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 Afganistán, la otra guerra perdida por Bush

JUAN DUFFLAR AMEL

iternac@trabaja.cip.cu

Los más mordaces críticos de la poca capacidad y gran ignorancia en temas de política exterior del ex presidente de Estados Unidos, Gerald Ford, el sucesor de Nixon, atribuían esas “cualidades” a que el antaño jugador estrella del fútbol rugby universitario había practicado muchos años ese rudo deporte sin usar el casco protector.

Ahora, los que lanzan sus diatribas contra George W. Bush por su desastroso desempeño en esa esfera y el fracaso de las guerras en Afganistán e

Iraq, al señalar su proverbial torpeza y tozudez, lo hacen, como James Carter, reconociendo que ha sido el peor presidente en la historia de la nación, y otros mofándose de que sus ideas son aplastadas por el casco del fascismo alemán que utiliza cuando las concibe.

“No tengo ni la menor idea de lo que pienso sobre política internacional exterior”, se ha convertido en una frase antológica del largo glosario de los dislates e incongruencias verbales de Bush.

Sin aceptar la derrota sufrida y la necesidad del retiro de las tropas invasoras norteamericanas de Iraq, ha concebido una victoria mediante el polémico envío de un mayor contingente de soldados al país árabe.

Y para Afganistán, donde las bajas mortales de los yanquis ascienden a más de 390, propugna utilizar la misma solución, pero con la variante de solicitar a sus aliados de la Organización del Atlántico Norte (OTAN), que sean ellos los que contribuyan con esos efectivos. Cinco años después de la invasión norteamericana, el 7 de octubre del 2001, y por presiones de la Casa Blanca, la OTAN asumió el mando directo de 33 mil de los 41 mil soldados ocupantes del turbulento territorio suroeste de Afganistán, dominado por las reorganizadas fuerzas insurgentes talibanas.

Solo ocho mil efectivos norteamericanos quedaron fuera del control de la Alianza Atlántica y son los que participan en acciones aéreas y para supuestamente perseguir a la red de Al Qaeda.

Estados Unidos mantiene de la gigantesca base de Bagram, sus prisiones y centros de interrogatorios y la unidad de helicópteros artillados estacionados en Kandahar.

Pero hasta el momento todos los esfuerzos de la guerra contra la insurgencia Talibán han resultado vanos y los ataques y atentados suicidas contra los ocupantes y sus aliados nacionales se han hecho más efectivos y frecuentes, y están ocasionando cada vez un mayor número de bajas mortales y de heridos a las tropas invasoras.

Ese ha sido el tema principal de las conversaciones sostenidas por Bush en su millonario rancho Crawford, de Texas, con el secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Schefer, al analizar de conjunto la situación de Afganistán, donde la “lucha contra el terrorismo” ha provocado en el presente año más de mil 600 muertos.

“Afganistán —dijo Bush durante la conferencia de prensa conjunta— es una misión vital para la seguridad de Estados Unidos y para la de nuestros aliados de Europa y trabajaremos para convencerlos de que deben compartir una mayor parte de la carga y que todos deben de asumir el riesgo para alcanzar nuestro objetivo”.

Con la astucia del zorro, el mandatario estadounidense pretende pasar tan pesado fardo a sus socios europeos para que comprometan más tropas y equipos en la lucha contra la ofensiva de primavera que ha desatado el Talibán, la que mantiene en jaque a los ocupantes, incapaces de pacificar y reconstruir a la semidestruida y empobrecida nación centroasiática.

Mientras, los féretros de soldados estadounidenses que continúan arribando a su país en progresión geométrica no son precisamente el mejor argumento para que los aliados de la OTAN escuchen los ruegos del señor Bush.

(Trabajadores) 28-05-2007


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