|
En la conjura imperial contra la
República Islámica de Irán no han faltado las
sanciones aplicadas por la Unión Europea, que sigue
a pie juntilla las establecidas por la Resolución
1737 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en
diciembre pasado, para obligar a Teherán a renunciar
a su programa nuclear.
Fiel a la voz de Washington, y
enrareciendo aun más el tenso clima de agresiones
creado alrededor de la nación del Golfo Pérsico, la
sacrosanta alianza acordó imponerle también una
serie de medidas punitivas, como preámbulo a otras
de mayor fuerza, si lo considerara necesario.
Estados Unidos y la Unión Europea,
como antes lo hicieron para tratar de justificar la
invasión a Iraq, acusan insistentemente a Teherán de
utilizar la energía nuclear para lograr la
fabricación del arma de destrucción masiva, pero sin
aportar pruebas.
Entre las acciones adoptadas por los
gobiernos de los 27 países de la UE, potencias
nucleares algunos de ellos, está la de impedir la
exportación a Irán de bienes nucleares o tecnología
de misiles que se encuentran en una lista con
productos prohibidos, confeccionada por sus
gobiernos.
También disponen la congelación de
los bienes de instituciones y personas en posiciones
clave del programa atómico iraní y se vetará que
viajen por el territorio de la Unión.
Lo mismo regirá para iraníes que
pretendan estudiar en universidades de las diversas
carreras relacionadas con “temas vinculados con la
proliferación”.
En su comunicado sobre esta
determinación, los ministros de Relaciones
Exteriores de la Unión anuncian que se actuará “sin
demora”, pero que las sanciones pueden ser revisadas
tras un informe del Organismo Internacional de la
Energía Atómica (OIEA).
Estas medidas, señalan, podrán ser
suspendidas “si y mientras tanto Irán cese sus
actividades de enriquecimiento y reprocesamiento de
uranio, incluyendo la investigación y el desarrollo
nuclear”.
Sin embargo, la “preocupada” Unión
no ha hecho el menor pronunciamiento sobre las
asombrosas declaraciones del primer ministro de
Israel, Ehud Olmert, de que su país es poseedor del
arma nuclear, y mucho menos ha exigido a la Agencia
Internacional de Energía Atómica (AIEA) que
inspeccione las instalaciones israelíes destinadas a
producirla.
Es sospechoso que esta escalada de
amenazas contra Teherán se incremente cuando el
gobierno de Washington se encuentra sometido a las
más acerbas críticas por el fracaso de la guerra que
libra contra Iraq, mientras el de Tel Aviv está al
borde del colapso por la crisis interna en la que se
encuentra sumido.
Pero como la terquedad y la torpeza
parecen presidir todas las acciones de George W.
Bush, este ha decidido, en medio de la compleja
situación interna e internacional por la que se ve
acosado, desplegar una fuerza naval en el Golfo
Pérsico constituida por el portaviones John C.
Steinis y otras unidades marítimas y aéreas, en una
evidente acción de amenaza contra Teherán.
En una primera respuesta a las
medidas decretadas por la Unión Europea, el gobierno
iraní determinó prohibir el acceso a sus centrales
nucleares a 38 inspectores de la AIEA, sin que ello
signifique disminuir su cooperación con esa entidad
de Naciones Unidas, o de un abandono inmediato del
Tratado de No Proliferación Nuclear.
A la vez, ha advertido que cualquier
ataque a sus instalaciones nucleares hallara una
enérgica respuesta y que los agresores no quedarán
impunes.
El abierto respaldo brindado por los
gobiernos europeos a los planes de Estados Unidos
contra la República Islámica de Irán, lejos de
contribuir a la distensión en una zona tan altamente
convulsionada, “echa más lecha al fuego” de una
posible confrontación, que agravaría mucho más el
conflicto y traería impredecibles consecuencias para
la seguridad y la paz mundial.
Y es que la hipocresía y la perfidia
se utilizan también como armas de guerra.
|