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Aquel
derroche de heroísmo
REYNOLD
RASSÍ
rassi@granma.cip.cu
La compañia
de tanques, casi todos T-34, llegó a Aguada de
Pasajeros (en aquella época perteneciente a la
provincia de Las Villas, hoy es de Cienfuegos) al
amanecer del día 19 de abril de 1961, en momentos en
que se combatía encarnizadamente contra los mercenarios
que habían desembarcado el 17 por el sur. Ya los
blindados que comandaban Néstor López Cuba y Samuel
Rodiles Planas, se enfrentaban al enemigo
“Girón
representa para mí, haber puesto un granito de arena en
la primera derrota del imperialismo norteamericano en
América Latina”.
Después de
pasar de Aguada, al poblado de Horquita —en cuyos
alrededores se encontraban atrincherados los
invasores—, arribó la compañía de tanques que comandaba
el entonces capitán del Ejército Rebelde Joel Pardo
Guerra. Continuaron el avance hacia el central
Covadonga, pero en el entronque de El Helechal, entre
esa industria y Horquita, la artillería enemiga cañoneó
sorpresivamente a los tanquistas, y resultaron
averiados algunos equipos. No obstante, un fuego
cerrado fue la respuesta que recibieron los mercenarios
de los combatientes cubanos. El combate se mantuvo una
gran parte de la tarde.
“Estando en
El Helechal, mientras reabastecíamos de combustible y
artillería a nuestros blindados —señala Joel—, llegó el
Comandante en Jefe Fidel Castro, quien luego de recibir
la explicación de cuántos tanques estaban funcionando,
me orientó continuar y no parar hasta que las esteras
de nuestras máquinas estuvieran en las aguas de Playa
Girón. Y así se hizo ya avanzada la tarde de aquel
mismo día 19 de abril, fecha en que logramos derrotar a
los mercenarios“
El hoy
teniente coronel (r) Joel Pardo Guerra es secretario
general del núcleo del Partido en su zona de
residencia, en la circunscripción del Reparto Sierra
Maestra, Santiago de las Vegas. Es integrante de una
familia de hermanos que participaron en la guerra de
liberación en la Sierra Maestra hasta el triunfo de la
Revolución.
Cuando el
bombardeo a los aeropuertos cubanos por aviones
procedentes de los Estados Unidos, el 15 de abril de
1961, se encontraba en la Escuela de Tanques de Managua
aprendiendo a manejar y conocer esos medios blindados
llegados de la entonces Unión Soviética. De inmediato
les dieron la orden de prepararlos para entrar en
acción, y con un grupo de hombres inexpertos pero
llenos de amor a la Patria y de ganas de enfrentar al
enemigo, salieron a derrotar al invasor
“En Girón
nuestro pueblo hizo derroche de heroísmo y valentía,
pues muchas de las armas utilizadas estábamos
aprendiendo a usarlas, y el equipamiento militar
utilizado por el enemigo era más moderno y numeroso.
“No
obstante, el pueblo se enfrentó a los mercenarios y
supo vencerlos.
“Sin duda,
para mí en lo particular, Girón representa haber tenido
una participación directa, poner un granito de arena en
la primera derrota militar del imperialismo yanki en
América Latina“.
El sabor
de la lucha y la victoria
LOURDES
PÉREZ NAVARRO
lourdes.p@granma.cip.cu
“Cuando
Fidel dio la orden de combate estábamos en el Quinto
Distrito, en la capital, movilizados con armas y
municiones. Unidades de milicianos integradas por
trabajadores y estudiantes. La encomienda inmediata fue
presentarnos en el puesto de mando del central
Australia”.
Así
rememora el coronel (r) de las FAR Orlando Márquez
Rodríguez, quien por aquellos días de abril de 1961
estaba al frente de la Primera Compañía de Infantería
del Batallón 144. Apenas cinco meses antes se había
graduado en el Primer Curso de Oficiales de Milicias,
en la Escuela de Matanzas.
