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Los más mordaces críticos de la poca
capacidad y gran ignorancia en temas de política
exterior del ex presidente de Estados Unidos, Gerald
Ford, el sucesor de Nixon, atribuían esas
“cualidades” a que el antaño jugador estrella del
fútbol rugby universitario había practicado muchos
años ese rudo deporte sin usar el casco protector.
Ahora, los que lanzan sus diatribas
contra George W. Bush por su desastroso desempeño en
esa esfera y el fracaso de las guerras en Afganistán
e
Iraq, al señalar su proverbial
torpeza y tozudez, lo hacen, como James Carter,
reconociendo que ha sido el peor presidente en la
historia de la nación, y otros mofándose de que sus
ideas son aplastadas por el casco del fascismo
alemán que utiliza cuando las concibe.
“No tengo ni la menor idea de lo que
pienso sobre política internacional exterior”, se ha
convertido en una frase antológica del largo
glosario de los dislates e incongruencias verbales
de Bush.
Sin aceptar la derrota sufrida y la
necesidad del retiro de las tropas invasoras
norteamericanas de Iraq, ha concebido una victoria
mediante el polémico envío de un mayor contingente
de soldados al país árabe.
Y para Afganistán, donde las bajas
mortales de los yanquis ascienden a más de 390,
propugna utilizar la misma solución, pero con la
variante de solicitar a sus aliados de la
Organización del Atlántico Norte (OTAN), que sean
ellos los que contribuyan con esos efectivos. Cinco
años después de la invasión norteamericana, el 7 de
octubre del 2001, y por presiones de la Casa Blanca,
la OTAN asumió el mando directo de 33 mil de los 41
mil soldados ocupantes del turbulento territorio
suroeste de Afganistán, dominado por las
reorganizadas fuerzas insurgentes talibanas.
Solo ocho mil efectivos
norteamericanos quedaron fuera del control de la
Alianza Atlántica y son los que participan en
acciones aéreas y para supuestamente perseguir a la
red de Al Qaeda.
Estados Unidos mantiene de la
gigantesca base de Bagram, sus prisiones y centros
de interrogatorios y la unidad de helicópteros
artillados estacionados en Kandahar.
Pero hasta el momento todos los
esfuerzos de la guerra contra la insurgencia Talibán
han resultado vanos y los ataques y atentados
suicidas contra los ocupantes y sus aliados
nacionales se han hecho más efectivos y frecuentes,
y están ocasionando cada vez un mayor número de
bajas mortales y de heridos a las tropas invasoras.
Ese ha sido el tema principal de las
conversaciones sostenidas por Bush en su millonario
rancho Crawford, de Texas, con el secretario general
de la OTAN, Jaap de Hoop Schefer, al analizar de
conjunto la situación de Afganistán, donde la “lucha
contra el terrorismo” ha provocado en el presente
año más de mil 600 muertos.
“Afganistán —dijo Bush durante la
conferencia de prensa conjunta— es una misión vital
para la seguridad de Estados Unidos y para la de
nuestros aliados de Europa y trabajaremos para
convencerlos de que deben compartir una mayor parte
de la carga y que todos deben de asumir el riesgo
para alcanzar nuestro objetivo”.
Con la astucia del zorro, el
mandatario estadounidense pretende pasar tan pesado
fardo a sus socios europeos para que comprometan más
tropas y equipos en la lucha contra la ofensiva de
primavera que ha desatado el Talibán, la que
mantiene en jaque a los ocupantes, incapaces de
pacificar y reconstruir a la semidestruida y
empobrecida nación centroasiática.
Mientras, los féretros de soldados
estadounidenses que continúan arribando a su país en
progresión geométrica no son precisamente el mejor
argumento para que los aliados de la OTAN escuchen
los ruegos del señor Bush.
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