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Queridos compatriotas:
Ayer
20 de octubre, al finalizar mi discurso en el acto de Santa Clara,
fui afectado por una caída accidental. Algunas agencias
cablegráficas y otros medios que transmiten noticias divulgaron
varias versiones sobre las causas del accidente. Como protagonista y
testigo afectado les puedo explicar con toda precisión las causas de
lo ocurrido.
Yo
había concluido mi discurso a los graduados como instructores de
arte alrededor de las 10 de la noche. Varios compañeros del Partido
y del Gobierno subieron a la tribuna para saludarnos. Entre ellos
estaba Elián, como es habitual en determinados actos. Estuvimos allí
varios minutos y de inmediato bajamos a reunirnos de nuevo, por la
misma pequeña escalerita de madera que usamos para acceder a la
tribuna, rápido por el pavimento de granito coloreado, y a sentarme
en la misma silla que me asignaron antes de que llegara mi turno en
la tribuna, y caminaba sobre el pavimento de granito a la vez que de
vez en cuando saludaba a los entusiastas instructores y a más de 25
mil vecinos de la provincia de Villa Clara invitados al acto.
Cuando
llegué al área de concreto, a unos 15 ó 20 metros de la primera
hilera de sillas, no me percaté de que había una acera relativamente
alta entre el pavimento y la multitud. Mi pie izquierdo pisó en el
vacío, por la diferencia de altura con relación al área donde
estaban situados los participantes en sus respectivas sillas. El
impulso y la ley de gravedad, descubierta hace tiempo por Newton,
hicieron que al dar el paso en falso me precipitara hacia adelante
hasta caer, en fracción de segundos, sobre el pavimento. Por puro
instinto, mis brazos se adelantaron para amortiguar el golpe; de lo
contrario, mi rostro y mi cabeza habrían chocado fuertemente contra
el piso.
No se
podía culpar a nadie. Era absolutamente mía la responsabilidad. Al
parecer, la emoción de ese día lleno de creaciones y simbolismos
explica mi descuido.
Lo
demás que ocurrió en los siguientes minutos es de sobra conocido. Mi
mayor dolor en ese instante era la idea del sufrimiento de aquella
masa de jóvenes graduados y de los villaclareños invitados a tan
bella y emocionante actividad.
Apenas
podía moverme. Y después de muchos obstáculos, en medio de aquella
consternación, pude ser introducido en la parte trasera del
automóvil en que viajaba y no en el jeep que solicité. No apareció
allí ni uno solo. Nos dirigimos hacia la casa que me había sido
asignada, para realizar una primera observación de los daños
ocasionados por la caída; al fin y al cabo, era poco lo que podía
hacerse allí.
Apareció una ambulancia, decidimos utilizarla para trasladarme a la
capital. Evidentemente, los dolores y los síntomas indicaban la
necesidad de análisis profundos y posibles intervenciones
quirúrgicas de modo inmediato. Tendido sobre una camilla me
trasladaron en la ambulancia hacia la capital.
No voy
a omitir que junto a varios médicos muy competentes y varios
compañeros, como Carlitos y otros, apretujados en aquella
ambulancia, a pesar de algunos baches, fue cómodo y agradable.
Algunos analgésicos habían sido suministrados, y en cierto modo
aliviaron al paciente de agudos dolores.
Nos
pusimos a trabajar en el camino. Llamamos a nuestra oficina y a
diversos compañeros para que suministraran información sobre las
reacciones internacionales, y comunicarles con precisión lo
ocurrido. Se dieron instrucciones, se movilizaron medios técnicos y
personal médico especializado, para disponer de las condiciones
requeridas para las distintas variantes de afectación que se
consideraban posibles.
Hasta
el Presidente Hugo Chávez llamó apenas recibir la noticia. Conversó
con Felipe y pidió comunicarse conmigo, lo que fue posible gracias a
las comunicaciones inalámbricas, y a pesar de las dificultades de
este tipo: son difíciles y se interrumpen con frecuencia por razones
técnicas.
Pude
conversar por la misma vía con los compañeros instructores reunidos
en Santa Clara. Les pedí encarecidamente que no suspendieran la
fiesta organizada después del acto. Utilizando un celular puesto
ante el micrófono donde estaban reunidos, les hablé directamente y
transmití el mensaje.
Salimos de Santa Clara alrededor de las once de la noche. Llegamos
hasta el Palacio de la Revolución. Cargado en camilla y al hombro de
varios compañeros, fui conducido de inmediato a la pequeña
instalación hospitalaria, con un mínimo de equipos necesarios para
atender casos de emergencia. De inmediato, exámenes clínicos,
radiografías, pruebas de sangre y otras investigaciones. Se pudo
precisar que las complicaciones más importantes estaban en la
rodilla izquierda y en la parte superior del brazo derecho, donde el
húmero presentaba una fisura. La rótula estaba fragmentada en ocho
pedazos. Yo podía observar cada una de las imágenes y los exámenes.
De común acuerdo, los especialistas y el paciente, decidimos
proceder a la inmediata operación de la rodilla, e inmovilizar el
brazo derecho con un sencillo cabestrillo.
El
proceso alrededor de la operación duró tres horas quince minutos.
Los ortopédicos se dedicaron a reunir y ubicar cada uno de los
fragmentos en los sitios que les correspondían a cada uno de ellos
y, como tejedores, proceder a unirlos sólidamente, cosiéndolos con
fino hilo de acero inoxidable unos y otros. Un trabajo de
orfebrería.
El
paciente les solicitó a los médicos no le aplicaran ningún sedante,
y utilizaron anestesia por vía raquídea. El anestésico por vía
raquídea adormece totalmente la parte inferior del cuerpo y mantiene
intacto el resto del organismo. Les explicó que dadas las
circunstancias actuales era necesario evitar la anestesia general
para estar en condiciones de atender numerosos asuntos importantes.
Por ello, durante las horas mencionadas que duró el proceso, mantuvo
el contacto con su jefe de despacho, también en las proximidades del
salón de operaciones y vestido con la ropa estéril de los cirujanos.
Así, todo el tiempo, continuó recibiendo informaciones y dando
instrucciones sobre el manejo de la situación creada con el
imprevisto accidente.
Finalizada la parte quirúrgica se procedió a enyesar la pierna
izquierda, a la vez que en ese mismo momento se procedía a
inmovilizar el brazo derecho.
Realmente, compatriotas, ha sido una experiencia inolvidable. Los
especialistas y el paciente analizaron y coordinaron perfectamente
bien lo que debía hacerse en las circunstancias concretas que está
viviendo el país y sin perder un solo minuto.
Desde
el mismo instante de la caída no he dejado de atender las tareas más
importantes que me corresponden, en coordinación con todos los demás
compañeros.
Deseaba transmitirles en la noche de hoy estas noticias. Evoluciono
bien y no dejaré de comunicarme con ustedes. Les expreso mis más
profundos agradecimientos por las pruebas de cariño y solidaridad
que he recibido de ustedes en estos instantes.
Cada
uno de los revolucionarios cubanos sabe lo que debe hacer en cada
instante. ¡Hagámoslo!
Les ruego me excusen por tan largo mensaje.

Fidel
Castro
Octubre 21 del 2004
7:35 p.m. |