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Leonard Weinglass, publicado en diciembre de 2005
(Le Monde Diplomatique)
15 de enero
En septiembre 1998, cinco cubanos – Gerardo
Hernández, Antonio Guerrero, Ramón Labañino,
Fernando González y René González – fueron
arrestados en Miami (Florida), y se les acusó de
haber cometido 26 delitos ante los ojos de las leyes
federales norteamericanas. Los Cinco, como les
llamaremos en adelante, llegaron a los Estados
Unidos desde La Habana con la misión de infiltrar
las organizaciones mercenarias armadas surgidas de
la comunidad cubana en el exilio, toleradas, e
inclusive, protegidas en la Florida por los
sucesivos gobiernos norteamericanos, y descubrir,
así, sus potenciales actividades terroristas contra
Cuba.
La isla ha sufrido pérdidas humanas significativas y
grandes daños a causa de tales agresiones. Sus
reclamos ante el gobierno de los Estados Unidos y
las Naciones Unidas han sido vanos. A inicios de la
década de los noventa, y cuando Cuba se esforzaba
por desarrollar el turismo, los anti-castristas de
Miami desencadenaron una violenta campaña dirigida a
disuadir a los extranjeros de venir a la isla. En
1997, fue descubierta una bomba en uno de los
aeropuertos de La Habana, otras las hicieron
estallar en ómnibus y hoteles. Varias instalaciones
turísticas fueron blanco de ametralladoras desde
embarcaciones procedentes de Miami.
Durante el arresto, Los Cinco no opusieron ninguna
resistencia. Su misión no consistía en obtener
secretos militares norteamericanos, sino en vigilar
a los terroristas e informar a Cuba sobre sus planes
de agresión [1]. Fueron enviados inmediatamente a
celdas disciplinarias reservadas al castigo de los
prisioneros más peligrosos, donde permanecieron por
17 meses, hasta que comenzó el proceso. Al término
del mismo, 7 meses más tarde, en diciembre de 2001
(tres meses después del traumatismo del 11 de
septiembre), fueron condenados a penas máximas de
prisión: Gerardo Hernández a doble cadena perpetua,
Antonio Guerrero y Ramón Labañino a cadena perpetua.
Los otros dos, Fernando González y René González a
19 y 15 años, respectivamente. Veinticuatro de sus
cargos de acusación, de carácter técnico y
relativamente menores, se refieren al uso de
documentación falsa y al incumplimiento de la
obligación de declararse agentes extranjeros.
Ninguno de estos cargos comprende el uso de armas,
actos de violencia o la destrucción de bienes.
Nada es más revelador que el contraste entre la
conducta del gobierno estadounidense en este caso y
su actitud frente a Orlando Bosch y Luis Posada
Carriles. Ambos son, por demás, los organizadores de
un atentado con bomba en el que un avión de
aerolínea cubana explotó en pleno vuelo, en octubre
de 1976, ocasionando la muerte de 73 personas.
Cuando Bosch solicitó un permiso de estancia en los
Estados Unidos, en 1990, una investigación oficial
del Departamento de Justicia concluyó: “Durante
años, estuvo implicado en ataques terroristas en el
exterior, se autoproclama partidario de la ejecución
de atentados y sabotajes y ha participado en varios
de ellos”. No obstante, el propio presidente George
Bush padre le otorgó el permiso de estancia.
En espera del veredicto por el atentado de 1976
contra la aeronave de Cubana de Aviación, Posada
Carriles se “escapó” de una cárcel venezolana en
1985 con la ayuda de poderosos “amigos”. Admitió, en
dos oportunidades, que él era responsable de los
atentados con bomba de 1997 en La Habana (un turista
italiano fue asesinado y una decena de personas
resultaron heridas) [2] Un tribunal panameño lo
declaró culpable por “poner en peligro la seguridad
pública”, tras ser arrestado, en noviembre del 2000,
mientras preparaba un atentado contra el presidente
Fidel Castro, quien se encontraba rodeado de
centenas de personas, principalmente de estudiantes,
en ocasión de una Cumbre regional.
Posada ha disfrutado de manera inexplicable de la
hospitalidad del gobierno de los Estados Unidos,
luego de la gracia ilegal que le concedió la
presidenta de Panamá, Mireya Moscoso, dos días antes
de finalizar su mandato. Mientras que su presencia
en territorio norteamericano era un secreto a voces,
se le detuvo solamente después de ofrecer una
conferencia de prensa. Con alojamiento costeado por
las autoridades, no en una prisión, sino en una
residencia especial situada en un centro de
detención, no se le ha abierto ningún proceso
judicial en la actualidad y se le aplica simplemente
una medida administrativa por no poseer un permiso
de estancia. En consecuencia, puede ser expulsado
hacia el país de su elección. Los Estados Unidos
rechazan la idea de extraditarlo a Venezuela, que lo
reclama, y donde debería responder por las
acusaciones de terrorismo.
