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El genocidio que Israel comete impunemente contra la
población civil en la Franja de Gaza, confirma el tipo de
solución propugnada por el régimen sionista de Tel Aviv al
cruento conflicto israelo-palestino
Es
desesperada la situación humanitaria de un millón 500 mil
palestinos, hacinados en el empobrecido territorio a causa
de las operaciones militares de Israel y sus severas
restricciones a los suministros de energía eléctrica, agua,
alimentos, medicinas, a la entrada de ayuda exterior. A
estas deshumanizadas medidas se suma el bloqueo al acceso o
salida del territorio de sus habitantes.
Agotadas las reservas de medicamentos en los centros
hospitalarios, cientos de heridos por los bombardeos y de
enfermos tienen muy escasas probabilidades de subsistir, si
no reciben de inmediato suministros del exterior.
La falta de combustible para hacer funcionar los equipos que
generan electricidad obligan a los habitantes de Gaza,
sumidos en la oscuridad, a quemar madera para cocinar o
calentarse debido al intenso frío.
Ante la tragedia que alcanza ribetes de catástrofe, las
alegaciones pacifistas de Olmert durante las conversaciones
con la Autoridad Palestina, y la gira de Bush por el Oriente
Medio, fueron simples pantomimas, “júbilo hervido en trapo y
lentejuelas”.
Desde hace 60 años, la concepción del gobierno de Israel
para alcanzar la paz con los palestinos transita por el
exterminio de su población, el propósito de perpetuar sus
colonias en los territorios ocupados y el deseo de hacer
realidad sus objetivos expansionistas de crear un gran
Estado sionista desde el Nilo hasta el Éufrates.
Mientras en Tel Aviv y Jerusalén el premier israelí, Ehud
Olmert, ensayaba ante la prensa amplias sonrisas en efusivos
abrazos de complacencia con Bush, en la Franja de Gaza
tanques, aviones y helicópteros israelíes proseguían la
masacre de civiles y el asesinato selectivo de sus
dirigentes, que han cobrado ya la vida de más de 150
palestinos, entre ellos niños, mujeres y ancianos.
Enero ha vuelto a ser escenario de una nueva arremetida
sionista, iniciada apenas horas después de que los
representantes palestinos e israelíes concluyeran su primera
sesión negociadora, cuando fuerzas terrestres y tanques
israelíes irrumpieron en el barrio Al Zeitun, en la Franja
de Gaza, disparando a mansalva contra la población, con un
saldo de 16 miembros de la resistencia palestina y 3 civiles
asesinados, más de 50 heridos y decenas de detenidos.
Al mismo tiempo, como escarnio, y de acuerdo con las
advertencias hechas por Olmert, obreros y excavadoras
israelíes comenzaban la construcción de 60 viviendas en
Jerusalén Este, zona prevista como capital del futuro Estado
palestino.
La ofensiva israelí contra una inerme población, que se
realiza ante la pasividad del Consejo de Seguridad de
Naciones Unidas regido por el veto de Estados Unidos, no se
detuvo ni antes ni durante o después de la Cumbre de
Annapolis.
En su reporte mensual, la Institución de Solidaridad
Internacional para los Derechos Humanos señaló que las
fuerzas de ocupación israelí incrementaron, en el mes de
diciembre, su política de represión contra los ciudadanos
palestinos causando la muerte de 68 en Gaza y Cisjordania,
gran parte de ellos ultimados en operaciones militares de
asesinatos selectivos.
Durante el citado mes, los ocupantes sionistas
intensificaron sus salvajes campañas de arrestos, elevando a
450 la cifra de civiles encarcelados, de ellos numerosos
menores de edad y mujeres.
A pesar de la ola de condena internacional, tanto el premier
sionista, como su ministro de Defensa, Ehud Barak, han
afirmado que no suspenderán los castigos colectivos a la
Franja de Gaza hasta tanto no cese la resistencia de Hamas
ni el lanzamiento de cohetes contra Tel Aviv, lo cual
equivale a mantener su inhumano bloqueo.
En fin, la “paz” que Israel propone a los palestinos es la
misma que las que los verdugos les aseguran a sus víctimas:
la del sepulcro.
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