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POR LUIS SUARDÍAZ
En mayo de
1995, en Santiago de Cuba, los 376 participantes
de 26 países en la Conferencia Internacional José
Martí y los Desafíos del Siglo XXI, reconocieron
en su declaración final que el maestro perenne del
pueblo cubano es un iluminador de los mejores
caminos hacia la plenitud política cultural de
América Latina y el Caribe, en cuya obra se
enraízan y proyectan valores humanos que atañen a
todos los pueblos del mundo.
Ya estamos transitando los caminos del
anunciado siglo XXI y enfrentamos desafíos que
obligan a tensar el arco y perfeccionar la
puntería. Si en 1995 recordábamos el centenario de
su caída en combate, ahora, a ciento cincuenta
años de su nacimiento, proclamamos que él, como el
Bolívar de sus encendidas arengas, tiene aún mucho
que hacer en estas dolorosas repúblicas a las que
consagró hasta el último aliento.
Es
admirable cómo en pocos años y en condiciones muy
difíciles Martí logra llegar a las esencias de los
pueblos que en su momento llamó, con preciso
sentido político, Nuestra América. Cuando en 1870
sus actividades patrióticas lo lanzan en calidad
de desterrado a la península ibérica que apenas
había conocido de niño, era un adolescente cuyas
vivencias cubanas se reducían a la capital del
país y algunos paisajes rurales, pero su
sensibilidad estaba ya marcada por el presidio
político y sus atrocidades, el maltrato hasta la
muerte inclusive de los esclavos, la hiriente
discriminación racial, la humillación de los
criollos por la ignorante y corrupta burocracia, y
con las naturales variantes, encontraría una
situación parecida en las naciones
hermanas.
Su primer
encuentro con un gran país de América se produjo
con su llegada a México en 1875. Conoce de cerca
la que llamaría pujante masa indígena, y de golpe
toda la problemática social de un país mutilado se
le encima. Años más tarde señalará con ira en un
artículo que con el incendio a la espalda (...)
o con los muertos de la casa a la grupa, tuvieron
que salir, descalzos y hambrientos, de su casa de
Texas, los verdaderos dueños de la tierra,
víctimas de la expansión territorial yanki y de la
guerra injusta.
En México
se desarrolla como periodista de múltiples
habilidades, y también como dramaturgo, traductor
literario, orador y desde luego se vierte en
poemas que ya anuncian las simientes del arte
nuevo. Tras una breve estancia de incógnito en La
Habana se va a trabajar a Guatemala donde sus
enjundiosos discursos, cargados de imágenes, le
ganan el sobrenombre de Doctor Torrente. La tierra
del quetzal lo subyuga, pero el choque con la
intolerancia y la injusticia le hacen abandonar el
país de Centroamérica donde entonces (y todavía
hoy) las comunidades más que en la lengua del
conquistador se comunicaban en veintidós idiomas
autóctonos. En Cuba la precaria Paz del Zanjón ha
sido firmada y eso le permite trabajar en una
firma de abogados. Pero su patria dista mucho de
ser libre y el patriota no se halla en receso.
Pronto sus discursos se consideran, con razón,
subversivos y de nuevo lo deportan a España. Nunca
más volverá a ver su ciudad natal, cuando retorne
será por las playas de Oriente como un combatiente
por la libertad de su país, de las Antillas y de
la América Latina.
Logra
escapar de su confinamiento en la península y
desembarca en Nueva York donde establecerá su
campamento de larga provisionalidad por casi tres
lustros y pronto asume las funciones de
Vicepresidente y Presidente del Comité
Revolucionario que prepara el levantamiento en
Cuba, conocido por su corta duración, como la
Guerra Chiquita. El fracaso de esta acción no hace
sino disponerlo para una guerra tan necesaria como
bien organizada. Se va a Venezuela donde rinde
homenaje a Bolívar y en pocos meses se convierte
en una figura principal del ámbito cultural. Pero
de nuevo es mal visto por el gobernante de turno
que no admite que el fuego de su verbo se expanda
en la sociedad en formación y el 28 de julio de
1881 sale definitivamente para su trinchera del
Norte, enriquecido por la experiencia breve e
intensa de esa Caracas que él ha proclamado como
cuna de nuestra libertad.
Entre sus
papeles recientes lleva un breve poemario dedicado
a su hijo, Ismaelillo, que significará,
junto a sus prosas escritas como en el lomo de un
caballo de combate, el incio de la revolución
literaria en su patria grande y en todo el ámbito
del idioma. A fines de esa década lo tenemos como
Cónsul de la Argentina, Uruguay y Paraguay, y
también en calidad de excepcional periodista en la
llamada Conferencia Interamericana. Poco después
representa a la patria de Artigas en la
Conferencia Monetaria Internacional y libra
memorables batallas contra el agresivo vecino del
Norte cuyo objetivo en esas conferencias es
ensayar nuevas formas de dominación.
Desde su
mirador neoyorquino ha seguido el curso de los
acontecimientos de la metrópoli yanki y está
capacitado como pocos en su tiempo para advertir
los peligros que nos amenazan. Por eso en sus
crónicas, artículos, cartas, discursos —como el
fundamental Madre América— y en su ensayo
de enero de 1891, Nuestra América, trazará
con elocuencia nunca antes conocida, y con
fundamentos sólidos, el camino de nuestra segunda
y verdadera independencia.
Mas, no
únicamente de la tiranía política o económica debe
librarse este conjunto de pueblos expoliados y
víctimas de lo que el propio redentor llamó el
sometimiento infructuoso, y que solo avanzaran
hacia el futuro por el duro camino de la rebelión.
También es imprescindible salir del socavón de la
ignorancia puesto que no hay igualdad social
posible sin igualdad de cultura. Por eso en
los cuatro números de La Edad de Oro, su
estupenda revista de 1889, los niños de América
hallarán el verso que despliega las alas de la
fantasía, el artículo histórico que revela
nuestros orígenes o los rudimentos científicos que
les permitirá ser hombres y mujeres integrales,
protagonistas de un nuevo humanismo.
En su
último lustro febril Martí llevará su prédica a
Panamá, Costa Rica, Santo Domingo, Haití, Jamaica
y dejará en sus crónicas y diarios de viaje y de
campaña perfiles de mujeres y hombres anónimos y
dignos, así como todos los colores del paisaje
americano, incluyendo el que le llena los ojos
ávidos en sus pocos días de campaña en el Oriente
de Cuba.
Ahora
bien, aunque no hubiese andado del brazo de sus
compatriotas por esas tierras que andan aún en
busca de su destino, conocía al dedillo su
historia, sus grandezas y caídas, sus
potencialidades. Y en rigor todo lo que hizo y
escribió estaba encaminado a la consolidación de
esas naciones bendecidas por la naturaleza y
sometidas, sin embargo, a la pobreza y a la
infelicidad por sucesivos sistemas de explotación.
Naciones que aun hoy tienen en las iluminadas
páginas de nuestro Apóstol un espléndido tesoro
ideológico que nos ayudará, como lo proclama en
estos días el Tercer Foro Social Mundial de Porto
Alegre, a vivir en un mundo donde prevalezca la
solidaridad y la justicia, tal lo concebía el
inconforme autor de Nuestra América. (Granma) 28 de enero de 2003 |