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En
el desenlace de la crisis de Iraq se decide hoy el futuro de las Naciones
Unidas
Excelencias:
En el
siglo pasado tuvimos dos terribles guerras mundiales. Murieron en ellas más de
80 millones de seres humanos.
Pareció
después que, aprendida la lección, la Organización de Naciones Unidas nacía para
que nunca más se produjera una guerra. En la Carta, aprobada en San Francisco
hará pronto 60 años, se proclamaba el propósito de
"preservar a las generaciones venideras del
flagelo de la guerra". Sin embargo, sufrimos después guerras de
agresión y conquista, guerras coloniales, guerras fronterizas y guerras étnicas.
A muchos pueblos no les quedó otra alternativa que la guerra para defender sus
derechos. Más aún, en los últimos 13 años el flagelo de la guerra ha cobrado
otros seis millones de vidas.
Seis
decenios atrás, el orden mundial proclamado en la Carta de Naciones Unidas se
sustentó en el equilibrio militar de dos superpotencias. Nació un mundo bipolar,
que generó enfrentamientos, divisiones, la Guerra Fría y casi una guerra nuclear
devastadora.
No era
el mundo ideal, ni mucho menos. Pero, desaparecida una de aquellas
superpotencias, el mundo actual es peor y más
peligroso.
Ahora ya
el orden mundial no puede cimentarse en las "esferas de influencia" de dos superpoderes
similares, o en la "disuasión
recíproca".
¿En qué
debería basarse entonces? En el reconocimiento honesto y generoso de la única
superpotencia de que, lejos de perturbar, debe contribuir a la construcción de
un mundo pacífico y con derecho a la justicia y el desarrollo para
todos.
¿Contribuye
la guerra en Iraq a ese objetivo? No. Su resultado es exactamente contrario al
ideal de preservar la paz, fortalecer el papel de Naciones Unidas y afianzar el
multilateralismo y la cooperación internacional. Desafortunadamente, lo cierto
es que los que más capacidad tienen para prevenir y eliminar amenazas a la paz,
son los que hoy provocan la guerra.
¿Debe el
gobierno de Estados Unidos reconocer esa verdad que casi todos en esta sala
comparten? Sí.
¿Qué
habría de humillante o lesivo al prestigio de esta gran nación? Nada. El mundo
reconocería que se produciría una rectificación beneficiosa para todos, tras
desatar una guerra que sólo unos pocos apoyaron —por cortedad de miras o
mezquindad de intereses—, tras haberse comprobado que no eran ciertos los
pretextos que se esgrimieron, y tras observar la reacción de un pueblo que, como
hará siempre todo pueblo invadido y ocupado, comienza a luchar y luchará por el
respeto a su derecho a la libre determinación.
Por lo
tanto, ¿debe cesar la ocupación de Iraq? Sí, y cuanto antes. Es fuente de nuevos
y más graves problemas, no de su solución.
¿Debe
dejarse a los iraquíes establecer libremente su propio gobierno, sus
instituciones y decidir sobre sus recursos naturales? Sí. Es su derecho, y no
dejarán de combatir por él.
¿Debe
presionarse al Consejo de Seguridad para que adopte decisiones que lo
debilitarían todavía más, ética y moralmente? No. Ello liquidaría la última
posibilidad de reformarlo profundamente, ampliarlo y
democratizarlo.
En el
desenlace de la crisis internacional creada por la guerra en Iraq se decide hoy
el futuro de las Naciones Unidas.
El más
grave de los peligros que hoy nos acechan es que persista un mundo donde impere
la ley de la selva, el poderío de los más fuertes, los privilegios y el derroche
para unos pocos países, y los peligros de agresión, el subdesarrollo y la
desesperanza para la gran mayoría.
¿Se
impondrá una dictadura mundial sobre nuestros pueblos o se preservarán las
Naciones Unidas y el multilateralismo? Esa es la
cuestión.
Todos
coincidimos, creo, en que el papel de Naciones Unidas es hoy irrelevante o, al
menos, va en camino de serlo. Pero unos lo decimos con preocupación y queremos
fortalecer la Organización. Otros lo dicen con secreta satisfacción y alientan
la esperanza de imponerle al mundo sus designios.
