|
Sus ideas directoras, sus métodos iniciales y
causas que la desviaron de su finalidad
Juan Gualberto Gómez
La paz del
Zanjón no fue considerada por la mayoría de los partidarios de la
independencia cubana más que como una tregua.
Por eso, a poco
de haberse celebrado el famoso pacto, volvieron a iniciarse los
trabajos de conspiración contra la soberanía española, revelándose
los esfuerzos de los separatistas principalmente en el levantamiento
de agosto de 1879, que dio lugar a la llamada Guerra Chiquita, en
las expediciones de Bonachea y de Limbano Sánchez, y en las dos
grandes tentativas invasoras que prepararon entre 1884 y 1886 los
generales Máximo Gómez y Antonio Maceo. La Guerra Chiquita terminó
desventajosamente para sus iniciadores, no sólo porque no llegó a
tiempo para dirigirla su caudillo ilustre, el general Calixto
García, sino también porque era prematura: la tierra cubana hacía
poco que se había desangrado considerablemente; estaba cansada aún,
y, como la heroína de Campoamor, necesitaba algún tiempo de reposo.
Las expediciones de los malogrados Bonachea y Sánchez tuvieron
trágico desenlace, y los intentos de los generales Gómez y Maceo
culminaron en un fracaso, porque era equivocado el concepto bajo el
cual se concibieron, concepto que consistía en importar la
revolución a un país que disfrutaba de paz completa, y en el cual el
espíritu público no se había preparado por nadie para recibir a los
invasores.
El movimiento
revolucionario de 1895, puede decirse que se organizó aprovechando
la experiencia de cuantos le precedieron. Por eso, tanto en sus
ideas directoras como en sus métodos, hay originalidades, que
revelan en José Martí, que los concibiera, las condiciones
envidiables del estadista previsor y genial del conductor de
pueblos, ideas directoras y métodos en que parecen haberse
condensado las lecciones que se desprendían de las anteriores
tentativas revolucionarias de Cuba, y que, de ser observados
escrupulosa y tenazmente en todo el período que medía desde el 24 de
febrero de 1895 al relevo de Weyler, quizás hubieran producido para
este país resultados más ventajosos, más en consonancia con el
heroísmo de sus hijos y con sus anhelos y derechos. Exponer la
característica de las ideas directoras impresas a la revolución del
95 por el ilustre Martí; explicar los métodos que recomendó y que
observó hasta la funesta jornada de Dos Ríos; establecer la
desviación que la muerte del Apóstol ocasionó en el plan general que
se propusiera seguir, y encontrar en esa desviación la causa primera
de que los resultados del movimiento iniciado en lbarra y Baire no
sean los que debieron ser, puede resultar tarea interesante en esta
hora singularísima de nuestra historia.
Lo primero que
se nota, cuando se examina el carácter de la propaganda de Martí,
así cuando inició los trabajos para constituir el Partido
Revolucionario, como durante los tres años en que, a su frente,
dirigió la conspiración por la independencia, es el cuidado
exquisito que lo mismo en sus palabras que en sus actos pone el
propagandista incansable en despojar a la obra revolucionaria de
todo aspecto de enemiga irreconciliable hacia el español y de odio a
España. "Cuba debe ser libre; Cuba tiene derecho a ser
independiente; Cuba ha llegado a la mayoría de edad y necesita
emanciparse; la dominación de una monarquía vetusta no puede
subsistir ya en una joven tierra americana, digna de gobernarse a sí
misma": ésas son afirmaciones en que se basa la razón de ser del
Partido Revolucionario Cubano, que se lanza a la pelea al grito de
¡Viva Cuba libre!; pero que se abstiene, por reflexiva voluntad, de
gritar como en otras ocasiones, ¡Muera España! La diferencia es
esencial. En la proscripción de este grito, va envuelto el sentido
de toda una política nueva. Ya no se trata de expulsar para siempre
a los españoles de la isla, ni de hacer de ella la eterna enemiga de
España. Se trata de derrocar un régimen caduco, y nada más, y para
ello se procede de tal modo que sea posible hasta el concurso del
propio español, al que se promete que la tierra redimida por el
esfuerzo de sus hijos, será para todos los que la habiten y quieran
hacerla su patria.
Ésa es una de
las ideas directoras del movimiento de 1895, idea cuyo alcance se
comprende en el acto, cuando se descubre que está enlazada
íntimamente con el propósito firme alentado por el gran Martí, y que
compartía el gran Maceo, de procurar a todo trance que la república
por la cual iban a luchar fuera eminentemente latina, naciera sin
compromiso ninguno con nuestros vecinos sajones y afirmara su
existencia principalmente en la solidaridad con la América española.
