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(Versiones Taquigráficas - Consejo de Estado)
Querido Pablito Guayasamín;
Queridos compañeras y compañeros de la Presidencia;
Amigos queridos;
Compañeras y compañeros:
Queridos amigos, desde los demás diversos confines
de la Tierra, han venido no solo a celebrar el
cumpleaños 80 de Fidel, sino también a dar un nuevo
testimonio de solidaridad y de cariño con la
Revolución Cubana, con el pueblo noble y generoso
que ha desafiado tempestades, bloqueos y agresiones
sin perder el optimismo, sin que le hayan podido
matar la esperanza y la alegría, y los recibe a
ustedes, en este momento peculiar de nuestra
historia en el que los cubanos, tranquilos, firmes,
esperanzados, acompañamos la convalecencia de Fidel,
hecho inédito en estas casi cinco décadas de bregar,
porque Fidel ha tenido, además, la suerte de una
salud de hierro, que probablemente es el resultado
de un cuerpo obligado por la idea a ni siquiera
tener derecho a enfermarse, y ha podido capear
enormes tensiones, con apenas algún que otro
eventual catarro o padecimiento menor. Por lo
tanto, estos meses han sido para nosotros una
experiencia nueva, y nuestro pueblo los ha
enfrentado con una madurez y una confianza en sí
mismo, que se inscribe ya también como un resultado
de las enseñanzas y el ejemplo de Fidel, y como una
página de aprendizaje para las actuales y futuras
generaciones de cubanos; nuestro pueblo, en esta
circunstancia peculiar, le da más valor a la
presencia de ustedes entre nosotros.
Sabemos el esfuerzo personal que cada uno ha hecho
para estar aquí, y créanme que hablando no como
Ministro del Gobierno Revolucionario, sino como hijo
de este pueblo, sentimos en la presencia de ustedes
aquí un deseo especial de alentarnos, de darnos
fuerza, además de venir a celebrar y a desear
mejoría y felicidad al compañero Fidel.
Cuando pensaba qué decir aquí en esta tarde tenía
dudas, porque la mayoría de los que están aquí han
estado probablemente en Cuba otras veces, son
cercanos al tema de las luchas de la Revolución
Cubana, de la acción solidaria que desde su triunfo
ha ejercitado y que desde antes de su triunfo había
proclamado. Muchos han dicho aquí las palabras que
yo no podría ni improvisar ni decir aunque lo
intentara. Muchos nos han hecho un nudo en la
garganta a los que estamos aquí y a los millones de
cubanos que por la televisión han podido seguir los
debates que han tenido lugar en estos paneles.
Por lo tanto, más que intentar un discurso hecho y
rehecho, y tratar de revisarlo intentando la
perfección, o arreglarle los mínimos detalles,
decidí que mejor era abrir en torrente los
sentimientos y decir lo que cualquier cubano, en
cualquier esquina de Cuba, podría decirles a ustedes
sobre lo que para nosotros es Fidel, la Revolución y
nuestra independencia, que, a fin de cuentas, todo
eso es lo mismo y está profundamente mezclado hoy y
para siempre.
De ahí que garabateé estas ideas, que no pretenden,
por supuesto, dictar cátedra ni dar por concluido
este tema, y que tienen la virtud solo de la
honestidad, el respeto y el cariño por ustedes, que
han venido a testimoniar en nuestra patria sus
simpatías con nuestra lucha, su firme creencia en
nuestra capacidad de defender ahora y en el futuro,
y de hacer trascender más allá de nuestras vidas,
las ideas por las que hemos luchado.
Por eso identifiqué 14 ó 15 ideas que considero que,
siendo cualidades personales de Fidel, han terminado
siendo cualidades de la Revolución Cubana e incluso
del pueblo cubano, porque un aporte indiscutible del
bregar y el magisterio de Fidel en estos casi 50
años es que algunas de sus cualidades, de sus
concepciones y de sus ideas han terminado siendo
parte de una nueva nación, que es la Cuba que tomó
la herencia, por supuesto, que tiene de los siglos
anteriores, pero que está marcada por los últimos 50
años, en que una profunda, genuina y autóctona
revolución social se llevó a cabo y se defendió
victoriosa en esta pequeña isla.
La primera cualidad que considero que Fidel
aportó a la Revolución y que es hoy centro y brújula
de la acción de nuestro pueblo es su concepto de la
unidad, el aporte de Fidel a la unidad; la
unidad como condición básica para la defensa y la
sobrevivencia de una revolución e incluso para el
triunfo de una idea. No puede triunfar una idea,
por justa que fuere, si no se unen los que creen en
ella para sumar y defender juntos la idea.
La Revolución Cubana se salvó, se ha salvado y se ha
mantenido victoriosa porque supo construir y
defender la unidad, y solo podrá permanecer y
salvarse en el futuro si conserva la unidad.
Otras revoluciones se perdieron precisamente porque
faltó la unidad; porque en el momento culminante en
que surgen, como es natural en procesos de tal
intensidad y de tanta hondura, divergencias, puntos
de vista distintos, pueden hacer que se fracture la
unidad, o que no fragüe en el momento y la hora en
que era necesario y pueden dar al traste con una
revolución.
La unidad en Cuba es especialmente el aporte del
carácter y las ideas de Fidel. No es una unidad
lograda a base de la imposición de los criterios de
un hombre o de un grupo, sobre otros hombres y otros
grupos.
En esta sala hay sentados algunos de los
protagonistas que podrían, con más autoridad que yo,
dar fe de cómo surgió en Cuba la unidad de las
fuerzas revolucionarias, la construcción de un solo
Partido, y cómo este no es el resultado de la
persecución de los que tenían la opinión distinta, o
de la imposición, o del negociado de las cuotas de
poder o participación, sino el resultado de un
proceso que está íntimamente ligado a la
personalidad y al aporte de Fidel.