“No
teníamos en qué trasladarnos. Salimos a la calle y
parábamos lo primero que pasaba: camiones, rastras,
cualquier cosa. La gente se sumó enseguida, y muchos
que no pertenecían al Batallón llegaban a buscar armas
y a unírsenos.
“Llegamos a
Girón el día 17 y nos presentamos en el puesto de mando
del central Australia a recibir la misión: salir a la
carretera de Playa Larga a Playa Girón para cortar en
dos al enemigo. Nos dieron un guía para mostrarnos el
camino, pero se perdió. Seguimos andando hasta llegar a
un brazo de mar cerca de Pálpite, por donde se habían
dispersado los mercenarios.
“Nos
recibieron unos aviones con las insignias cubanas.
Confiamos en que eran nuestros, pero no fue así. Los
mercenarios habían utilizado nuestras insignias para
engañarnos. Los vimos hacer primero un bojeo; se
retiraron y luego volvieron. Ametrallaron y tiraron
bombas. Acabábamos de llegar, no habíamos bajado
siquiera el armamento. Una pareja de milicianos bajó y
armó una ametralladora; otro compañero y yo hicimos lo
mismo. Emplazamos, tiramos...no sé si les dimos, pero
no regresaron.
“Estábamos
en el centro y la artillería nuestra detrás, los obuses
nos pasaban por encima. Ninguno de nosotros conocía lo
que era una guerra. El impacto fue muy fuerte. Al rato,
el segundo al mando me preguntó: ¿No se ha visto la
cabeza? Tenía la boina verde perforada por un
proyectil. Ni cuenta me había dado. Pero había sido
solo una rozadura.
“Lo más
emocionante fue la victoria en menos de 72 horas. Los
mercenarios no esperaban que los fuéramos a recibir de
esa forma.”
Con sus
ocho décadas de vida —de las que dedicó más de 30 años
a las FAR y a cumplir misión internacionalista en
Mozambique—, Márquez Rodríguez mantiene vívidos
aquellos días. “Girón me marcó para toda la vida. El
sabor de la lucha y de la victoria no lo perderé
nunca.”
No hay
olvido
MARIANELA MARTÍN GONZÁLEZ
El hombre
de esta foto fue el jefe de la Cuarta Compañía de
Infantería del Batallón 180, uno de los que le hizo ver
a los mercenarios entrenados por el gobierno de
Washington que invadir a Cuba no era una simple
escaramuza, como pensaron.
Formó
parte de los comprometidos con el Movimiento
Revolucionario 26 de Julio. En la lucha clandestina
abrió el camino para sumar a la causa insurreccional a
no pocos compatriotas que sufrían la tiranía. Por eso
lo apresaron en 1956, luego de liderar una huelga del
sector textil en Santiago de las Vegas.
Cuarenta y
cinco años después de la victoria de Playa Girón, Luis
Gil Álvarez ratifica su voluntad de combatir si otros
mercenarios ultrajaran el suelo patrio. “Ahora hay más
conquistas que defender que en 1961”.
Fuimos por
razones muy consistentes, dice. “Sabíamos a quienes nos
enfrentábamos. Eran servidores del gobierno yanki, que
no quería una Cuba independiente, capaz de hacer
realidad los sueños del Programa del Moncada.
“La
presencia de Fidel fue otra de las grandes
motivaciones. El Comandante en Jefe estuvo en los
sitios más riesgosos dirigiendo, con su capacidad de
estratega militar, a los hombres que habíamos dejado
talleres y surcos para defender lo que sería
definitivamente nuestro.
“Solo
perdiendo la memoria podríamos olvidar toda la
violencia de aquellos días, el cinismo de aquellos
cobardes, que una vez apresados lloraban y repetían que
habían venido como cocineros, cuando la palabra justa
era carniceros”.
Gil evoca a
los combatientes de las “cuatro bocas”, víctimas de la
metralla mercenaria: “Eran muchachones que se perdieron
lo mejor de esta Revolución. Si no hubieran muerto
estarían como nosotros ratificando su vocación por
Cuba.