Muchos otros planes revolucionarios se habían meditado, que
descansaban exclusivamente en el concurso, eventual de los Estados
Unidos, y hasta que tenían como fin último la incorporación de Cuba
a dichos estados; la revolución de 1895, al contrario, se organizó
obedeciendo a un principio del todo opuesto. Cuantos han podido
penetrar en los secretos de su preparación, saben que Martí confiaba
en que, al mostrarse potente el movimiento revolucionario —como se
mostró, por ejemplo, a raíz de la maravillosa invasión— pudiera
producirse una mediación amistosa de todas las repúblicas
sudamericanas, que interponiéndose entre Cuba y España, invocando
los grandes intereses de la raza, de la civilización y de la
humanidad, pusiese término a la guerra, reconociéndose la
independencia de Cuba con ventajosas concesiones hechas a
España.
Las dos grandes
ideas directoras del movimiento de Ibarra y Baire fueron, pues, la
de despojar a la revolución de todo sentido de irreconciliable
enemiga a España o a los españoles, y la de evitar en lo posible la
intromisión de elementos de otra raza en una contienda que tenía por
objeto crear una república latina más, y no acrecentar en América la
influencia y el poderío de los sajones.
Los métodos
adoptados para realizar ese pensamiento, tenían, por fuerza, que ser
distintos a los que se observaron en otras tentativas
revolucionarias. Martí contaba principalmente con el pueblo cubano
sólo, por lo que sintió la necesidad de contar con todo él.
Únicamente a Cuba y a los cubanos confiaba la empresa; pero, por lo
mismo, a todas las clases sociales, a todos sus elementos
componentes había de dirigirse y se dirigió. La caja del Partido
Revolucionario no se formó con capitales extraños, ni con donativos
de unos pocos, sino con la patriótica contribución de ricos y
pobres, de todos cuantos se dispusieron a ofrendar a la patria una
parte de su haber. Esto era consecuencia lógica del propósito de que
la revolución no fuera la obra de un grupo, sino un movimiento
nacional, propósito del que nació también la firme resolución de que
el Partido Revolucionario Cubano no intentara importar la guerra a
Cuba, quisiérala o no la isla, sino que se dispusiese a cooperar a
los esfuerzos que para su emancipación hicieran los que en Cuba
vivían. "No imponemos a la isla nuestra voluntad"; escribía
constantemente Martí a los conspiradores de la isla "estamos para
servirla, no para mandarla. Surja cuando quiera, e iremos en su
auxilio con los medios que hemos preparado. Si quiere esperar
nuestra conjunción, se la prometemos eficaz; si no quiere esperarla,
surja sola, que correremos a secundarla en el más breve tiempo
posible."
Señalados los
matices que distinguen la revolución de 1895 de cuantas la
precedieron, conviene explicar por qué sus resultados no han
correspondido a las esperanzas que se pusieron en las ideas
directoras y en los métodos propagados y recomendados por el
fundador eximio del Partido Revolucionario Cubano. La sinceridad
obliga a consignar que la muerte de Martí dio al traste con la
mayoría de sus proyectos, que descansaban, en gran parte, en sus
condiciones y prestigios personales. Muerto él, ningún otro cubano
pudo pensar seriamente en el concurso eficaz de la América Latina,
porque aunque algunos contaban con relaciones aisladas en ésta o
aquella república hispanoamericana, ninguno alcanzaba la general
influencia que en todas tenía el mártir de Dos Ríos. A más de esto,
en la conciencia del Partido Revolucionario no se había infiltrado
lo bastante —porque para ello no se había presentado ocasión ni tal
vez fuera oportuno provocarla— la idea de que era preciso aquel
concurso; así es que residiendo en los Estados Unidos el núcleo
principal de los revolucionarios emigrados, y no cuidándose nadie de
señalar el peligro de la injerencia yanqui, el espíritu de la
revolución se desvió de su cauce primitivo, y llegó un momento en
que todos los elementos cubanos del exterior volvieron los ojos a la
Unión americana. La delegación de New York, desde luego, en ella
puso buena parte de sus esperanzas, y como el gobierno
revolucionario no tuvo jamás lo que pudiera llamarse una política
internacional, llegó la intervención de los Estados Unidos sin que
ni la delegación ni el gobierno pudiesen obtener la menor garantía
de que se hacía para cumplir los fines todos de la revolución.
Cierto es que el acuerdo conjunto de 20 de abril de 1898 parecía
explícito y franco, y podía ser tomado como un reconocimiento
expreso de que esos fines serían cumplidos por la intervención; pero
ese acuerdo conjunto no fue resultado de un pacto; así es que
descansaba únicamente en la lealtad del pueblo que lo adoptó,
descansaba tan sólo en el honor de la nación americana, y los hechos
posteriores, sancionando las lecciones de la historia, han venido a
demostrar que en sus relaciones con los pueblos pequeños, naciones
grandes no siempre se mantienen dentro de los principios del honor y
de la lealtad.
