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El
Gobierno de Estados Unidos empleó a fondo todas sus
tácticas de terrorismo de Estado para tratar de
aniquilar a la Revolución
Pero
la rápida y demoledora respuesta del pueblo cubano
causó al imperialismo su primera gran derrota
Despúes
de mediados de enero de 1961, el Grupo Especial del
Consejo de Seguridad Nacional celebra sus dos últimas
reuniones antes del cambio de poderes presidenciales,
la última de ellas al más alto nivel con los nuevos
secretarios de Estado y Defensa de la Administración
Kennedy, para reafirmar los conceptos básicos del
proyecto.
Kennedy
mantuvo la vinculación de la CIA y los principales
jefes del Pentágono en todo el proceso conspirativo
contra Cuba.
En su
informe, el Inspector General de la CIA dice: “El Grupo
Especial, sin embargo, no estaba de acuerdo con el plan
sustituto y expresó sus dudas acerca de que algo que no
fuera una invasión directa de las fuerzas armadas de
los Estados Unidos podría lograr el derrocamiento de
Castro. Pero parecía existir un acuerdo sobre el hecho
de que cualquiera que fuera la decisión final, sería
ventajoso para los Estados Unidos contar con algunos
refugiados cubanos entrenados para su uso eventual, y
que la CIA debía continuar preparándolos”.
La primera
reunión formal del Presidente Kennedy y sus asesores
militares y de seguridad sobre el tema cubano, tuvo
efecto el 28 de enero de 1961. En esta reunión hubo una
presentación, mayormente verbal, del estado de los
preparativos y el Presidente Kennedy aprobó su
continuación. El 5 de febrero se realizó una nueva
reunión y en ella la Junta de Jefes de las Fuerzas
Armadas dio su opinión escrita sobre el plan. En este
documento se decía que el éxito estaba condicionado por
un levantamiento interno de cierta importancia, o bien
por el apoyo desde el exterior. Es decir, por una
intervención directa de las fuerzas norteamericanas,
con auxilio de algunos contingentes simbólicos de otros
países latinoamericanos. Kennedy instruyó a Robert
McNamara, su Secretario de Defensa, velar
cuidadosamente por el aspecto militar del plan, y
ordenó a Dean Rusk, el Secretario de Estado, que
organizara el trabajo político necesario para aislar a
Cuba en el hemisferio, utilizando para ello a la OEA.
“La
realidad fue que Fidel resultó ser un enemigo mucho más
formidableÁ”, declararía después uno de los más íntimos
asesores de Kennedy.
En marzo de
1961, después de estudiado el último informe, se
consideró maduro el proyecto y se dictaron las órdenes
oportunas. Quince años más tarde este documento fue
publicado tras su desclasificación. Vale la pena
transcribirlo completo:
La Casa
Blanca, Washington, 11 de marzo de 1961
(MUY
SECRETO)
MEMORÁNDUM DE DISCUSIÓN SOBRE CUBA
El
presidente dio instrucciones de que se tomaran las
siguientes acciones:
Hacer
todas las gestiones para ayudar a los patriotas cubanos
a formar una organización nueva y políticamente fuerte,
y junto con esta gestión tratar de hacer la mayor
cantidad posible de propaganda para los nuevos líderes
políticos de esta organización, especialmente aquellos
que sean participantes de una campaña militar de
liberación.
Ejecutor: Agencia Central de Inteligencia.
El
gobierno de Estados Unidos debe tener listo un libro
blanco sobre Cuba y también debe estar listo para dar
una ayuda apropiada a los patriotas cubanos.
Ejecutor: Arthur Schlesinger, en cooperación con el
Departamento de Estado.
El
Departamento de Estado presentará recomendaciones con
respecto a la política de la Organización de Estados
Americanos, buscando una demanda de elecciones libres,
con oportunidades y protección adecuada para todos los
patriotas cubanos.
Ejecutor: Departamento de Estado.