Eso que surgió al calor de la Revolución es hoy
cualidad de los revolucionarios cubanos y el pueblo
cubano, y dondequiera que haya uno de nosotros
estará propugnando siempre la unidad. Surgen, como
es lógico, entre nosotros, a veces, disensiones
—broncas les llaman en Cuba—, pero siempre todos
bajo la idea definitiva y clave de que la unidad es
precondición para el triunfo y la victoria. Ese es
un aporte de Fidel. Eso no fue así en Cuba antes de
Fidel.
Anteriores guerras y jornadas de lucha por los
derechos del pueblo cubano a la independencia, a la
soberanía se frustraron por la falta de unidad. La
primera gran guerra de los cubanos por su
independencia del poder colonial español, que duró
10 años de cruenta lucha, entre 1868 y 1878, se
frustró por la falta de unidad, y había en ella
líderes y hombres con no menos compromisos y no
menos cualidades que Fidel; sin embargo, aquella
guerra heroica no terminó en el triunfo, en
particular, por la falta de unidad, y muchas otras
veces eso ocurrió en la historia de la Revolución
Cubana hasta el momento en que Fidel convirtió, en
tarea esencial, desde su modestia, desde su
capacidad de escuchar a los otros, desde su
capacidad de convencer, persuadir y no imponer o
dictar la construcción de la unidad.
Cómo sería para que un hombre como el Che Guevara
decidiera aquella noche en la casa de María Antonia,
en México, sumar su vida a aquella epopeya después
de conocer a Fidel, solo en la primera conversación,
un hombre de la agudeza del Che, del nivel, de la
capacidad, la honestidad y la pureza del Che, cómo
pudo aquella noche, en la primera conversación
decidir seguir a aquellos hombres que proponían la
idea que parecía imposible de venir en un pequeño
barco a Cuba a desarrollar una lucha guerrillera y
derrotar a un ejército apoyado por Estados Unidos
que tenía nada más y nada menos que 80 000 hombres,
1 000 por cada uno de aquellos expedicionarios que
se lanzaron al Granma...
No sé si a ustedes les ha pasado, si alguna vez han
intentado pararse frente al yate Granma y
contar a ver cómo es posible que 82 hombres, más las
armas y el parque quepan en aquel pequeño barco
diseñado para 12 ó 15 pasajeros. Dicen que cuando
el barco sale de las tranquilas aguas del río, en la
noche oscura, a las 2:00 de la mañana, el Che
preguntó: “¿Pero, bueno, cuándo llegamos al barco
en que iremos hacia Cuba?” (Risas.) Creía que el
Granma era el barquito en el que llegarían al
barco más grande. Eran secretos los preparativos,
lógicamente, era muy compartimentado todo, y el Che
y seguro que otros lo pensaron aunque no
preguntaron, creía que habría un barco más grande
para viajar a Cuba.
Hoy es un día en que se cumplen 50 años de aquel
navegar. Un día como hoy faltaban todavía dos días
para llegar a Cuba.
La unidad es la primera idea que anoté entre mis
garabatos; la segunda, la ética.
La ética. Aquí se dijo —creo que fue
Gilberto López y Rivas—, que Fidel y la Revolución
Cubana habían convertido la ética en razón de
Estado. La ética tiene raíces en el pensamiento de
Martí, pero es la práctica de Fidel a lo largo de 50
años lo que convierte la ética en una cualidad
imprescindible de la Revolución Cubana. Con la
práctica de Fidel y la concepción de la ética como
componente esencial de la actuación política y
revolucionaria, no se asume la idea de que el fin
justifica los medios. Para Fidel, el fin no
justifica los medios. No se puede lograr el
objetivo o la victoria a cualquier precio. Es por
eso que no se ha torturado nunca en Cuba a un
prisionero, aun cuando su conocimiento valioso, la
información que podía dar, hubiera podido evitar
otros crímenes, hubiera podido evitar un nuevo
ataque terrorista
Los viejos combatientes cuentan esa prédica de Fidel
a los luchadores cubanos, a los combatientes de la
Seguridad, muchas veces los fundadores eran
campesinos que recién se alfabetizaban. Nadie
recuerda nunca la idea de que se permitiera, se
estimulara, se tolerara la idea de la tortura o del
asesinato como método de lucha, y por eso la
Revolución Cubana hizo el centro de su actuación la
derrota del ejército enemigo y de sus tropas
invasoras, y no acudió a otras tácticas de lucha, ni
“al ojo por ojo y diente por diente”.
La ética hizo a los revolucionarios cubanos, pese a
la propaganda adversa y tendenciosa, hacerse querer,
y respetaron siempre la idea de que no se les podía
confiscar a los campesinos lo que tuvieran, y el
pequeño ejército guerrillero, hambriento y descalzo,
pagaba a los campesinos la gallina o el poco de
arroz y frijoles que pedían para su sustento.
La idea de que se pierde la autoridad moral si falta
la ética en la actuación, es un aporte indiscutible
de Fidel a la Revolución, y en momentos de
enfrentamientos muy duros, porque hay que recordar
que más de 3 500 cubanos cayeron víctimas de actos
terroristas y que en Cuba hay más de 2 000 cubanos
con limitaciones físicas debido a bombas, a actos
terroristas, a bombardeos contra poblaciones civiles
de la aviación o de buques en las costas, la ética
presidió siempre la actuación de la Revolución.
