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Hundido en el fracaso militar, moral y político de
las guerras en Iraq y Afganistán, en el descrédito,
en la crisis interna de los sistemas de salud y
seguridad social y en su creciente impopularidad, el
presidente norteamericano, George W. Bush, se
empecina en salidas inviables a la crisis que
afronta su gobierno, que pudieran llegar al extremo
de convertir a la Tierra en uno de los oscuros
rincones del universo.
Para esos designios obsesivo-compulsivos echa de
nuevo mano al modus operandi de su “misión divina
como líder de la lucha antiterrorista”, destinado a
agitar ante sus conciudadanos y la comunidad
internacional el peligro de posibles atentados como
los del 11 de septiembre del 2001, por la amenaza de
la presencia, según los servicios de Inteligencia
norteamericanos, de Osama bin Laden en suelo
paquistaní.
Ello convierte a Paquistan en un posible objetivo de
operaciones militares estadounidenses, sin
importarle la soberanía e independencia de esa
aliada nación asiática, que rechaza enérgicamente el
infundio de Washington de haber dado refugio al
líder de Al Qaeda.
Pero a Bush, cuya única capacidad es la de crear
cruentos conflictos y de expandir las llamas de la
guerra por diversas regiones del planeta, le tienen
sin cuidado las normas del derecho internacional y
la convivencia pacífica entre estados, cuando se
trata de llevar adelante y a cualquier costo su
política imperialista de dominio y hegemonía
mundial.
De hecho, Islamabad recibe ahora de parte de Estados
Unidos igual trato que Siria, Irán, Corea del Norte
y el Líbano de Hezbollah, a los que el mandatario y
sus secuaces de la Casa Blanca han dado en llamar
“países integrantes del eje del mal”, y no la
excluye de acciones militares in situ contra los
líderes de Al Qaeda.
“Mi opinión es que Osama bin Laden está vivo y en
Paquistán”, dijo en días recientes a la cadena de
televisión NBC el director nacional de Inteligencia
de Estados Unidos, Mike McConell, quien acusó al
gobierno paquistaní de haber permitido que Al Qaeda
se reagrupara en zonas tribales fronterizas con
Afganistán.
Las sorprendentes declaraciones del jefe del
espionaje norteamericano han causado un profundo
malestar en Islamabad, cuyos gobernantes las
calificaron de irresponsables, peligrosas y carentes
de veracidad.
Las alegaciones de McConell se unieron a la
“preocupación” manifestada con anterioridad por Bush
por la pretendida reagrupación y fortalecimiento en
Paquistán de la organización Talibán liderada por
Bin Laden, a quien vinculan también con la oleada de
violencia alrededor de los enfrentamientos con
fuerzas gubernamentales para poner fin a la
ocupación de la Mezquita Roja por parte de
militantes islamistas.
El procedimiento no tiene nada de novedoso, y es muy
sospechoso que en los momentos de mayor crisis de
credibilidad de Bush, siempre emerja la figura del
más buscado de los líderes de confesión islámica
para desviar la atención de los descalabros de su
administración.
Por su parte, Francés Towsend, asesora de Seguridad
Nacional del presidente norteamericano, no descartó
que su país utilice la fuerza militar contra Al
Qaeda en Paquistán, si el grupo islámico lanza otro
ataque contra Estados Unidos.
Ahora, en pleno período electoral y aunque acosado
por la opinión pública de su país para que retire
las tropas invasoras de Iraq, e igual reclamo por
parte de legisladores demócratas y republicanos, el
tozudo inquilino de la Casa Blanca no cede en sus
propósitos incendiarios y es capaz de crear un nuevo
foco de tensiones en la región asiática,
convulsionada ya por la ocupación de Afganistán y
las amenazas de acciones militares punitivas contra
Irán.
Así las cosas, imaginad un mundo todo Bush.
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