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Sobre un medular ensayo
de Le Riverend
LUIS
SUARDÍAZ
El sesquicentenario de nuestro Apóstol, como se
viene difundiendo por nuestros medios de comunicación, alcanzará
singular relevancia con la celebración los días 27, 28 y 29 de este
mes de la Conferencia Internacional Por el equilibrio del
mundo, concepto que como hemos señalado en otras ocasiones
representa lo más acerado del pensamiento radical del Héroe Nacional
de Cuba en sus últimos años. Y uno de los fervorosos y lúcidos
martianos con quien departimos durante años, Julio Le Riverend, dio
a conocer hace casi un cuarto de siglo —en el número dos del Anuario
del Centro de Estudios Martianos en 1979— un medular texto reflexivo
El historicismo martiano en la idea del equilibrio del
mundo.
Le Riverend comienza
recordando la autenticidad político-social, el no imitar ni calcar a
nadie, ya se manifiesta en su carta a Joaquín Macal, fechada en
Guatemala el 11 de abril de 1877, varias veces expuesta en lo
adelante, y señaladamente en el discurso en honor de Simón Bolívar
el 28 de octubre de 1893 cuando exclama: "La independencia de
América venía de un siglo atrás sangrando: —¡ni de Rousseau ni de
Washington viene sino de sí misma!" Es decir ni de los americanos
del Norte ni de Europa.
Y es significativa esta
afirmación, esta voluntad de independencia plena porque, asaeteadas
por la voracidad yanki, gente bien intencionada suponía que
vincularse estrechamente al destino de las potencias europeas era el
mejor modo de escapar de la anexión geográfica, política y
económica. Pero pronto el extraordinario pensador comprendió que esa
aparente solución solo significaba cambiar de dueños. En su ensayo
destaca Le Riverend que Martí actuaba como un idealista "práctico",
haciendo suya, la calificación que en aquellos años escuchamos al
eminente profesor francés, Noel Salomón, que Juan Marinello elogió,
porque eso lo diferencia grandemente de otros pensadores
latinoamericanos idealistas de su época.
Bien conocida es en nuestros
días esa carta de Manuel Mercado, escrita en víspera de su caída en
combate, donde expone claramente que toda su ingente labor
patriótica está dirigida a impedir que los imperialistas se apoderen
de Cuba y el resto de las Antillas, y caigan, más fortalecidos aún,
contra el resto de los pueblos de nuestra América. Esa batalla por
la libertad real de Cuba y Puerto Rico estaba enderezada al disfrute
de las dos islas de sus recursos y de su independencia, pero también
a lograr el equilibrio no solo de la región, sino del mundo. Mas,
como recuerda el historiador y economista cubano, ya en 1889 se
refiere Nuestro Héroe Nacional en el mismo sentido al concepto
equilibrio del mundo y, con razón, lo considera el punto de
partida de su tercera y última etapa revolucionaria. Así lo va
desgranando en sus crónicas y artículos que pone en circulación con
motivo de la Conferencia Panamericana, y la más diáfana escrita el 2
de noviembre de ese año, donde afirma que el Congreso Internacional
de Washington permitirá conocer quiénes serán "los defensores de la
independencia de la América española, donde está el equilibrio del
mundo".
Ahora bien, si Martí, como ha
dicho certeramente Fidel, fue el más profundo pensador de América
Latina del siglo XIX, es también un producto, aunque esclarecido,
del desarrollo. Por eso el investigador que nos ocupa recuerda las
reflexiones de un precursor de las ideas socialistas en Chile,
Francisco Bilbao, quien en 1865 afirmó que los que él llamaba
Estados Des-Unidos de la América del Sur comenzaban a sentir la
marcha invasora de Estados Unidos que "cree en su imperio como Roma
creyó en el suyo" y avanza como una marea para descargarse en el
Sur.
Un artículo que siempre nos ha
parecido insoslayable para seguir al Apóstol en la dialéctica de su
pensamiento es el que cita Le Riverend en el ensayo y fue publicado
en Patria el 2 de julio de 1892 con el título El remedio
anexionista. Allí se refiere a los vecinos del Norte que "codician
la clave de las Antillas para cerrar en ellas todo el Norte por el
istmo y apretar luego con todos ese peso por el Sur".
Tres meses antes le hace saber
a los presidentes de los Cuerpos de Consejo del Partido
Revolucionario Cubano, residentes en Tampa, Cayo Hueso, Nueva York,
que la agrupación política "da poder expreso para contribuir con la
independencia de los últimos pueblos esclavos de América (...) al
equilibrio y crédito necesarios a la paz y justicia universales de
lengua castellana de América".
Discursos, instrucciones,
crónicas, cartas de ese último lustro confirman su prédica. Palabras
como fiel, equilibrio, unión, surgen con
frecuencia. En el Manifiesto de Montecristi, ya con un pie en los
estribos y el alma a caballo, se refiere al heroísmo juicioso de las
Antillas, imprescindible para lograr ese equilibrio que ahora le
parece vacilante. Y desde el mirador antillano sabe que su
batalla es, como dice en una de sus cartas, para alzar el mundo. Y
fustiga a los monopolistas, a los banqueros sin escrúpulos, a los
expoliadores de pueblo, y a esos "ambiciosos que saben latín (para)
robar su tierra a unos africanos que saben árabe" y aquí los idiomas
citados son símbolos que aparecen con toda su fuerza.
De la mano de Le Riverend,
vamos entrando de nuevo en textos martianos esenciales escritos hace
más de cien años, pero dramáticamente vigentes en nuestro siglo y
motivo de hondas reflexiones en este año del sesquicentenario de un
hombre verdaderamente universal. (Granma) 17 de enero de 2003 |