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Petróleo y mayor presencia militar en África, objetivos
imperiales
Aunque
la filantropía es totalmente contraria a su agresivo
carácter y retorcida personalidad, el presidente de Estados
Unidos, George W. Bush, trató de enmascarar su segunda gira
por países de África en una pretendida “ayuda humanitaria” a
programas de salud y desarrollo para los pueblos del
continente.
Pero el
gobernante que desató las devastadoras guerras contra
Afganistán e Iraq, y ha sido cómplice de los antros de
terror y torturas de Abu Ghraib y de la ilegal base naval de
Guantánamo, resultó el ente más incapacitado moralmente para
mostrar a los africanos una imagen compasiva de su
administración.
Los
verdaderos objetivos de su recorrido por Benin, Tanzania,
Ruanda, Ghana y Liberia fueron los de dar continuidad a los
ávidos intereses económicos y geopolíticos imperialistas en
la región, muy alejados de la mesiánica “preocupación” de la
Casa Blanca por resolver los problemas endémicos de su
desarrollo.
Este
periplo, su segundo por esa región geográfica en siete años
de gobierno, reafirmó los planes trazados por el Presidente
republicano desde su arribó al poder en enero el 2001, que
trasladaron al África un tema de importancia en la agenda
exterior de Estados Unidos a una prioridad de la Estrategia
para su Seguridad Nacional, dirigida a reforzar la economía
nacional y desarrollar su “guerra global contra el
terrorismo”.
La
búsqueda y control de nuevas fuentes de suministros de
petróleo y las presiones para eliminar las reticencias a la
instalación de un nuevo comando militar norteamericano en
África (Africom), ocuparon una buena parte de su agenda de
viaje.
Durante
su visita, según analistas, Bush trató también de
contrarrestar la creciente influencia de China en el
continente después de que el país asiático ha suscrito
contratos comerciales valorados en miles de millones de
dólares en condiciones muy ventajosas para las naciones
africanas, cuyas precarias economías son socavadas por la
aplicación hacia ellas de una injusta política económica
estadounidense.
No
obstante la suscripción de uno u otro reducido acuerdo
bilateral, el Presidente de Estados Unidos no dijo nada
acerca de la condonación de la abultada deuda externa
africana, ni de la concesión de un trato especial y
diferenciado al acceso a los mercados o de precios justos a
sus exportaciones. Y menos tomó en cuenta que a pesar de sus
grades recursos naturales África solo participa en la
actualidad del 2 % del comercio mundial.
La
“ayuda” prometida por Estados Unidos para el desarrollo
africano, no alcanza ni siquiera el compromiso que en 1974
asumieron los países ricos e industrializados de aportar el
0,7% de su producto interno bruto a ese fin.
La
nación más poderosa del mundo económicamente solo aporta
actualmente al África el 0, 03 % de su PIB, una de las más
reducidas contribuciones internacionales, por lo que se
cuidó de no hacer alusión al más del medio millón de
millones de dólares gastados por su gobierno en los dos
últimos años en presupuestos militares.
Sin
embargo, no perdió tiempo en tratar de convencer a los jefes
de los estados visitados de la conveniencia de reforzar el
contingente militar norteamericano en el continente y de
integrar a sus ejércitos en su frenética lucha internacional
contra el terrorismo.
En febrero del 2007 el Presidente norteamericano aprobó el
plan del Pentágono para crear un nuevo comando militar que
cubrirá gran parte de África, acorde, según el secretario de
Defensa, Robert Gates, “al nuevo mapa mundial surgido
después de la Guerra Fría” y que “ayudará los militares
estadounidenses a concentrarse en un continente tan esencial
ara nuestra seguridad nacional”, lo cual despierta los
recelos de un nuevo tipo de recolonización.
Su
dadivosa generosidad en alguno de los hospitales visitados
se limitó al compromiso de distribuir gratuitamente millones
de mosquiteros, condones y píldoras anticonceptivas para
prevenir el paludismo y el SIDA, terribles pandemias
africanas.
Su
mayor desfachatez e hipocresía fue la de decirse conmovido
por la matanza de cientos de miles de civiles durante los
conflictos étnicos en Ruanda y Darfour, sin mostrar
remordimiento por las muertes de más de un millón 500 mil
vidas de iraquíes y afganos causadas por las tropas
invasoras en esos dos países.
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