José Julián Martí Pérez,
Apóstol de la Independencia
de Cuba

 

  

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 Rescate y proyección de José Martí

ANIVERSARIO 154 DEL NATALICIO DEL HEROE NACIONAL JOSÉ MARTÍ

• Por Raúl Roa García (Conferencia leída el 19 de mayo de 1937 en el Anfiteatro Municipal de la Habana). Tomado del libro: 15 años después. La Habana, 1950.

Mucho se ha escrito y hablado, en estos Últimos tiempos, sobre José Martí. No se ha dado aún, sin embargo, una versión condigna de su vida trepidante y generosa, ni se ha sustanciado, plenamente, el alcance de su pensamiento político. Julio Antonio Mella –que amó tanto a Martí como el más ferviente martiólatra - juzgó esa faena « Una necesidad, no ya un deber de la época». Y, más de una vez, soñó escribir un libro sobre Martí «en una prisión, sobre el puente de un barco, o en el vagón de tercera de un ferrocarril, o en la cama de un hospital convalesciente de cualquier enfermedad», ya que estos eran para él --fuerza apostólica en duelo permanente- los «instantes que más incitan a trabajar con el pensamiento». Balas arteras troncharon aquella vida impetuosa
y resplandeciente, que era esperanza y clarín de los oprimidos. Mella anhelaba arrancar a Martí de «tanto mercachifle, de tanto adulón, de tanto hipócrita que habla o escribe sobre él».

Ese libro, aun por hacerse, tiene que escribirse. Y sólo una pluma limpia y viril, genuinamente revolucionaria, podrá culminar tamaña empresa. Este libro deberá devolvernos, como fué, aquella vibrante y poemática figura, «la personalidad más conmovedora, patética y profunda -al decir de Fernando de los Ríos -que ha producido hasta ahora el alma hispana en América». En las páginas de ese libro, deberá estar todo Martí: el poeta más preocupado de la utilidad de la belleza que de su goce subjetivo. el escritor coruscante y personalísimo, el tribuno de vuelos inusitados y abisales hallazgos, el amador infatigable que calcinó brumas y malogró primaveras; pero, estará, sobre todo, como síntesis fúlgida de estas descollantes calidades, el revolucionario ejemplar.

Y, ya estaremos entonces, en aptitud de mensurar, en toda su estatura, al hombre que afirmó, para siempre, que «las etapas de los pueblos no se cuentan por sus épocas de sometimiento infructuoso sino por sus instantes de rebelión». Quien realice ese libro -que Julio Antonio Mella pudo haber rematado victoriosamente- se hará digno de gratitud imperecedera. Mientras no se realice, que cada cual contribuya, en su medida, a difundir los momentos estelares deja vida de José Martí y a desentrañar la esencia de su pensamiento revolucionario, proyectando su luz potentísima sobre las tinieblas enconadas del presente cubano.

Nadie más acreedor, entre nosotros, a todos los homenajes y a todas las recordaciones que José Martí. No en balde es nuestro "gran fiador" ante el mundo. Y visto ya en perspectiva, como hombre y como revolucionario, tiene muy pocos pares legítimos en la historia. Honrarlo, honra. Evocarlo, enaltece. Pero esta evocación y esta honra no pueden enmarcarse en los senos recónditos de un culto abstracto. Ha de ser, tiene que ser, un culto vivo, pugnaz, beligerante: un culto como el que esta noche le rendimos. No nos hemos juntado, en este aniversario de su muerte, para verlo como no fué, ni para pintarlo con atributos y arreos que jamás usó ni fueron suyos, ni para vaciarle de gusanos la carne mortal y rellenarla imbécilmente de miraguano divino, ni para vestir con muselinas pudorosas su magnífica y exultante desnudez humana. Nos hemos juntado esta noche para verlo como fué, como es imperativo verlo, como contemplamos las figuras señeras de otros pueblos, en función de realidad. Los' genios obedecen también a las leyes inexorables del espacio y del tiempo. Y, mientras más de su instante y de su medio sea el poeta, el pensador o el revolucionario, más dilatada resonancia tendrá su acento, su mensaje o su conducta en la historia.

