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Lamento no tener más que
una vida para entregar por mi
Patria

Gerardo Hernández
Nordelo
Fue sentenciado a doble
cadena perpetua por improbados cargos contra los Estados
Unidos.
Su señoría: Quisiera
antes que todo expresar unas breves palabras de agradecimiento a un grupo
de oficiales del gobierno federal que laboraron durante nuestro largo y
complejo juicio dentro y fuera de esta sala. Me refiero a los traductores,
estenógrafos, alguaciles y demás asistentes, quienes en todo momento
demostraron un alto nivel ético profesional.
Es justo expresar también de
forma pública nuestro más profundo agradecimiento a los abogados que tan
magistralmente nos representaron y a todas las personas que los asistieron
en tan difícil tarea.
En aras de no malgastar su
preciado tiempo pretendo ser lo más breve posible. Somos cinco los
defendidos en este caso y compartimos muchos criterios y opiniones, por lo
que evitaré hacer referencia a importantes aspectos que sé que ellos
querrán abordar en sus intervenciones. Por otra parte, se requeriría
demasiado tiempo para señalar cada una de las inconsistencias de la
Fiscalía y sus testigos, cada uno de sus esfuerzos por utilizar y a veces
manipular pequeñas porciones de la evidencia y tratar de ignorar la mayor
y esencial parte de la misma.
No alcanzarían estos minutos
para destacar todos los intentos de los señores fiscales por hacer que el
Jurado se guiara por sus emociones y prejuicios más que por los hechos y
las leyes; tampoco habría tiempo para señalar cada una de las razones que
hacen de este un proceso eminentemente político. Y además, puede que no
sea necesario, porque nadie conoce mejor que Usted lo que realmente
ocurrió en esta Sala entre diciembre del año 2000 y junio del 2001. No
obstante, existen algunos elementos que no se deben pasar por
alto.
Quienes desconocen cómo se ha
comportado históricamente el sector más radical de la comunidad cubana de
Miami, quienes no ven la televisión en español ni escuchan la llamada
"Radio Cubana", tal vez pudieran haber pensado honestamente que nosotros
podríamos tener un proceso imparcial y justo en esta ciudad.
Lamentablemente hay muchas realidades que el pueblo norteamericano aun
desconoce. Nosotros, desde el instante preciso en que se nos negó la
posibilidad de realizar el juicio fuera de Miami, no albergamos la más
mínima duda sobre cuál iba a ser el resultado.
Sería deshonesto no reconocer
que en la medida en que el proceso avanzaba y teniendo en cuenta los
contundentes argumentos y evidencias de la defensa, unido a la actuación a
veces desesperada de la Fiscalía y a las reacciones de la propia prensa,
por momentos llegamos a pensar que lo que parecía imposible en esta
comunidad tal vez ocurriera. Pero el Jurado, con su rápido e inequívoco
veredicto, hizo realidad nuestro primer pronóstico.
Después de seis meses de
complejo y agotador proceso, con decenas de testimonios y extensas
evidencias, necesitaron sólo unas pocas horas para, sin siquiera hacer una
pregunta o expresar una duda, alcanzar un veredicto unánime.
Bastaría con leer las
declaraciones que hizo a la prensa la figura principal de ese Jurado para
comprender que nunca tuvimos la más mínima oportunidad y que influyeron
más los prejuicios o las últimas y engañosas palabras de los señores
fiscales que los argumentos que se escucharon aquí durante medio
año.
Y cuando hago referencia a las
actitudes engañosas de la Fiscalía no pretendo hacer una acusación
irrespetuosa o sin fundamento. Como expresé antes, no alcanzaría el tiempo
para señalar todos los ejemplos. Baste recordar que la persona encargada
de traducir la mayor parte de las evidencias utilizadas por la Fiscalía y
quien fue presentada como experta en su especialidad, aseguró ante esta
Sala que la palabra "plastilina" del español se utiliza para referirse al
explosivo plástico, cuando cualquier niño hispano conoce, sin necesidad de
ser experto, que la única plastilina de nuestro idioma es lo que en inglés
se conoce como "molden clay". Dicho sea de paso, el documento de la
mencionada plastilina fue utilizado y reutilizado una y otra vez de forma
alarmista por los señores fiscales, aún conociendo, porque lo conocen, que
no tiene nada que ver con ninguno de los cinco acusados.
