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ANIVERSARIO 154 DEL NATALICIO DEL HEROE NACIONAL
JOSÉ MARTÍ
• Por Raúl Roa García (Conferencia leída el 19 de
mayo de 1937 en el Anfiteatro Municipal de la
Habana). Tomado del libro: 15 años después. La
Habana, 1950.
Mucho
se ha escrito y hablado, en estos Últimos tiempos,
sobre José Martí. No se ha dado aún, sin embargo,
una versión condigna de su vida trepidante y
generosa, ni se ha sustanciado, plenamente, el
alcance de su pensamiento político. Julio Antonio
Mella –que amó tanto a Martí como el más ferviente
martiólatra - juzgó esa faena « Una necesidad, no ya
un deber de la época». Y, más de una vez, soñó
escribir un libro sobre Martí «en una prisión, sobre
el puente de un barco, o en el vagón de tercera de
un ferrocarril, o en la cama de un hospital
convalesciente de cualquier enfermedad», ya que
estos eran para él --fuerza apostólica en duelo
permanente- los «instantes que más incitan a
trabajar con el pensamiento». Balas arteras
troncharon aquella vida impetuosa
y resplandeciente, que era esperanza y clarín de los
oprimidos. Mella anhelaba arrancar a Martí de «tanto
mercachifle, de tanto adulón, de tanto hipócrita que
habla o escribe sobre él».
Ese libro, aun por hacerse, tiene que escribirse. Y
sólo una pluma limpia y viril, genuinamente
revolucionaria, podrá culminar tamaña empresa. Este
libro deberá devolvernos, como fué, aquella vibrante
y poemática figura, «la personalidad más
conmovedora, patética y profunda -al decir de
Fernando de los Ríos -que ha producido hasta ahora
el alma hispana en América». En las páginas de ese
libro, deberá estar todo Martí: el poeta más
preocupado de la utilidad de la belleza que de su
goce subjetivo. el escritor coruscante y
personalísimo, el tribuno de vuelos inusitados y
abisales hallazgos, el amador infatigable que
calcinó brumas y malogró primaveras; pero, estará,
sobre todo, como síntesis fúlgida de estas
descollantes calidades, el revolucionario ejemplar.
Y, ya estaremos entonces, en aptitud de mensurar, en
toda su estatura, al hombre que afirmó, para
siempre, que «las etapas de los pueblos no se
cuentan por sus épocas de sometimiento infructuoso
sino por sus instantes de rebelión». Quien realice
ese libro -que Julio Antonio Mella pudo haber
rematado victoriosamente- se hará digno de gratitud
imperecedera. Mientras no se realice, que cada cual
contribuya, en su medida, a difundir los momentos
estelares deja vida de José Martí y a desentrañar la
esencia de su pensamiento revolucionario,
proyectando su luz potentísima sobre las tinieblas
enconadas del presente cubano.
Nadie más acreedor, entre nosotros, a todos los
homenajes y a todas las recordaciones que José
Martí. No en balde es nuestro "gran fiador" ante el
mundo. Y visto ya en perspectiva, como hombre y como
revolucionario, tiene muy pocos pares legítimos en
la historia. Honrarlo, honra. Evocarlo, enaltece.
Pero esta evocación y esta honra no pueden
enmarcarse en los senos recónditos de un culto
abstracto. Ha de ser, tiene que ser, un culto vivo,
pugnaz, beligerante: un culto como el que esta noche
le rendimos. No nos hemos juntado, en este
aniversario de su muerte, para verlo como no fué, ni
para pintarlo con atributos y arreos que jamás usó
ni fueron suyos, ni para vaciarle de gusanos la
carne mortal y rellenarla imbécilmente de miraguano
divino, ni para vestir con muselinas pudorosas su
magnífica y exultante desnudez humana. Nos hemos
juntado esta noche para verlo como fué, como es
imperativo verlo, como contemplamos las figuras
señeras de otros pueblos, en función de realidad.
Los' genios obedecen también a las leyes inexorables
del espacio y del tiempo. Y, mientras más de su
instante y de su medio sea el poeta, el pensador o
el revolucionario, más dilatada resonancia tendrá su
acento, su mensaje o su conducta en la historia.
