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Justicia para mis
compañeros

René González
Sehwerert
Fue condenado a 15 años de
prisión en un amañado proceso poítico.
Quiero, antes de
comenzar, proponer un experimento a los presentes en esta sala:
cierren los ojos e imagínense en el centro de Nueva York. Al primer
bombero que pase, le miran a los ojos, bien serios, y le dicen en su cara
que el once de septiembre no pasó nada. Que es mentira. Puro truco
cinematográfico. Todo ha sido pura paranoia y propaganda. Si a estas
alturas la vergüenza, o el pobre bombero, no le han hecho tragarse la
lengua, está usted perfectamente calificado para haber sido fiscal en esta
causa.
Y ahora, con el permiso de esta
Corte, comienzo.
Su Señoría:
Meses atrás, en uno de sus
esfuerzos para esconder bajo la alfombra el tema del terrorismo contra
Cuba con aquella torcida lógica aplicada a su confuso argumento de intento
y motivación, la señora Heck Miller le dijo a esta Corte que podíamos
dejar el discurso político para este momento. Aun en aquellos tiempos,
cuando ya todo el odio político de los fiscales se había volcado sobre
nosotros a través de las condiciones de confinamiento, la manipulación de
la evidencia y, peor aún, el uso y abuso de mi propia familia para
chantajearme, dañarme y humillarme, estaba yo lejos de imaginar cuán
importante sería para los fiscales de este caso el verter todos sus
rencores políticos sobre nosotros.
No obstante, después de haber
oído a estos mismos fiscales por seis meses empujando una y otra vez sus
prejuicios por las narices al Jurado, todavía puedo decir a la señora Heck
Miller que estaba equivocada y que yo no necesito hablar de mis
sentimientos políticos, a los que no renuncio de modo alguno, para decir
que yo repudio el terrorismo, que yo repudio la guerra y que yo desprecio
profundamente a las personas, tan centradas en sus odios y en sus
intereses mezquinos, que han dedicado tanto tiempo a dañar a su país
promoviendo el terrorismo y promoviendo una guerra para la cual derrochan
toda esa valentía que no tienen y que necesitarán otros, también sus
víctimas, en el campo de batalla.
Y yo no tengo que hablar acerca
de política porque yo creo que ni en Cuba, ni aquí en los Estados Unidos
ni en ningún otro lugar deben morir personas inocentes por eso. Y yo haría
lo que hice y tomaría los riesgos que tomé por cualquier país en el mundo
incluyendo a los Estados Unidos más allá de consideraciones
políticas.
Yo creo firmemente que se puede
ser católico y ser buena persona, se puede ser judío y ser buena persona,
se puede ser capitalista, musulmán o comunista y ser buena persona; pero
no existe algo como una buena persona que sea terrorista. Hay que estar
enfermo para ser terrorista, como hay que estarlo para creer que exista
algo como un terrorismo bueno.
Desgraciadamente no todo el
mundo piensa lo mismo. Cuando se trata de Cuba, las reglas parecen cambiar
y algunas personas piensan que el terrorismo y la guerra son cosas buenas
de hacer: así tenemos a un fiscal como Kastrenakes que defiende el derecho
de José Basulto a romper la ley siempre y cuando se anuncie en la
televisión; tenemos a un experto en terrorismo como el señor Hoyt, quien
piensa que diez explosiones en el período de un año serían una ola de
terrorismo en Miami, pero no en La Habana; tenemos un experto en seguridad
aérea para quien las provocaciones de Hermanos al Rescate sobre La Habana,
difundidas en televisión abiertamente, serían otra cosa sobre Washington
por ser, según sus propias palabras, más apremiantes y verificables;
tenemos personas anunciándose públicamente como terroristas por cuarenta
años y estos fiscales a mi izquierda solo parecen notarlo cuando se trata
de que testifiquen en este juicio de parte de la Defensa; los agentes
Ángel Berlinguerí y Héctor Pesquera, el último el propio jefe del FBI
local, se pavonean como invitados en las mismas estaciones de radio, con
las mismas personas y en los mismos programas en que violando las leyes
federales se recoge abiertamente dinero para organizar acciones
terroristas o defender terroristas alrededor del mundo.
Mientras tanto, Caroline Heck
Miller clama porque estos amables terroristas sean juzgados en el cielo y
el señor Frómeta, después de querer comprar no más que un par de mísiles
antiaéreos, armas antitanque y algún alto explosivo, es tenido como un
buen padre, un buen ciudadano y una buena persona que tal vez merezca algo
así como un año de arresto domiciliario por la Oficina del Fiscal del
Distrito Sur de la Florida. Esto, su Señoría, hasta donde yo conozco se
llama hipocresía y es, además, criminal.
