|
Salvar del colapso a la ONU
y a sus mecanismos de seguridad colectiva; enfrentar el irrespeto
deliberado a los principios de su Carta
Ginebra, 20 de marzo del
2003
Señora Presidenta:
Ante todo, le expreso las sinceras felicitaciones
del Gobierno de la República de Cuba por su elección como Presidenta
del 59 Período de Sesiones de la Comisión de Derechos Humanos. Ello
constituye no sólo un importante reconocimiento de la comunidad
internacional a su rica trayectoria y su probada competencia
profesional, sino —y especialmente— una prueba de que la arrogancia
y los intereses de dominación hegemónica pueden ser derrotados en
esta Comisión cuando prevalecen la unidad y el espíritu de
colaboración entre la inmensa mayoría de sus miembros. Esperamos que
nuestra decisión de elegirla a usted, en contra de la obcecada
oposición y las presiones de la delegación norteamericana, no
convierta a la Comisión de Derechos Humanos en otro "oscuro rincón
del mundo".
Igualmente, extiendo nuestras
felicitaciones al señor Sergio Vieira de Mello por su nombramiento
como Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos. Deberá enfrentar una ardua tarea en el momento más
peligroso y complejo en la historia de esta Comisión. Desde ahora le
aseguro que puede contar con Cuba y con su voluntad de cooperar
plenamente en el éxito de sus funciones.
Señora Presidenta:
El mundo cambió dramáticamente
durante el último año. Más de medio siglo de experiencias y de
aportes incuestionables de las Naciones Unidas y del sistema
multilateral fundado al término de la Segunda Guerra Mundial, están
siendo sometidos a injusta e innecesaria humillación y van en camino
hacia su destrucción.
Debemos reconocerlo con
franqueza: la Declaración Universal de Derechos Humanos corre el
peligro de convertirse en letra muerta precisamente cuando se
cumplirán 55 años de su proclamación. Recordemos que los visionarios
autores del texto que marcó un hito en la aspiración colectiva de
edificar un mundo de libertad, justicia y paz, dejaron establecido
en el Artículo 28 el reconocimiento al derecho de toda persona a que
se establezca un orden social e internacional en el que las
libertades fundamentales y los derechos humanos pudieran hacerse
plenamente efectivos. Digámoslo claramente: ese orden no existe en
la actualidad y parecería que está cada día más distante.
No insistiremos esta vez en
los temas que tradicionalmente fueron objeto de nuestras
preocupaciones. No hablaremos hoy de la hipocresía y el doble rasero
que desde hace años lastran nuestros trabajos. No reclamaremos la
profunda reforma y democratización en el funcionamiento de esta
Comisión. No defenderemos hoy siquiera el derecho de cada pueblo a
escoger libremente su propio modelo de ordenamiento civil y
político, y su propio camino hacia el desarrollo económico y social.
No reiteraremos tampoco la necesidad de otorgar igual importancia
tanto a la defensa de los derechos civiles y políticos como a la
promoción de los siempre postergados derechos económicos, sociales y
culturales. No vamos en esta ocasión a enjuiciar cómo se cumplen hoy
para la inmensa mayoría de los habitantes del planeta derechos
proclamados en la Declaración, tales como: "todos los seres humanos
nacen libres e iguales en dignidad y derechos", o "toda persona
tiene derecho a participar en el gobierno de su país", o "toda
persona tiene derecho al trabajo", o "toda persona tiene derecho a
la educación", o "toda persona tiene derecho a un nivel de vida
adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el
bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda,
la asistencia médica y los servicios sociales
necesarios".
No vamos tampoco, aunque pueda
causar sorpresa, a emplear estos minutos para denunciar el
arbitrario y desprestigiado intento de fabricar e imponer por la
fuerza una condena contra Cuba en esta Comisión, para continuar
justificando el genocida bloqueo que por más de cuatro décadas
sucesivos gobiernos norteamericanos han impuesto contra nuestro
pueblo.
Hoy debe ser otra nuestra
prioridad: salvar del colapso a la Organización de Naciones Unidas,
y a sus mecanismos de seguridad colectiva; enfrentar el irrespeto
deliberado a los principios consagrados en su Carta.
Señora Presidenta:
La ilegal, injusta e
innecesaria agresión contra Iraq, un país del Tercer Mundo —desatada
ya con toda brutalidad pese al unánime rechazo de la opinión pública
mundial— convierte el derecho a la libre determinación y la
soberanía de los pueblos en un simple espejismo. Después de tal
guerra, habrá surgido un nuevo orden mundial en el que nuestra
antigua aspiración a que el planeta estuviese regido por el imperio
de la ley habrá sido aplastada por la imposición de un orden regido
por la ley del imperio. Ni siquiera los antiguos aliados en la OTAN,
que durante décadas acompañaron a los Estados Unidos durante la
Guerra Fría, escapan ahora a la amenaza de agresión militar.
¿Podíamos imaginar que un día Estados Unidos proclamara en una ley
su derecho incluso a invadir la ciudad de La Haya, en pleno corazón
de Europa, si algún soldado norteamericano fuera llevado ante la
Corte Penal Internacional? ¿Podíamos anticipar que ni siquiera la
Unión Europea, sabio y paciente ejercicio de integración, hoy
visiblemente fracturado, podría poner freno al desborde guerrerista
y hegemónico del gobierno de los Estados Unidos?