Por ser muy de la Mancha, --ha escrito Miguel de Unamuno- es Don Quijote un símbolo ecuménico. Por ser muy de su tiempo y de su medio, es José Martí primogénito del mundo. Momentos antes de partir rumbo a Santo Domingo, -donde le aguardaba ya impaciente y calzado y con la estrella rutilante en el sombrero mambí el generalísimo Máximo Gómez- escribió Martí al Club lO de Octubre de Puerto Plata: «Estamos haciendo obra universal. Quien se levanta hoy con Cuba, se levanta para todos los tiempos.» "Hasta hoy -dirá en seguida en nuestra tierra oriental- no me he sentido hombre. He vivido avergonzado y arrastrando la cadena de mi patria toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo; este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio.» Y el 18 de Mayo, en el pórtico mismo de su caída estremecedora, en carta a Manuel Mercado, recogería, con emoción difícilmente sofrenada, lo más puro y perdurable de su pensamiento revolucionario: «Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber -.-puesto que lo entiendo y tengo ánimo con que realizarlo- de impedir, a tiempo, con la independencia de Cuba y Puerto Rico, que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso.» La urgencia ineludible del combate dejó trunca esa carta. Y, trunca también, la obra magna a la que José Martí había ofrendado su vida.

Pero esa vida y esa obra no han muerto en Dos Ríos. Mientras la colonia siga viviendo dentro de la república, y Puerto Rico no logre entrar en América, y casi toda ésta sufra en sus carnes laceradas la tenaza mortal de la dominación extranjera y sienta sus entrañas roídas por el buitre del caudillaje y de la tiranía, ahora miméticamente revestido de plumaje seudodemocrático, la obra de José 'Martí necesitará ser completada y su pensamiento político tendrá mucho que hacer en América, junto con la espada de Simón Bolívar y el rifle de Sandino. Y, cabalmente por eso, porque José Martí vive y alienta y está presto de nuevo, en su caballo piafante, a pelear por la libertad americana y la justicia social, urge --como pedía Mella- rescatarlo de los falsos intérpretes de su doctrina, de los que usufructúan desvergonzadamente su sacrificio, de los que titulándose discípulos suyos no han vacilado en transformar su devoción en cheque y de los que, entre estos últimos, han exhibido, con inaudito descoco, como propios, sus inconfundibles tesoros literarios. Hay que rescatarlo de manos purulentas y de labios impuros y convertirlo, otra vez, en bandera de fe y esperanza, en tribuna y trinchera. Hay que rescatarlo de los escribanos y mandones que enarbolan todos los días, en provecho propio, sus aforismos rutilantes y sus apotegmas encendidos. 'Es hora ya de salirle enérgicamente al paso a los chupópteros insaciables de su gloria, a los que trafican con sus huesos, a los que repiten su letra traicionando su espíritu, a los que son incapaces de sustentar con su conducta, en las horas de prueba, los mandatos imperativos de su doctrina ética del comportamiento civil.

Escribir o hablar sobre Martí puede cualquiera. Lo que ya no puede cualquiera es vivir, como propia, la vida de sacrificio, de abnegación y de coraje que vivió Martí. Vivir como Martí vivió; en tensión heroica contra lo que es y está superado, es patrimonio exclusivo de los que viven para Martí y no de Martí; de los que sienten en la entraña el dolor y la injusticia de una república usufructuada por una oligarquía rapaz contra todos y por el bien de ella; de los que, por su posición creadora en el proceso social, anhelan traer, con su esfuerzo, etapas superiores de su desarrollo. Para esos, que representan la fuerza motriz de nuestra nacionalidad, hay que rescatar a Martí. Para que Martí viva, como anheló y pidió vivir, diluído, como misteriosa esencia, en las raíces más insobornables de los desheredados y perseguidos de América.

