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Dr.
MANUEL HEVIA FRASQUIERI y Dr. ANDRÉS ZALDÍVAR DIÉGUEZ
La
derrota de la invasión mercenaria en Playa Girón el 19
de abril de 1961 constituyó el capítulo final de una
conjura iniciada desde el 1ero. de enero de 1959 para
intentar destruir la triunfante Revolución cubana.
Aquella
conjura había nacido mucho antes del triunfo
revolucionario cuando el gobierno de Estados Unidos
creyó percibir en el pujante y heroico movimiento
popular liderado por el Movimiento 26 de Julio una
amenaza a sus intereses en Cuba e intentó, según
palabras del Director de la Agencia Central de
Inteligencia (CIA) Allen Dulles, “... prevenir la
victoria de Castro...”1
La
voladura de La Coubre fue uno de los crímenes más
alevosos de aquellos primeros años.
La CIA
desempeñó un papel protagónico en aquellos planes al
tratar de fortalecer en 1958 una denominada “tercera
fuerza” que se ubicara entre los batistianos y el
movimiento revolucionario y sirviera como fuerza de
choque de derecha contra este último. Paralelamente, a
través de su estación local en la embajada
estadounidense en La Habana asesoraba a los órganos
represivos batistianos, mientras la Casa Blanca
apuntalaba la brutal dictadura y a su ejército
criminal.
El
Departamento de Estado jamás condenó la represión o el
crimen contra el pueblo cubano. Los asesores
norteamericanos en las misiones militares o en el
tenebroso Buró para la Represión de las Actividades
Comunistas (BRAC) cerraron sus ojos ante la tortura y
la violación de los derechos humanos en Cuba.
La brutal
represión desatada por la dictadura, el cuantioso
armamento y los recursos millonarios provenientes del
norte, las tentativas por quebrar la unidad del
movimiento insurreccional, la traición de políticos
reformistas o los intentos por evitar la victoria
rebelde por medio de juntas militares pro-yanquis o
golpes de estado, fueron frustrados por las fuerzas
revolucionarias al mando del Comandante en Jefe Fidel
Castro Ruz.
El gobierno
de Estados Unidos, incapaz de aceptar la presencia de
un nuevo modelo de desarrollo independiente y
genuinamente revolucionario en Cuba, mantuvo su
hostilidad y confrontación política, económica y
diplomática contra la Revolución, abriendo sus puertas
a la pandilla de criminales, esbirros y malversadores
que escaparon a la justicia revolucionaria en enero de
1959 y fundaron su redil en Miami, cuna y germen de la
mafia terrorista anticubana.
El rasgo
característico de aquella política agresiva
norteamericana hacia Cuba generó las formas más
diversas de terror contra una pequeña nación situada
solo a noventa millas de sus costas, que incentivó el
secuestro y piratería de aeronaves, convirtiéndose
aquello en una nueva expresión de terrorismo en el
mundo y a la vez en un arma política contra Cuba.
La embajada
norteamericana en La Habana manejó desde un principio
los hilos de una campaña propagandística desatada desde
el extranjero contra la justicia revolucionaria que se
aplicaba a asesinos y torturadores, mientras que en
fecha tan temprana como el 14 de abril de 1959 instó a
su gobierno a desatar dentro del país una secreta
ofensiva para “combatir el comunismo” en las esferas
del primer gobierno revolucionario, en las fuerzas
armadas y en cualquier ámbito político, social o
religioso de nuestra sociedad, como pretexto para
sembrar la desunión, tratar de confundir o comprar a
sus dirigentes, influir para que la Revolución misma
fuese traicionada desde el poder y frustrar las ideas
más revolucionarias.2
Aquella
operación de acción política, utilizada por la CIA
contra otros gobiernos progresistas en el continente,
que aspiraba a fomentar un proceso de desestabilización
política interna en el país bajo la consigna del
anticomunismo, tuvo su expresión en la defección del ex
jefe de la fuerza aérea rebelde Pedro Luis Díaz Lanz y
su “oportuna” declaración como testigo el 10 de julio
de 1959 en la farsa injerencista escenificada en el
Sub-comité de Seguridad Interna del Senado
norteamericano que pretendía demonizar a Cuba como
exponente de la penetración del comunismo internacional
en este continente, y justificar así las futuras
acciones agresivas que la CIA proyectaba contra nuestro
país.
