En el precioso ambiente colonial de La Casona y a media cuadra de los campanarios de La Merced (increíble, pero en la horrenda zona 1), lució la muestra de pintura cubana, o mejor dicho, los cuadros de técnica mixta (incluso con aguadas y acuarela) de Juan Carlos García Marrero.
Entre lo mucho bueno que merece decirle es que representa a maravilla la herencia de la buena pintura que siempre se ha hecho en Cuba desde los tiempos de Abela y Amelia Peláez, pasando por Montenegro, Cundo y lo mejor de Mariano. No cabe citar como antecedente a Lam porque siempre fue un solo, un portento medio chino y medio mulato, que incluso resplandeció en París cuando en la plástica europea había audacia e imaginación.
Otra característica de lo sobresaliente de la pintura cubana en Juan Carlos (como él se firma) es la mezcla de discretísimo colorido, fino dibujo y ligereza, por una parte, y barroquismo y rigurosa composición, por la otra. Por entre las formas discurre aire fresco, alegría y sátira antillana, pero con esa medida que en el fondo tienen el arte andaluz y el cubano.
Quién sabe cuál sea el origen de las macrofiguras que comenzaron con Picasso y culminan en el hiperrealismo de Botero, pasando por Fernand Léger; a Juan Carlos lo obseden y nos recuerdan que hay una realidad de la naturaleza y otra de la pintura.
Y nos reafirman también que una obra excelente como la suya puede ser lo nacional que se quiera, pero sobre todo y ante todo es un arte sin tiempos ni fronteras. Prueba de ese reconocimiento es que haya vendido diez cuadros de la muestra en
La Casona.
No deja de extrañar que sin embargo, Marrero no haya salido nunca de Cuba en sus 36 años de vida y además, que nada tenga de decorativo pese a sus oficios de diseñador. Se formó en los centros culturales locales y sus obras, expuestas en seis muestras personales y cuatro colectivas, sólo se han valorado en su país.
Mario Monteforte Toledo
Escritor
Guatemala
Mayo 96
Periódico Siglo XXI