Por ser muy de la Mancha, --ha escrito Miguel de
Unamuno- es Don Quijote un símbolo ecuménico. Por
ser muy de su tiempo y de su medio, es José Martí
primogénito del mundo. Momentos antes de partir
rumbo a Santo Domingo, -donde le aguardaba ya
impaciente y calzado y con la estrella rutilante en
el sombrero mambí el generalísimo Máximo Gómez-
escribió Martí al Club lO de Octubre de Puerto
Plata: «Estamos haciendo obra universal. Quien se
levanta hoy con Cuba, se levanta para todos los
tiempos.» "Hasta hoy -dirá en seguida en nuestra
tierra oriental- no me he sentido hombre. He vivido
avergonzado y arrastrando la cadena de mi patria
toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi
cuerpo; este reposo y bienestar explican la
constancia y el júbilo con que los hombres se
ofrecen al sacrificio.» Y el 18 de Mayo, en el
pórtico mismo de su caída estremecedora, en carta a
Manuel Mercado, recogería, con emoción difícilmente
sofrenada, lo más puro y perdurable de su
pensamiento revolucionario: «Ya estoy todos los días
en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber
-.-puesto que lo entiendo y tengo ánimo con que
realizarlo- de impedir, a tiempo, con la
independencia de Cuba y Puerto Rico, que se
extiendan por las Antillas los Estados Unidos y
caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras
de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para
eso.» La urgencia ineludible del combate dejó trunca
esa carta. Y, trunca también, la obra magna a la que
José Martí había ofrendado su vida.
Pero esa vida y esa obra no han muerto en Dos Ríos.
Mientras la colonia siga viviendo dentro de la
república, y Puerto Rico no logre entrar en América,
y casi toda ésta sufra en sus carnes laceradas la
tenaza mortal de la dominación extranjera y sienta
sus entrañas roídas por el buitre del caudillaje y
de la tiranía, ahora miméticamente revestido de
plumaje seudodemocrático, la obra de José 'Martí
necesitará ser completada y su pensamiento político
tendrá mucho que hacer en América, junto con la
espada de Simón Bolívar y el rifle de Sandino. Y,
cabalmente por eso, porque José Martí vive y alienta
y está presto de nuevo, en su caballo piafante, a
pelear por la libertad americana y la justicia
social, urge --como pedía Mella- rescatarlo de los
falsos intérpretes de su doctrina, de los que
usufructúan desvergonzadamente su sacrificio, de los
que titulándose discípulos suyos no han vacilado en
transformar su devoción en cheque y de los que,
entre estos últimos, han exhibido, con inaudito
descoco, como propios, sus inconfundibles tesoros
literarios. Hay que rescatarlo de manos purulentas y
de labios impuros y convertirlo, otra vez, en
bandera de fe y esperanza, en tribuna y trinchera.
Hay que rescatarlo de los escribanos y mandones que
enarbolan todos los días, en provecho propio, sus
aforismos rutilantes y sus apotegmas encendidos. 'Es
hora ya de salirle enérgicamente al paso a los
chupópteros insaciables de su gloria, a los que
trafican con sus huesos, a los que repiten su letra
traicionando su espíritu, a los que son incapaces de
sustentar con su conducta, en las horas de prueba,
los mandatos imperativos de su doctrina ética del
comportamiento civil.
Escribir o hablar sobre Martí puede cualquiera. Lo
que ya no puede cualquiera es vivir, como propia, la
vida de sacrificio, de abnegación y de coraje que
vivió Martí. Vivir como Martí vivió; en tensión
heroica contra lo que es y está superado, es
patrimonio exclusivo de los que viven para Martí y
no de Martí; de los que sienten en la entraña el
dolor y la injusticia de una república usufructuada
por una oligarquía rapaz contra todos y por el bien
de ella; de los que, por su posición creadora en el
proceso social, anhelan traer, con su esfuerzo,
etapas superiores de su desarrollo. Para esos, que
representan la fuerza motriz de nuestra
nacionalidad, hay que rescatar a Martí. Para que
Martí viva, como anheló y pidió vivir, diluído, como
misteriosa esencia, en las raíces más insobornables
de los desheredados y perseguidos de América.