Los Cinco, para retomar el tema, fueron separados y
colocados en cárceles de alta seguridad, a centenas
de kilómetros unos de otros. A dos de ellos se les
negó, después de 7 años, la visita de sus esposas,
en detrimento de las leyes norteamericanas y las
normas internacionales.
El proceso se extendió por más de 7 meses. Más de 70
testigos comparecieron, incluso dos generales y un
almirante retirado, un consejero de la presidencia,
todos presentados por la defensa [3].
Las minutas representan 119 volúmenes de
transcripciones, los testimonios recogidos antes del
proceso y el expediente de instrucción otros 15
volúmenes. Más de 800 documentos probatorios se
produjeron, algunos excedían las 40 cuartillas. Los
12 jueces, conducidos por su presidente, quien
manifestó abiertamente su hostilidad contra Fidel
Castro, declararon, a “los Cinco”, culpables de los
26 cargos de acusación, sin hacer una sola pregunta
o pedir una nueva lectura de los testimonios, hecho
inusitado en el caso de un juicio tan largo y
complejo como éste.
Los dos cargos principales se basan en un método de
acusación que se emplea con frecuencia en casos de
naturaleza política: la “conspiración” (acuerdo
ilegal establecido entre dos o más personas para
cometer un delito). No hace falta que se consuma el
delito. Lo único que debe hacer la acusación es
demostrar, sobre la base de una prueba
circunstancial, que un acuerdo “debe haber
existido”. Rara vez aparecen pruebas reales y
directas de un acuerdo ilegal, excepto cuando uno de
los participantes las presenta por sí mismo o decide
confesar. En un caso de este tipo, el jurado parte
del principio que hubo un acuerdo, sin evidencias
del delito, teniendo en cuenta consideraciones
políticas, la pertenencia a una minoría o la
nacionalidad del acusado.
La primera acusación de conspiración señalaba que
tres de los Cinco se habían puesto de acuerdo “para
cometer espionaje”. Desde el principio, el gobierno
indicó que no estaba obligado a probar el delito de
espionaje, pero que existía simplemente un complot
de espionaje. Una vez librados de la obligación de
probar el delito, los fiscales se afanaron en
convencer al jurado que esos cinco cubanos debieron
haberse puesto de acuerdo para alcanzar su objetivo.
En su exposición inicial, la Fiscal admitió que Los
Cinco no poseían la más mínima página de
informaciones, clasificadas “top secret” por el
gobierno, mientras que, en cambio, éste había
logrado obtener más de 20 000 páginas de
correspondencia entre ellos y Cuba –la revisión de
dicha correspondencia se le confió a uno de los más
altos oficiales a cargo de los asuntos de la
inteligencia en el Pentágono [4]. Cuando se le
interrogó al respecto, reconoció que no recordaba
haber hallado la más mínima información que hiciera
alusión a la defensa nacional de Estados Unidos.
Según la ley, debe probarse esta presencia para que
pueda existir el delito de espionaje.
Aún más, el único elemento sobre el cual se basa la
acusación, fue el hecho de que uno de los Cinco,
Antonio Guerrero, trabajaba en un taller de
fundición de la base naval de entrenamiento de Boca
Chica, al Sur de la Florida. Abierta por completo al
público, esta base contaba, incluso, con un área
donde los visitantes podían fotografiar los aviones
en la pista. Mientras trabajó allí, Guerrero no
solicitó en ningún momento un pase de seguridad. No
estaba autorizado a entrar en las zonas de acceso
limitado y no intentó hacerlo jamás. En los dos años
que antecedieron a su arresto y, durante los cuales
el FBI lo vigilaba, ningún agente detectó el menor
signo de comportamiento incorrecto por su parte.
Guerrero tenía como única misión la de detectar e
informar a La Habana a partir de “lo que podía
apreciar él” observando “actividades públicas”.
Entiéndase por esto, además, informaciones al
alcance de cualquiera sobre las salidas y arribos de
los aviones.
Asimismo, se ocupaba de recortar los artículos de la
prensa local que ofrecían datos sobre las unidades
militares situadas en la región.
Ex-altos oficiales del ejército y de los servicios
de seguridad norteamericanos declararon que Cuba no
constituía una amenaza militar para Estados Unidos,
que no había ninguna información militar que obtener
en Boca Chica y que, “el interés de Cuba por el tipo
de informaciones expuestas en el juicio era conocer
si, en realidad, nosotros intentábamos preparar una
acción armada contre ellos”.[5]
Una información que es de dominio público no puede
ser parte de una acusación de espionaje. Sin
embargo, luego de escuchar tres veces el argumento
en sumo fantasioso de la acusación, según la cual
Los Cinco tenían “por objetivo destruir a los
Estados Unidos”, el jurado, guiado más por la pasión
que por la ley y las pruebas, los declaró culpables.
La segunda acusación de conspiración vino a añadirse
siete meses después de la primera. Esta vez contra
uno de los Cinco, Gerardo Hernández, por haber
conspirado con otros funcionarios cubanos, que no
estaban acusados, a fin de derribar dos avionetas
pilotadas por exiliados cubanos de la organización
Hermanos al rescate, en el momento en que penetraban
en el espacio aéreo cubano provenientes de Miami, a
pesar de las advertencias de las autoridades. Los
Migs cubanos las interceptaron y provocaron la
muerte de las cuatro personas a bordo.
