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Por su ideología neofascista, que ha convertido al
Oriente Medio en una vasta zona de guerra, George W.
Bush, Ariel Sharon y Ehud Olmert, resultan, por
carácter transitivo, iguales entre sí.
La política genocida practicada por los tres
trasformaron a Palestina, a Iraq y al Líbano en un
nuevo triángulo de la muerte.
La República del Líbano —hasta el momento— la última
víctima de los planes de dominio global sionista
norteamericano en el Levante, está siendo arrasada
por los bombardeos de la aviación y la artillería de
Israel.
Los muertos civiles, los heridos y mutilados siguen
creciendo, al igual que las pérdidas materiales por
la devastación de la infraestructura económica del
País de los Cedros. Paralelamente, la invasión
sionista en la Franja de Gaza y Cisjordania cobra
mayor número de vidas de palestinos, incluidos
numerosos niños.
En Iraq, la “guerra relámpago” desencadenada por
Bush, sin otros fines que ocupar la nación árabe y
sus estratégicos recursos energéticos, resultó un
fracaso y mantiene empantanadas a las tropas
yanquis, que no han podido liquidar la resistencia
armada.
El sufrido pueblo iraquí ha pagado un enorme precio
por su “liberación” del gobierno de Saddam Hussein.
Los muertos civiles sobrepasan los 500 mil, al igual
que los heridos, y sus históricas ciudades, cuna de
milenarias civilizaciones, han sido destruidas y
saqueadas.
Ello acontece ante la mirada impasible de la
comunidad internacional y la incapacidad del Consejo
de Seguridad de Naciones Unidas —el nada seguro
órgano de dirección del organismo mundial— para
detener las masacres que Washington y Tel Aviv
realizan impunemente contra estos pueblos.
Si no fuese por la enorme tragedia que sufre el
Oriente Medio, moverían a risa los argumentos
utilizados por Bush y Olmert para tratar de
justificar lo injustificable y responsabilizar a las
víctimas del holocausto árabe por los
acontecimientos en la región.
Para estos dos estrategas del exterminio, las culpas
de no lograrse una paz justa, global y duradera en
el Oriente Medio, no la tienen los agresores, sino
los agredidos y los dirigentes de sus
organizaciones.
Desmembrar al gobierno sunita de Hamas en Palestina,
aniquilar la resistencia del movimiento libanés
chiíta Hezbollah en el Líbano, que enfrenta a la
agresión sionista y destruir a las fuerzas
patrióticas iraquíes, son las premisas —según el
binomio Bush-Olmert—, para poner fin al conflicto.
Retórica utilizada en su vertiginoso periplo
Beirut-Tel Aviv-Ramallah por la secretaria de Estado
norteamericana, Condoleezza Rice; repetida por los
líderes de la Unión Europea y difundida por los
medios de prensa de las grandes empresas
capitalistas.
Mientras Washington reafirma su apoyó a Israel y se
opone, al igual que Tel Aviv, a un cese el fuego sin
antes conseguir la liquidación del Hezbollah, el
premier sionista habla de crear una “zona de
seguridad” de una profundidad de dos kilómetros en
territorio libanés, como medida previa a poner fin a
sus operaciones militares en el Líbano.
En la estrategia israelo-norteamericana para
conformar el Gran Oriente Medio, el ataque y la
ocupación de Iraq constituyen parte de un plan que
incluye eliminar a los gobiernos de Palestina,
Líbano, Siria e Irán, opuestos a sus intereses.
Sin importarles, como pretendieron en su tiempo las
hordas de la Alemania nazi, convertir al mundo en un
gigantesco campo de concentración. |