Eso es Fidel, y por eso la Revolución se defendió,
pero dentro de unos límites en los que no cupo nunca
la idea de imitar los métodos del enemigo o de que,
como ya dije, el fin justifique los medios. Ese es
un aporte de Fidel, los cubanos lo saben bien.
Se le pueden llevar a Fidel propuestas de cómo
actuar, pero se sabe de antemano que si se le
propone salirse un milímetro de lo que constituye la
ética, los principios, las ideas en las que la
Revolución cree, se obtendrá, cuando menos, una
negativa, y casi siempre un huracán de ideas.
La tercera, el desprendimiento. El
desprendimiento de Fidel por las cosas materiales,
por los homenajes, por las vanidades de los que
todos —dicen— llevamos algo dentro, en Fidel alcanza
categoría de cualidad esencial. No es solo su
conducta personal, casi espartana; no es solo su
total ausencia de vanidad. Dicen que pudo ser un
excelente abogado, brillante estudiante; dicen sus
primeros compañeros de bufete —acabados de graduar
de la Facultad de Derecho, fundaron con él un bufete
otros dos compañeros de estudio— que rápidamente
propusieron a Fidel dejar el bufete y dedicarse a
otra cosa, porque los contrataba un rico dueño de un
terreno para hacer un pleito para desalojar a unos
pobres que estaban en las tierras, y Fidel terminaba
defendiendo a los pobres y el bufete perdía el
contrato (Risas).
Pero ese desprendimiento de Fidel termino siendo
cualidad esencial de la Revolución Cubana. Aquí se
han dado hoy testimonios: la idea de la solidaridad
entregada como deber y no como arma de influencia
política. Por eso uno y otro testimoniante dijeron
aquí: “Cuba ayudó sin pedir nada a cambio.”
Muchas veces en el mundo se ayudó, pero a cambio se
pidieron favores o la toma de determinadas
decisiones. Nadie puede decir nunca, no hay un solo
ejemplo, que la Revolución Cubana pidió algo a
cambio. Ejerció generosa y puramente la
solidaridad; entregó no lo que le sobraba, sino
compartió lo que tenía sin pedir nunca nada a
cambio, y yo creo que eso explica la presencia de
ustedes y de muchos como ustedes que quizás no han
podido estar aquí.
Nos podemos equivocar como todo ser humano, nuestra
obra no es perfecta; podemos errar y de hecho lo
hacemos, pero no nos hemos equivocado nunca, pienso,
en el ejercicio de la solidaridad como deber, y
nunca como instrumento del interés. Esa es una
cualidad que alcanza hoy al pueblo cubano, al que se
le reconoce por los visitantes. Fue, quizás,
cualidad en sectores de nuestra población, algunas
de esas cualidades estaban en la idiosincrasia del
cubano; pero en la Revolución la idea de compartir
se hizo masiva. Por eso, en Cuba se hizo un festival
de estudiantes y de jóvenes, en un momento de crisis
muy dura del período especial, alojando a los
visitantes en las casas. Por eso todo el mundo
reconoce como cualidad del pueblo y de la Revolución
la idea del compartir.
Tenemos otros defectos, pero no el de la falta de
desprendimiento, y por eso hemos defendido como
pueblo la idea de que vale más la dignidad y la
independencia que las cosas materiales; por eso no
hemos pactado ni hemos negociado nuestro derecho a
ser libres rindiéndonos para que nos levanten el
bloqueo, y por eso hemos sabido decir que no, y yo
creo que eso es esencialmente el resultado de un
magisterio y un aporte de Fidel.
En cuarto lugar, la coherencia. No es solo
que si usted lee lo que Fidel dijo en el año 1961
sobre un tema encontrará, con admiración y sorpresa,
que son ideas que volvió a repetir
muchas veces —no todas, porque hay cosas que
cambian,
lógicamente—, sino que cuando hablo de la
coherencia, hablo, por ejemplo, de que nunca un
diplomático cubano ha tenido que defender en una
tribuna una causa en la que no cree, un principio
con el que no esté de acuerdo. Nunca un diplomático
cubano ha tenido que pasar la dura y amarga
experiencia que nosotros vemos a diario en otros
diplomáticos, de tener que decirle a alguien:
“Perdóname, yo no estoy de acuerdo con eso que me
mandaron a decir; mi gobierno me mandó a decir eso,
pero yo personalmente no estoy de acuerdo”, nunca
hemos sido puestos en esa situación. Y digo un
diplomático, puedo decir cualquier representante de
nuestra Revolución, de nuestro pueblo.
La idea de que la Revolución ha tenido una
coherencia en los principios y de que nunca nos ha
puesto en la disyuntiva de si defender un principio
en el que creemos o responder a una razón de
Estado. La coherencia ha sido también razón de
Estado en Cuba y los principios por encima de los
intereses han sido también razón de Estado en la
Revolución Cubana. Eso es obra de Fidel.
El ejemplo personal es la quinta de mis
anotaciones.
Fidel entronizó en Cuba la idea de que no se le
puede pedir a la gente lo que uno no está dispuesto
a hacer antes. Quizás uno no lo hace, pero los que
lo siguen tienen que saber que uno está o estuvo
dispuesto a hacerlo. Por eso Fidel, desde que
recibió al primer ciclón en Cuba, después del
triunfo, en el lugar probable por donde el ciclón
llegaría —y lo hizo así durante 45 años y el pueblo
lo vio allí, en el medio del huracán, dirigiendo,
arriesgándose con los que estaban ahí—, desde ese
momento lo convirtió en práctica para los cubanos.
