Señor Presidente:
Hace un año,
la celebración de esta Asamblea General debió ser postergada por el crimen
brutal perpetrado el 11 de septiembre. Hubo entonces en todo el mundo una
ola de solidaridad con el pueblo estadounidense y, especialmente, con las
familias de las casi 3 mil víctimas inocentes de aquel injustificable acto
terrorista.
Se crearon las condiciones para que se gestara
una genuina alianza internacional bajo los auspicios y la dirección de la
Organización de Naciones Unidas, con respeto absoluto a los propósitos y
principios consagrados en su Carta. Prácticamente todos los países, más
allá de diferencias ideológicas, políticas, culturales y religiosas,
manifestamos nuestra disposición a colaborar de manera activa en este
propósito de inobjetable interés común.
Se impuso, sin embargo, otra visión. Se
proclamó insólitamente que quien no secundara la guerra decidida por un
solo país estaría entonces junto al terrorismo. Se anunció incluso al
Consejo de Seguridad que ese país se reservaba el derecho de decidir por
su cuenta atacar en el futuro a otras naciones.
Se desató entonces una guerra unilateral, cuyo
número de víctimas aún desconocemos y cuya consecuencia más tangible
probablemente sea la de haber propinado un contundente golpe a la
credibilidad de la Organización de Naciones Unidas y al multilateralismo
como vía para el enfrentamiento de los complejos retos que hoy tenemos
ante nosotros.
¿Cuál es hoy el balance? Son mayores los
sentimientos de odio, venganza e inseguridad, que no ayudan a la lucha
contra el terrorismo. Peligrosas corrientes xenófobas y discriminatorias
amenazan la existencia de un mundo plural y democrático. Se ha retrocedido
en el terreno de las libertades públicas y los derechos
civiles.
Mientras tanto, falta la voluntad política por
parte de algunas potencias para aplicar con rigor, sin selectividad y sin
dobles raseros, los doce instrumentos jurídicos internacionales
existentes. No hemos avanzado tampoco en la definición, hoy
imprescindible, del terrorismo de Estado.
Cuba, por su parte, víctima durante más de
cuatro décadas de actos terroristas, que expresó en esta Asamblea sus
opiniones con serenidad y firmeza, y que condenó sin vacilaciones el
crimen del 11 de septiembre y el terrorismo, pero que se opuso también a
la guerra sobre la base de consideraciones éticas y de respeto al derecho
internacional, firmó y ratificó los doce convenios internacionales
relativos a la lucha contra el terrorismo, aprobó una ley nacional de
lucha contra este flagelo, ha cooperado plenamente con las labores del
comité creado al efecto por el Consejo de Seguridad y, en el plano
bilateral, propuso al Gobierno de los Estados Unidos la adopción de un
programa de lucha contra el terrorismo que, incomprensiblemente, dicho
gobierno rechazó.
Hasta hoy, y pese a no haber desarrollado ni
tener la intención de desarrollar jamás armas nucleares, Cuba no ha sido
Estado parte del Tratado de No Proliferación Nuclear, en tanto se trata de
un instrumento que resulta insuficiente y discriminatorio, pues permite
que se establezca un club de potencias nucleares sin compromisos concretos
de desarme. Sin embargo, como señal de la clara voluntad política del
Gobierno cubano y su compromiso con un proceso efectivo de desarme que
garantice la paz mundial, nuestro país ha decidido adherirse al Tratado de
No Proliferación de Armas Nucleares, lo que hacemos reafirmando nuestra
aspiración a que finalmente pueda concretarse la eliminación total y bajo
estricta verificación internacional de todas las armas
nucleares.
En adición, y pese a que la única potencia
nuclear en las Américas mantiene una política de hostilidad contra Cuba
que no excluye el uso de la fuerza, Cuba también ratificará el Tratado
para la Proscripción de las Armas Nucleares en América Latina y el Caribe,
conocido como Tratado de Tlatelolco, que nuestro país había firmado en
1995.
En un día como hoy, repito las palabras
expresadas por Cuba en la pasada Asamblea General: "Sólo bajo el liderazgo
de las Naciones Unidas podremos derrotar al terrorismo. La cooperación y
no la guerra es el camino. La coordinación de acciones y no la imposición
es el método. [...] Cuba reitera su condena al terrorismo en todas sus
formas y manifestaciones.
Cuba reitera que no permitirá que su territorio
sea utilizado jamás en acciones terroristas contra el pueblo de los
Estados Unidos o de cualquier otro país."
Señor Presidente:
¿Por qué no hemos visto el mismo celo con que
se desató la guerra en Afganistán para buscar una solución justa y
duradera para la paz en el Oriente Medio? ¿Por qué algunos no han dicho
siquiera una palabra para condenar las agresiones contra el territorio de
Palestina y los crímenes contra su pueblo? ¿Por qué no se han condenado
los asesinatos selectivos y el uso de las fuerzas armadas contra la
población civil? ¿Por qué se ha garantizado impunidad a las acciones del
ejército israelí, maniatando al Consejo de Seguridad? ¿Por qué no se ha
actuado firmemente para implementar las resolucion es del Consejo de
Seguridad que garanticen la proclamación de un Estado palestino
independiente y soberano, con Jerusalén oriental como su capital? ¿Por qué
la única superpotencia que hoy existe en el planeta actúa de modo
diferente ante un caso y otro? ¿Por qué no cesa el sufrimiento de las
madres. Estas preguntas deberían tener respuesta por parte de quienes en
esta sala cargan sobre sus hombros la responsabilidad de lo que hoy está
ocurriendo en los territorios palestinos y árabes ocupados.