A coadyuvar a ese rescate apremiante, vengo,
precisamente, esta noche, invitado por los
estudiantes del Instituto de La Habana, que han sido
siempre, con sus compañeros universitarios, «el
baluarte de la libertad cubana y su ejército más
firme». «Las Universidades -dijo Martí- parecen
inútiles; pero de ellas salen los apóstoles y los
héroes.» La experiencia de la nuestra -de esa casa
gloriosa que hay que defender, en pareja medida, del
bonchismo interno y del bonchismo externo- verifica,
enteramente, la validez de este aserto. Apóstoles y
héroes han brotado, en fecunda simiente, de las
aulas cubanas. Sintetizo la constelación nutridísima
en estos nombres preelaros: Julio Antonio Mella,
Mariano González Rubiera, Rafael Trejo, Ramiro
Valdés Daussá. Martianos genuinos fueron estos
jóvenes bizarros, que jamás escondieron lo que
pensaban .ni contemplaron el crimen en calma, que
fueron a toda hora fieles a sí mismos y al destino
de Cuba, que ni transigieron ni desmayaron, que
frente al holocausto les creció el denuedo y frente
al oprobio se irguieron coléricos, que viven no
obstante estar muertos, que nos señalan el rumbo con
índice inapelable. j Qué lejanos estos practicantes
de la doctrina martiana de la conducta civil, de
esos otros que ayer y que ahora reducen su culto a
Martí a rito externo, a gallardías de gabinete, a
hazañas bibliográficas, a santificaciones sin
sentido, a especulaciones jugosas! i Qué distantes
estos bregadores del ideario martiano de esos
plumíferos sietemesinos que, de vivir en su tiempo,
lo hubieran dejado solo porque llevaba luz y entre
el yugo que engorda y humilla y la estrella que
ilumina y mata se hubieran abrazado, alegremente, al
yugo! No. no podían estar junto a él los que ahora,
con la boca enjoyada de citas y las manos repletas
de infolios, están contra él en la práctica política
y en la conducta ciudadana. Junto a él pudo estar
Félix Ernesto Alpízar. Junto a él pudo estar Mariano
González Gutiérrez. Junto a él pudo estar Ivo
Fernández Sánchez. Junto a él pudo estar Antonio
Guiteras. Junto a él pudieron estar cuantos en la
república han ofrendado su vida por completar su
obra de liberación nacional y social.
De ese Martí, del Martí revolucionario, es que nos
sentimos intérpretes los jóvenes que aun no hemos
pactado con los que, en su nombre, sojuzgan,
confunden, medran y matan; los que todavía no nos
hemos incorporado ,-ni nos incorporaremos nunca- a
la comparsa batistera, ni a los que, desde la otra
ribera, hoz y martillo en alto, le hacen
miserablemente el juego.
La vocación revolucionaria despuntó, tempranamente,
en José Martí. A los diez y siete años apenas, fué
llevado, junto con Fermín Valdés Domínguez, ante un
consejo de guerra y condenado a seis años de
presidio. Fué su primer encuentro con el aparato
represivo de la España colonial, que el régimen
franquista hoy reproduce agravado. Inevitablemente,
llamea en la memoria su condenación inapelable: «Si
Dante hubiera estado en presidio, no hubiera tenido
necesidad de pintar el infierno: lo hubiera
copiado.» Conmutada la pena por la de destierro,
Martí fué deportado a España, en donde radica hasta
1874. Al instaurarse la república en España, Martí
se enfrenta con ella, demandándole el reconocimiento
inmediato de la independencia cubana, ya ganada, en
desigual contienda, contra los ejércitos bien
nutridos y equipados de la monarquía borbónica. De
España, pasó Martí a Francia, y a Inglaterra; y, de
ésta, puso proa rumbo a México.