No hay un dirigente cubano que no esté cortado con
esa tijera, que no entienda la idea de que el
ejemplo personal es esencial y es deber, y que los
jefes han de ir delante; que los jefes solo tienen
derecho a más sacrificio, y que el único privilegio
que puede dar un cargo o una militancia en Cuba,
porque militar en nuestro Partido es resultado de un
proceso que incluye también el que los compañeros,
la masa de los que no son militantes, consideren que
ese aspirante tiene ejemplaridad y autoridad
suficientes, por eso no es masivo nuestro Partido;
la idea de que militar en el Partido de la
vanguardia o tener una responsabilidad da solo
derecho a más sacrificios y más restricciones, es un
legado de Fidel. Por eso no hubo en Cuba combate,
huracán, trabajo que requiriera sacrificio y
esfuerzo, en el que Fidel no estuviera.
Bueno, las misiones internacionalistas; por razones
obvias Fidel no podía salir. No tuvo el privilegio
que tenía el Che, era un compromiso con él desde
aquella conversación de México de que un día no se
le reclamarían esas razones. La misión
internacionalista de Fidel fue convertir a Cuba,
como se dijo aquí, no en una isla perdida en el mar,
sino en tierra firme para todos los que lucharon por
la justicia y la dignidad en cualquier parte del
mundo.
El ejemplo personal, la autoridad que emana de ir
delante, de dar el ejemplo, de guiar con la
actuación propia es un aporte de Fidel; la idea de
que uno no se puede quedar atrás y lanzar a los
otros porque después no habría cómo mirarles a los
ojos.
Recuerdo cuando Fidel dijo: “Yo veo a los hombres
de mi escolta que se preparan para si un día hay un
nuevo atentado contra mí; se preparan para evacuarme
a mí, sacarme del lugar, y ellos quedarse allí
combatiendo. Yo los dejo, no les digo nada, pero
ellos no saben que el día que eso pase, a mí hay que
matarme allí junto con ellos, porque después, ¿con
qué cara yo podría venir a mirarlos si los dejo
combatiendo por mí en el lugar?” (Aplausos.)
Esa cualidad llevada a todos los actos de la vida ha
sido una de las razones esenciales de la autoridad
de Fidel en Cuba y explicación del cariño del pueblo
por él. El pueblo sabe, el pueblo sabe más de
cuatro cosas y no puede ser engañado; y al cubano,
que conoce el sacrificio, pero conoce también —y es
un elemento de su nacionalidad— el disfrute del
placer, que es alegre, es expansivo, le gusta la
fiesta, le gusta la alegría y la disfruta, y está
dispuesto a renunciar a ella, y lo ha hecho más de
una vez, pero al cubano no le gusta que lo engañen,
o que lo manden delante y se queden detrás.
Para guiar a este pueblo hay que encabezarlo, y
encabezarlo quiere decir ir en la punta de la
vanguardia (Aplausos). Ese es un legado de Fidel,
es el resultado del magisterio de Fidel, porque no
es que cuatro o cinco lo hagan como él, eso ha
alcanzado la masividad, se ha convertido en fenómeno
de masas, y vale tanto para una fábrica como para
una empresa agrícola o un ministerio del gobierno.
Los jefes tienen que ir delante, los jefes dan el
ejemplo, guían el camino con su conducta personal.
El Che, ministro del gobierno del que Fidel era
Primer Ministro, es paradigma.
En sexto lugar, la verdad. La verdad es el
arma; la verdad, condición para ser respetado.
Recuerdo cuando se le propuso no decir una parte de
la verdad. Él no estuvo de acuerdo, se le
insistió: “Pero, bueno, no decir toda la verdad no
es decir mentira.” Fidel dijo: “Bueno, cuando no
se dice toda la verdad, eso es una media verdad, y
estamos hablando de decir la verdad”, y por eso
nunca el enemigo ha podido hacer con nosotros lo que
tantas veces nosotros hemos hecho, que es decir:
“Mire, miente; aquí está la prueba de que usted
miente.” Nunca la Revolución ha tenido la debilidad
de tener que reconocer una mentira. Esa es práctica
y enseñanza de Fidel.
En séptimo lugar —escribí aquí en mis
desordenados garabatos— la sensibilidad. Fidel
trasladó esa cualidad personal a las políticas y a
la actuación de la Revolución.
Recuerdo que cuando siendo su joven e inexperto
ayudante secretario, en el año 1992 ó 1993, yo,
abrumado por el hecho de que era la media noche, y
había no menos de 30 visitantes que querían reunirse
con Fidel, y yo veía que eso no era posible, y
después de una reunión larga y agotadora, Fidel no
había comido en todo el día, de una en otras
reuniones; estábamos en pleno período especial, eran
muy duros los años: los apagones, la falta de
electricidad, de alimentos, de medicamentos, el país
puesto ante el reto de enfrentar una situación
inédita y repentina que cortó el 85% de nuestro
comercio exterior, lo que nos hizo tener que buscar
nuevos mercados, todo eso bajo la presión de un
bloqueo que se hizo más duro en aquellos años, Fidel
no paraba, era el día entero... Así cumplió sus 70
años en el año 1996, aquí con Guayasamín, que le
hizo aquel retrato de las manos, y Fidel le protestó
durante el retrato: “¡Pero, Oswaldo, esas manos que
me estás pintando están muy flacas y muy pálidas!”
Y Guayasamín le decía: “¿Pero es que no entiendes,
Fidel? Estas no son manos, ¿no te das cuenta?, son
palomas, son puras, nunca han robado ni se han
manchado de sangre” (Aplausos).