El
Presidente espera autorizar el apoyo de Estados Unidos,
a un número apropiado de patriotas cubanos que se
regresen a su patria. Él considera que no se ha
presentado el mejor plan desde el punto de vista
combinado de consideraciones militares, políticas y
psicológicas, y que deben concretarse rápidamente
nuevas proposiciones.
Ejecutor: Agencia Central de Inteligencia con consulta
apropiada.
[Firmado] McGeorge Bundy [Asesor del Presidente para
Asuntos de Seguridad Nacional].
El primer
punto fue cumplido a medias, pues realmente lo que se
hizo fue ampliar el grupo ya formado con las cinco
organizaciones mencionadas con la entrada del
contrarrevolucionario Manuel Ray, un ingeniero que
había sido Ministro de Obras Públicas en los primeros
meses de la Revolución y tras su destitución a finales
de 1959 había desertado. El grupo ampliado pasó a
llamarse Consejo Revolucionario Cubano, y como
coordinador fue designado el doctor José Miró Cardona,
que no militaba en ninguna agrupación. La protesta
iniciada por Tony Varona, coordinador hasta ese momento
del Frente, fue acallada cuando se le informó que el
Presidente del futuro gobierno provisional no podría
aspirar en las elecciones que se organizarían después
del triunfo. Durante los días de la invasión, los
integrantes de este “gobierno” fueron mantenidos
incomunicados a la fuerza en territorio norteamericano,
mientras la CIA emitía en su nombre comunicado tras
comunicado.
El segundo
punto fue cumplido. Se intentó cumplir el tercero, pero
la firme solidaridad hacia Cuba de las masas
latinoamericanas hicieron vacilar a sus gobiernos, y la
actitud de México, secundado por Brasil y Ecuador,
impidieron su cumplimiento en la fecha adecuada. El
último punto no sólo estaba destinado a expresar
algunas de las dudas del Presidente, sino también a
obtener el máximo de sus subordinados y obligarlos a
encontrar soluciones alternativas.
Cuatro días
más tarde, la CIA presentó a Kennedy el nuevo lugar
seleccionado para el desembarco de la fuerza que
debería establecer la cabeza de playa inicial: la
franja costera que circundaba la bahía de Cochinos. Era
un lugar ideal, se le dijo, apartado, en una zona
carente de teléfonos ni telégrafos, pocos accesos
terrestres que podían ser controlados con relativa
facilidad y una pista para aviones en Playa Girón.
Según el informe, el teléfono más cercano estaba en el
central Covadonga, 30 kilómetros al nordeste. Pero
hasta en eso la Agencia se equivocaba, pues dentro de
la misma zona del desembarco, en el centro turístico de
Guamá, en la Laguna del Tesoro, había comunicación
telefónica.
Para todos
quedó claro que era razonablemente factible establecer
una cabeza de playa y luego apoyar la invasión desde el
exterior. Trinidad había quedado descartada. En todo
caso, la nueva zona escogida estaba relativamente
cercana a las montañas del Escambray, en caso de que
fuese necesario recabar el apoyo de las bandas
contrarrevolucionarias que operaban en ellas.
A
principios de abril, Kennedy recibió nuevas
informaciones sobre la gran simpatía y el apoyo
inmensamente mayoritario del pueblo a la Revolución, y
pudieron apreciarse de nuevo en él síntomas de
vacilaciones. Según narra Theodore Sorensen, asesor
especial del Presidente, en su biografía de Kennedy, el
nuevo mandatario norteamericano temía ver envuelta a la
mitad de su ejército de tierra en una lucha irregular
en Cuba mientras “los comunistas podrían tomar la
iniciativa en Berlín o en cualquier otro punto del
globo que les conviniera”.
Mientras
tanto, como se ha visto, en Cuba se incrementó la ola
de terror contrarrevolucionario durante esos primeros
meses de 1961. Entre los meses de enero y marzo las
fuerzas revolucionarias capturaron varios envíos de
armas y pertrechos que la CIA enviaba a sus bandas para
ser utilizados en apoyo de la invasión. También se
acrecentaban las infiltraciones de diferentes grupos
con las instrucciones para asegurar los preparativos.
