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Las iras de Bush contra Irán

JUAN DUFFLAR AMEL

iternac@trabaja.cip.cu

Su coeficiente de inteligencia no le permite discernir las consecuencias de una acción tan descabellada, ni apreciar que cada vez está más aislado por el rechazo nacional e internacional a su demencial política

 

En su escalada de agresiones el gobierno de Estados Unidos acaba de aplicar nuevas y más severas sanciones económicas a Irán.

 

Ellas se corresponden con el apocalíptico plan de Bush de lanzar un ataque militar contra la República Islámica aunque signifique el inicio de la Tercera Guerra Mundial, y confirman la posibilidad de llenar un grueso volumen sobre la personalidad esquizofrénica del presidente de la mayor potencia económica y militar en el mundo.

 

Su obsesivo empeño para hacer desistir a Teherán de desarrollar su programa nuclear pacífico, indica que su coeficiente de inteligencia no le permite discernir las consecuencias de una acción tan descabellada, ni apreciar que cada vez está más aislado por el rechazo nacional e internacional a su demencial política.

 

Las presiones en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, a sus aliados de la Unión Europea o a la Organización Internacional de Energía Atómica, para que lo secunden, no han surtido los efectos deseados por la Casa Blanca.

 

Solo el vicepresidente Dick Cheney y sus amigos en el Gabinete, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, los demás halcones del Pentágono y el gobierno de Israel, se declaran furibundos entusiastas en el apoyo a Bush para atacar a Irán.

 

Pero la debacle de Estados Unidos en las contiendas de Afganistán e Iraq, la incertidumbre de la magnitud de las repercusiones que una agresión militar a Irán puedan tener en Bagdad, en otras capitales del convulso Oriente Medio y en la comunidad internacional, y la cercanía de un cambio de Administración en la nación del Norte, limitan la capacidad de acción del Presidente, aunque sus irracionales decisiones son impredecibles.

 

Entre las evidentes señales de no contar con el apoyo externo necesario para lanzarse en una nueva aventura bélica, están las recientes declaraciones del presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, en las cuales advirtió a Washington sobre el uso de la

fuerza contra Irán, y afirmó que “cualquier intervención sería inaceptable”.

 

“No debemos pensar en hacer uso de la fuerza en esta región”, dijo el mandatario ruso, ante los dignatarios de Azerbaiyán, Irán, Kazajstán y Turkmenistán, participantes en la II Cumbre de países ribereños del mar Caspio, celebrada en días pasados.

 

De manera muy significativa, en la declaración final de la Cumbre se hace constar: “que en ningún caso permitirán el uso de sus territorios para la agresión y otras acciones militares de terceros estados contra alguna de las partes”.

 

Los firmantes del documento reconocieron los derechos de los miembros del Tratado de No Proliferación Nuclear, que incluyen a Irán, al uso de la energía atómica con fines pacíficos.

 

Paralelamente, los presidentes de Irán y Rusia, Mahmud Ahmadineyad y Vladimir Putin, se reunieron la pasada semana en Teherán para discutir el programa nuclear iraní y la terminación del reactor que Rusia construye en Bushehr, al sur de esa nación.

 

En una conferencia de prensa en la víspera del encuentro con su homólogo persa, el mandatario ruso se manifestó a favor de la utilización iraní de la energía atómica para sus requerimientos nacionales.

 

También la República Popular China, prominente miembro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, ha establecido su oposición a cualquier acción militar de Estados Unidos contra Teherán, e insiste en la vía diplomática para la solución del diferendo entre ambas partes.

Un hecho que resta credibilidad a los argumentos esgrimidos por Washington de que Irán se dispone a fabricar el artefacto nuclear, es el informe de la Agencia Internacional de Energía Atómica, en el cual se establece que no obstante continuar con el programa

de enriquecimiento de uranio, en sus investigaciones no han corroborado la posesión de armas de destrucción masiva por parte de ese Estado.

En el trasfondo de todo ese sórdido plan se ocultan la denominada Estrategia para la Seguridad Energética de Estados Unidos, su avidez por controlar el petróleo del Oriente Medio, y de acceder a los ricos yacimientos iraníes.

Pero, sobre todo, el denodado afán de destruir a la República Islámica y el ejemplo de su revolución y de su firme posición antimperialista, que tanto despiertan las iras de Bush.

(Trabajadores) 29-10-2007


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