General de división Enrique Carreras Rolas
“Hacer
lo humanamente correcto”
MARTA
CARRERAS RIVERY
De
pequeños solemos ver como héroes a nuestros padres.
Cinco décadas después, el mío permanece entre los
grandes; y resulta que también lo es para muchas
personas que lo aprecian como una refe-rencia del
difícil heroísmo de todos los días que forma parte de
una concepción coherente de la vida, donde el
pensamiento y la práctica pasan por el corazón.
Por estos
días de abril los viejos fundadores de la Fuerza Aérea
Revolucionaria suelen llamar y visitar la casa del
general de división Enrique Carreras Rolas, para
recordar juntos anécdotas de aquellos años gloriosos de
la joven y agredida Revolución cubana, lugar común de
los sinmiedo que pudieron construir a 90 millas del
imperialismo yanki el faro de independencia que hoy
ilumina más allá de nuestro continente.
Para
algunos, la hazaña de Carreras en los cielos de Playa
Girón fue su bautismo de fuego y de fidelidad absoluta
a la Patria; para él fue solo parte de una secuencia
lógica de su espíritu, que había recibido ya su
evangelio patriótico hacía mucho tiempo atrás. Siendo
un simple teniente y piloto aviador, el 10 de marzo de
1952 lo sorprendió el golpe de Estado de Fulgencio
Batista, acudió presto al Alto Mando de la Fuerza Aérea
para defender la Constitución; pero su jefatura también
la había traicionado. El gesto sincero le valió, sin
embargo, un ascenso a Comandante para tratar de
acallarlo y meses después, ante su perceptible
disgusto, una larga temporada en el extranjero, en la
Universidad del Aire de los Estados Unidos, para
alejarlo y quizás transformarlo.
A su
regreso, a sabiendas de lo que podría ocasionarle,
Carreras se puso a conspirar contra el gobierno de
facto en sus mismas entrañas y, cuando el 5 de
septiembre de 1957 se produjo el alzamiento de
Cienfuegos, no vaciló en hacer uso de su autoridad como
Jefe del Escuadrón de Cazabombarderos para impedir la
masacre en esa ciudad y dio entonces la orden de
arrojar las bombas al mar. Ese día mi padre fue
apresado, pateado, montado en un carro con sendas
pistolas apuntándoles a sus sienes; y creyendo que era
su fin, con más resignación que miedo, no sintió ni
profirió ni una sola palabra de arrepentimiento, solo
arguyó: “¡Contra mi pueblo, jamás!”.
Pocas veces
me ha hablado de aquella amarga experiencia, donde el
dolor más grande —me confesó recientemente— no se lo
propinó ninguno de aquellos matones, sino el papel que
le mostraron con las firmas de varios de sus compañeros
retractándose de la acción y culpándolo como el único
responsable. Acusado de sedición, pendiendo sobre él
una petición de pena de muerte, torturado y aislado en
una celda, no solo tuvo la capacidad de entender y
perdonar a los que lo abandonaron porque no pudieron
resistir la maquinaria de humillación y martirio contra
ellos y sus familias, sino que en su soledad se aferró
aún más a sus principios, convencido de que había hecho
lo único que podía hacer: “Lo humanamente correcto”.
Por eso,
años después, Girón fue para mi padre el instante donde
las circunstancias lo hicieron trascender a la historia
contada y escrita, como puede pasarle a cualquier
persona que esté dispuesta a defender a su Patria. Y
siempre me quedo admirada por su capacidad de transitar
por el reconocimiento y la gloria, sin una pizca de
vanidad.
Los que
creyeron en él, los que lo siguieron en la para nada
académica idea de aprender en escasos meses a manejar
—que no a pilotar— aquellos aparatos vencidos, de
improvisadas piezas, mantenidos por inexpertas manos;
los que eligieron con pasión que la defensa de la
Patria estaba por encima de ellos mismos; los que no
fueron a morir aunque murieran, sino a luchar por la
vida de quienes ni siquiera conocían ni habían nacido
aún, escribieron esos días de abril de 1961 una
gloriosa página de la Historia de Cuba cuando se
remontaron al cielo de Girón y cumplieron la orden del
Comandante en Jefe de hundir los buques insignias de la
invasión, hecho que viabilizó la victoria final de todo
el pueblo.