En esos años duros era uno de esos días, y yo le
dije: “Mire, tiene estos visitantes, le propongo
ver a este mañana, a este otro..., y ahora le
propongo que vaya a descansar. Solo quedaría sin
resolverse este señor, Trudeau, que se va mañana, a
primera hora” —el exprimer ministro canadiense,
había venido a Cuba, lo unió siempre una amistad con
Fidel—, y dice Fidel: “Pero, ¡cómo! ¿Está aquí
Trudeau y tú no me lo has dicho? Y se va mañana,
¡tengo que verlo!” Digo: “Pero, bueno, es que son
muchos; además, usted no ha comido hoy en todo el
día.” Dice Fidel: “No, hay que verlo.” Digo:
“Pero, bueno, mire, además, él no es ya Primer
Ministro”, dije yo. Aprendí ese día para siempre la
lección (Risas); pero ese día dije: “Si en
definitiva él es un exprimer ministro. Si él fuera
el Primer Ministro... pero él fue, ya no es...” Y
Fidel dio media vuelta y a dos milímetros de mi cara
me dijo: “Nunca más me propongas eso; no me
interesan los cargos, sino los hombres. Es más, me
interesan más los hombres cuando no están en los
cargos” (Aplausos).
Esa sensibilidad no es la cualidad de un hombre o de
unos pocos hombres o mujeres, me refiero a cómo eso
caló profundamente junto con la obra social de la
Revolución.
Esa sensibilidad fue la que hizo a Fidel entrar al
cuarto donde Ana Fidelia Quirot, la corredora
destacada, la campeona cubana de atletismo, se
debatía entre la vida y la muerte y llevó a Fidel a
ocuparse con pasión de salvarle la vida a Ana
Fidelia. Esa sensibilidad personal, esa capacidad
de sentir por los otros, de sentir como propio el
dolor o la angustia de otros es una cualidad que
Fidel convirtió en patrimonio de millones en Cuba.
En octavo lugar —no sé si demoro y abuso de
ustedes, no están organizadas estas ideas y me da
pena (Aplausos)—, la modestia y la ausencia total de
vanidades. Por eso Fidel usa en lo esencial el
mismo uniforme, muchas veces raído. Por eso no hay
una condecoración en el pecho de Fidel, por eso
nunca ha tenido una condecoración, y solo su
autoridad personal hizo que compañeros con muchos
méritos en Cuba aceptaran recibirla; por ejemplo,
Raúl y Almeida aceptaron solo la estrella de Héroes
de la República de Cuba que llevan hoy en sus
pechos, porque Fidel impuso su argumento y su
persuasión, porque no la querían recibir, decían:
“Si Fidel no la ha recibido”, y Fidel los
convenció. Bueno, se sabe que el que se deje tirar
el brazo de Fidel por el hombro y oiga sus
argumentos, con mucha probabilidad será convencido
(Risas).
Fidel ha hecho de esa modestia, de esa ausencia
total de vanidad una aspiración para nosotros.
A Tomás Borge, que está sentado aquí y que dijo en
la mañana palabras que nos emocionaron a todos,
Fidel le recordó la frase de Martí: “Toda la gloria
del mundo cabe en un grano de maíz.” Esa ha sido su
brújula, esa ha sido la frase siempre lista para ser
citada de memoria por Fidel, no como consigna vacía,
sino como práctica permanente en su vida. Por eso
su grado es el que tenía en la Sierra, grado de
Comandante; por eso el pueblo le dice Fidel, y es
cuando él se siente más cómodo, cuando le dicen
Fidel, no cuando le citan los cargos.
Por eso Fidel se ha enfrascado en una discusión
profunda sobre un tema de medio ambiente con el
chofer de un automóvil, o con el camarero de un
hotel a donde ha ido, tomándolo totalmente en serio.
Por eso Fidel nunca ha dicho: “No, esta persona no
está a mi nivel para discutir conmigo”; Fidel está
ausente de todo eso. Por eso Fidel nunca ha creído
en ningún protocolo y por eso el protocolo que se
usa en Cuba más o menos es el que acomoda a esta
sensibilidad. Hoy está más organizado, pero, bueno,
Fidel nunca ha aceptado la idea de que no se puede
ir a ver a un visitante, por razones protocolares,
por eso se apareció la noche antes en que el
visitante iba a ser recibido oficialmente y por eso
esa cualidad de tener una ausencia total de
vanidades. La modestia como conducta diaria, que
millones de cubanos aspiramos a imitar y tomamos
como modelo hoy, es un aporte de Fidel también a las
cualidades de nuestra Revolución, diría que de
nuestra nación.
En noveno lugar escribí: “El deber de un
político revolucionario es aprender”, por lo
tanto, en Fidel la curiosidad infinita, las cien y
mil preguntas de un tema hasta saber los detalles;
el afán de leer que llevó a que siempre haya un
libro a mano en su auto con una pequeña lamparita.
El afán de leer, de estudiar; no es solo afición por
los libros o por un tema, sino deber de
revolucionario y de político.
En Fidel aprender, saber, leer, estudiar, es deber y
no solo afición o hobby, y por eso dondequiera que
él esté hay libros, pero en la oficina usted puede
abrir los libros que dicen: “Teoría del pasto y el
forraje para el ganado”, porque era pueblo en el
gobierno intentando mejorar la ganadería, producir,
multiplicar los panes y los peces. Usted toma
cualquiera de esos libros y tiene las anotaciones de
Fidel: “Ojo, revisar; debo ver esto con Fulano;
preguntar en la universidad el resultado del
estudio.” Así ve: Teoría del pastoreo, André
Voisin; Mejoramiento de suelos;
Indicadores principales de la industria mecánica.
Cualquier tema de la biología, la química está ahí,
no como afición para tiempo libre, sino como escalón
de aprendizaje para un revolucionario que considera
aprender y saber, un deber y no una afición.