Señor Presidente:
Parece ya inevitable una nueva guerra contra
Iraq, una escalada de la situación de permanente agresión que ese pueblo
ha vivido durante los últimos diez años. Se habla ahora de "guerra
preventiva", en franca violación del espíritu y la letra de la Carta de
las Naciones Unidas.
Cuba defiende principios, no conveniencias, y,
por tanto, aunque ello disguste a sus patrocinadores, se opone de modo
categórico a esta guerra. A Cuba no la anima un espíritu
antinorteamericano, aún cuando su gobierno mantiene y endurece un bloqueo
de más de cuarenta años contra nuestro pueblo.
Pero no decir la verdad por cobardía o cálculo
político no es lo que caracteriza a los revolucionarios cubanos. Por
tanto, Cuba proclama aquí que se opone a una nueva acción militar contra
Iraq. Lo hace al tiempo que recuerda que en su momento apoyó en el Consejo
de Seguridad la resolución que pedía al Gobierno de Iraq cesar la
ocupación de Kuwait.
Sostenemos que sería una locura el desarrollo
hoy de armamentos de exterminio en masa, pues vemos como único camino
posible a la paz mundial el desarme general y completo, incluido el
desarme nuclear, y la reorientación del dinero que hoy se gasta en armas a
enfrentar los gravísimos problemas económicos y sociales de la
humanidad.
Los países árabes han sido categóricos en su
rechazo a esta guerra; la mayoría de los países europeos no la secundan;
la comunidad internacional ve con preocupación creciente cómo se anuncia
una nueva guerra sobre la base de acusaciones que no han sido probadas, e
incluso ignorando la realidad evidente de que Iraq no puede ser un peligro
para Estados Unidos.
Si el Gobierno de los Estados Unidos desata una
nueva guerra contra Iraq, imponiéndosela al Consejo de Seguridad o
decidiéndola unilateralmente en contra de la opinión pública
internacional, se habrá consagrado el nacimiento del siglo del
unilateralismo y de la jubilación forzosa de la Organización de las
Naciones Unidas.
Parecerá entonces que los años de la Guerra
Fría, con su lejano recuerdo de bipolarismo, errores y contradicciones, no
fueron tan estériles y peligrosos como la etapa que hoy se está abriendo
de modo inexorable ante el mundo.
Señor Presidente:
Hay que salvar a la Organización de Naciones
Unidas. Cuba defiende tanto la necesidad de su preservación como la de su
más profunda reforma y democratización. Pero hay que hacerlo respetando su
Carta, y no reescribiéndola o tergiversando sus propósitos y principios.
Hay, por fin, que darle a la Asamblea General el papel establecido por la
Carta. Hay que rescatar al Consejo de Seguridad del descrédito y las dudas
que hoy justificadamente lo lastran, y transformarlo en un órgano
verdaderamente representativo —y hablo de la presencia del Tercer Mundo y
no del poderío militar como justificación de la membresía—, en un órgano
democrático —y hablo de eliminar el veto y otras prácticas
antidemocráticas—, en un órgano transparente —y hablo del cese de los
conciliábulos secretos y las decisiones reales tomadas a escondidas por
unos pocos e impuestas después al resto.
Hoy, cuando está más amenazado que nunca, Cuba
defiende con más fuerza la necesidad de preservar el multilateralismo en
las relaciones internacionales. Por eso hemos visto con frustración el
decepcionante desenlace de las negociaciones para el establecimiento de
una Corte Penal Internacional, que Cuba apoyó entendiéndola como un órgano
realmente imparcial, no selectivo, eficaz, complementario a los sistemas
nacionales de justicia y verdaderamente independiente.
Enmendar de facto el tratado internacional que
dio vida a la Corte valiéndose del Consejo de Seguridad, o imponer a otros
países humillantes acuerdos bilaterales que obligan a aquellos a incumplir
sus obligaciones internacionales derivadas de ese tratado, resulta no sólo
arrogante sino, además, irresponsable.
La Corte Penal Internacional que hoy se
proclama no es el órgano que necesitamos y por el que hemos luchado,
subordinada a intereses políticos hegemónicos y víctima ya de la
posibilidad de ser manipulada, atada desde su nacimiento a las decisiones
de algún miembro permanente del Consejo de Seguridad.
¿Qué justicia internacional verdadera podrá
esperarse de un órgano que carece de una definición del delito de
agresión, o que podrá recibir instrucciones del Consejo de Seguridad para
suspender o prorrogar indefinidamente un juicio a solicitud de uno de sus
miembros permanentes? ¿Quién garantiza que la Corte no termine
convirtiéndose en un instrumento al servicio del intervencionismo y de la
dominación por parte de los países más poderosos?
Cuba reitera hoy aquí lo que ya expresó en la
recién concluida Cumbre de Johannesburgo: se impone una refundación de las
instituciones financieras internacionales. Se impone crear un sustituto
legítimo para el Fondo Monetario Internacional. Se requiere orientar el
trabajo del Banco Mundial al apoyo del ejercicio real por parte de más de
130 países del Tercer