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Señor
Presidente:
No creo
necesario insistir aquí en verdades que ya nadie cuestiona, como la creciente
falta de credibilidad y la extrema politización que lastran hoy los trabajos de
la Comisión de Derechos Humanos.
El descrédito
crece, el tiempo se acaba.
Es preciso
democratizar los métodos de esta Comisión, restablecer con transparencia sus
objetivos y sus reglas; en una palabra, fundarla de nuevo.
Requerimos una
Comisión al servicio de los intereses de todos, y no rehén de las imposiciones
de una minoría o, como es cada día más evidente, de los caprichos del más
poderoso.
Es
imprescindible desterrar de esta Comisión los dobles raseros.
¿Acaso los que hoy
cuestionan la legitimidad de las elecciones en un país africano dijeron una
palabra cuando, hace apenas un año, en medio del escándalo, debimos esperar casi
un mes para conocer quién sería el Presidente de los Estados Unidos?
Es
imprescindible desterrar de esta Comisión la selectividad.
El pasado año, la
Comisión adoptó resoluciones y declaraciones criticando la situación de derechos
humanos en 18 países del Tercer Mundo.
Algunas, como la
de Cuba, fueron impuestas mediante brutales presiones.
Sin embargo, ni
una sola decisión mencionó violaciones de derechos humanos en el mundo
desarrollado.
¿Es porque no existen tales violaciones, o porque resulta imposible en
esta Comisión criticar a un país rico?
Es
imprescindible desterrar de esta Comisión la desigualdad.
Una minoría de
países ricos y desarrollados imponen aquí sus intereses.
Son los que pueden
acreditar aquí delegaciones numerosas, son los que presentan la mayoría de las
resoluciones y decisiones que se adoptan, son los que tienen todos los recursos
para realizar su trabajo, son siempre los jueces y jamás los acusados.
Del otro lado,
estamos nosotros, los países subdesarrollados, que representamos tres cuartas
partes de la población mundial.
Somos siempre los
acusados, y los que con grandes sacrificios y escasos recursos tratamos aquí de
ser escuchados.
Es
imprescindible desterrar de esta Comisión la arbitrariedad y la falta de
espíritu democrático.
¿No resulta acaso
vergonzosa la presión ejercida por el Gobierno de los Estados Unidos para
regresar a la Comisión de Derechos Humanos sin enfrentar una votación?
¿No resulta casi
risible, si no fuera realmente patética, la reacción con la que Estados Unidos
ha querido tomar represalia por su justa exclusión de este foro?
Es
imprescindible desterrar de esta Comisión el intento de ignorar la defensa de
derechos humanos básicos para nosotros, los pueblos pobres del planeta.
¿Por qué los
países ricos y desarrollados no reconocen con claridad nuestro derecho al
desarrollo y a recibir financiamiento para lograrlo?
¿Por qué no se
reconoce nuestro derecho a recibir compensación por los siglos de sufrimiento y
saqueo que la esclavitud y el colonialismo impusieron a nuestros pueblos?
¿Por qué no se
reconoce nuestro derecho a que se condone la deuda que ahoga a nuestros
países?
¿Por
qué no se reconoce nuestro derecho a salir de la pobreza, nuestro derecho a la
alimentación, nuestro derecho a garantizar la atención de la salud de nuestros
pueblos, nuestro derecho a la vida?
¿Por qué no se
reconoce nuestro derecho a la educación, nuestro derecho a disfrutar del
conocimiento científico y de nuestras culturas autóctonas?
¿Por qué no se
reconoce nuestro derecho a la soberanía, nuestro derecho a vivir en un mundo
democrático, justo y equitativo?
Señor
Presidente:
Cuba considera
que, pese a las diferencias de concepciones, ideologías y posiciones políticas
entre nosotros, hay, sin embargo, un peligro común a todos: el intento de
imponer una dictadura mundial al servicio de la poderosa superpotencia y sus
transnacionales, que ha declarado sin ambages que se está con ella o contra
ella.
¿Por qué no
reclamamos a Estados Unidos que renuncie a seguir desatando guerras que no sólo
no resuelven los conflictos, sino crean otros nuevos y aún más peligrosos?
¿Por qué no le
reclamamos que renuncie a los planes de empleo del arma nuclear?
¿Por qué no le
reclamamos que no rompa el tratado ABM?
¿Por qué no le
reclamamos que se comprometa a aceptar el principio de verificación previsto en
el protocolo adicional a la convención sobre armas biológicas?
¿Por qué no le
reclamamos que cese su apoyo incondicional y su complicidad ante el genocidio
del pueblo palestino perpetrado por el ejército israelí?
¿Por qué no le
reclamamos que renuncie al intento de convertir a la Organización de Naciones
Unidas en instrumento al servicio de sus intereses?
¿Por qué no le
reclamamos que contribuya al establecimiento del Tribunal Penal Internacional
justo, democrático e imparcial que necesitamos, y no a este intento torcido de
crear un tribunal subordinado a la voluntad de los poderosos?
¿Por qué no le
reclamamos que respete las convenciones internacionales y los principios del
derecho internacional humanitario en el trato a los prisioneros de la guerra
contra el terrorismo?
¿Por qué no le
reclamamos que firme el Protocolo de Kyoto?
¿Por qué no le
reclamamos que reconozca el compromiso de dedicar el 0,7 por ciento del Producto
Interno Bruto a la Ayuda Oficial al Desarrollo?
¿Por qué no le
reclamamos que ponga fin a las prácticas proteccionistas unilaterales y renuncie
a subordinar a sus intereses a la Organización Mundial del Comercio?
¿Por qué no le
reclamamos que renuncie a imponer arbitrarios aranceles, como acaba de hacer con
el acero y otros productos, que arruinan ramas completas de la economía de otros
países?