Fué aquél, sin duda, un momento decisivo de su
existencia. México era América, la América de
Juárez, «más grande por infeliz y por nuestra que la
América de Lincoln». Allí, a la vera de los volcanes
humeantes y de la indiada exprimida, trabó Martí
conocimiento entrañable con nuestra realidad
americana, una realidad amasada de injusticias y
pletórica de ímpetus. Una realidad, que «no venía de
Wáshington ni de Rousseau, sino de sí misma»; y
urgida, en consecuencia, de «plasmar en formas
nuevas y propias un fermento largo tiempo en
maceración», América fué así, para José Martí, el
«continente de la esperanza humana». Y, al
declararse hijo suyo, se consagró a su «revelación,
sacudimiento y fundación urgente», en un afán
desbordado de «poner alma a alma y mano a mano a los
pueblos de nuestra América».
México le robó el corazón y le maduró la pupila,
incendiada por la guerra cubana. «México -escribe-
no yerra, y se afianza y agrega mientras se encona y
descompone el vecino del norte.» Años más tarde, en
un acto organizado en honor de México, Martí
saludará en éste «al pueblo ejemplar y prudente de
América, la república que viene a ser en América
como la levadura de la libertad». Y, angustiado por
su destino, le recordará, severamente, su heroico e
ineludible deber continental: « Oh México querido!
Oh México adorado, ve los peligros que te cercan! i
Oye el clamor de un hijo tuyo; que no nació de ti!
Por el norte un vecino avieso se cuaja. Tú te
ordenarás, tú entenderás, tú guiarás; yo habré
muerto, ¡ oh México! por defenderte y amarte; pero
si tus manos flaquean y no 'fueras digno de tu deber
continental, yo lloraría, debajo de la tierra, con
lágrimas que serían luego velas de hierro para
lanzas, como un hijo, elevado a su ataúd, vé que un
gusano le come a la madre las entrañas.»
México le abra las talanqueras de América. Y por
ellas se entra Martí, jubiloso e inquieto, como
quien penetra en selva virgen. Pero América seguirá
siendo México y Martí volverá de la hazaña con el
jolongo rebosante de maravillas y mieles y
hondamente perturbado el espíritu por el destino de
esas tierras, presas codiciadas del «norte revuelto
y brutal que las desprecia». «De sociología
--concluye- se sabe poco y de sus leyes, tan
precisas como ésta: los pueblos de América son más
libros y prósperos a medida que más se aparten de
los Estados Unidos». Formulada en las entrañas
mismas del "monstruo", fruto directo de la
observación y del e5tudio de la realidad americana,
esta ley sociológica ya no se apartará nunca de la
meditación y de la acción políticas de Martí. Sobre
esa ley sociológica se levantará su concepción
revolucionaria del problema antillano y de sus
implicaciones y consecuencias continentales. «El
fiel de América -afirma con perspicacia asombrosa-
está en las Antillas, que serían, si esclavas, mero
pontón de la guerra de una república imperial contra
el mundo celoso y superior que se prepara ya a
negarle el poder -mero fortín de la Roma
americana--; y si libres -y dignas de serIo por el
orden de la libertad equitativa y trabajadora-
serían en el continente la garantía del equilibrio,
la de la independencia para la América española aun
amenazada y la del honor para la gran república del
Norte, que en el desarrollo de su territorio -por
desdicha feudal ya, y repartido en secciones
hostiles-- hallará más segura grandeza que en la
innoble conquista de sus vecinos menores, y en la
pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría
contra las potencias del orden por el predominio del
mundo.»
La revolución cubana no podía, pues, sin traicionar
su destino histórico, confinarse, egoístamente, a la
isla oprimida. La revo¬lución cubana tenía, a la vez
que liberar a Puerto Rico del yugo español,
levantar, con su triunfo, un farallón inexpugnable a
todas las expansiones futuras y a la expansión
norteamericana, ya a punto de cuajar en proceso
imperialista. Y, para lograrlo, pre¬cisaba ensanchar
y enriquecer el contenido social de esa revo¬lución
e impedir que, con su participación, los Estados
Unidos capitalizaran, en beneficio de sus
financieros y politicians, el mo¬vimiento
emancipador. Martí se dió a ello consciente de sus
limi¬taciones y dificultades.
