José Julián Martí Pérez,
Apóstol de la Independencia
de Cuba

 

  

English Français عربي
Cuba > José Martí

 José Martí y el equilibrio del mundo

Sobre un medular ensayo de Le Riverend 

LUIS SUARDÍAZ

El sesquicentenario de nuestro Apóstol, como se viene difundiendo por nuestros medios de comunicación, alcanzará singular relevancia con la celebración los días 27, 28 y 29 de este mes de la Conferencia Internacional Por el equilibrio del mundo, concepto que como hemos señalado en otras ocasiones representa lo más acerado del pensamiento radical del Héroe Nacional de Cuba en sus últimos años. Y uno de los fervorosos y lúcidos martianos con quien departimos durante años, Julio Le Riverend, dio a conocer hace casi un cuarto de siglo —en el número dos del Anuario del Centro de Estudios Martianos en 1979— un medular texto reflexivo El historicismo martiano en la idea del equilibrio del mundo.

Le Riverend comienza recordando la autenticidad político-social, el no imitar ni calcar a nadie, ya se manifiesta en su carta a Joaquín Macal, fechada en Guatemala el 11 de abril de 1877, varias veces expuesta en lo adelante, y señaladamente en el discurso en honor de Simón Bolívar el 28 de octubre de 1893 cuando exclama: "La independencia de América venía de un siglo atrás sangrando: —¡ni de Rousseau ni de Washington viene sino de sí misma!" Es decir ni de los americanos del Norte ni de Europa.

Y es significativa esta afirmación, esta voluntad de independencia plena porque, asaeteadas por la voracidad yanki, gente bien intencionada suponía que vincularse estrechamente al destino de las potencias europeas era el mejor modo de escapar de la anexión geográfica, política y económica. Pero pronto el extraordinario pensador comprendió que esa aparente solución solo significaba cambiar de dueños. En su ensayo destaca Le Riverend que Martí actuaba como un idealista "práctico", haciendo suya, la calificación que en aquellos años escuchamos al eminente profesor francés, Noel Salomón, que Juan Marinello elogió, porque eso lo diferencia grandemente de otros pensadores latinoamericanos idealistas de su época.

Bien conocida es en nuestros días esa carta de Manuel Mercado, escrita en víspera de su caída en combate, donde expone claramente que toda su ingente labor patriótica está dirigida a impedir que los imperialistas se apoderen de Cuba y el resto de las Antillas, y caigan, más fortalecidos aún, contra el resto de los pueblos de nuestra América. Esa batalla por la libertad real de Cuba y Puerto Rico estaba enderezada al disfrute de las dos islas de sus recursos y de su independencia, pero también a lograr el equilibrio no solo de la región, sino del mundo. Mas, como recuerda el historiador y economista cubano, ya en 1889 se refiere Nuestro Héroe Nacional en el mismo sentido al concepto equilibrio del mundo y, con razón, lo considera el punto de partida de su tercera y última etapa revolucionaria. Así lo va desgranando en sus crónicas y artículos que pone en circulación con motivo de la Conferencia Panamericana, y la más diáfana escrita el 2 de noviembre de ese año, donde afirma que el Congreso Internacional de Washington permitirá conocer quiénes serán "los defensores de la independencia de la América española, donde está el equilibrio del mundo".

Ahora bien, si Martí, como ha dicho certeramente Fidel, fue el más profundo pensador de América Latina del siglo XIX, es también un producto, aunque esclarecido, del desarrollo. Por eso el investigador que nos ocupa recuerda las reflexiones de un precursor de las ideas socialistas en Chile, Francisco Bilbao, quien en 1865 afirmó que los que él llamaba Estados Des-Unidos de la América del Sur comenzaban a sentir la marcha invasora de Estados Unidos que "cree en su imperio como Roma creyó en el suyo" y avanza como una marea para descargarse en el Sur.

Un artículo que siempre nos ha parecido insoslayable para seguir al Apóstol en la dialéctica de su pensamiento es el que cita Le Riverend en el ensayo y fue publicado en Patria el 2 de julio de 1892 con el título El remedio anexionista. Allí se refiere a los vecinos del Norte que "codician la clave de las Antillas para cerrar en ellas todo el Norte por el istmo y apretar luego con todos ese peso por el Sur".

Tres meses antes le hace saber a los presidentes de los Cuerpos de Consejo del Partido Revolucionario Cubano, residentes en Tampa, Cayo Hueso, Nueva York, que la agrupación política "da poder expreso para contribuir con la independencia de los últimos pueblos esclavos de América (...) al equilibrio y crédito necesarios a la paz y justicia universales de lengua castellana de América".

Discursos, instrucciones, crónicas, cartas de ese último lustro confirman su prédica. Palabras como fiel, equilibrio, unión, surgen con frecuencia. En el Manifiesto de Montecristi, ya con un pie en los estribos y el alma a caballo, se refiere al heroísmo juicioso de las Antillas, imprescindible para lograr ese equilibrio que ahora le parece vacilante. Y desde el mirador antillano sabe que su batalla es, como dice en una de sus cartas, para alzar el mundo. Y fustiga a los monopolistas, a los banqueros sin escrúpulos, a los expoliadores de pueblo, y a esos "ambiciosos que saben latín (para) robar su tierra a unos africanos que saben árabe" y aquí los idiomas citados son símbolos que aparecen con toda su fuerza.

De la mano de Le Riverend, vamos entrando de nuevo en textos martianos esenciales escritos hace más de cien años, pero dramáticamente vigentes en nuestro siglo y motivo de hondas reflexiones en este año del sesquicentenario de un hombre verdaderamente universal.

(Granma)  17 de enero de 2003


Imprimir Enviar a un amigo Regresar Su opinion Cerrar Subir