Debemos
decirlo con franqueza. ¿Qué papel juega hoy la Asamblea General? Casi ninguno,
es la verdad. Es apenas un foro de debate sin influencia real ni papel práctico
alguno.
¿Se
rigen las relaciones internacionales por los propósitos y principios consagrados
en la Carta? No. ¿Por qué ahora, cuando la filosofía, las artes y las ciencias
alcanzan niveles sin precedentes, se proclama otra vez la superioridad de unos
pueblos sobre otros, se llama a otros pueblos, a los que debiera tratarse como
hermanos, "oscuros rincones del
planeta", o "periferia
euroatlántica de la OTAN"?
¿Por qué
algunos de entre nosotros se sienten con derecho a lanzar unilateralmente una
guerra si en la Carta de Naciones Unidas proclamamos que no se usaría la fuerza
armada "sino en servicio del interés
común" y que para preservar la paz se tomarían "medidas colectivas"?
¿Por qué ya no se habla de emplear medios pacíficos para la solución de
controversias?
¿Podemos
creer que todos fomentan la amistad entre nuestras naciones basadas "en el respeto al principio de la igualdad de derechos
y al de la libre determinación de los pueblos"? ¿Y por qué entonces
mi pueblo ha debido sufrir y sufre todavía más de cuatro décadas de agresiones y
bloqueo económico?
Al
aprobarse la Carta se estableció el principio de la igualdad soberana de los
Estados. ¿Acaso somos iguales y disfrutamos similares derechos todos los Estados
miembros? Según la Carta, sí; pero según la cruda realidad,
no.
El
respeto al principio de la igualdad soberana de los Estados, que debería ser
piedra angular de las relaciones internacionales contemporáneas, sólo podrá
establecerse si los países más poderosos aceptan en los hechos prácticos
respetar los derechos de los otros, aunque estos no tengan la fuerza militar y
el poderío económico para defenderlos. ¿Están listos los países más poderosos y
desarrollados a respetar los derechos de los demás, aunque ello lesione,
siquiera mínimamente, sus privilegios? Me temo que
no.
¿Están o
no vigentes los principios del no uso ni amenaza del uso de la fuerza, la no
injerencia en los asuntos internos de los Estados, el arreglo pacífico de
controversias, el respeto a la integridad territorial y la independencia de los
Estados? Según la letra y el espíritu de la Carta, sí. Pero, ¿acaso lo están
según la realidad?
Un grupo
pequeño de países desarrollados se ha beneficiado en las últimas décadas de esta
situación, es verdad. Pero se está acabando ese tiempo. Comienzan a ser víctimas
también de las políticas imperiales de una superpotencia. ¿No deberían
considerar, con modestia y sentido común, la necesidad de trabajar con los más
de 130 países del Tercer Mundo que han debido sufrir este orden injusto y están
listos para intentar persuadir al más poderoso para que deje a un lado la
arrogancia y cumpla con sus deberes como fundador de las Naciones
Unidas?
Cuba
considera, Señor Presidente, que no debemos ni podemos renunciar al
multilateralismo; que no debemos ni podemos renunciar a las Naciones Unidas; que
no podemos ni debemos renunciar a la lucha por un mundo de paz, justicia,
equidad y desarrollo para todos.
Por
ello, a juicio de Cuba, debemos alcanzar tres objetivos
inmediatos.
En
primer lugar, el
cese de la ocupación de Iraq, el traspaso inmediato del control real a Naciones
Unidas, y el comienzo del proceso de recuperación de la soberanía de Iraq y el
establecimiento de un gobierno legítimo, fruto de la decisión del pueblo iraquí.
Debe cesar de inmediato el reparto escandaloso de las riquezas de
Iraq.
Esto
será beneficioso para Estados Unidos, cuyos jóvenes mueren allí mientras libran
una guerra injusta y sin gloria; será beneficioso para Iraq, cuyo pueblo podrá
comenzar una nueva etapa de su historia; será beneficioso para Naciones Unidas,
que ha sido víctima también de esta guerra; y será beneficioso para todos
nuestros países, que han debido sufrir la recesión económica internacional y la
creciente inseguridad que nos amenaza a todos.