El alcance histórico de esa tarea ha planteado más
de una vez, entre nosotros, si Martí trascendió o
no, en su concepción teórica y práctica, el ámbito
específico de la revolución de independencia
nacional. Se ha opinado, por algunos, que Martí era
recónditamente socialista. Es una opinión
sobremanera aventurada. No basta reunir un haz
reverberante de frases aisladas y aducirlo como
prueba. De todas maneras, aunque Martí hubiera sido
íntimamente socialista -que no lo fué-- no habría
podido operar, como tal, en aquella coyuntura. No
existía otra salida real a nuestro problema de
entonces que el desencadenamiento de la violencia
revolucionaria contra la dominación colonial de
España, cada día más exasperante y sangrienta. La
genialidad de su pensamiento político radica en
haber planteado la revolución de independencia
nacional sobre bases que viabilizaran su ulterior
desarrollo. Esta concepción suya, que lo convierte
en pionero de la lucha antimperialista en América,
hubo de tropezar con los resabios castrenses de los
jefes del 68, prodigiosamente duchos en bélicos
menesteres, pero cortos de visión política; y en
algunos núcleos de emigrados, víctimas aún de]
complejo de inferioridad creado por la prédica falaz
de los anexionistas.
Martí fué implacable con unos y con otros. Cuando
Máximo Gómez solicita su apoyo, para el movimiento
armado de 1884, le responde enérgicamente: «Un
pueblo no se funda, General, como se manda en un
campamento.» Y, cuando entre los cubanos de la
emigración se encarecen los proficuos rendimientos
que implicaría para Cuba convertirse en un Estado
más del imperio norteamericano, Martí enrojece de
cólera y con el látigo quemante de su apóstrofe
azota, despiadadamente, el rostro de los
claudicantes. Sólo ante los autonomistas experimenta
Martí pareja repulsa que ante los anexionistas de
entonces, que son los entreguistas de hoy, los
mismos que pretendieron sentarlo en la mesa redonda
de la mediación en contubernio con el imperialismo y
los representantes del machadato.
Al cabo, la tenacidad de Martí logró quebrantar los
diques que la miopía de unos y la incomprensión de
otros habían levantado, vinculando al gran objetivo
que el instante demandaba a Maceo y a Moncada, a
Máximo Gómez y a Flor Crombet, a los pinos viejos y
a los pinos nuevos, a los héroes curtidos del 68 y a
los combatientes bisoños del 95. Y, para viabilizar
ese gran objetivo, para obtener la independencia de
Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico, surgía
y se organizaba el Partido Revolucionario Cubano,
que convocaba a la guerra «para bien de América y
del mundo». «Peleamos en Cuba -declara Martí- para
asegurar, con la nuestra, la independencia
hispanoamericana.»
Pero, donde se evidencia cristalinamente que el
movimiento revolucionario organizado y dirigido por
Martí se proponía, como objetivo cardinal, impedir
que Cuba y Puerto Rico cambiaran de arreos
coloniales, o que la independencia teórica fuera
sólo vestidura formal de un protectorado efectivo y
a su sombra asfixiante se conjugaran, para
desangrarnos y empobrecernos, el millonario del
norte y el caporal nativo, es en el sentido que
Martí le infunde a la guerra y en la misión y
contenido que le asigna a la república. La guerra
necesaria no va dirigida contra el español ni contra
España: va proyectada, exclusivamente, contra la
dominación opresora y exhaustiva de ésta, alimentada
y mantenida por la monarquía borbónica y su bellaca
nobleza. Como su conocimiento del rol hegemónico que
aspiraban a ejercer los Estados Unidos, no -le
impidió alabar sus glorias legítimas y sus hombres
representativos y juzgar aliado suyo al gran pueblo
norteamericano, víctima, a su vez, de la
organización imperial que lo rige, Martí advirtió la
coexistencia de dos Españas radicalmente distintas:
la España artificial, desapoderada da, cruel,
ambiciosa y parasitaria y la España vital, la
verdadera, la única, feudo infortunado y transitorio
de la otra, contra la cual habría de alzarse el 18
de julio de 1936 en épico estallido. De vivir, José
Martí, el último adversario de la España colonial en
América, se hubiera inclinado, alborozado y
reverente, ante el pueblo español, que disputa
solitario y espléndido al gangsterismo internacional
su derecho a la vida y a la libertad.