¿Por
qué no le reclamamos que deje de oponerse en solitario a la proclamación del
derecho a la alimentación como un derecho humano básico y fundamental?
¿Por qué no le
reclamamos que renuncie a bloquear las fórmulas que garanticen el acceso de los
enfermos de SIDA a los medicamentos?
¿Por qué no le
reclamamos que derogue la Ley Helms-Burton y la aplicación extraterritorial de
sus leyes?
¿Por qué no le reclamamos el respeto a la legislación internacional en
materia de propiedad intelectual?
¿Por qué no le
reclamamos que renuncie a la idea de convertir a la Comisión de Derechos Humanos
en instrumento para acusar y juzgar a los países pobres?
¿Por qué no le
reclamamos dejar de buscar la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el
propio?
¿Por
qué no le reclamamos que se ocupe del escandaloso caso de Enron y de la
corrupción en los propios Estados Unidos, y deje de sermonear sobre la
corrupción en el resto del mundo?
¿Por qué no le
pedimos que renuncie al principio de “haz lo que yo digo y no lo que yo
hago”?
Y ahora, con
todo respeto, les pregunto a ustedes, representantes de los países ricos y
desarrollados: ¿por qué si ustedes en privado coinciden con casi todo lo que
acabo de decir, callan, sin embargo, y no encabezan el enfrentamiento a estos
peligros que nos amenazan a todos?
¿Es que acaso
ustedes tienen derecho a renunciar a sus propios valores?
¿Es que acaso
no deben ser respetados la voluntad y los intereses de la inmensa mayoría de la
población del planeta?
¿No creen los
países occidentales, hasta ayer aliados de Estados Unidos en un mundo bipolar,
pero hoy víctimas como nosotros de este orden peligroso e insostenible que nos
intentan imponer, que ha llegado la hora de defender juntos nuestros
derechos?
¿Por qué no intentar una nueva alianza por un futuro de paz, seguridad y
justicia para todos?
¿Por qué no intentar una coalición que proclame otra vez en su bandera la
aspiración de libertad, igualdad y fraternidad para todos los pueblos?
¿Por qué no luchar
por la democracia no sólo dentro de los países, sino en las relaciones entre los
países?
¿Por
qué no creer en que un mundo mejor es posible?
Señor
Presidente,
No puedo
terminar sin decir unas palabras sobre Cuba.
Lo hago no tanto
por nuestro país, cuyo pueblo generoso y valiente ha derrotado por más de cuatro
décadas la agresión y la guerra económica, sino pensando en que la manipulación
que se fabrica y la condena que se pretende imponer por la fuerza contra Cuba,
puedan intentarse mañana en esta misma Comisión contra cualquier otro país
representado en esta sala.
No pienso en Cuba,
repito, a la que nada ni nadie podrán negar ya un futuro de justicia y dignidad
para sus hijos, sino en la credibilidad de esta Comisión de Derechos Humanos y
del sistema de las Naciones Unidas.
Estados Unidos
ha debido enfrentar este año una situación nueva.
A su exclusión de
esta Comisión ha venido a sumarse el anuncio del Gobierno de la República Checa
de que no se prestará para presentar esta vez la resolución contra Cuba.
Nuestro país ha
tomado nota de este anuncio y esperará a ver si tal decisión resulta
definitiva.
Sin embargo, el
Gobierno de los Estados Unidos, incluidas sus más altas autoridades, realizan
frenéticas gestiones en América Latina, con mucho garrote y poca zanahoria, para
lograr que uno o varios países de nuestra región accedan a desempeñar este
ignominioso papel.
Confiamos en que no aparezca ahora un Judas en Latinoamérica.
No emplearé un
solo minuto en defender la obra generosa y noble de la Revolución Cubana en
favor de todos los derechos, civiles, políticos, económicos, sociales y
culturales, del pueblo cubano.
Sólo diré que no
existe el país con la autoridad moral para proponer una condena contra
Cuba.
Nos opondremos
con todas nuestras fuerzas al intento de singularizar a Cuba.
Rechazaremos una
resolución diga lo que diga y rechazaremos cualquier otra manipulación.
No aceptaremos
llamamientos conciliatorios ni exhortaciones a colaborar, pues no son
necesarias.
Si algún
gobierno se prestase a la maniobra contra Cuba, estamos convencidos de que no lo
haría por supuestas convicciones democráticas o compromiso con la defensa de los
derechos humanos.
Lo haría por falta de valor para enfrentar las presiones de Estados
Unidos, y esa traición no podría merecer otra cosa que nuestro desprecio.
Sabemos muy
bien que nuestro pequeño país encarna, para miles de millones de hombres y
mujeres de América Latina, África, Asia y Oceanía que hoy se debaten en la
desesperanza, la certeza de que es posible vivir en un país independiente, con
libertad y justicia.
Incluso, muchos millones de pobres y explotados del Primer Mundo, a los
que se unen intelectuales, capas medias y otras personas cuya ética rechaza las
injusticias, inmoralidades y riesgos ecológicos que hoy prevalecen en el mundo,
comparten con los pueblos del Tercer Mundo la misma certeza y la misma esperanza
de que un mundo mejor es posible y están dispuestos a luchar por él.
Seattle, Québec,
Davos, Génova y otros acontecimientos similares lo demuestran.
Como los
tiempos, señores delegados, no son para miedos, concesiones y debilidades, dejo
a un lado los formalismos y ruego me excusen si repito lo mismo que el pasado
año cuando se nos pedían gestos genuflexos ante el gobierno de los Estados
Unidos, concluyendo mis palabras con la consigna de un pueblo heroico que no se
doblega ni se doblegará frente a la potencia imperialista más poderosa que ha
existido en la historia:
¡Patria o
muerte!
¡Venceremos!
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