En
segundo lugar,
debemos enfrentar sin más dilación una reforma real, y sobre todo, un profundo
proceso de democratización de las Naciones Unidas.
La
situación es ya insostenible. Lo prueba la vergonzosa incapacidad del Consejo de
Seguridad para impedir la guerra en Iraq primero, y después para siquiera exigir
al gobierno de Israel que no expulse o asesine al líder del pueblo palestino
que, según decidió el propio Consejo hace más de cinco décadas, debió tener hace
ya mucho tiempo un Estado independiente.
Que el
gobierno de Estados Unidos haya empleado en 26 ocasiones el derecho de veto para
proteger los crímenes de Israel, es la prueba de que hay que abolir ese injusto
privilegio.
Una
reforma que retorne a las raíces de la fundación de las Naciones Unidas, que
garantice el respeto efectivo a la Carta. Que restablezca los mecanismos de
seguridad colectiva y el imperio del Derecho
Internacional.
Una
reforma que garantice la capacidad de las Naciones Unidas para preservar la paz,
para liderar la lucha por el desarme general y completo, incluido el desarme
nuclear, al que han aspirado muchas generaciones.
Una
reforma que devuelva a Naciones Unidas sus prerrogativas para luchar por el
desarrollo económico y social y los derechos elementales —como el derecho a la
vida y a la alimentación— para todos los habitantes del planeta. Ello es más
necesario ahora, cuando el neoliberalismo ha fracasado estruendosamente y se
abre una oportunidad de fundar un nuevo sistema de relaciones económicas
internacionales.
Necesitamos
rescatar el papel de Naciones Unidas, y que todos los Estados, pequeños y
grandes, respeten su Carta; pero no necesitamos que la reforma naufrague, sin
penas ni glorias, en un proceso burocrático de adaptación de lo que queda de
Naciones Unidas a los intereses y caprichos de unos pocos países ricos y
poderosos.
Por
último,
necesitamos retornar a la discusión de los graves problemas económicos y
sociales que hoy afectan al mundo. Convertir en prioridad la batalla por el
derecho al desarrollo para casi 5 000 millones de
personas.
La
Cumbre del Milenio nos comprometió a trabajar por metas modestísimas e
insuficientes. Pero ya todo se olvidó y ni siquiera discutimos sobre ello. Este
año morirán 17 millones de niños menores de 5 años, no víctimas del terrorismo,
sino de la desnutrición y de enfermedades
prevenibles.
¿Se
discutirá alguna vez en esta sala, Excelencias, con realismo y espíritu de
solidaridad sobre cómo disminuir a la mitad para el 2015 —según la Declaración
del Milenio— el número de personas que sufren pobreza extrema —que son más de 1
200 millones—, y el de los que padecen de hambre —que son más de 800
millones?
¿Se
discutirá sobre los casi 900 millones de adultos
analfabetos?
¿O la
Declaración del Milenio será también letra muerta, como lo han sido el Protocolo
de Kyoto y las decisiones de una decena de Cumbres de Jefes de
Estado?
Los
países desarrollados ofrecerán este año a los países del Tercer Mundo, como
Ayuda Oficial al Desarrollo, unos 53 mil millones de dólares. A cambio, les
cobrarán por concepto de intereses de la deuda externa más de 350 mil millones
de dólares. Y al final del año, nuestra deuda externa habrá
crecido.
¿Piensan
acaso los acreedores que esta injusta situación podrá durar toda la
vida?
¿Debemos
los deudores resignarnos a ser pobres toda la vida?
¿Es
acaso este cuadro de injusticias y peligros para la mayoría de los países el que
soñaron los fundadores de las Naciones Unidas? No. Soñaron también, como
nosotros, en que un mundo mejor es posible.
Estas
son las preguntas que, con todo respeto, quisiéramos que algunos en esta sala
nos respondieran.
No hablo
de Cuba que, condenada a morir por querer ser libre, ha tenido que luchar sola,
no sólo pensando en sí, sino en todos los pueblos del
mundo.
Muchas
gracias.
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