A coadyuvar a ese rescate apremiante, vengo, precisamente, esta noche, invitado por los estudiantes del Instituto de La Habana, que han sido siempre, con sus compañeros universitarios, «el baluarte de la libertad cubana y su ejército más firme». «Las Universidades -dijo Martí- parecen inútiles; pero de ellas salen los apóstoles y los héroes.» La experiencia de la nuestra -de esa casa gloriosa que hay que defender, en pareja medida, del bonchismo interno y del bonchismo externo- verifica, enteramente, la validez de este aserto. Apóstoles y héroes han brotado, en fecunda simiente, de las aulas cubanas. Sintetizo la constelación nutridísima en estos nombres preelaros: Julio Antonio Mella, Mariano González Rubiera, Rafael Trejo, Ramiro Valdés Daussá. Martianos genuinos fueron estos jóvenes bizarros, que jamás escondieron lo que pensaban .ni contemplaron el crimen en calma, que fueron a toda hora fieles a sí mismos y al destino de Cuba, que ni transigieron ni desmayaron, que frente al holocausto les creció el denuedo y frente al oprobio se irguieron coléricos, que viven no obstante estar muertos, que nos señalan el rumbo con índice inapelable. j Qué lejanos estos practicantes de la doctrina martiana de la conducta civil, de esos otros que ayer y que ahora reducen su culto a Martí a rito externo, a gallardías de gabinete, a hazañas bibliográficas, a santificaciones sin sentido, a especulaciones jugosas! i Qué distantes estos bregadores del ideario martiano de esos plumíferos sietemesinos que, de vivir en su tiempo, lo hubieran dejado solo porque llevaba luz y entre el yugo que engorda y humilla y la estrella que ilumina y mata se hubieran abrazado, alegremente, al yugo! No. no podían estar junto a él los que ahora, con la boca enjoyada de citas y las manos repletas de infolios, están contra él en la práctica política y en la conducta ciudadana. Junto a él pudo estar Félix Ernesto Alpízar. Junto a él pudo estar Mariano González Gutiérrez. Junto a él pudo estar Ivo Fernández Sánchez. Junto a él pudo estar Antonio Guiteras. Junto a él pudieron estar cuantos en la república han ofrendado su vida por completar su obra de liberación nacional y social.

De ese Martí, del Martí revolucionario, es que nos sentimos intérpretes los jóvenes que aun no hemos pactado con los que, en su nombre, sojuzgan, confunden, medran y matan; los que todavía no nos hemos incorporado ,-ni nos incorporaremos nunca- a la comparsa batistera, ni a los que, desde la otra ribera, hoz y martillo en alto, le hacen miserablemente el juego.

La vocación revolucionaria despuntó, tempranamente, en José Martí. A los diez y siete años apenas, fué llevado, junto con Fermín Valdés Domínguez, ante un consejo de guerra y condenado a seis años de presidio. Fué su primer encuentro con el aparato represivo de la España colonial, que el régimen franquista hoy reproduce agravado. Inevitablemente, llamea en la memoria su condenación inapelable: «Si Dante hubiera estado en presidio, no hubiera tenido necesidad de pintar el infierno: lo hubiera copiado.» Conmutada la pena por la de destierro, Martí fué deportado a España, en donde radica hasta 1874. Al instaurarse la república en España, Martí se enfrenta con ella, demandándole el reconocimiento inmediato de la independencia cubana, ya ganada, en desigual contienda, contra los ejércitos bien nutridos y equipados de la monarquía borbónica. De España, pasó Martí a Francia, y a Inglaterra; y, de ésta, puso proa rumbo a México.

Fué aquél, sin duda, un momento decisivo de su existencia. México era América, la América de Juárez, «más grande por infeliz y por nuestra que la América de Lincoln». Allí, a la vera de los volcanes humeantes y de la indiada exprimida, trabó Martí conocimiento entrañable con nuestra realidad americana, una realidad amasada de injusticias y pletórica de ímpetus. Una realidad, que «no venía de Wáshington ni de Rousseau, sino de sí misma»; y urgida, en consecuencia, de «plasmar en formas nuevas y propias un fermento largo tiempo en maceración», América fué así, para José Martí, el «continente de la esperanza humana». Y, al declararse hijo suyo, se consagró a su «revelación, sacudimiento y fundación urgente», en un afán desbordado de «poner alma a alma y mano a mano a los pueblos de nuestra América».

México le robó el corazón y le maduró la pupila, incendiada por la guerra cubana. «México -escribe- no yerra, y se afianza y agrega mientras se encona y descompone el vecino del norte.» Años más tarde, en un acto organizado en honor de México, Martí saludará en éste «al pueblo ejemplar y prudente de América, la república que viene a ser en América como la levadura de la libertad». Y, angustiado por su destino, le recordará, severamente, su heroico e ineludible deber continental: « Oh México querido! Oh México adorado, ve los peligros que te cercan! i Oye el clamor de un hijo tuyo; que no nació de ti! Por el norte un vecino avieso se cuaja. Tú te ordenarás, tú entenderás, tú guiarás; yo habré muerto, ¡ oh México! por defenderte y amarte; pero si tus manos flaquean y no 'fueras digno de tu deber continental, yo lloraría, debajo de la tierra, con lágrimas que serían luego velas de hierro para lanzas, como un hijo, elevado a su ataúd, vé que un gusano le come a la madre las entrañas.»