Resulta igualmente ridículo que
en un juicio a quienes se acusa de ser peligrosos espías y de atentar
contra la seguridad nacional, la parte acusadora hiciera hincapié de forma
reiterada en un supuesto incidente ocurrido en Cuba con un taxista del
principal aeropuerto de ese país, en momentos en que la isla acababa de
sufrir una ola de atentados terroristas. Me pregunto cuántos taxistas en
estos mismos momentos estarán siendo observados por el FBI en aeropuertos
de los Estados Unidos, no sólo por manifestar su descontento con el
Gobierno, sino probablemente por sólo usar turbantes. Y es que para
comprender las actitudes de un país o sus ciudadanos es necesario vivir, o
sufrir, sus realidades cotidianas. El mencionado incidente, por
inconcebible que parezca, no escapó ni siquiera al informe del P.S.I, aún
cuando nadie sabría explicar qué relación puede tener con los delitos que
se me imputan.
Ya que he mencionado el reporte
del P.S.I, me gustaría hacer referencia brevemente a unas palabras que
escribí para el mismo (y cito): "Cuba tiene derecho a defenderse de los
actos terroristas que se preparan en la Florida con total impunidad a
pesar de haber sido históricamente denunciados por las autoridades
cubanas. Es el mismo derecho que tienen los Estados Unidos de tratar de
neutralizar los planes de la organización del terrorista Osama Bin Laden
que tanto daño ha causado a este país y amenaza con seguirlo haciendo.
Estoy seguro que los hijos de este país que cumplen esa misión son
considerados patriotas y su interés no es dañar la seguridad nacional de
ninguno de los países donde esas personas se refugian." (fin de la
cita).
Esas palabras fueron escritas
para el informe del P.S.I y enviadas a mi abogado para su traducción
muchos días antes de los tristes y repudiables sucesos del 11 de
septiembre, y hoy cobran mayor vigencia. Tal y como expresara el señor
Presidente de los Estados Unidos en su última comparecencia ante la
Organización de las Naciones Unidas, es necesario que todos los países se
unan en la lucha contra los terroristas, pero no contra algunos
terroristas, sino contra todos los terroristas. Yo agregaría que mientras
se condenen las acciones de algunos de estos criminales y a otros se les
albergue, se les permita actuar con impunidad contra la seguridad y
soberanía de otros países y se les considere "luchadores por la libertad",
nunca se podrá erradicar ese flagelo, y siempre habrá pueblos que para
defenderse necesiten enviar a algunos de sus hijos a cumplir riesgosas
misiones, ya sea en Afganistán o en el sur de la Florida.
Su Señoría, se nos
acusó de haber conspirado para cometer espionaje y dañar la seguridad
nacional de los Estados Unidos. Se nos ha puesto al mismo nivel de los
peores espías que se hayan conocido sin que para ello exista una sola
prueba contundente y sin haber causado daño alguno, sólo sobre la base de
suposiciones. La nuestra quizás sea una de las acusaciones de espionaje
más ridículas en la historia de este país. Todo cuanto pretendimos hacer e
hicimos aparece bien claro en la evidencia presentada. A la persona que
más cerca estuvo de algo militar, después de llevar seis años trabajando
en su insignificante puesto, todo lo que se le pedía era que tratara de
buscar una posición que le permitiera estar más cerca de las pistas para
poder observar la cantidad de aviones. Eso no es espionaje. Las evidencias
y los testimonios ofrecidos por personas altamente calificadas en la
materia así lo demuestran.
Por otra parte, es cierto que
durante años algunos de los acusados tuvimos en nuestro poder documentos
de identidad falsos, pero su único objetivo era garantizar nuestra
seguridad. Como Jueza, usted conoce cuántos delitos se pueden cometer con
una falsa documentación, sin embargo, en esta Sala se reconoció que el
único uso dado a esos documentos, cuando se les dio alguno, estuvo
encaminado exclusivamente a proteger nuestra integridad y la de nuestras
familias.
Quisiera que me permita hacer
referencia brevemente a lo que considero es la razón por la cual todos nos
encontramos aquí en este momento: el cargo tercero del pliego acusatorio,
"conspiración para cometer asesinato".