Las consecuencias de continuas
agresiones al derecho internacional, insólitas declaraciones y
doctrinas, y el constante empleo de la amenaza y el chantaje militar
que hemos visto en el último año, están todavía por comprenderse en
todo su alcance y trascendencia. Todo un planeta ha quedado
convertido en rehén de las caprichosas decisiones de un poder
ilimitado que desconoce cualquier compromiso internacional y decide
solo según sus propios intereses y su peculiar concepción de la
seguridad nacional. Vamos hacia un nuevo orden mundial en el que la
concertación se sustituye por la amenaza, la persuasión por el
miedo. Ese es, Señora Presidenta, nuestro dilema y nuestro reto:
enfrentar unidos un peligro que nos amenaza a todos.
Ahora bien, cabría
preguntarse: ¿hay acaso razones para el optimismo? Cuba cree
firmemente en que hay una poderosa razón para sentirse optimistas:
en la historia de la humanidad siempre las grandes crisis han
abierto el camino a las grandes soluciones. Ninguna tiranía, ningún
imperio con pretensiones hegemónicas, ha podido imponerse todo el
tiempo a las aspiraciones de justicia y libertad de los pueblos. Es
cierto que en muchas ocasiones el temor a enfrentar al poderoso, el
desánimo y la apatía, o la falta de unidad, han hecho mayor el
precio de la victoria. Es por eso que hoy, cuando todavía no es
demasiado tarde, repito con todo respeto las palabras que, a nombre
de Cuba, expresé ante la Comisión el año pasado: "Cuba considera
que, pese a las diferencias políticas entre nosotros, hay, sin
embargo, un peligro común a todos: el intento de imponer una
dictadura mundial al servicio de la poderosa superpotencia, que ha
declarado sin ambages que se está con ella o contra
ella."
No se revelaban en aquel
momento, de manera tan descarnada, las peligrosas políticas y
acciones del actual gobierno de los Estados Unidos, y mis palabras
pudieron ser percibidas por algunos como retórica incendiaria. Sin
embargo, y lamentablemente, los acontecimientos más recientes han
venido a confirmarlas. Es por ello que reitero hoy con mayor fuerza
y convicción nuestro llamamiento del año pasado:
"¿No creen los países occidentales, hasta ayer aliados de
Estados Unidos en un mundo bipolar, pero hoy víctimas como nosotros
de este orden peligroso e insostenible que nos intentan imponer, que
ha llegado la hora de luchar juntos por nuestros derechos? ¿Por qué
no intentar una nueva alianza por un futuro de paz, seguridad y
justicia para todos? ¿Por qué no intentar una coalición que proclame
otra vez en su bandera la aspiración de libertad, igualdad y
fraternidad para todos los pueblos? [...] ¿Por qué no creer que un
mundo mejor es posible?"
Cuba considera que en los
trabajos de esta Comisión hay que pasar de la estéril confrontación
entre el Norte y el Sur a la lucha conjunta por un mundo de paz,
justicia y equidad, cuya existencia está hoy amenazada no solo para
los países del Sur, sino también para los del Norte.
No estamos solos, y somos
además la mayoría. Contamos también con el apoyo decisivo de
sectores crecientes del propio pueblo norteamericano, de cuyos
sentimientos idealistas y justos, cuando conoce la verdad, el pueblo
cubano tiene pruebas. ¿No resultan real-mente alentadoras las
enormes movilizaciones que en todo el planeta se oponen hoy a una
guerra innecesaria e injustificable contra Iraq, como siguen
oponiéndose a la imposición del modelo neoliberal en un mundo
globalizado que empobrece a nuestros países y les impide soñar con
el desarrollo? ¿Acaso la valiente posición de Francia y otros países
no permite considerar con optimismo la posibilidad de un mundo
regido por el derecho y no por la guerra?
En resumen, señores delegados,
Cuba hace hoy una invitación a la reflexión colectiva, a no dejarnos
vencer por el desconcierto y el pesimismo. Cuba invita a todos los
miembros de la Comisión a apoyar la iniciativa que promueve un orden
internacional democrático y equitativo; a apoyar la iniciativa que
proclama el derecho de todos los pueblos a la paz. Cuba los invita a
apoyar la proclamación en este foro del derecho a la solidaridad, de
la necesidad de una solución global, duradera y sostenible al
problema del endeudamiento externo; a apoyar la instrumentación y
aplicación a nivel internacional de la Declaración sobre el Derecho
al Desarrollo. Cuba los invita a apoyar el proyecto de resolución
que propugna la participación popular, la equidad, la justicia
social y la no discriminación, como bases esenciales de la
democracia. En fin, Cuba los convoca a construir un nuevo camino en
los trabajos de esta Comisión, a rectificar la práctica de un
pequeño número de países, de promover resoluciones condenatorias
contra países subdesarrollados a partir de criterios selectivos y
posiciones ideologizadas que nada tienen que ver con la causa de los
derechos humanos.
Señora Presidenta:
El mundo necesita urgentemente
la paz, para poder concentrar toda su inteligencia y sus recursos en
el combate a los verdaderos enemigos de nuestra especie: el hambre,
la pobreza, el subdesarrollo, la destrucción del medio ambiente, el
analfabetismo, las enfermedades, la creciente marginación a que está
sometida hoy la inmensa mayoría de la población del
planeta.
Luchemos unidos por salvar a
la Organización de Naciones Unidas, por salvar los principios del
multilateralismo, por crear las condiciones que permitan dar sentido
a los trabajos de esta Comisión.
Construyamos una coalición por
la justicia y la paz. Concertemos nuestros esfuerzos, por encima de
diferencias hoy superadas por un peligro mayor que nos amenaza a
todos, para que un mundo mejor sea posible, que no nos será
regalado. Pero nuestro deber es luchar, y lucharemos por
él.
Muchas gracias. |