En los
primeros días de abril, se fueron acrecentando las
agresiones y los actos terroristas de la CIA. En su
edición del 6 de abril, el diario The New York Times
publicó un artículo donde predecía grandes revueltas en
Cuba. Como se revelaría más adelante, la iniciativa del
periódico era una preparación propagandística de la
opinión pública para justificar la agresión que se
avecinaba. En esos días se produjeron algunos sabotajes
importantes para intentar destruir instalaciones
industriales o de servicios, escuelas y plantaciones
agrícolas. Como se recordará, la campaña culminó con el
espectacular incendio de la tienda por departamentos
más grande del país.
El 12 de
abril, el Presidente Kennedy declaró públicamente en
una conferencia de prensa: “Deseo decir que no habrá,
bajo condición alguna, una intervención en Cuba por las
fuerzas armadas de los Estados Unidos. Este Gobierno
hará todo lo que posiblemente pueda [...] para asegurar
que no haya norteamericanos implicados en alguna acción
dentro de Cuba”. Sin embargo, en ese momento los barcos
que transportaban a las fuerzas invasoras se movían ya
desde Puerto Cabezas, en Nicaragua, hacia la bahía de
Cochinos, escoltados directamente por la flota
norteamericana, que tenía la orden expresa de
defenderlos con sus aviones y cañones en caso de que
fuesen sorprendidos en alta mar. Por otra parte,
pilotos, hombres rana y asesores norteamericanos iban a
participar en las acciones en aire, mar y tierra.
Aviones de la Marina de Guerra norteamericana dieron
protección a la aviación del contingente mercenario.
Cinco pilotos norteamericanos atacaron a Cuba y cuatro
murieron en el empeño. Pero, sobre todo, los buques de
guerra permanecerían a la vista de la bahía de
Cochinos, dispuestos a intervenir con sus aviones, su
artillería y las tropas que transportaban en cuanto las
condiciones de la intervención militar directa fuesen
creadas de acuerdo con el plan.
El 14 de
abril, una agrupación de barcos en misión de la CIA, la
mayor parte de ellos buques de guerra de la Marina
norteamericana para que pareciese una expedición de
mayores proporciones, se acerca a las inmediaciones de
la ciudad de Baracoa, en el extremo oriental de la
Isla, para producir un desembarco de 160 hombres de una
fuerza elite, preparada especialmente en territorio
norteamericano, para que distrajera la atención de las
fuerzas revolucionarias, mientras el grueso de la
brigada invasora desembarcaba por el lugar
seleccionado, en la región central de la Isla. La
misión, frustrada por la cobardía de los jefes de la
expedición al apreciar las sólidas defensas
revolucionarias, era no solamente tomar la ciudad de
Baracoa, sino marchar hacia la base naval
norteamericana de Guantánamo y, simulando que eran
tropas cubanas, organizar una provocación atacando la
instalación y posibilitar así una respuesta militar
norteamericana que diera una motivación formal
adicional para intervenir en el conflicto creado por la
invasión mercenaria.
Al amanecer
del 15 de abril se desata la primera fase de la
invasión. Ocho bombarderos B-26 procedentes de su base
en Puerto Cabezas y disfrazados con las insignias de la
Fuerza Aérea Revolucionaria cubana, realizan un ataque
sorpresivo contra los aeropuertos de Ciudad Libertad,
San Antonio de los Baños y Santiago de Cuba. El artero
ataque dejó un saldo de siete muertos y 53 heridos.
Aunque sin
duda esta acción ponía sobre aviso a los cubanos de la
inminencia de la agresión militar directa, los dos
objetivos que perseguía eran tan cruciales que se había
decidido mantenerla en el plan de la operación general.