Aunque los fundamentos económicos de la república
democrática tienen que enraizarse, necesariamente,
en el sistema general capitalista, Martí quiere que
la república cubana -amiga cordial del vecino
poderoso, pero sin interferencias, ni sumisiones, ni
hipotecas que la subordinen, esclavizándola, al
interés político y económico de su casta dominante--
satisfaga el anhelo y la necesidad de cada
ciudadano, sin distinción de razas ni de clases,
mediante la abolición de todas las desigualdades
sociales y de una equitativa distribución de la
riqueza. Su criterio, a este respecto, no admite
dudas. Martí encarna, en América, las esencias más
puras y progresistas del pensamiento democrático.
«La revolución -responde a Carlos Baliño- no es la
que vamos a iniciar en la manigua, sino la que vamos
a desarrollar en la república.» «Si la república
-advierte con palabra tajante-- no tiene por base el
carácter entero de sus hijos, el hábito de trabajar
con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio
íntegro de sí y el respeto, como un honor de
familia, al ejercicio íntegro de los demás; la
pasión, en fin, por el decoro del hombre, la
república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni
una gota de sangre de nuestros bravos. Para verdades
trabajamos y no para sueños. Para liberar a los
cubanos trabajamos y no para acorralarlos.» «Hay que
impedir -postula categóricamente-- que las simpatías
de Cuba se tuerzan y esclavicen por ningún interés
de grupo, o la autoridad desmedida de una agrupación
militar o civil, ni de una comarca determinada, ni
de una raza sobre otra.» «El hombre --observa
certeramente para entonces y para siempre- no tiene
ningún derecho especial porque pertenezca a una raza
o a otra: dígase hombre y ya se dicen todos los
derechos. El negro, por negro, no es inferior ni
superior' a ningún otro: peca, por redundante, el
blanco que dice mi raza'; por redundante, el negro
que dice mi raza. Todo lo que divide a los hombres,
todo lo que aparta, especifica o acorrala, es un
pecado contra la humanidad. Hombre es más que
blanco, más que mulato, más que negro. Dos racistas
serían igualmente culpables: el racista blanco y el
racista negro.»
He ahí la réplica anticipada de Martí a los nazis,
falangistas y fascistas que infectan hoy la
república, disfrazados de demócratas. La réplica
anticipada de Martí a Hitler, a Mussolini y a
Franco, dirigentes supremos de la mafia totalitaria,
de la regresión corporativa, del retorno brutal a la
gleba y a los autos de fe. «Un gobernante -afirma-
puede tener simpatías por un culto determinado; pero
cuando acepta el cargo de gobernante, sobrado
difícil para que todos lo entiendan y lo cumplan,
acepta con él la constitución y leyes adicionales
que el cargo representa: prohíben estas leyes
contemplación predilecta a culto alguno; la ley no
asiste a los actos religiosos porque la Ley es el
Estado; el Estado no puede tener principios
religiosos, porque no cabe la atención especial a
una determinada tendencia religiosa 'en aquel que
tiene el deber de atender de igual manera a todas.»