Los señores fiscales y las
autoridades del FBI conocen y conocían desde un principio qué fue lo que
verdaderamente ocurrió antes, durante y después del 24 de febrero de 1996.
Ellos mismos tuvieron que reconocer que los mensajes de alta frecuencia
que escogieron revelar como evidencia son solo una ínfima parte de todos
los que interceptaron. Ellos conocen la verdadera historia. Saben que no
existió ninguna conspiración para derribar esos aviones, y mucho menos
para hacerlo sobre aguas internacionales. Saben perfectamente que no solo
Gerardo Hernández, sino que ni siquiera Juan Pablo Roque tuvo nunca nada
que ver con un plan para derribar las avionetas. Conocen que el regreso de
Roque se había estado planificando desde mucho tiempo antes por razones
estrictamente personales y que en febrero de 1996 se le orientó que fuera
él mismo quien escogiera la fecha de su partida, recomendándosele el día
23 o el 27 de acuerdo a la disponibilidad de pasajes aéreos. Si hubiera
existido un plan del cual Roque fuera parte, ¿cómo es posible que pudiera
permanecer aquí hasta el día 27? Ese es solo un detalle de los muchos que
hacen de este cargo el más absurdo e infame de todos los que se nos
imputaron.
Después de dos años de estrecha
vigilancia, habiendo grabado la mayoría de nuestras conversaciones
telefónicas y personales y confiscado una gran cantidad de materiales de
aquella época, los fiscales no pudieron presentar en este juicio ni una
sola evidencia que muestre sin duda razonable que Gerardo Hernández
conspiró para derribar esas avionetas o que facilitó en alguna medida su
derribo. Basaron todo su caso en puras especulaciones, en pequeños
extractos de los documentos, manipulados y sacados de contexto, y sobre
todo en lo emotiva y susceptible que sabían resultaría esa acusación
debido a la pérdida de vidas humanas.
Cabría preguntarse qué motivó a
la Fiscalía a montar todo su show propagandístico alrededor de ese cargo y
a buscar a toda costa la condena de alguien que ellos saben que no tuvo
nada que ver con la muerte de esas personas. La respuesta quizás no sea
tan difícil. Baste recordar la enorme presión ejercida por algunos
sectores de la comunidad cubana que no quedaron satisfechos con las
sanciones económicas adoptadas contra Cuba tras los sucesos del 24 de
febrero. Las reiteradas acusaciones de estas personas y organizaciones
contra el gobierno de los Estados Unidos por, según ellos, ser cómplice en
esos sucesos y por no haber hecho nada por castigar a los responsables, se
tornaban cada vez más molestas, como molesto e imperdonable resultaba para
esos cubanos de Miami que la Oficina Regional del FBI hubiera infiltrado
informantes en varias organizaciones del llamado "exilio", incluyendo a
los "Hermanos al Rescate". Se hacía necesario limpiar la imagen y mejorar
las relaciones, y para ello nada mejor que encontrar, o fabricar, un
culpable.
Las autoridades sabían que se
trataba de una situación en la cual siempre ganarían. Si me hallaban
culpable de ese cargo, mucho mejor. Si era hallado inocente, por
improbable que esto pareciera, de todos modos ganaban, porque podrían
silenciar a quienes los acusaban de no haber juzgado a nadie.
Tal vez alguna persona, por
ingenuidad o desconocimiento, pueda pensar que con mis palabras estoy
exagerando la importancia que algunas autoridades norteamericanas conceden
a las opiniones y reacciones del sector más extremista de la comunidad
cubana. A esas personas me permito recordarles que el hecho de que los
ciudadanos de esta nación no puedan viajar libremente a Cuba, o fumar
tabacos cubanos, o comerciar con productos de ese país sin restricciones,
o simplemente inmunizar a sus hijos contra enfermedades cuyas únicas
vacunas son de patentes cubanas, no responde precisamente a las exigencias
o intereses del pueblo norteamericano.
