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Su
coeficiente de inteligencia no le permite discernir las
consecuencias de una acción tan descabellada, ni apreciar
que cada vez está más aislado por el rechazo nacional e
internacional a su demencial política
En su
escalada de agresiones el gobierno de Estados Unidos acaba
de aplicar nuevas y más severas sanciones económicas a Irán.
Ellas se
corresponden con el apocalíptico plan de Bush de lanzar un
ataque militar contra la República Islámica aunque
signifique el inicio de la Tercera Guerra Mundial, y
confirman la posibilidad de llenar un grueso volumen sobre
la personalidad esquizofrénica del presidente de la mayor
potencia económica y militar en el mundo.
Su
obsesivo empeño para hacer desistir a Teherán de desarrollar
su programa nuclear pacífico, indica que su coeficiente de
inteligencia no le permite discernir las consecuencias de
una acción tan descabellada, ni apreciar que cada vez está
más aislado por el rechazo nacional e internacional a su
demencial política.
Las
presiones en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones
Unidas, a sus aliados de la Unión Europea o a la
Organización Internacional de Energía Atómica, para que lo
secunden, no han surtido los efectos deseados por la Casa
Blanca.
Solo el
vicepresidente Dick Cheney y sus amigos en el Gabinete, la
secretaria de Estado, Condoleezza Rice, los demás halcones
del Pentágono y el gobierno de Israel, se declaran
furibundos entusiastas en el apoyo a Bush para atacar a Irán.
Pero la
debacle de Estados Unidos en las contiendas de Afganistán e
Iraq, la incertidumbre de la magnitud de las repercusiones
que una agresión militar a Irán puedan tener en Bagdad, en
otras capitales del convulso Oriente Medio y en la comunidad
internacional, y la cercanía de un cambio de Administración
en la nación del Norte, limitan la capacidad de acción del
Presidente, aunque sus irracionales decisiones son
impredecibles.
Entre las
evidentes señales de no contar con el apoyo externo
necesario para lanzarse en una nueva aventura bélica, están
las recientes declaraciones del presidente de la Federación
Rusa, Vladimir Putin, en las cuales advirtió a Washington
sobre el uso de la
fuerza
contra Irán, y afirmó que “cualquier intervención sería
inaceptable”.
“No
debemos pensar en hacer uso de la fuerza en esta región”,
dijo el mandatario ruso, ante los dignatarios de Azerbaiyán,
Irán, Kazajstán y Turkmenistán, participantes en la II
Cumbre de países ribereños del mar Caspio, celebrada en días
pasados.
De manera
muy significativa, en la declaración final de la Cumbre se
hace constar: “que en ningún caso permitirán el uso de sus
territorios para la agresión y otras acciones militares de
terceros estados contra alguna de las partes”.
Los
firmantes del documento reconocieron los derechos de los
miembros del Tratado de No Proliferación Nuclear, que
incluyen a Irán, al uso de la energía atómica con fines
pacíficos.
Paralelamente, los presidentes de Irán y Rusia, Mahmud
Ahmadineyad y Vladimir Putin, se reunieron la pasada semana
en Teherán para discutir el programa nuclear iraní y la
terminación del reactor que Rusia construye en Bushehr, al
sur de esa nación.
En una
conferencia de prensa en la víspera del encuentro con su
homólogo persa, el mandatario ruso se manifestó a favor de
la utilización iraní de la energía atómica para sus
requerimientos nacionales.
También la
República Popular China, prominente miembro del Consejo de
Seguridad de Naciones Unidas, ha establecido su oposición a
cualquier acción militar de Estados Unidos contra Teherán, e
insiste en la vía diplomática para la solución del diferendo
entre ambas partes.
Un hecho
que resta credibilidad a los argumentos esgrimidos por
Washington de que Irán se dispone a fabricar el artefacto
nuclear, es el informe de la Agencia Internacional de
Energía Atómica, en el cual se establece que no obstante
continuar con el programa
de
enriquecimiento de uranio, en sus investigaciones no han
corroborado la posesión de armas de destrucción masiva por
parte de ese Estado.
En el
trasfondo de todo ese sórdido plan se ocultan la denominada
Estrategia para la Seguridad Energética de Estados Unidos,
su avidez por controlar el petróleo del Oriente Medio, y de
acceder a los ricos yacimientos iraníes.
Pero,
sobre todo, el denodado afán de destruir a la República
Islámica y el ejemplo de su revolución y de su firme
posición antimperialista, que tanto despiertan las iras de
Bush. |