Y cuando esa misma oficina
lucha para mantenerme en el Special Housing Unit por el mayor tiempo
posible, cuando mi familia es usada como arma para quebrar mi voluntad,
cuando a mis hijas solo les es permitido ver a su padre dos veces en los
17 meses de este aislamiento y la única manera de ver los primeros pasos
de mi pequeña hija es mirar a través de un cristal desde un 12o piso, solo
puedo sentirme orgulloso de estar aquí, y solo puedo agradecer a los
fiscales por darme esta oportunidad de confirmar que estoy en el camino
correcto, que el mundo tiene todavía que mejorar mucho y que la mejor cosa
para el pueblo de Cuba es mantener a la Isla limpia del elemento que de
tantas almas se ha adueñado aquí en Miami. Quiero agradecerles el
propiciar que me probara a mí mismo a través de su odio y su
resentimiento, y por permitirme este sentimiento de orgullo tras haber
vivido los más intensos, útiles, importantes y gloriosos días de mi vida,
cuando esta Sala de Corte parecía demasiado pequeña para albergar todas
las verdades dichas y podíamos verles revolverse de impotencia mientras se
debatían por esconder cada una de ellas.
Y si una disculpa les hace
sentirse bien, pues también se la ofrezco: Siento mucho no haber podido
decir a sus agentes que estaba cooperando con el gobierno cubano. Si ellos
tuvieran una posición sincera frente al terrorismo, yo hubiera podido
hacerlo y juntos hubiéramos dado solución al problema. Cuando pienso en
aquellas interminables discusiones acerca del intento específico de violar
la ley, me doy cuenta de que esta situación va mucho más allá de si el no
registrarse es ilegal o no lo es, pues desgraciadamente, aunque aquí los
agentes extranjeros se pudieran anunciar en las páginas amarillas sin
haberse registrado previamente, nosotros, tratándose de Cuba, tendríamos
que mantenernos de incógnitos para cosas tan elementales como neutralizar
terroristas o narcotraficantes, algo que mirado con lógica deberíamos
hacer juntos. Lo siento también si la filiación anticastrista de los
criminales que combatí los acercaba a ciertos oficiales o miembros de la
Oficina de la Fiscalía. Me da mucha pena, sinceramente, con estos
últimos.
Al fin y al cabo todo este
asunto de los agentes de Cuba tiene fácil solución: Dejen a Cuba
tranquila. Hagan su trabajo. Respeten la soberanía del pueblo cubano. Yo
despediría gustoso al último espía que se regrese a la Isla. Nosotros
tenemos mejores cosas que hacer allí, todas más constructivas que vigilar
a los criminales que se pasean impunes en Miami.
Yo no quiero dejar pasar
este momento sin dirigirme a las muchas personas buenas que tuvimos la
oportunidad de conocer durante este proceso:
Ante todo, quiero dar la
gracias a los US Marshalls por su profesionalismo, su decencia, su
cortesía y su anónimo sacrificio. Hubo momentos en que compartimos con
ellos en sano espíritu el consuelo de ser las únicas personas en la sala
cuyas necesidades no fueron tenidas en cuenta en relación con los horarios
y todos reímos juntos al respecto; pero ellos fueron siempre disciplinados
y realizaron sus deberes bien.
Quiero también dar gracias a
los traductores, a Larry, Richard y Lisa. Ellos hicieron un trabajo de
mucha calidad y estuvieron siempre disponibles cuando tanto nosotros como
nuestras familias necesitamos de sus servicios. Mi sincero agradecimiento
por su laboriosidad y decencia para todos. Debe de ser un privilegio para
esta Corte el contar con un equipo como ese. Mis mejores deseos también
para el señor Londergan.
Mi más profundo respeto para
los militares norteamericanos que comparecieron, ya fuera por parte de la
Fiscalía o de la Defensa, y lo hicieron con sinceridad, así como a los
oficiales, expertos y agentes que fueron honestos. Hubiera querido ver más
honestidad en el último grupo y lo hubiera reconocido aquí
gustosamente.
