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OLGA CRESPO
PORBÉN
Sus preocupaciones y orgánica
lucidez con respecto a los caminos del desarrollo tecnológico de su
tiempo y entorno, la capacidad para desentrañar verdades, para
hacerse del sentido de las cosas, sobre todo en los dominios de la
historia y de las misiones políticas que asumió, permiten asegurar
que José Martí fue un hombre de ciencia.
La aptitud que en tales
terrenos demostró está indisolublemente ligada a su poder de
penetración y síntesis, a la visión integradora de la realidad,
concepción que desde la más temprana juventud le posibilitó
comprender que "un detalle en el órgano es a veces una revolución en
el sistema".
Amplió ese entendimiento al
aseverar en 1881 que para él la palabra Universo explicaba: "el
Universo: Versus unir lo vario en lo uno", y al año siguiente diría:
"el Universo con ser múltiple, es uno", palabras que muestran su
concepción sistémica e incluso dialéctica del mundo.
En uno de sus apuntes expone:
"No se deben citar hechos aislados, contentamiento fácil de una
erudición ligera e infructífera: sino hechos seriales, de conjunto
sólido, ligados y macizos", principio que siguió al abordar la
realidad.
Sostuvo que para valorar
correctamente un objeto de estudio era necesario "desnudarlo de lo
que tiene de accidental, para ver lo que hay en él de permanente",
fundamento que estuvo presente en la sabiduría con la cual reconoció
en la política una ciencia.
Su modo de ver brotó
intuitivamente y se nutrió de una insaciable voluntad de
aprendizaje, verdadera "hambre de médula", como dijo de un relevante
intelectual. Con ese espíritu previó "el semillero de maravillas"
que habría de "salir a la luz del sol" en "la América que habla
castellano".
En 1883, en revista editada en
Nueva York, al comentar sobre un libro del escritor y científico
Felipe Poey expresó: "Ya va siendo notabilísimo en los poetas y
oradores de nuestra raza el afán de hacerse hombres de ciencia. ¡Y
hacen bien!"
El denunciador desde años
antes de maniobras imperialistas encubiertas bajo el ropaje del
panamericanismo, al referirse en 1892 a un Congreso Panamericano de
Medicina que sesionaría en Washington, iniciaba así su artículo: "En
la política de América es riesgosa la idea de política del
continente, porque con dos corceles de diferentes genio y hábitos,
va mal el carruaje".
Y continuaba: "Pero la ciencia
es todo una, y conviene todo lo que junte a los pueblos, si la
amistad no llega a la funesta e imposible unión de caracteres de una
obra que solo en lo final de la libertad puede ser común, y en lo
real contemporáneo no lo es".
Con esa clarividencia el Héroe
Nacional cubano aprehendió el saber científico de su época y lo
divulgó para bien de los pueblos latinoamericanos con una notable
intensidad, diversidad de miras y excepcional altura
literaria.
Reveladoras expresiones acerca
de diversas ciencias particulares incluyó la obra martiana, entre la
que sobresale su valioso aporte a favor de la ecología.
Su advertencia sobre la
"inutilidad de la ciencia sin el espíritu" rechaza cualquier
maniobra encaminada a disminuir la perspectiva ideológica y la
actitud moral con que se asuma el hecho científico.
Al respecto, manifestó: "Y así
se va, por la ciencia verdadera, a la equidad humana: mientras que
lo otro es ir, por la ciencia superficial, a la justificación de la
desigualdad, que en el gobierno de los hombres, es la de la
tiranía".
Poco antes de morir, escribió
a la pequeña María Mantilla: "Donde yo encuentro poesía mayor es en
los libros de ciencia, en la vida del mundo, en el orden del mundo,
en el fondo del mar, en la verdad y música del árbol, y su fuerza y
amores, en Subir del cielo, con sus familias de estrellas— y en la
unidad del universo, que encierra tantas cosas diferentes, y es todo
uno...".
Sobre la instrucción, abogó:
"Que la enseñanza científica vaya, como la savia en los árboles, de
la raíz al tope de la educación pública. Que la enseñanza elemental
sea ya elementalmente científica: que en vez de la historia de
Josué, se enseñe la formación de la Tierra". 4 de enero de 2003 |