosura Su inútil arreaje; Y yo en, el agua fresca De algún arroyo
amable Bañaré sonriendo Mis hilillos de sangre.
Ya miro en
polvareda Radiosa evaporarse Aquellas escamadas Corazas
centellantes: Las alas de los cascos Agítanse, debátense, Y el casco de
oro en fuga Se pierde por los aires. Tras misterioso viento Sobre la
hierba arrástranse, Cual sierpes de colores, Las flámulas
ondeantes. Junta la tierra súbito Sus grietas colosales Y echa su dorso
verde Por sobre los gigantes; Corren como que vuelan Tábanos y
chacales, Y queda el campo lleno De un humillo fragante. De la derrota
ciega Los gritos espantables Escúchanse, que evocan Callados
capitanes; Y mésase soberbia El áspero crinaje, Y como muere un
buitre Expira sobre el valle; En tanto, yo a la orilla De un fresco
arroyo amable, Restaño sonriendo Mis hilillos de sangre.
No temo yo
ni curo De ejércitos pujantes, Ni tentaciones sordas, Ni vírgenes
voraces: Él vuela en torno mío, Él gira, él para, él bate; Aquí su
escudo opone; Allí su clava blande; A diestra y a siniestra Mandobla,
quiebra, esparce; Recibe en su escudillo Lluvia de dardos
hábiles; Sacúdelos al suelo; Bríndalo a nuevo ataque. ¡Ya vuelan, ya se
vuelan Tábanos y gigantes! Escúchase el chasquido De hierros que se
parten; Al aire chispas fúlgidas Suben en rubios haces; Alfómbrase la
tierra De dagas y montantes; ¡Ya vuelan, ya se esconden Tábanos y
chacales! Él como abeja zumba, Él rompe y mueve el aire, Detiénese,
onda, deja Rumor de alas de ave; Ya mis cabellos roza; Ya sobre mi
hombro párase; Ya a mi costado cruza; Ya en mi regazo lánzase; ¡Ya la
enemiga tropa Huye, rota y cobarde! ¡Hijos, escudos fuertes, De los
cansados padres! ¡Venga mi caballero, Caballero del aire! ¡Véngase mi
desnudo Guerrero de alas de ave, Y echemos por la vía, Que va ese
arroyo amable, Y con sus aguas frescas Bañe mi hilo de
sangre! Caballeruelo mío! Batallador volante!
El aire está espeso,
La alfombra manchada,
Las luces ardientes,
Revuelta la sala;
Y acá entre divanes
Y allá entre otomanas,
Tropiézase en restos
De tules,- ¡o de alas!
¡Un baile parece
De copas exhaustas!
Despierto está el cuerpo,
Dormida está el alma;
¡Qué férvido el valse!
¡Qué alegre la danza!
¡Qué fiera hay dormida
Cuando el baile acaba!
Detona, chispea,
Espuma, se vacia,
Y expira dichosa
La rubia champaña
Los ojos fulguran,
Las manos abrasan,
De tiernas palomas
Se nutren las águilas;
Don Juanes lucientes
Devoran Rosauras;
Fermenta y rebosa
La inquieta palabra;
Estrecha en su cárcel
La vida incendiada,
En risas se rompe
Y en lava y en llamas;
Y lirios se quiebran,
Y violas se manchan,
Y giran las gentes,
Y ondulan y valsan;
Mariposas rojas
Inundan la sala,
Y en la alfombra muere
La tórtola blanca.
Yo fiero rehúso
La copa labrada;
Traspaso a un sediento
La alegre champaña;
Pálido recojo
La tórtola hollada;
Y en su fiesta dejo
Las fieras humanas; -
Que el balcón azotan
Dos alitas blancas
Que llenas de miedo
Temblando me llaman.
Dígame mi labriego
¿Cómo es que ha andado
En esta noche lóbrega
Este hondo campo?
Dígame ¿de qué flores
Untó el arado,
Que la tierra olorosa
Trasciende a nardos?
Dígame ¿de qué ríos
Regó ese prado,
Que era un valle muy negro
Y ora es lozano?
Otros, con dagas grandes
Mi pecho araron:
Pues ¿qué hierro es el tuyo
Que no hace daño?
Y esto dije - y el niño
Riendo me trajo
En sus dos manos blancas
Un beso casto.
¿Qué me das? ¿Chipre?
Yo no lo quiero:
Ni rey de bolsa
Ni posaderos
Tienen del vino
Que yo deseo;
Ni es de cristales
De cristaleros
La dulce copa
En que lo bebo.
Mas está ausente
Mi despensero,
Y de otro vino
Yo nunca bebo.
Traidor! Con qué arma de oro me has cautivado? Pues
yo tengo coraza De hierro áspero. Hiela el dolor: el pecho Trueca en
peñasco.
Y así como la nieve, Del sol al blando Rayo, suelta el
magnífico Manto plateado, Y salta el hilo alegre Al valle pálido, Y
las rosillas nuevas Riega magnánimo;— Así, guerrero fúlgido, Roto a tu
paso, Humildoso y alegre Rueda el peñasco; Y cual lebrel
sumiso Busca saltando A la rosilla nueva Del valle pálido. |