Su Señoría, he dicho
siempre y reitero ahora que lamento profundamente la pérdida de
esas cuatro vidas y comprendo el dolor de los familiares. Lamento también
las miles de vidas que se han perdido por las constantes agresiones que
durante más de 40 años ha tenido que sufrir mi pueblo, y el luto perenne
de muchísimas familias cubanas. Esos muertos también tienen nombres y
rostros, aunque sus fotografías no se puedan mostrar en esta
sala.
Cuba no provocó ese incidente.
Por el contrario, lo previno y trató de evitarlo por todas las vías a su
alcance. El principal argumento de la Fiscalía durante el juicio fue que
se trató de un crimen porque eran aviones civiles y desarmados.
Recientemente esta nación ha conocido, de forma triste y brutal, cuanto
daño puede hacer a sus habitantes un avión civil y desarmado. Tal vez por
eso sus máximos dirigentes han advertido que todo avión que se aleje
amenazadoramente de su ruta podría ser derribado aun cuando lleve a bordo
a cientos de pasajeros. Quizás los señores fiscales consideren que eso
sería un crimen. Su señoría ha dicho hoy que este país cambió su
"percepción del peligro" después del 11 de septiembre; desgraciadamente,
Cuba tuvo que cambiarla desde el 1ro de Enero de 1959, y eso es lo que no
se quiere comprender.
Los principales responsables de
lo ocurrido el 24 de febrero de 1996 son los mismos que no cesan en su
empeño de provocar un conflicto bélico entre los Estados Unidos y Cuba
para que el ejército de este país les haga lo que no han podido hacer
ellos en 40 años. Ya sean flotillas, violaciones del espacio aéreo, falsas
acusaciones o cualquier otro engendro, el objetivo es el mismo: que los
Estados Unidos borren de la faz de la tierra al gobierno de Cuba y a
quienes lo apoyan, sin importar cual sea el costo en vidas humanas de uno
u otro bando. Se podría decir con certeza que si alguien ha puesto en
peligro en reiteradas ocasiones la seguridad nacional de este país, son
esos grupos de cubanos extremistas.
La Fiscalía dijo en esta Sala,
durante sus argumentos finales, que Gerardo Hernández tiene sus manos
manchadas de sangre. Me pregunto quién tendrá realmente las manos
manchadas de sangre, si yo, o el individuo que disparó un cañón contra un
hotel de La Habana lleno de personas; que es el mismo individuo que
aparece en la evidencia de este caso planificando introducir en Cuba armas
antipersonales; la misma persona que se cansó de desafiar abierta y
temerariamente a las autoridades cubanas violando las leyes de aquel país,
las de este país, y las normas más elementales de la aviación
internacional; la misma persona que no solo no tuvo ningún reparo en
llevar a esos jóvenes a la muerte, sino que en los momentos de mayor
tensión, cuando aun podía interrumpir sus planes, no lo hizo, y en cambio
dejó grabada su risa para la historia mientras sus compañeros
morían.
Esa persona si tiene sus manos
manchadas de sangre, y sin embargo a los señores fiscales no les importó
cuando estrecharon esas manos en reiteradas ocasiones, incluso en esta
misma Sala. Tampoco le importó a los fiscales ni a las máximas autoridades
del FBI de Miami compartir con esa misma persona la tribuna y la euforia
durante la conferencia de prensa el día del veredicto. Contradictoria
actitud de quienes dicen representar la ley.
Que sepan los señores fiscales
que la única sangre que podría haber en estas manos es la de mis hermanos
caídos o asesinados cobardemente en las incontables agresiones y actos
terroristas perpetrados contra mi país por personas que hoy caminan
tranquilamente por las calles de esta ciudad.
Sangre por la que un día juré
que estaría dispuesto a sacrificar mi propia vida si con ello podía
proteger a mi pueblo de semejantes crímenes.
Su señoría, la Fiscalía
considera, y así lo ha pedido, que debo pasar el resto de mi vida en una
cárcel. Confío en que si no es en este, en algún otro nivel del sistema,
la razón y la justicia prevalecerán por encima de los prejuicios políticos
y los deseos de venganza y se comprenderá que no hemos hecho ningún daño a
este país, que merezca semejante condena. Pero si así no fuera, me
permitiría repetir las palabras de uno de los más grandes patriotas de
esta nación, Nathan Hale, cuando dijo: "Solo lamento no tener más que una
vida para entregar por mi patria".
Muchas
gracias. |