«En nuestros países, --escribe-, ha de hacerse una
revolución radical de la educación, si no se les
quiere ver siempre, como aún se ve ahora a algunos,
irregulares, atrofiados y deformes como el monstruo
de Horacio. Contra teología, física. Que la
enseñanza elemental sea elementalmente científica:
que en vez de la historia de Josué se enseñe la de
la formación de la tierra. No basta ya, no, para
enseñar, dar con el puntero en las ciudades de los
mapas, ni hilar con fortuna un romancillo en
escuelas de sacerdotes escolapios. Alcemos esta
bandera y no la dejemos caer: la enseñanza primaria
tiene que ser científica.» Y he ahí la réplica,
también anticipada, de Martí, a los que ahora
insurgen tremolando contra la escuela cubana pública
y privada el estandarte de la libertad de enseñanza
en un afán desesperado de controlar esa libertad en
favor de la clerecía extranjera y de la concepción
totalitaria de la vida y del mundo. Para esos
zapadores de la nacionalidad, escribió Martí estas
palabras: «No puede combatirse con medios de respeto
a los que, por encima de todo respeto, saltan y
rompen. No pueden tenerse miramientos
constitucionales para los que anidan en el seno de
la constitución con ánimo de herida y devorada.» Y,
redondeando su concepción de la república por cuyo
establecimiento efectivo luchaba, concreta su
aversión profunda a la explotación del hombre por el
hombre. José Martí anhelaba --síntesis de su
pensamiento político- una república holgada, libre y
cordial, donde la ley primera y fundamental fuese el
culto a la dignidad plena del hombre, una república
laica y generosa, con «la mesa de pensar al lado de
la de ganar el pan», una república sin siervos, ni
mendigos, ni apapipios, ni esclavos. «Esclavo
-puntualiza-- es todo aquel que trabaja para otro
que tiene dominio sobre él.» «Con los oprimidos
-agrega con visión y lenguaje actualísimos- habrá
que hacer causa común para afianzar el sistema
opuesto a los intereses y al hábito de los
opresores. Mientras haya un pobre, a menos que no
sea un perezoso o un vicioso, hay una injusticia.»
La patria no vale por sí misma: vale en la medida
que sea justa. No es triunfo, sino agonía y deber.
Nunca está hecha. Hay que hacerla y rehacerla cada
día. Si crear suele ser oficio de poetas, llevar a
la vida lo creado, es oficio de hombres.
La caída de José Martí fué catastrófica para Cuba y
Puerto Rico. El nuevo delegado, Tomás Estrada Palma,
hizo cuanto pudo por hipotecar, antes de nacida, la
república de Cuba. Y la causa puertorriqueña fué
abandonada a su suerte. Coincidiendo con esas
torpezas y con la carencia de una burguesía cubana
vigorosa, hizo su aparición en Estados Unidos -ya
completada su expansión interior a expensas de las
regiones más opulentas de México- el capital
monopolista, ávido de nuevos mercados y de nuevos
territorios preferentemente poco desarrollados,
donde volcar el excedente de su producción mecánica,
extraer materias primas fundamentales para la
industria en ascenso e invertir óptimamente sus
dólares inactivos. Pero, a la vez, necesitaban los
Estados Unidos robustecer, por imperativos
estratégicos y ulteriores miras, su posición en el
mar, Caribe. Su intervención en la guerra
hispanocubana señala el inicio de la, etapa
imperialista en dicho país. El derrumbamiento del
poderío español en América fué sustituído, de esta
manera, por la dominación colonial de los Estados
Unidos en Puerto Rico y por el control económico y
político de Cuba mediante la Enmienda Platt y
facilitado por la apertura, sin li¬mitaciones, de
nuestras riquezas, a sus banqueros y negociantes.
«El suelo -había prevenido Martí- es la única
propiedad plena del hombre y tesoro común que a
todos iguala, por lo que para la dicha de la persona
y la calma pública, no se ha de ceder, ni fiar a
otro, ni hipotecar jamás.»
Nada valió la palabra admonitoria y profética de
Manuel San¬guily en el Senado de la república y
mucho menos su proyecto de ley -que ni siquiera fué
discutido- prohibiendo la enajenación de tierras y
bienes raíces. La obra generosa, trascendental y
re¬volucionaria de José Martí quedó así frustrada
por su muerte pre¬matura y por la conjunción de
factores hostiles. Las consecuencias de esa
frustración la hemos sufrido durante treinta y cinco
años de farsa seudodemocrática y de realidad
colonial, en que Cuba ha sido patrimonio sangriento
de una minoría victoriosa y factoría azucarera
circuída de palmares. Contra lo que él predicó y se
propuso, la república ha sido -es hoy más que nunca-
«la perpetuación con formas nuevas, o con
alteraciones más aparentes que esenciales, del
espíritu burocrático, militarista y corrompido de la
colonia». La curva del sojuzgamiento económico marca
ya sus temperaturas más altas. Cuba vive hoy una
yida anémica y empantanada, a merced de las barreras
arancelarias norteamerica¬nas, de los unilaterales
tratados de reciprocidad y de los préstamos
intervenidos. «Quien dice unión económica -advirtió
Martí- dice unión política. Hay que asegurar el
comercio para asegurar la libertad. Ni uniones de
América contra Europa, ni con Europa contra un
pueblo de América. El caso geográfico de vivir
juntos en América no obliga, sino en la mente de
algún candidato, o algún bachiller, a unión
política. La unión con el mundo y no con una parte
de él contra otra.»