México le abra las talanqueras de América. Y por ellas se entra Martí, jubiloso e inquieto, como quien penetra en selva virgen. Pero América seguirá siendo México y Martí volverá de la hazaña con el jolongo rebosante de maravillas y mieles y hondamente perturbado el espíritu por el destino de esas tierras, presas codiciadas del «norte revuelto y brutal que las desprecia». «De sociología --concluye- se sabe poco y de sus leyes, tan precisas como ésta: los pueblos de América son más libros y prósperos a medida que más se aparten de los Estados Unidos». Formulada en las entrañas mismas del "monstruo", fruto directo de la observación y del e5tudio de la realidad americana, esta ley sociológica ya no se apartará nunca de la meditación y de la acción políticas de Martí. Sobre esa ley sociológica se levantará su concepción revolucionaria del problema antillano y de sus implicaciones y consecuencias continentales. «El fiel de América -afirma con perspicacia asombrosa- está en las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder -mero fortín de la Roma americana--; y si libres -y dignas de serIo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora- serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aun amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio -por desdicha feudal ya, y repartido en secciones hostiles-- hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orden por el predominio del mundo.»

La revolución cubana no podía, pues, sin traicionar su destino histórico, confinarse, egoístamente, a la isla oprimida. La revo¬lución cubana tenía, a la vez que liberar a Puerto Rico del yugo español, levantar, con su triunfo, un farallón inexpugnable a todas las expansiones futuras y a la expansión norteamericana, ya a punto de cuajar en proceso imperialista. Y, para lograrlo, pre¬cisaba ensanchar y enriquecer el contenido social de esa revo¬lución e impedir que, con su participación, los Estados Unidos capitalizaran, en beneficio de sus financieros y politicians, el mo¬vimiento emancipador. Martí se dió a ello consciente de sus limi¬taciones y dificultades.

El alcance histórico de esa tarea ha planteado más de una vez, entre nosotros, si Martí trascendió o no, en su concepción teórica y práctica, el ámbito específico de la revolución de independencia nacional. Se ha opinado, por algunos, que Martí era recónditamente socialista. Es una opinión sobremanera aventurada. No basta reunir un haz reverberante de frases aisladas y aducirlo como prueba. De todas maneras, aunque Martí hubiera sido íntimamente socialista -que no lo fué-- no habría podido operar, como tal, en aquella coyuntura. No existía otra salida real a nuestro problema de entonces que el desencadenamiento de la violencia revolucionaria contra la dominación colonial de España, cada día más exasperante y sangrienta. La genialidad de su pensamiento político radica en haber planteado la revolución de independencia nacional sobre bases que viabilizaran su ulterior desarrollo. Esta concepción suya, que lo convierte en pionero de la lucha antimperialista en América, hubo de tropezar con los resabios castrenses de los jefes del 68, prodigiosamente duchos en bélicos menesteres, pero cortos de visión política; y en algunos núcleos de emigrados, víctimas aún de] complejo de inferioridad creado por la prédica falaz de los anexionistas.

Martí fué implacable con unos y con otros. Cuando Máximo Gómez solicita su apoyo, para el movimiento armado de 1884, le responde enérgicamente: «Un pueblo no se funda, General, como se manda en un campamento.» Y, cuando entre los cubanos de la emigración se encarecen los proficuos rendimientos que implicaría para Cuba convertirse en un Estado más del imperio norteamericano, Martí enrojece de cólera y con el látigo quemante de su apóstrofe azota, despiadadamente, el rostro de los claudicantes. Sólo ante los autonomistas experimenta Martí pareja repulsa que ante los anexionistas de entonces, que son los entreguistas de hoy, los mismos que pretendieron sentarlo en la mesa redonda de la mediación en contubernio con el imperialismo y los representantes del machadato.