La doble intención era, por una parte, tratar de
destruir o inutilizar la mayor cantidad posible de los
pocos aviones de combate con que contaba Cuba en ese
momento, y, por la otra, crear mediante una
desinformación bien orquestada la impresión de que se
estaba produciendo una rebelión interna en la Isla, es
decir, lo mismo que había anunciado The New York Times
el día 6. Lo primero se consideraba vital para
garantizar a la hora de la invasión el dominio del aire
por la aviación mercenaria. Lo que no supieron ese día
los estrategas norteamericanos es que, gracias a las
medidas preventivas de dispersión de los aviones
tomadas por el mando revolucionario, este primer
objetivo no había sido logrado.
El segundo
propósito, a su vez, era importante para los fines
políticos de justificación de la invasión inicial y de
la intervención posterior. Para dar credibilidad a la
historia fabricada, la CIA había preparado una amplia
operación de propaganda que no sólo comprendía a los
medios de prensa, sino involucraba también a la misión
diplomática norteamericana en la ONU.
La misma
mañana del bombardeo, el Ministro de Relaciones
Exteriores de Cuba, Raúl Roa, denunció la criminal
acción en la Asamblea General de las Naciones Unidas y
en su Primera Comisión, y acusó al Gobierno de los
Estados Unidos de ser el responsable pleno del acto de
piratería aérea. Ante esta acusación directa, el
representante norteamericano, Adlai Stevenson, afirmó
que los aviones que realizaron el ataque y que
aterrizaron posteriormente en un aeropuerto de la
Florida, “estaban conducidos por pilotos de la Fuerza
Aérea cubana. [...] Ningún personal de los Estados
Unidos participó en esta acción, ni ningún avión de los
Estados Unidos tomó parte en ella”. Los aparatos,
agregó, “son de la fuerza aérea de Castro, y [...]
salieron de los propios aeropuertos de Castro”. En
realidad, en defensa de Stevenson, quien tenía rango de
miembro del gabinete ministerial de Kennedy, hay que
aclarar que eso era lo que le habían instruido decir y
que lo habían mantenido engañado sobre los planes de la
CIA. Nunca antes en la historia había sido tan
manifiesta la manipulación hasta de sus propios altos
funcionarios y el uso deliberado de la mentira por
parte de una gran potencia mundial.
Al día
siguiente, en el sepelio multitudinario de las víctimas
de la agresión, el Comandante en Jefe Fidel Castro
ratificó la acusación a los Estados Unidos, declaró la
orden de combate y proclamó el carácter socialista de
la Revolución Cubana. La batalla que estaba a punto de
comenzar sería librada por todo el pueblo en nombre de
su Revolución Socialista.
En la
madrugada del 17 de abril de 1961, el ejército de más
de 1 500 contrarrevolucionarios cubanos organizado,
entrenado, equipado y financiado por la CIA,
desembarca, según el plan previsto, por Playa Larga y
Playa Girón, en la bahía de Cochinos, con el propósito
de establecer una cabeza de playa y constituir un
gobierno provisional contrarrevolucionario que
solicitaría y obtendría de inmediato la intervención de
los Estados Unidos. Las fuerzas agresoras contaban con
gran cantidad de modernos armamentos, parque,
artillería, tanques y todos los demás medios necesarios
para una campaña rápida y exitosa.
Una simple
ojeada a la composición del contingente mercenario, que
había adoptado el nombre de Brigada 2506, mostraba sus
objetivos de restauración oligárquica: 194 ex militares
y esbirros de la tiranía batistiana, 100 latifundistas,
24 grandes propietarios, 67 casatenientes, 112 grandes
comerciantes, 35 magnates industriales, 179 personas de
posición acomodada, 112 elementos del lumpen social.
Muchos de los mercenarios eran hijos o familiares de
elementos acaudalados que habían perdido sus
propiedades y privilegios.