Trunca en 1895, la obra emancipadora de José Martí
está aún por hacer. Hacer esa obra, transfundir a la
realidad histórica el ideal de vida que alimentó su
existencia y dió valor simbólico a su muerte, es la
etapa inmediata que a Cuba se le plantea en este
tránsito violento que el mundo se dispone a
afrontar, que está afrontando ya en Europa y en
Asia. Si esto es así, -y negarlo sería ignorar la
dinámica interna de los procesos históricos, el nexo
vital entre las situaciones fallidas y la etapa
subsiguiente¬- José Martí, que se batió
denodadamente con la monarquía española por
devolverle a Cuba sus riquezas arrebatadas y el
control de sus destinos sobre una base genuinamente
democrática, opera, tiene que operar hoy, en que a
las viejas servidumbres se enfrentan nuevas y más
sombrías esclavitudes, como fuerza creadora, como
rueda impelente durante largo trecho del riesgoso
camino. El es¬píritu popular, con esa percepción
finísima que lo caracteriza, advirtió, antes que
nadie, esta vinculación militante del pensa¬miento
emancipador de Martí y la actual coyuntura histórica
y, por eso, antes que nadie también, se apretó y
aprieta, fuertemente, alrededor de su ideario
democrático, presto a defenderlo de manos intrusas y
de criminales mixtificaciones.
Al pueblo cubano, y particularmente a su juventud
estudiantil, corresponden la culminación de la faena
inconclusa de José Martí: realizarnos históricamente
sin interferencias ajenas. Estamos con¬tra el
fascismo, monstruo de mil cabezas engendrado en la
entraña tenebrosa de una civilización en decadencia;
pero, estamos también, contra los que, en nombre de
la democracia o del socialismo, pre¬tendan
sojuzgarnos. Contra unos y contra otros: con la
justicia para todos, con la democracia verdadera y
la riqueza justa para todos, con el derecho a la
propia determinación para todos.
La lucha por ser lo que queremos ser, amanecida en
José Martí, se reanudó el 30 de septiembre de 1930.
Violentamente desviada el 12 de agosto de 1933, tuvo
su arranque soberbio en la huelga general de 1935.
Hoy vive soterrada, aguardando su hora. No importa
que, por el momento, las constelaciones luzcan
adversas. La responsabilidad de este momento
hediondo y confuso, en que privan en la vida pública
los intereses más opresivos y reaccio¬narios, no
alcanza directamente a nuestro pueblo. La
responsa¬bilidad es exclusiva de los que torcieron
su rumbo traicionando su deber histórico. Esa
responsabilidad no tardará en exigirse. «Cuando un
pueblo entra en revolución -postuló José Martí- ¬no
sale de ella hasta que la corona.» El destino de esa
revolución es nuestro propio destino. De pie frente
al porvenir, abracémonos a él como a la estrella que
ilumina y salva. Y, aceptemos como jefe, en tanto
ese destino no trascienda históricamente los
objetivos emancipadores de la revolución de
independencia nacional, a José Martí, que no faltará
a la cita, como estuvo presente el 19 de Mayo de
1895, para morir de nuevo, de cara al enemigo, como
había soñado y pedido, por la independencia de Cuba
y Puerto Rico, por el futuro de América, por «poner
al hombre en el pleno goce de sí mismo».
(Minrex) 08-01-2007 |