En décimo lugar escribí: “El rigor personal”, la
aspiración a la perfección no como asunto de vanidad
personal, sino de deber con sus responsabilidades.
Por eso en lo que esté involucrado Fidel, él tratará
de que eso sea lo mejor. Muchas veces lo que él
hizo no se sabe; muchas veces me han felicitado por
un discurso, la mitad del cual o las dos terceras
partes las escribió Fidel; claro, no lo puedo decir
ahí donde lo digo, porque sería un problema, pero...
(Aplausos).
Muchos de nosotros hemos sido testigos de esa
aspiración de Fidel, muchas veces anónima, no ligada
a la vanidad ni mucho menos, y que no es ni será
reconocida, porque no se sabe.
Su aspiración a que las cosas queden bien; ese
rigor, ejemplar para nosotros, de hacerlo bien,
porque es el compromiso con el pueblo, porque es la
manera de ayudar a la causa que estamos defendiendo,
porque es lo que nos toca hacer como revolucionarios
o como cuadros en la Revolución.
En onceno lugar: “La derrota no es tal hasta que
no es aceptada”, mientras que no se acepte se está
en plena lucha para revertir la derrota y es solo
episodio temporal que podrá ser convertido en
victoria. Esa es una cualidad —en Cuba dicen:
“A Fidel no le gusta perder ni a las postalitas”—,
la idea de que no se acepta la derrota, y yo creo
que eso es cualidad hoy, más allá de Fidel, de los
revolucionarios cubanos, de nuestro pueblo. Por ahí
se dice: “Ustedes los cubanos son como son”, y por
eso los atletas y por eso nuestro pueblo, y la idea
de que se puede hacer más, de que no se acepta la
derrota.
García Márquez escribe en su prólogo al libro de
Gianni Miná, al que veo allí en el público, que la
idea de Fidel de no aceptar la derrota es lo mismo
si es para ensartar una aguja que para librar una
batalla en Angola a 10 000 kilómetros, y lo
intentará una y otra vez hasta que logre hacerlo.
Ese no es el ejemplo que él cita, pero es algo así
como eso. Eso ya es una cualidad de la Revolución.
Si no hubiéramos creído en que la victoria es
posible mientras se luche por ella y se crea en
ella, quizás no estaríamos aquí, no habríamos
resistido casi 50 años de bloqueo, agresiones, actos
terroristas; la agresión de la potencia imperial más
poderosa que ha existido en la historia.
A la pregunta de cómo pudo resistir el pequeño país
cuando se quedó solo —porque durante 30 años hubo el
apoyo de la Unión Soviética, pero después, en los
últimos 15 años, solos nosotros aquí; muchas veces
los amigos creían que no era posible que pudiéramos
enfrentar la adversidad que vino ante nosotros—,
habrá que responder: Porque Fidel convirtió en
patrimonio de millones en Cuba la idea de que la
derrota no es tal hasta que no se acepta, de que
siempre existe la posibilidad de revertir una
derrota temporal. Por eso el Granma no
terminó en derrota final, fue solo derrota temporal,
como antes lo había sido el Moncada. Y siempre fue
el volver a empezar, el empezar de cero otra vez, y
por eso estamos aquí.
Número doce, escribí: “La aspiración a la
justicia para todos”. Hay quienes aspiran a la
justicia solo para sí mismos, luchan quizás por ser
ricos o por alcanzar una determinada meta personal;
hay quienes piensan en la justicia para su familia o
para su entorno más cercano, digo la justicia
entendida como el logro de las metas. Hay quienes
la han aspirado incluso para su pueblo, para su
nación; pero para Fidel la idea de luchar por la
justicia no tiene fronteras y por eso ha luchado por
ella no solo para los cubanos, que ya era bastante:
el sentido de dedicar su vida a la lucha por la
justicia de un pueblo, sino la ha convertido en
causa universal.
Por eso cuando en Cuba había 6 000 médicos y 3 000
se fueron, estimulados, pagados por el gobierno de
Estados Unidos que trató de que no quedara ninguno,
quedaron 3 000 médicos en Cuba en el año 1959 —eran
6 millones los cubanos—, ayer se recordaron aquí las
palabras de Fidel: “Formaremos muchos médicos.”
Hoy tenemos 25 médicos por cada uno de aquellos que
se fueron, y Fidel dijo: “Formaremos, porque los
necesitaremos en Cuba y en el resto del mundo.” Si
esa idea de aspiración universal a la justicia no
hubiera estado presente, Cuba no tendría hoy casi 30
000 colaboradores de la salud, de los cuales 21 000
son médicos, trabajando en 69 países.
Por eso esa aspiración a la justicia para todos, más
allá de nuestra tierra, de nuestra nación, de
nuestra condición de Estado, hace que los
científicos cubanos trabajen arduamente, y Fidel ha
estimulado todos esos proyectos personalmente, por
una vacuna contra la malaria, que es una enfermedad
que no existe en Cuba.
Las transnacionales no gastan dinero en
investigación para eso, porque dan más dinero los
productos cosméticos o las pastillas para bajar de
peso, que las vacunas contra la malaria, porque esas
son medicinas de pueblos pobres y, por lo tanto, no
están destinadas a tener un gran mercado. Los
científicos cubanos han trabajado por vacunas para
curar enfermedades que no existen en Cuba, y
trabajan hoy bajo la idea de que la aspiración a la
justicia es a la justicia para todos, y creo que eso
es una enseñanza y un aporte también de Fidel.
Número 13, escribí aquí, “la fuerza de las
ideas”. La convicción personal, que es martiana
también, de que una idea justa, desde el fondo de
una cueva, puede más que un ejército. Por eso
nuestra batalla se llama batalla de ideas, el
terreno clave donde librar la lucha.