Al día
siguiente de entablada la lucha, el 18 de abril, fue
confirmada la participación activa norteamericana en el
ataque al ser derribado un avión, tripulado por Leo
Francis Berliss, ciudadano de los Estados Unidos y
piloto de la Guardia Nacional, cuando bombardeaba la
población civil y las fuerzas cubanas de infantería en
la zona del central Australia, a pocas millas de Playa
Larga. Ese mismo día fueron avistados aviones de
combate de la Fuerza Aérea norteamericana sobre la zona
de operaciones, al tiempo que unidades navales de los
Estados Unidos se acercaron a la costa, en cumplimiento
de órdenes expresas del Presidente Kennedy, para
participar en las operaciones de rescate de los
contrarrevolucionarios que ya sentían la inminencia de
la derrota por la presión insostenible de las fuerzas
del Ejército Rebelde y las Milicias Nacionales
Revolucionarias.
El mismo 17
de abril, en las Naciones Unidas, el Canciller cubano
denunció la agresión y acusó nuevamente a los Estados
Unidos. Otra vez Adlai Stevenson volvió a mentir:
“Estas acusaciones son completamente falsas y yo las
niego categóricamente. Los Estados Unidos no han
cometido agresión alguna contra Cuba, ni han comenzado
ofensiva alguna, ni desde la Florida ni desde ninguna
otra parte del país. [. . .] Lo que el doctor Roa busca
de nosotros hoy es la protección del régimen de Castro
contra la natural cólera del pueblo cubano”. Ese mismo
día, el Secretario de Estado norteamericano, Dean Rusk,
declaró que “no hay ni habrá intervención [en Cuba] por
las fuerzas de los Estados Unidos”.
El 18 de
abril, al segundo día de combate, el propio Presidente
Kennedy reafirmó que “los Estados Unidos no tienen la
intención de intervenir militarmente en Cuba”, y agregó
en un abierto desplante de cinismo: “Aunque se abstiene
de una intervención militar directa en Cuba, el pueblo
de los Estados Unidos no oculta su admiración por los
patriotas cubanos”.
Ya en ese
momento, los presuntos patriotas de Kennedy estaban en
camino de la derrota, que se consumaría el 19 de abril.
En aproximadamente 66 horas, el poderoso ejército de la
CIA se entregaba o huía derrotado. La rápida y
demoledora respuesta del pueblo cubano frustraba así
los planes tan cuidadosamente elaborados durante más de
un año e impedía la intervención militar directa de las
fuerzas armadas de los Estados Unidos. Era, como bien
dijo después Fidel, la primera gran derrota del
imperialismo norteamericano.
La invasión
mercenaria por Playa Girón costó al pueblo cubano la
vida de 176 de sus hijos. Cientos de combatientes
revolucionarios fueron heridos de mayor o menor
gravedad en las acciones, de los cuales 50 compatriotas
quedaron incapacitados para el resto de sus vidas.
Todavía el
20 de abril, en un discurso público, el Presidente
Kennedy pretendió seguir sosteniendo la mentirosa
fábula: “He insistido anteriormente que esta era una
lucha de patriotas cubanos contra un dictador cubano.
Aunque no se puede esperar que ocultemos nuestras
simpatías, aclaramos repetidamente que las fuerzas
armadas de este país no intervendrían en forma alguna”.
Sin embargo, apenas cuatro días después, ante la
incontrovertible evidencia de los hechos que fueron
conocidos y ante la creciente pugna de imputaciones
recíprocas entre la CIA y las demás agencias del
Gobierno norteamericano por la responsabilidad del
estruendoso y ridículo fracaso, la Casa Blanca emitió
una declaración en la que expresaba textualmente: “El
Presidente ha declarado desde el primer momento que,
como Presidente, asume la responsabilidad de los
acontecimientos de los últimos días. ”
Años más
tarde, Arthur Schlesinger, asesor del Presidente
Kennedy, reconocería: “La realidad fue que Fidel Castro
resultó ser un enemigo mucho más formidable y estar al
mando de un régimen mucho mejor organizado que lo que
nadie había supuesto...”
Girón el primer capítulo de nuestra resistencia (VII parte)
(Granma) 15-04-2006 |