Como parte
de esta conjura, se insertaba el respaldo público del
presidente provisional Manuel Urrutia Lleó, el 13 de
julio de 1959, a las acusaciones contrarrevolucionarias
del traidor Díaz Lanz en el Senado norteamericano tres
días antes. Urrutia, planeaba además abandonar su cargo
posteriormente, para dar lugar a una crisis
institucional, visiblemente emparentada con los
intentos sediciosos del traidor Huber Matos, todo lo
cual culminó en el más rotundo fracaso por la oportuna
y decisiva acción de la dirección de la Revolución.
Lo anterior
no era ajeno tampoco a la conspiración que fraguaba la
CIA desde los primeros meses de 1959 consistente en un
plan de invasión de mercenarios que saldría desde Santo
Domingo con el apoyo del tirano Leónidas Trujillo, la
colaboración de la organización contrarrevolucionaria
“La Rosa Blanca” desde Miami y la participación de ex
militares batistianos en Cuba que fraguaban
simultáneamente una revuelta interna en algunas
dependencias armadas, conspiración que fue también
frustrada en el mes de agosto de 1959.
Estados
Unidos aplicó subrepticiamente una política de
terrorismo de Estado que instigó o toleró desde
territorio norteamericano entre octubre de 1959 y 1960
más de 50 bombardeos con explosivos y fósforo vivo
contra centrales azucareros, áreas urbanas pobladas y
plantaciones de caña, por parte de avionetas que salían
y regresaban impunemente a la Florida. También organizó
el crimen más alevoso de aquellos primeros años, a
manos de la CIA: la voladura del barco La Coubre en el
puerto de La Habana.
A solo unos
pocos meses del triunfo rebelde, Estados Unidos había
acudido también a la guerra económica, aun antes de
decretar el bloqueo en 1962, para intentar matar de
hambre a nuestro pueblo, mediante la suspensión
paulatina de la cuota azucarera, las presiones
dirigidas a la suspensión de créditos y el sabotaje
indiscriminado.
La CIA
propuso, en el último trimestre de 1959, un programa de
guerra sucia, que incluía el asesinato de nuestro
principal dirigente, lineamiento que fue excluido de la
letra del Programa de Acciones Encubiertas, convertido
en política oficial secreta por la administración
norteamericana el 17 de marzo de 1960. Aquella
recomendación no aparece posteriormente en ninguno de
los documentos desclasificados por Estados Unidos en
esa época, pero constituía sin dudas, como la práctica
lo demostró poco después, un elemento esencial dentro
del desarrollo de la operación subversiva que
concluiría un año más tarde en Playa Girón.
Los
funcionarios de la CIA involucrados en los planes de
asesinato contra Fidel, interrogados más tarde por un
comité selecto del Senado de Estados Unidos en 1975,
consideraban que en aquellos momentos “asesinar era un
modo de actuar permisible”. El ex director de la CIA
Richard Helms declaró a ese comité “que el creía que
una autorización explícita era innecesaria para el
asesinato de Castro a principios de los años 1960 (...)
