|
•
Este pequeño pueblo es Canaán, donde se efectuó la
boda en que Jesucristo cambió el agua en vino, el
mismo en que las bombas israelíes provocaron este
domingo más de 60 muertos, el mismo en que los
despiadados bombardeos judíos habían provocado ya
106 muertos en 1 996. Son los mismos aviones
entregados por los mismos gobernantes de Estados
Unidos que se oponen a que el Consejo de Seguridad
de la ONU decrete un alto al fuego a los salvajes
ataques en Líbano.
Enrique Román
Qana es un pueblo pequeño, irregular y polvoriento
en el sur libanés, enclavado entre las muchas
elevaciones que conforman el paisaje de esa región,
a diez kilómetros del Mediterráneo y a menos de
treinta de la frontera con Israel. Debe su nombre a
Canaán, el que se daba a toda esta región en los
tiempos bíblicos.
La vida allí sería insignificante y Qana no sería
conocida más allá de su pequeño entorno si no fuera
por dos acontecimientos que la han introducido
definitivamente en la historia de la humanidad.
El primero es el que le atribuye la tradición: el
lugar donde Cristo habría realizado su primer
milagro, al convertir el agua en vino durante unas
bodas --las Bodas de Canaán. El gobierno libanés
–recuérdese que Jesús es una figura primordial tanto
para cristianos como musulmanes-- construyó allí
facilidades para los turistas que visitan el lugar.
La ruta turística bordea la ladera de una montaña
hasta una cueva que, según se dice, formó parte del
sitio de los festejos.
La cueva es pequeña, demasiado para haber servido de
escenario de las bodas, y resultan más interesantes
los bastos relieves esculpidos por los primeros
cristianos en las rocas, que reproducen escenas de
los evangelios. De hecho, otro poblado también
llamado Qana, situado en Galilea, al norte de
Israel, le disputa al villorrio libanés haber sido
el sitio del primer milagro cristiano.
El segundo acontecimiento tiene poco o nada que ver
con las enseñanzas éticas judaicas o cristianas.
Los habitantes del lugar parecieron abandonados por
la bendición de Jesucristo y de Jehová el 18 de
abril de 1996, cuando el gobierno israelí, presidido
entonces por Shimón Peres --quien para mayor ironía
había recibido dos años atrás el premio Nóbel de la
Paz-- lanzaba contra el Líbano la operación Viñas
de la Ira. Las invasiones israelíes anteriores al
pequeño país habían sido tan criminales como
ingloriosas. En 1996, como hoy, se evitaba exponer
las vidas de soldados israelíes. La bien dotada
aviación sionista se encargaba del trabajo grueso,
que incluyó bombardeos al sur libanés y a Beirut,
además del bloqueo naval y terrestre.
Al final, un solo hecho, ocurrido justamente en
Qana, quedaría para la historia como el más
sangriento recuerdo de esta patética operación: el
bombardeo despiadado contra una instalación de las
fuerzas de interposición de Naciones Unidas, visible
y bien caracterizado, de paredes blancas y grandes
siglas azules, con la bandera de la organización
internacional, y que había sido utilizado como
refugio por más de cien ancianos, mujeres y niños,
quienes creían estar así a salvo de la salvaje
agresión aérea israelí.
Hoy hay allí un museo del cual es difícil salir sin
lágrimas en el rostro o, al menos, en el alma. Las
fotos de la masacre, de los 106 muertos y 116
heridos, víctimas indefensas del genocidio, son
francamente espantosas. Las tumbas colectivas que
veneran los visitantes y pobladores son de una
dureza estremecedora. Siempre hay cerca de quienes
acuden al lugar, familiares desconsolados de las
víctimas que se acercan para recordar los que fueron
los peores momentos de sus vidas. Recuerdo la
reacción de uno de los visitantes a los que acompañé
al lugar: Qana, dijo, debe ser visitado por toda
la humanidad para que todos los hombres sepan cuáles
son los límites increíbles de la barbarie humana.
Hasta el pasado domingo. Otra vez, los dioses
dejaron desamparados a los habitantes de Qana Sin
justificación alguna --en aquel minúsculo villorrio
no hay nada que parezca ni lejanamente un objetivo
militar-- la aviación israelí volvió a ensañarse
con sus habitantes. En la acción más sangrienta de
esta impúdica guerra --que va totalizando ya 500
muertos civiles en el Líbano—, el bombardeo de un
edificio de viviendas de tres pisos añadió más de
60 muertos al extenso martirologio de Qana.
Quizás los arqueólogos descubran finalmente que no
fue en esa Qana, sino en la de Galilea , donde se
operó el recordado primer milagro cristiano. Pero
no creo que esa posibilidad preocupe hoy a ningún
libanés ni, por supuesto, a ningún habitante del
martirizado poblado. Para ellos, y para la historia
de la vergüenza humana, Cana será el símbolo de la
crueldad y de la barbarie, no menos que Auschwitz,
por ejemplo, o que los multitudinarios crímenes de
las colonizaciones europeas y de la esclavitud
americana.
Las aguas que corren hoy en Qana convertidas en
sangre, no son la obra de ningún milagro. Son otro
nefasto capítulo, impune como los anteriores, del
racismo sionista, ejercido alegremente por los
pilotos de algún moderno avión de fabricación
estadounidense. En 1996 no hubo, como hoy, ningún
arrepentimiento público por parte de Israel ni de su
aliado principal, Estados Unidos. William Clinton,
entonces presidente de ese país, recibió una semana
después a Shimón Peres. No hubo un solo comentario
sobre el crimen. Poco tiempo más tarde, Clinton
dijo algo que recuerda –nada sospechosamente-- lo
que en estos días ha declarado George W. Bush:
“Creo que es imperativo que Israel mantenga la
seguridad de su frontera norte. Creo que los
Estados Unidos deben ser respetuosos ante tales
circunstancias.”
(Granma) 31-07-2006
|