En el número 14 escribí otra cualidad de Fidel
que se ha trasladado, digamos, como patrimonio de
nuestro pueblo, “la idea de que nunca ha dejado de
sentirse un ser humano”. A Fidel, ni el
reconocimiento, ni el apoyo, ni el mito en que
terminó siendo convertido, en particular, por el
acoso enemigo; ni su autoridad inmensa, emanada de
su ejemplo; ni su experiencia, ni su conocimiento
superior a los que le rodean, nunca lo hizo, ni lo
ha hecho, dejar de sentirse un ser humano capaz de
ponerse en el lugar del otro, de imaginar lo que el
otro está pensando o sintiendo, de compartir y
comprender el dolor, la duda, el temor de los otros.
Recuerdo bien también el día en que yo, abrumado por
un error que cometí —yo había cometido un error, no
me había dado cuenta— al tramitar una indicación de
Fidel, me había equivocado, y Fidel me vio tan
abrumado, y de pronto empezó: “¿Quieres que te diga
una cosa, ahora que lo veo bien? Al final creo que
ha sido muy positivo esto que ha pasado, y esto que
tú has hecho me parece que va a terminar
ayudándonos.” Mi depresión aumentaba, porque veía
que él trataba de convencerme de una cosa distinta a
lo que era evidente para mí. Ahí no estaba actuando
el Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, ahí
no estaba actuando el Presidente del Consejo de
Estado de nuestro país, ahí no estaba actuando
siquiera el luchador curtido, que sabe que un error
en un pequeño detalle puede dar al traste con un
gran proyecto; ahí estaba actuando el ser humano que
comprendía que yo quería que me tragara la tierra,
pero la tierra no me acaba de tragar como yo quería,
y yo me moría de la vergüenza y ya no podía arreglar
aquello que había pasado, y Fidel se empeñó —muchas
veces lo he visto también con otros compañeros— en
demostrarme a mí que mi error, a fin de cuentas, iba
a ser muy positivo para el resultado final del
trabajo. Ese es el Fidel ser humano, que aun cuando
él se propone la perfección para sí y se flagela si
no la obtiene, sin embargo es capaz de no exigírsela
a un grado de injusticia a los otros, y es capaz de
comprender que el otro puede equivocarse y Fidel
tiene una frase de aliento para él. Y eso es su
magisterio, porque en Cuba el que no haga eso, que
los cubanos en millones han visto hacer a Fidel, es
un “pesado”, un atorrante, los cubanos no lo
aceptan, porque eso es cualidad ya hoy, derecho,
digamos, que reclama el pueblo en la conducta de los
demás.
Por último, escribí el número 15, “la ausencia
total de odio hacia cualquier persona”. El Che
había dicho que una revolución es una profunda obra
de amor. Fidel solo tiene odio para la injusticia,
odio profundo hacia la injusticia, hacia el hambre,
hacia la discriminación racial, pero no hacia las
personas, aun si han sido o son sus enemigos. No ha
actuado nunca la Revolución Cubana llevada por
sentimientos de odio, como no sea odio a la
injusticia, pero no hacia los que han provocado,
digamos, o son responsables de la injusticia. La
Revolución cubana, por eso, no se basa en odios, ni
siquiera para los traidores. Hay que ver a Fidel
respondiéndole a Ramonet —que lo veo también ahí en
el público—, cuando Ramonet le pregunta por
traidores. No destila odio, no hay una palabra de
odio en más de 700 páginas de respuestas de Fidel a
Ramonet. Y así es en el libro de Gianni Miná y así
es en el de Tomás Borge. Le pregunta por traidores,
le pregunta por hombres que atentaron contra su
vida, y Fidel apenas dice una frase. No es en eso
donde se concentra, no hace la gran descripción de
ese que mereció el castigo.
Por eso viven muchos de los terroristas que hicieron
sufrir y todavía hoy son responsables del
sufrimiento de miles de familias cubanas. Porque la
Revolución ha sido muy fuerte; y podía ir, guiada
por el odio, a perseguir a hombres que cometieron
asesinatos muy graves y actos de terrorismo contra
nuestro país, y la Revolución no lo ha hecho, no lo
hizo. Esa es una herencia del pensamiento de Fidel,
la idea de que no hay que intentar ajusticiar a los
instrumentos, pues al final pueden surgir otros,
sino que hay que derrotar al imperialismo, que es el
que los creó y los apoyó. Y, por eso, asesinos,
torturadores que escaparon de Cuba en la alborada
del Primero de Enero, la Revolución no los
persiguió, e incluso no los ajustició cuando
regresaron como invasores a nuestra patria. Algunos
están vivos y lo pueden testimoniar. Hay ausencia
total de odio en Fidel.
Se le pregunta a Fidel por los presidentes de
Estados Unidos, se le pregunta por Kennedy, por su
hermano Robert. Kennedy fue el Presidente de la
época de la Operación Mangosta, de los planes —no
fue el único, porque eso duró décadas, no ha
terminado hasta hoy—; usted no ve odio en Fidel.
Recuerdo el día en que la hermana de John y de
Robert, Eunice, pidió a Fidel que diera un
testimonio, porque se cumplían 30 años de la Crisis
de Octubre. Fidel tenía mucho trabajo, no quería, y
ella le dijo: “Se lo vengo a pedir en nombre de
nuestra familia, Presidente, que, sabiendo la manera
en que nuestros hermanos lo adversaron a usted, y no
estando de acuerdo con algunas cosas de las que
ellos hicieron, respetamos en usted su ausencia
total de odio, y el hecho de que usted nunca ha
tenido hacia nuestros hermanos, que le dieron
motivos para ello, sentimientos de odio.” Fidel
terminó accediendo y dio una entrevista que es uno
de los testimonios más completos sobre la Crisis de
Octubre y sus antecedentes.