La vida con
su fuerza probatoria se encargó después de darle a cada
cual su sitial. Silva Tablada y el nicaragüense Carlos
Ulloa, caídos en aquellos combates, viven eternamente
en la obra que defendieron; otros dos pilotos de
arrogancia insatisfecha, traicionaron para concluir sus
vidas en el desprecio y el olvido del pueblo que
abandonaron; en cambio, a Gustavo Bouzac se le sigue
recordando alegre y sencillo, y como laborioso amante
del campo cubano, el tiempo lo sembró y lo regresará
muchas veces repetido porque la valentía y la entrega a
la Patria hoy nos urge tanto como ayer; Alberto
Fernández no asistirá este jueves a su colectivo de
estudio en la Universidad del Adulto Mayor porque
pronunciará en el Museo de la Revolución unas breves
palabras por el aniversario 45 de la Victoria de Playa
Girón; y mi padre, el general Carreras, lo celebrará
modestamente conversando sobre aquella gesta en el
portal de su casa con sus hijos, nietos y bisnietos,
haciendo pausas para responder a los afectuosos saludos
de sus vecinos al pasar.
A sus 83
años, Carreras ha perdido la vista, pero no la visión
sobre lo que es mejor para el pueblo y para Cuba, ni
mucho menos el camino para lograrlo. Está convencido de
que la invulnerabilidad de la Revolución está enlazada
con la inteligencia, el conocimiento, la valentía y
sobre todo con la honestidad de cada persona que sea
capaz de defenderla, incluso en la intimidad de su
casa, con la misma pasión con que lo haría en una
tribuna, en un combate, o en una celda como desde sus
cumbres hoy lo hacen para todos los tiempos los Cinco
Héroes prisioneros del imperio.
Para mi
héroe no hay otra manera de vivir que siendo
revolucionario y eso significa luchar con el verbo y la
acción en todo momento para cambiar lo que está mal
hecho, sin más temor que el de perder la dignidad por
no hacerlo y sin esperar mayor estímulo que el que cada
cual sea capaz de darse: el de la íntima satisfacción
de hacer para nuestra sociedad lo humanamente correcto.
La
firmeza del pueblo
RENÉ
CASTAÑO
Edesio
Calaña Podio regresó a Playa Girón algunas décadas
después de la contienda en la que los mercenarios
fueron aplastados por la firmeza de un pueblo.
Volver al
lugar donde combatió al frente de la primera Compañía
de la Columna Uno José Martí, estimuló sus recuerdos.
Los
momentos compartidos junto al Comandante en Jefe Fidel
Castro, la añoranza por los caídos, el júbilo por la
victoria, los prisioneros en camiseta y con las manos
cruzadas sobre la cabeza; son algunos de los pasajes
que como ráfagas cruzan la memoria de este octogenario
combatiente, quien al triunfo revolucionario de 1959
bajó de la Sierra Maestra con grados de primer
teniente.
Cuarenta y
cinco años después de aquellos “difíciles y prolongados
combates”, como él califica los enfrentamientos de
Girón, expresa su satisfacción por haber participado en
la primera gran derrota del imperialismo yanki en
América.
Estuve en
varios combates en la Sierra Maestra, pero ninguno de
ellos es comparable al enfrentamiento en Girón,
expresa. “Aquello fue tremendo, se peleó con mucho
coraje a pesar de que el enemigo contaba con una
técnica más avanzada. Los compañeros de lucha no me
defraudaron”.
Cuando
Edesio regresó a Girón le fue difícil reconocer el
lugar. Las transformaciones realizadas por la
Revolución han borrado las imágenes de antaño. Para él,
este es uno de los frutos de esa gran epopeya
latinoamericana en la que participó.
Girón el primer capítulo de nuestra resistencia (VIII parte)
(Granma) 16-04-2006 |