La acusación reconoció que no existía ni sombra de
una prueba referente a un supuesto acuerdo entre
Hernández y los oficiales cubanos sobre si
derribarían o no las avionetas, y la manera en que
lo harían. En consecuencia, la obligación legal de
probar “más allá de cualquier duda razonable” que un
tal acuerdo haya tenido lugar, no se cumplió. El
gobierno admitió ante la Corte que se encontraba
frente a un "obstáculo infranqueable".Propuso,
inclusive, modificar su propia acusación, lo cual no
aceptó el tribunal de apelación. A pesar de todo, el
jurado declaró culpable a Hernández de ese delito
inventado.
Los cinco cubanos apelaron inmediatamente las
sentencias ante el 11no. Circuito de Atlanta, en
Georgia. Posterior a una minuciosa revisión de los
documentos, una troica de jueces hizo público, el 9
de agosto del 2005, un análisis detallado de 93
páginas acerca del proceso y las pruebas, y anuló el
veredicto destacando que los Cinco no habían
beneficiado de un juicio justo en Miami. Con sus 650
000 exiliados que dieron a Bush los votos faltantes
para su victoria en
las elecciones presidenciales del 2000, esta ciudad
ha sido considerada por un tribunal de apelación
federal, de tal modo hostil e irracional con
relación al gobierno cubano y tan favorable a la
violencia ejercida contra aquel, que no podría
servir como sede de un proceso justo a los cinco
inculpados. Además, la conducta de los fiscales,
presentando argumentos exagerados y sin fundamentos
a los miembros del jurado, fortalecieron los
prejuicios, al igual que lo hicieron las
informaciones suministradas por la prensa tanto
antes como durante el proceso.
Se ordenó un nuevo juicio. Mas allá del
reconocimiento de que los derechos elementales de
los acusados fueron violados, la Corte, por primera
vez en la historia de la jurisprudencia
norteamericana, admitió las pruebas presentadas por
la defensa respecto a las acciones terroristas
realizadas contra Cuba desde la Florida, citando
incluso en nota, el papel de Posada Carriles, y
refiriéndose a este como un terrorista.
Tal decisión de la troica dejó estupefacta a la
administración Bush. Sin embargo, estaba precedida
por la del grupo de trabajo de Naciones Unidas sobre
las detenciones arbitrarias [6], que concluyó
considerando la de los Cinco como una de ellas, y
apelando al gobierno de los Estados Unidos a tomar
las medidas para poner fin a esta situación.
Ex-consejero de George Bush, el Ministro de Justicia
de los Estados Unidos, Alberto González, tomó la
decisión inusitada de presentar una apelación ante
los 12 jueces del 11no Circuito, pidiéndoles
insistentemente revisar la decisión de la troica, un
procedimiento rara vez premiado con el éxito, sobre
todo cuando los tres jueces estuvieron de acuerdo y
expresaron una opinión tan erudita y amplia.
Para mayor sorpresa de muchos abogados que siguen el
caso, los jueces del 11no Circuito se pusieron de
acuerdo, el 31 de octubre, para revisar dicha
decisión... "Los Cinco" no fueron juzgados por
violar la ley norteamericana, sino porque su
trabajo centró la atención en aquellos que,
precisamente, lo hacían. Al infiltrarse en las redes
criminales existentes, de manera abierta, en la
Florida, desnudaron la hipocresía de la oposición al
terrorismo, de la cual los Estados Unidos tanto se
jacta.
[1].Una ley norteamericana, la Ley de Neutralidad,
prohíbe lanzar, desde territorio de los Estados
Unidos, ataques contra países extranjeros con los
cuales existen relaciones de paz.
[2]. Confesiones publicadas en el New York Times los
días 12 y 13 de julio de 1998 y difundidas unos días
después por una cadena televisiva en idioma español,
dependiente de la CBS.
[3]. El General James R. Clapper Jr. (retirado),
ex-director de la Agencia de inteligencia para la
Defensa (DIA); Sr. Edward Breed Atkeson, mayor
general, Ejército terrestre; Sr. Eugène Carrol,
contralmirante retirado; Sr. Charles Elliot Wilhelm,
general retirado de la Infantería de marina,
ex-comandante en jefe del Comando Sur de los Estados
Unidos (SouthCom); Sr. Richard Nuncio, ex-consejero
del presidente James Carter.
[4]. Director de Inteligencia de la Defensa, un
general de tres estrellas.
[5]. Mayor general Edward Breed Atkenson (Ejército
de los Estados Unidos, Escuela de inteligencia para
la defensa de Estados Unidos)
[6]. Subordinado a la Comisión de derechos humanos.
Abogado, ex-defensor, entre otros, de Angela Davis y
Mumia Abu-Jamal.
(Le Monde Diplomatique) 15-01-2005 |