Fidel ha sembrado esas cualidades en nosotros, eso
no es patrimonio sólo de la conducta de Fidel. Los
revolucionarios cubanos no actúan llevados por el
odio, aun cuando fueron más de 350 000 cubanos a
luchar en el sur de África —aquí se habló de eso—, a
enfrentar a las tropas poderosas del apartheid, que
tenían incluso varias armas nucleares. Dos mil
cubanos cayeron allí. Nuestros combatientes
enfrentaron allí un ejército poderoso. Quince años
duró aquella guerra que se selló con la integridad
territorial de Angola preservada y la independencia
de Namibia. No existiría hoy Angola y hubiera
demorado mucho más la derrota del apartheid, si las
tropas cubanas no hubieran enfrentado allí, en el
sur de África, a miles de kilómetros de nuestra
patria, que tiene más mérito todavía cuando eso se
hizo en un momento en que ya se derrumbaba la Unión
Soviética, se desintegraba el campo socialista,
solos.
Piero Gleijeses habló aquí y escribió un libro
revelador sobre esos temas, y cuando esa guerra
terminó y regresaron nuestros combatientes, y se
cumplió lo que había dicho Amílcar Cabral: que los
cubanos regresarían de África llevándose solo los
huesos de sus muertos, porque no somos allí dueños
de minas, ni de pozos petroleros, ni de tierras, ni
de bosques, porque no fuimos allí buscando
diamantes, petróleo, fuimos luchando por una idea de
justicia, cualidad y herencia de Fidel a nuestro
pueblo, se puede decir que no hubo ni un solo
momento de odio, ni nuestras tropas actuaron, sino
con un gran altruismo. Así había sido en la Sierra
Maestra, donde se curaba primero a los heridos del
ejército enemigo. Así fue en Girón, así fue
siempre, y así fue en Angola.
Esa ausencia total de odio, como no sea odio a la
injusticia, al imperialismo, a la exclusión, como
fenómenos, es una cualidad también de Fidel. Por
eso, esa ausencia total de rencor. Usted le pregunta
y él no dice una frase de odio al que traicionó, al
que agredió. Yo creo que ese es otro legado de
Fidel.
No he querido —ya lo dije— que esto se vea como un
ensayo, ni una pieza académica o rigurosa. Si tiene
una virtud, es su honestidad total.
Yo no diría estas palabras aquí si no fuera por
creer, como cualquier otro cubano lo haría,
profundamente en ellas, porque Fidel también nos ha
enseñado el rechazo total a todo lo que sea
vanidades, adulonerías. No hay nada que moleste más
a Fidel que un adulón. Y si tienen otra cualidad
estas palabras, es un profundo cariño que es, diría,
el sentimiento mayor que nuestro pueblo siente por
Fidel, en el que ve al padre, hermano mayor, familia
propia, más allá de sus responsabilidades y de sus
méritos.
Los enemigos de la Revolución Cubana, que es decir
los enemigos de la justicia, de la verdad, de la
dignidad, los enemigos cuentan los minutos esperando
y deseando la muerte de Fidel, sin comprender que
Fidel ya no es solo Fidel, que Fidel es su pueblo y
que Fidel es, a fin de cuentas, todo hombre y mujer
que en el mundo esté dispuesto a luchar y luche
porque un mundo mejor sea posible.
Los enemigos sueñan y se equivocan con la idea de
que la ausencia de Fidel puede significar la
ausencia de sus ideas, y que las convicciones y los
principios que Fidel ha sembrado a nivel masivo en
su pueblo y en el mundo pueden desaparecer; Fidel,
que aspira a que de él solo queden las ideas y que,
convaleciendo, recuperándose y regresando al combate
propinará a esos enemigos asentados en el odio y la
mediocridad una nueva derrota.
Gracias a todos por venir (Aplausos prolongados y
exclamaciones de: “¡Viva Cuba, viva la
Revolución!”).
Gracias por habernos permitido celebrar de esta
manera el cumpleaños de Fidel. A los cubanos solos,
Fidel no nos lo hubiera permitido.
Gracias a la Fundación Guayasamín, a Pablito, al
resto de sus familiares, a Cachito Vera.
Gracias a la Fundación que, como lo había hecho
antes, logró imponerle a Fidel la celebración de su
cumpleaños y convencerlo de que su cumpleaños no era
solo su cumpleaños, sino una oportunidad para dar
otra vez, en el terreno de las ideas, una batalla a
favor de la justicia y la solidaridad.
Si ustedes no estuvieran aquí, nuestra celebración
habría tenido que ser íntima y modesta, y Fidel no
la habría permitido; pero un deber de
caballerosidad, de simpatía y agradecimiento con los
que vienen, le ha impedido a él oponerse a esta
celebración nacida del —nosotros lo sabemos bien—
más puro cariño y solidaridad con nuestro pueblo y
con Fidel.
Les damos las gracias a ustedes y les prometemos que
nosotros seguiremos luchando por las ideas y los
sueños a los que Fidel ha dedicado su vida. Que lo
haremos con él otra vez al frente de nuestro pueblo;
pero que cuando él y los hombres de su generación no
estén, nosotros tenemos la convicción de que nuestro
pueblo habrá hecho para siempre ya suyas esas ideas
y esos principios.
Ese es nuestro regalo mayor a Fidel: defender y
combatir cada día de nuestra existencia por esas
ideas.
Muchas gracias.
(Ovación.)
(Minrex) 03-12-2006 |