Al cabo, la tenacidad de Martí logró quebrantar los diques que la miopía de unos y la incomprensión de otros habían levantado, vinculando al gran objetivo que el instante demandaba a Maceo y a Moncada, a Máximo Gómez y a Flor Crombet, a los pinos viejos y a los pinos nuevos, a los héroes curtidos del 68 y a los combatientes bisoños del 95. Y, para viabilizar ese gran objetivo, para obtener la independencia de Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico, surgía y se organizaba el Partido Revolucionario Cubano, que convocaba a la guerra «para bien de América y del mundo». «Peleamos en Cuba -declara Martí- para asegurar, con la nuestra, la independencia hispanoamericana.»

Pero, donde se evidencia cristalinamente que el movimiento revolucionario organizado y dirigido por Martí se proponía, como objetivo cardinal, impedir que Cuba y Puerto Rico cambiaran de arreos coloniales, o que la independencia teórica fuera sólo vestidura formal de un protectorado efectivo y a su sombra asfixiante se conjugaran, para desangrarnos y empobrecernos, el millonario del norte y el caporal nativo, es en el sentido que Martí le infunde a la guerra y en la misión y contenido que le asigna a la república. La guerra necesaria no va dirigida contra el español ni contra España: va proyectada, exclusivamente, contra la dominación opresora y exhaustiva de ésta, alimentada y mantenida por la monarquía borbónica y su bellaca nobleza. Como su conocimiento del rol hegemónico que aspiraban a ejercer los Estados Unidos, no -le impidió alabar sus glorias legítimas y sus hombres representativos y juzgar aliado suyo al gran pueblo norteamericano, víctima, a su vez, de la organización imperial que lo rige, Martí advirtió la coexistencia de dos Españas radicalmente distintas: la España artificial, desapoderada da, cruel, ambiciosa y parasitaria y la España vital, la verdadera, la única, feudo infortunado y transitorio de la otra, contra la cual habría de alzarse el 18 de julio de 1936 en épico estallido. De vivir, José Martí, el último adversario de la España colonial en América, se hubiera inclinado, alborozado y reverente, ante el pueblo español, que disputa solitario y espléndido al gangsterismo internacional su derecho a la vida y a la libertad.

Aunque los fundamentos económicos de la república democrática tienen que enraizarse, necesariamente, en el sistema general capitalista, Martí quiere que la república cubana -amiga cordial del vecino poderoso, pero sin interferencias, ni sumisiones, ni hipotecas que la subordinen, esclavizándola, al interés político y económico de su casta dominante-- satisfaga el anhelo y la necesidad de cada ciudadano, sin distinción de razas ni de clases, mediante la abolición de todas las desigualdades sociales y de una equitativa distribución de la riqueza. Su criterio, a este respecto, no admite dudas. Martí encarna, en América, las esencias más puras y progresistas del pensamiento democrático. «La revolución -responde a Carlos Baliño- no es la que vamos a iniciar en la manigua, sino la que vamos a desarrollar en la república.» «Si la república -advierte con palabra tajante-- no tiene por base el carácter entero de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como un honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre, la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una gota de sangre de nuestros bravos. Para verdades trabajamos y no para sueños. Para liberar a los cubanos trabajamos y no para acorralarlos.» «Hay que impedir -postula categóricamente-- que las simpatías de Cuba se tuerzan y esclavicen por ningún interés de grupo, o la autoridad desmedida de una agrupación militar o civil, ni de una comarca determinada, ni de una raza sobre otra.» «El hombre --observa certeramente para entonces y para siempre- no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza o a otra: dígase hombre y ya se dicen todos los derechos. El negro, por negro, no es inferior ni superior' a ningún otro: peca, por redundante, el blanco que dice mi raza'; por redundante, el negro que dice mi raza. Todo lo que divide a los hombres, todo lo que aparta, especifica o acorrala, es un pecado contra la humanidad. Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro. Dos racistas serían igualmente culpables: el racista blanco y el racista negro.»