Las acciones que estábamos tomando contra Cuba y contra
el gobierno de Fidel Castro en Cuba, eran lo que se nos
había pedido que hiciéramos (...) en otras palabras,
nos habían pedido eliminar a Castro y (...) no había
limitaciones en cuanto a los medios, y consideramos que
estábamos actuando bien dentro de la pauta que nosotros
entendíamos que estaba en juego en ese momento
específico (...)3
Aquel nuevo
programa de terrorismo de estado creó artificialmente
una contrarrevolución, seleccionó a sus principales
cabecillas y los instaló en Miami, convirtiéndola en el
frente político y cara visible de la proyectada
invasión, dirigida directamente por la CIA. Reclutó y
entrenó militarmente un ejército mercenario en bases
situadas en Centroamérica y la Florida. Desató una
furibunda campaña contra Cuba por todos los medios de
propaganda, incluida la denominada Radio Swan y
promocionó un feroz y criminal bandidismo en las zonas
montañosas, causantes del terror y la muerte entre
familias campesinas.
Desencadenó
dentro de Cuba, con el apoyo de grupos terroristas
internos controlados en su mayoría por las estaciones
de la CIA en La Habana y en Miami, una ofensiva
criminal de “tierra arrasada” mediante actos
terroristas en tiendas, fábricas, cines y plantaciones
agrícolas. Según documentos desclasificados, la agencia
introdujo ilegalmente al país, desde el 28 de
septiembre de 1960 hasta abril de 1961, 75 toneladas de
explosivos y armamentos mediante 30 misiones aéreas y
46,5 toneladas a través de infiltraciones marítimas por
las costas cubanas, para abastecer a grupos terroristas
urbanos y bandas de alzados en las montañas, la mayoría
de los cuales cayeron en manos de las fuerzas
revolucionarias. Según sus datos, provocaron en el país
unos 110 atentados dinamiteros, detonaron 200 bombas,
50 incendios de magnitud y 6 descarrilamientos de
trenes, entre otras acciones terroristas4. La CIA no
menciona las víctimas de aquellos actos de terror que
no respetaron la vida de niños, mujeres y ancianos
inocentes.
Nuestro
pueblo no tembló ante aquellos actos de barbarie. Creó
las Milicias Nacionales Revolucionarias y sus Comités
de Defensa de la Revolución y junto a las fuerzas
armadas y los incipientes órganos de seguridad
neutralizaron la quinta columna interna y se preparó
para enfrentar la invasión mercenaria. La obra
revolucionaria se multiplicó en aquellas jornadas de
lucha con nuevas conquistas económicas y sociales.
Los
servicios especiales norteamericanos desarrollaron
todas las variantes de guerra sucia para doblegar a
nuestro pueblo antes de Girón. Los sueños de eliminar a
nuestros principales dirigentes, lograr una oposición
contrarrevolucionaria unificada, consolidar una guerra
irregular en las montañas y una insurrección general
capaz de apoyar la invasión mercenaria se desplomaron
frente a la valentía de nuestro pueblo dirigido por
Fidel Castro Ruz, verdadero artífice y protagonista
excepcional de esta obra trascendental que es la
Revolución cubana.
La victoria
estaba a solo unos pasos. El primer Programa Cuba de
terrorismo de estado del gobierno de Estados Unidos
quedaría finalmente reducido a cenizas el 19 de abril
de 1961 en las arenas de Playa Girón.
1 Department of
State: Foreign Relations of United Status. Cuba
1958-1960. Volume VI. United States Govemment Printing
office, Washington, 1991.
2 Department of
State. Doc. 278, Despatch from the Embasy in Cuba to
the Department of State, pp 458-466.
3 Informe Provisional
del Comité Selecto del Senado de Estados Unidos para
estudiar operaciones gubernamentales relacionadas con
las actividades de inteligencia (20 de noviembre de
1975. pp R-6, Tomo II).
4 National Archives
and Records Administration (NARA). 5 de junio de 1998.
Memorando para antecedente. 5 de mayo de 1961. “Acción
paramilitar contra el gobierno de Castro en Cuba”
capítulo 5: Resultados del programa de resistencia
interna de septiembre de 1960 a abril de 1961” pp.11.
(Granma) 07-04-2006
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