Para todos ellos, que bien
pudieran representar lo mejor del pueblo americano, mi más profundo
sentimiento de simpatía y mis seguridades de que hay un pueblo entero solo
un paso hacia el sur de aquí que no alberga animosidad alguna hacia el
gran vecino del norte. Ese pueblo y ese país han sido sistemáticamente
difamados a través de este juicio por algunas personas que, o bien no
saben, o bien no quieren saber, o bien no les interesa lo que es realmente
Cuba. Solo me voy a tomar la libertad de leer un fragmento de
correspondencia escrito por mi esposa el pasado 30 de julio:
"René, aquí no cesan las
muestras de apoyo para nosotros los familiares y para ustedes. Ayer,
cuando cogí la ruta 58 para regresar de casa de mami, varias personas me
reconocieron e Ivette se iba metiendo con todo el mundo. Como estamos en
carnavales, cuando pasamos por Centro Habana la guagua se llenó bastante e
Ivette se extremó a la hora de bajarnos: se sentó en la escalera de la
guagua y no se quería parar. Tú te podrás imaginar la guagua llena, yo
dando tumbos tratando de cargarla sin lograrlo, Ivette plantada y la gente
empujando. Entonces llegó hasta mí una señora, me apretó la mano y me dio
una oración que sacó de pronto de su cartera que tiene de título "Un Hogar
Feliz", y me dijo: `En mi Iglesia todos los días oramos por los cinco y
para que sus hijos puedan tener un hogar feliz como lo tuvo Jesús, ya que
ellos estaban allí para que todos los niños también lo tengan'.
"Me dejó medio sorprendida,
casi no tuve tiempo de agradecerle porque tenía que bajarme rápidamente,
pero sí comprendí que así somos los cubanos, y hoy estamos más unidos que
nunca independientemente de creencias o religiones, cada uno con su fe,
pero todos por una misma causa. Yo guardaré la oración también como
recuerdo".
Me veo obligado a salirme de lo
que estoy leyendo para aclarar que no soy creyente. Pero quiero que
después la fiscalía no vaya a distorsionar mis palabras y pueda decir que
he traído a Dios a esta sala por hipocresía.
Su Señoría:
Como usted puede verlo, ni para
hablar de Cuba necesito yo exponer aquí mis sentimientos políticos. Otros
lo han hecho en el marco de este juicio durante tres años supurando un
odio irracional, aún más absurdo todavía cuando sabemos que ha sido
engendrado a nivel de la médula, que es un odio visceral dirigido a un
ente que sencillamente no conocen. Es realmente triste ser educado para
odiar a algo que uno ni conoce.
Y así se ha hablado impunemente
de Cuba ofendiendo a un pueblo cuyo único delito es el de haber escogido
su propio camino y haberlo defendido con éxito a costa de enormes
sacrificios. Yo no voy a dar a nadie el beneficio de entretenerme con
todas las mentiras que se dijeron aquí respecto a Cuba, pero me referiré a
una cuya monstruosidad constituyó una falta de respeto a esta sala y al
Jurado:
Cuando el señor Kastrenakes se
paró aquí a decir, frente al símbolo de la justicia americana, que
nosotros habíamos venido aquí a destruir a los Estados Unidos, demostró
cuán poco le importan ese símbolo y esa justicia, y demostró, también,
cuán poco respeto le tenía al Jurado. Desafortunadamente en lo último
tenía la razón.
Ni la evidencia en este caso,
ni la historia, ni nuestros conceptos ni la educación que recibimos apoyan
la absurda idea de que Cuba quiera destruir a los Estados Unidos. No es
destruyendo a ningún país como se resuelven los problemas de la humanidad
y ya, por demasiados siglos, se han destruido imperios para que sobre sus
ruinas se levanten otros iguales o peores. No es de un pueblo educado como
el de Cuba donde es hasta inmoral quemar una bandera ya sea de los Estados
Unidos u otro país cualquiera de donde puede venir un peligro para esta
nación.
Y si se me permitiera la
licencia, como descendiente de norteamericanos laboriosos y trabajadores,
con el privilegio de haber nacido en este país y el privilegio de haber
crecido en Cuba, le diría al noble pueblo norteamericano que no mire tan
al sur para ver el peligro a los Estados Unidos.
Aférrense a los valores reales
y genuinos que motivaron las almas de los padres fundadores de esta
patria. Es la falta de esos valores pospuestos ante otros, menos
idealistas intereses, el peligro real para esa sociedad. El poder y la
tecnología pueden convertirse en una debilidad si no están en las manos de
personas cultivadas, y el odio y la ignorancia que hemos visto aquí hacia
un pequeño país, que nadie aquí conoce, puede ser peligroso cuando se
combina con un sentido enceguecedor de poder y de falsa superioridad.
Regresen a Mark Twain y olvídense de Rambo si realmente quieren dejar un
mejor país a sus hijos. Cada supuesto cristiano que fue puesto aquí a
mentir sobre la Biblia es un peligro para este país por lo que su conducta
representó en cuanto a socavar esos valores.