He ahí la réplica anticipada de Martí a los nazis, falangistas y fascistas que infectan hoy la república, disfrazados de demócratas. La réplica anticipada de Martí a Hitler, a Mussolini y a Franco, dirigentes supremos de la mafia totalitaria, de la regresión corporativa, del retorno brutal a la gleba y a los autos de fe. «Un gobernante -afirma- puede tener simpatías por un culto determinado; pero cuando acepta el cargo de gobernante, sobrado difícil para que todos lo entiendan y lo cumplan, acepta con él la constitución y leyes adicionales que el cargo representa: prohíben estas leyes contemplación predilecta a culto alguno; la ley no asiste a los actos religiosos porque la Ley es el Estado; el Estado no puede tener principios religiosos, porque no cabe la atención especial a una determinada tendencia religiosa 'en aquel que tiene el deber de atender de igual manera a todas.» «En nuestros países, --escribe-, ha de hacerse una revolución radical de la educación, si no se les quiere ver siempre, como aún se ve ahora a algunos, irregulares, atrofiados y deformes como el monstruo de Horacio. Contra teología, física. Que la enseñanza elemental sea elementalmente científica: que en vez de la historia de Josué se enseñe la de la formación de la tierra. No basta ya, no, para enseñar, dar con el puntero en las ciudades de los mapas, ni hilar con fortuna un romancillo en escuelas de sacerdotes escolapios. Alcemos esta bandera y no la dejemos caer: la enseñanza primaria tiene que ser científica.» Y he ahí la réplica, también anticipada, de Martí, a los que ahora insurgen tremolando contra la escuela cubana pública y privada el estandarte de la libertad de enseñanza en un afán desesperado de controlar esa libertad en favor de la clerecía extranjera y de la concepción totalitaria de la vida y del mundo. Para esos zapadores de la nacionalidad, escribió Martí estas palabras: «No puede combatirse con medios de respeto a los que, por encima de todo respeto, saltan y rompen. No pueden tenerse miramientos constitucionales para los que anidan en el seno de la constitución con ánimo de herida y devorada.» Y, redondeando su concepción de la república por cuyo establecimiento efectivo luchaba, concreta su aversión profunda a la explotación del hombre por el hombre. José Martí anhelaba --síntesis de su pensamiento político- una república holgada, libre y cordial, donde la ley primera y fundamental fuese el culto a la dignidad plena del hombre, una república laica y generosa, con «la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan», una república sin siervos, ni mendigos, ni apapipios, ni esclavos. «Esclavo -puntualiza-- es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él.» «Con los oprimidos -agrega con visión y lenguaje actualísimos- habrá que hacer causa común para afianzar el sistema opuesto a los intereses y al hábito de los opresores. Mientras haya un pobre, a menos que no sea un perezoso o un vicioso, hay una injusticia.» La patria no vale por sí misma: vale en la medida que sea justa. No es triunfo, sino agonía y deber. Nunca está hecha. Hay que hacerla y rehacerla cada día. Si crear suele ser oficio de poetas, llevar a la vida lo creado, es oficio de hombres.

La caída de José Martí fué catastrófica para Cuba y Puerto Rico. El nuevo delegado, Tomás Estrada Palma, hizo cuanto pudo por hipotecar, antes de nacida, la república de Cuba. Y la causa puertorriqueña fué abandonada a su suerte. Coincidiendo con esas torpezas y con la carencia de una burguesía cubana vigorosa, hizo su aparición en Estados Unidos -ya completada su expansión interior a expensas de las regiones más opulentas de México- el capital monopolista, ávido de nuevos mercados y de nuevos territorios preferentemente poco desarrollados, donde volcar el excedente de su producción mecánica, extraer materias primas fundamentales para la industria en ascenso e invertir óptimamente sus dólares inactivos. Pero, a la vez, necesitaban los Estados Unidos robustecer, por imperativos estratégicos y ulteriores miras, su posición en el mar, Caribe. Su intervención en la guerra hispanocubana señala el inicio de la, etapa imperialista en dicho país. El derrumbamiento del poderío español en América fué sustituído, de esta manera, por la dominación colonial de los Estados Unidos en Puerto Rico y por el control económico y político de Cuba mediante la Enmienda Platt y facilitado por la apertura, sin li¬mitaciones, de nuestras riquezas, a sus banqueros y negociantes. «El suelo -había prevenido Martí- es la única propiedad plena del hombre y tesoro común que a todos iguala, por lo que para la dicha de la persona y la calma pública, no se ha de ceder, ni fiar a otro, ni hipotecar jamás.»

