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Adriana Pérez, esposa de
Gerardo Hernández Nordelo, afirma que en él tiene "recogidos todos
los grandes amores: a la Patria, a la sociedad, a los niños que aún
no tenemos, a la amistad". Su diálogo con la reportera de
Granma y con otros colegas hace apenas dos días, condujo
inevitablemente a dar testimonio sobre ese
sentimiento
ANETT RÍOS
JÁUREGUI
Adriana Pérez (34 años) confiesa que a veces no le gusta
presentarse como "la esposa de Gerardo". Cada cual tiene su
identidad, explica, y sea él quien es y esté donde esté, nosotros
siempre estuvimos unidos desde mucho antes por el amor, y hoy
seguimos unidos por ese gran amor, sin tener que definirme tan solo
como su esposa.
Ha estado unida sentimentalmente a Gerardo desde
hace casi 18 años; admite que la mayor parte del tiempo han vivido
separados, que al conocerlo supo que iba a ser el hombre que
definiría el resto de su vida, aunque sin imaginar que vivirían su
unión con tanta intensidad. Lo describe como un hombre de cualidades
excepcionales. Está siempre atento a los pequeños detalles, declara;
sabe si te cambias la pintura de uñas, los aretes, nunca olvida una
fecha... Eso es lo que yo añoro día a día. Esa es mi
nostalgia.
DEFINIR EL
AMOR
Yo no podría encontrar un solo
significado para el amor, porque tiene muchos. Cuando tengo que
decirlo en una sola palabra, amor es Gerardo. En él tengo recogidos
todos los grandes amores: a la Patria, a la sociedad, a los niños
que aún no tenemos, a la amistad, esa que nos une a tanta gente que
nos ha apoyado durante toda la vida.
El amor de Gerardo y el mío
nunca lo hemos calificado (eso lo han hecho las otras personas) como
algo sobrenatural, muy bello. Para nosotros lo es, pero no nos gusta
clasificarlo así porque en el amor siempre hay altas y bajas,
grandes problemas, como también hay sus grandes ventajas. En nuestro
caso, cada día crece más.
LA
SEPARACIÓN
La distancia no ha logrado
alejarnos, sino estar más presentes. En cada momento de mi vida, en
cada instante de las cosas que hago, siempre está él. Es más, todo
lo que yo hago siempre es en función de su regreso.
Hace unos días me llamó
inesperadamente. Me sorprendió mucho, y le dije que justo en ese
momento estaba pensando cuál es el esfuerzo que tengo que hacer para
mantener todos sus gustos, concluir el libro que estoy leyendo,
revisar el periódico, terminar la carta que le escribía, participar
en una actividad a la que estaba invitada, y trabajar. Yo sé que es
un gran esfuerzo, me dijo. Y le respondí: Por ti, no hay nunca un
gran esfuerzo.
Durante todo el tiempo que
estuvimos incomunicados nunca dejamos de entregarnos cosas. Cuando
yo tengo que coger algo de un estante alto, siempre pienso en él (si
Gerardo estuviera aquí, yo no tendría que encaramarme, me digo). Si
preparo una comida, es la que él disfrutaría. Si pongo una sábana
limpia en la cama, es la que a él le encantaría oler. Cuando limpio,
recuerdo cómo me mortificaba. Si de momento me disgusto, pienso cómo
le gustaba molestarme a propósito para ver mi nariz sudar, y luego
abrazarme.
Ese es el nuestro, un amor
común, no sobrenatural. El que puede entregarse cualquier pareja
cuando existe compenetración, cariño, respeto, comprensión,
admiración. No hay nada más.
CARTAS,
LLAMADAS...
Para mí significan sentir que
aún estoy viva. Sentir que nos necesitamos, por minutos... es algo
que no les puedo descifrar. Cuando una llamada te falta, cuando una
carta no ha llegado, es como si la vida se fuera apagando. Y vuelves
a renacer, a respirar, en el momento en que otra vez lo tienes todo,
escucharlo, leerlo.
LOS HIJOS
Nosotros siempre decimos que
no es un sueño que esté en el olvido. Aún cuando no podamos
lograrlo, nos queda la satisfacción de encontrarnos, de tratarnos a
veces como a niños grandes, y darnos esas cosas que uno entrega
cuando tiene hijos. Lo mismo nos leemos un cuento infantil, que
jugamos a los yaquis, o nos regañamos cuando algo está mal. Ahí
radica el rol que tratamos de cubrir con la falta de los hijos,
aunque siempre hay otros que cubren ese espacio de cariño y ternura,
porque están los sobrinos naturales y los postizos. Ese es un sueño
que aún permanece en pie, que aún está guardado en gavetas con una
canastilla preparada desde hace muchos años. Pienso que en algún
momento la podamos usar. Si no es con nuestros hijos, será con
otros, pero se usará.
EL AMOR DE
CUBA
Del amor del pueblo de Cuba
nunca dudamos, ni aún en los momentos en que nadie conocía de esta
historia. Era algo que las personas, los amigos, los vecinos,
entregaban con su apoyo sin saber lo que estaba pasando. Cuando esta
situación se hizo pública, por supuesto, que ese amor salió a
relucir. Siempre hay sus interrogantes, y quienes cuestionan una u
otra cosa, pero es más el apoyo y las alegrías que recibimos que los
momentos de disgusto.
Hace poco Ricardo Alarcón dijo
que todos debíamos darles gracias a ellos por estar vivos. Es
cierto. De una forma u otra, todos les debemos algo. Y eso es lo
único que está haciendo la gente con ese amor que nos entrega a los
familiares y que transmite en sus cartas, en las manifestaciones, en
las reuniones de solidaridad, donde quieren tocarnos y saber que
somos de carne y hueso, con los defectos y las virtudes de cualquier
persona de este pueblo. (Granma) 15 de febrero del 2004 |