Su Señoría:
Habiendo dado forma a estas
palabras en anticipación a mi sentencia fijada para el pasado 26 de
septiembre, los trágicos y horribles crímenes del once de ese mes me
obligan a añadir algunas meditaciones que no puedo dejar de compartir con
esta Corte. He de tener mucho tacto para que nadie me acuse de capitalizar
en mi favor ese abominable hecho, pero hay ocasiones en que tenemos que
decir algunas verdades aunque sean duras, tal y como se lo decimos a un
hijo o a un hermano cuando comete un error y queremos hacerle rectificar,
con todo cariño, sus pasos futuros. No es otro el espíritu que me anima al
dirigirme a través de usted con estas palabras al pueblo
norteamericano.
La tragedia que hoy
enluta a este pueblo se engendró ya hace muchos años, cuando en un lugar
tan lejano como desconocido se nos hacía creer que unas personas,
derribando aviones civiles y bombardeando escuelas, estaban combatiendo
por la libertad por el solo hecho de combatir al comunismo. Yo nunca
culparé al pueblo norteamericano de aquella falta de visión, pero quienes
proveían a aquellas personas de misiles y les creaban una imagen que no
coincidía con sus actos criminales cometían también el crimen de la
hipocresía.
Y no estoy mirando al pasado
para abofetear a nadie con él en la cara. Solo quiero invitarles a mirar
el presente y a reflexionar sobre el futuro compartiendo con esta Corte la
siguiente reflexión: "La hipocresía de ayer es a la tragedia de hoy lo que
la hipocresía de hoy será a la tragedia de mañana". Todos nosotros tenemos
una responsabilidad para con nuestros hijos que rebasa las preferencias
políticas o la mezquina necesidad de ganar un salario, mantener un efímero
puesto político o congraciarnos con un grupito de potentados. Esa
responsabilidad nos urge a abandonar la hipocresía de hoy, para
entregarles un mañana sin tragedias.
En nombre de esa hipocresía se
nos ha querido juzgar a nosotros cinco y cuando me toca enfrentarme a mi
sentencia me doy cuenta de que yo, a diferencia de mis compañeros, ni
siquiera tengo el derecho de considerarme una víctima. La forma en que me
conduje se adapta perfectamente a la conducta que describen los estatutos
de que se me acusa; si tuve que venir a juicio fue por solidaridad con mis
hermanos, para decir algunas verdades y para desmentir las falsedades con
que la Fiscalía quiso agravar mis actividades y presentarme como un
peligro para la sociedad norteamericana.
De manera que no tengo ni el
derecho a pedir clemencia para mí en un momento como este en que esta
Corte habrá visto a quien sabe cuántos Conversos, unos genuinos y otros
falsos, unos encontrando a Dios cuando acaban de firmar un pacto con el
diablo, todos utilizando este podio para mostrar su arrepentimiento. Yo no
puedo juzgarlos y cada cual sabrá qué hacer con su dignidad. Yo también sé
qué hacer con la mía, y quisiera creer que usted entenderá el que yo no
tenga razones para el arrepentimiento.
Pero siempre sentiré la
obligación de pedir justicia para mis compañeros acusados de crímenes que
no cometieron y condenados sobre la base de los prejuicios por un Jurado
que dejó escapar una oportunidad única de hacer una diferencia. Ellos
nunca quisieron obtener algún secreto de este país y en cuanto a la
acusación más monstruosa se trató solo de un patriota defendiendo la
soberanía de su patria. Utilizando las palabras de un buen cubano y amigo,
que a pesar de haber venido a este país por sus ideas contrarias al
gobierno cubano es una persona honorable, aprovecho para rendir homenaje a
los cubanos dignos que también viven aquí echando de paso por tierra otra
de las patrañas sembradas por la Fiscalía en relación a nuestros
sentimientos hacia la comunidad cubana: "Esos muchachos fueron condenados
por el crimen de ser dignos".
Hace ya más de dos años recibí
una carta de mi padre en la que entre otras cosas me expresaba su
esperanza de que se pudiera hallar un Jurado donde afloraran los valores
de Washington, Jefferson y Lincoln. Es una pena que no haya tenido
razón.
Pero yo no pierdo las
esperanzas en la raza humana y en su capacidad de guiarse por esos
valores, después de todo tampoco creo que Washington, Jefferson y Lincoln
fueran mayoría en la época en que les tocó dejar sus huellas en la
historia de esta nación.
Y mientras estos sórdidos tres
años se van haciendo historia y tras una montaña de argumentos, mociones y
tecnicismos, se va enterrando una historia de chantajes, abusos de poder y
el más absoluto desprecio a tan ponderado sistema de justicia, para
pulirla y darle un brillo que nunca tuvo, nosotros seguiremos apelando a
esos valores y a la vocación por la verdad del pueblo norteamericano con
toda la paciencia, la fe y el coraje que nos puede infundir el crimen de
ser dignos.
Muchas
gracias. |