Nada valió la palabra admonitoria y profética de Manuel San¬guily en el Senado de la república y mucho menos su proyecto de ley -que ni siquiera fué discutido- prohibiendo la enajenación de tierras y bienes raíces. La obra generosa, trascendental y re¬volucionaria de José Martí quedó así frustrada por su muerte pre¬matura y por la conjunción de factores hostiles. Las consecuencias de esa frustración la hemos sufrido durante treinta y cinco años de farsa seudodemocrática y de realidad colonial, en que Cuba ha sido patrimonio sangriento de una minoría victoriosa y factoría azucarera circuída de palmares. Contra lo que él predicó y se propuso, la república ha sido -es hoy más que nunca- «la perpetuación con formas nuevas, o con alteraciones más aparentes que esenciales, del espíritu burocrático, militarista y corrompido de la colonia». La curva del sojuzgamiento económico marca ya sus temperaturas más altas. Cuba vive hoy una yida anémica y empantanada, a merced de las barreras arancelarias norteamerica¬nas, de los unilaterales tratados de reciprocidad y de los préstamos intervenidos. «Quien dice unión económica -advirtió Martí- dice unión política. Hay que asegurar el comercio para asegurar la libertad. Ni uniones de América contra Europa, ni con Europa contra un pueblo de América. El caso geográfico de vivir juntos en América no obliga, sino en la mente de algún candidato, o algún bachiller, a unión política. La unión con el mundo y no con una parte de él contra otra.»

Trunca en 1895, la obra emancipadora de José Martí está aún por hacer. Hacer esa obra, transfundir a la realidad histórica el ideal de vida que alimentó su existencia y dió valor simbólico a su muerte, es la etapa inmediata que a Cuba se le plantea en este tránsito violento que el mundo se dispone a afrontar, que está afrontando ya en Europa y en Asia. Si esto es así, -y negarlo sería ignorar la dinámica interna de los procesos históricos, el nexo vital entre las situaciones fallidas y la etapa subsiguiente¬- José Martí, que se batió denodadamente con la monarquía española por devolverle a Cuba sus riquezas arrebatadas y el control de sus destinos sobre una base genuinamente democrática, opera, tiene que operar hoy, en que a las viejas servidumbres se enfrentan nuevas y más sombrías esclavitudes, como fuerza creadora, como rueda impelente durante largo trecho del riesgoso camino. El es¬píritu popular, con esa percepción finísima que lo caracteriza, advirtió, antes que nadie, esta vinculación militante del pensa¬miento emancipador de Martí y la actual coyuntura histórica y, por eso, antes que nadie también, se apretó y aprieta, fuertemente, alrededor de su ideario democrático, presto a defenderlo de manos intrusas y de criminales mixtificaciones.

Al pueblo cubano, y particularmente a su juventud estudiantil, corresponden la culminación de la faena inconclusa de José Martí: realizarnos históricamente sin interferencias ajenas. Estamos con¬tra el fascismo, monstruo de mil cabezas engendrado en la entraña tenebrosa de una civilización en decadencia; pero, estamos también, contra los que, en nombre de la democracia o del socialismo, pre¬tendan sojuzgarnos. Contra unos y contra otros: con la justicia para todos, con la democracia verdadera y la riqueza justa para todos, con el derecho a la propia determinación para todos.

La lucha por ser lo que queremos ser, amanecida en José Martí, se reanudó el 30 de septiembre de 1930. Violentamente desviada el 12 de agosto de 1933, tuvo su arranque soberbio en la huelga general de 1935. Hoy vive soterrada, aguardando su hora. No importa que, por el momento, las constelaciones luzcan adversas. La responsabilidad de este momento hediondo y confuso, en que privan en la vida pública los intereses más opresivos y reaccio¬narios, no alcanza directamente a nuestro pueblo. La responsa¬bilidad es exclusiva de los que torcieron su rumbo traicionando su deber histórico. Esa responsabilidad no tardará en exigirse. «Cuando un pueblo entra en revolución -postuló José Martí- ¬no sale de ella hasta que la corona.» El destino de esa revolución es nuestro propio destino. De pie frente al porvenir, abracémonos a él como a la estrella que ilumina y salva. Y, aceptemos como jefe, en tanto ese destino no trascienda históricamente los objetivos emancipadores de la revolución de independencia nacional, a José Martí, que no faltará a la cita, como estuvo presente el 19 de Mayo de 1895, para morir de nuevo, de cara al enemigo, como había soñado y pedido, por la independencia de Cuba y Puerto Rico, por el futuro de América, por «poner al hombre en el pleno goce de sí mismo».

(Minrex) 08-01-2007


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