Tal vez sea
prematuro formular un cargo a los directores de la revolución por su
conducta frente a la intervención. Quizá cuando llegue la hora de
depurar, ante el tribunal de la historia, las responsabilidades,
demuestren aquellos directores la procedencia de esa conducta. Pero
sea lo que fuere, resulta indudable que con ella se desvió el
sentido del movimiento que Martí preparara y organizara y que en esa
desviación está la clave de la grave herida que sufre en este
momento el ideal de la independencia absoluta de la patria cubana,
por el cual se ha sacrificado lo mejor de nuestra generación. Ni la
delegación de Nueva York ni el último gobierno revolucionario,
parecieron ver el peligro de la intervención sin condiciones. Al
contrario: cuando los amigos de Cuba presentaron al principio de
1898 en el Congreso de los Estados Unidos una proposición pidiendo
el reconocimiento de los cubanos como beligerantes, el delegado
señor Estrada Palma hizo saber, desde la Florida donde se
encontraba, que la beligerancia no bastaba, y que lo que se
necesitaba era la intervención. Y en cuanto al gobierno
revolucionario, una vez que ésta se acordó por el Congreso
americano, primero toleró y después ordenó, en circular del
Secretario de Guerra, señor Méndez Capote, que las fuerzas cubanas
se pusieran a las órdenes de las de los Estados Unidos, sin exigir
garantías ni obtener siquiera explicaciones respecto a la acción
ulterior del gobierno de la Unión.
Posible es que
todo ello resultara sin culpa de nadie; pero lo que parece indudable
es que en todo el tiempo que durara, la revolución no confió nada a
la acción política y diplomática, que por tanta parte entraba en los
planes de Martí. Con la perfecta intuición del estadista, el primer
delegado del Partido Revolucionario tenía el propósito de utilizar
los triunfos de las armas cubanas para robustecer su gestión
política, lo mismo cerca de España y de los españoles de la isla,
que cerca de los gobiernos de América. Tal pensamiento murió con el
Apóstol, ya sea por la fuerza de las circunstancias, ya sea porque
no lo creyeran viable los que le sucedieron en la dirección del
empeño revolucionario, lo mismo dentro que fuera de Cuba. Todo se
consagró a la empresa de conquistar el apoyo de los Estados Unidos,
sin ver que ese apoyo, falto del contrapeso de los demás pueblos
americanos, podía transformarse en el más grave de los peligros que
habría de correr el sagrado ideal de la independencia.
Sería pueril
traer estos hechos a la vista, si se hiciese con el ánimo de
recriminar. Pero si se tiene en cuenta que el abandono de los
propósitos y métodos que alentara el fundador glorioso del Partido
Revolucionario Cubano, nos ha traído a la situación intermedia en
que nos encontramos, pudiera tener eficacia recomendar que a ellos
se volviese para proseguir —en la senda de la paz, y con los medios
políticos y diplomáticos— la obra que se iniciara el 24 de febrero
de 1895 por medio de las armas, y que nadie puede creer de buena fe
que termina con la instauración del régimen que ahora se inaugura.
La era de las revoluciones sangrientas debe darse por terminada en
Cuba. Nadie debe pensar entre nosotros en motines y revueltas. Sólo
si se intentara por los extraños atentar a lo que nos queda de
libertades y de derechos, y a la semindependencia que nos deja el
malhadado apéndice constitucional, sería justificada la suprema y
desesperada apelación a las armas, para defender los restos de
nuestro patrimonio y de nuestro decoro. Pero más que nunca hay que
persistir en la reclamación de nuestra soberanía mutilada; y para
alcanzarla, es fuerza adoptar de nuevo en las evoluciones de nuestra
vida pública las ideas directoras y los métodos que preconizara
Martí, cuando su genio previsor dio forma al sublime pensamiento de
la revolución. Hay que llevar otra vez las aguas revolucionarias al
cauce de que la desviaran la impericia o la mala fortuna de los
hombres, o el poder de acontecimientos fortuitos. Para ello, importa
mantener vivo en el país el sentimiento de sus derechos y la
conciencia de sus históricos deberes, poniendo, a la par, el oído
atento a los ruidos del mundo, y las miradas fijas en los sucesos
que se desarrollan más allá de nuestras costas, lo mismo en el viejo
que en el nuevo continente, para aprovechar todas las oportunidades
que se presenten a fin de gestionar y recabar pleno goce de nuestra
soberana independencia. Unidos cordialmente los habitantes de Cuba,
sin distinción de origen, alrededor de ese programa eminentemente
nacional; observando escrupulosamente las obligaciones que no
supimos a tiempo resistir y que, aunque impuestas de hecho,
legalmente parecen contraídas por nuestra voluntad; evitando todo
pretexto a mayores desmanes con la dignidad de nuestra vida
interior; declarando nuestra confianza la justicia, mejor informada,
del propio pueblo americano que ahora nos despoja —podemos esperar
reivindicación de nuestros derechos totales, y realizar al cabo el
ideal sagrado de que Cuba sea en verdad la patria independiente de
sus hijos y cuantos como patria la adopten—. Si no hacemos eso, si
no volvemos a practicar las doctrinas y a observar los métodos del
Apóstol, su obra quedará incumplida, y sobre los apáticos, los
cobardes o los viles caerá la eterna maldición de la historia,
suprema distribuidora de premios y castigos, y que a cada cual
donará lo que le corresponda.
El
Fígaro, 20 de mayo de 1902. (Radio Reloj)
|