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 El último Safari de Bush

JUAN DUFFLAR AMEL

iternac@trabaja.cip.cu

Petróleo y mayor presencia militar en África, objetivos imperiales

Aunque la filantropía es totalmente contraria a su agresivo carácter  y retorcida personalidad, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, trató de enmascarar su segunda gira por países de África en una pretendida “ayuda humanitaria” a programas de salud y desarrollo para los  pueblos del continente.    

Pero el gobernante que desató las devastadoras guerras contra Afganistán e Iraq, y ha sido cómplice de los antros de terror y torturas de Abu Ghraib y de la ilegal base naval de Guantánamo, resultó el ente más incapacitado moralmente para mostrar a los africanos una imagen compasiva de su administración.

Los verdaderos objetivos de su recorrido por Benin, Tanzania, Ruanda, Ghana y Liberia fueron los de dar continuidad a los ávidos  intereses económicos y geopolíticos imperialistas en la región, muy alejados de la mesiánica “preocupación” de la Casa Blanca por resolver los problemas endémicos de su desarrollo.

Este periplo, su segundo por esa región geográfica en siete años de gobierno, reafirmó los planes trazados por el Presidente republicano desde su arribó al poder en enero el 2001, que trasladaron al África  un tema de importancia en la agenda exterior de Estados Unidos a una prioridad de la Estrategia para su Seguridad Nacional, dirigida a reforzar la economía nacional y desarrollar su “guerra global contra el terrorismo”.

La búsqueda y control de nuevas fuentes de suministros de petróleo y las presiones para eliminar las reticencias a la instalación de un nuevo comando militar norteamericano en África (Africom), ocuparon una buena parte de su agenda de viaje.

Durante su visita, según analistas, Bush trató también de contrarrestar la creciente influencia de China en el continente después de que el país asiático ha suscrito contratos comerciales valorados en miles de millones de dólares en condiciones muy ventajosas para las naciones africanas, cuyas precarias economías son socavadas por la aplicación hacia ellas de una injusta política económica estadounidense.

No obstante la suscripción de uno u otro reducido acuerdo bilateral, el Presidente de Estados Unidos no dijo nada acerca de la condonación de la abultada deuda externa africana, ni de la concesión de un trato especial y diferenciado al acceso a los mercados o de precios justos a sus exportaciones. Y menos tomó en cuenta que a pesar de sus grades recursos naturales África solo participa en la actualidad del 2 % del comercio mundial.

La “ayuda” prometida por Estados Unidos para el desarrollo africano, no alcanza ni siquiera el compromiso que en 1974 asumieron los países ricos e industrializados de aportar el 0,7% de su producto interno bruto a ese fin.

La nación más poderosa del mundo económicamente solo aporta actualmente al África el 0, 03 % de su PIB, una de las más reducidas contribuciones internacionales, por lo que se cuidó de no hacer alusión al más del medio millón de millones de dólares gastados por su gobierno en los dos últimos años en presupuestos militares.

Sin embargo, no perdió tiempo en tratar de convencer a los jefes de los estados visitados de la conveniencia de reforzar el contingente  militar norteamericano en el continente y de integrar a sus ejércitos en su frenética lucha internacional contra el terrorismo.
En febrero del 2007 el Presidente norteamericano aprobó el plan del Pentágono para crear un nuevo comando militar que cubrirá gran parte de África, acorde, según el secretario de Defensa, Robert Gates, “al nuevo mapa mundial surgido después de la Guerra Fría” y que “ayudará los militares estadounidenses a concentrarse en un continente tan esencial ara nuestra seguridad nacional”, lo cual despierta los recelos de un nuevo tipo de recolonización.

 Su dadivosa generosidad en alguno de los hospitales visitados se limitó al compromiso de distribuir gratuitamente millones de mosquiteros, condones y píldoras anticonceptivas para prevenir el paludismo y el SIDA, terribles pandemias africanas.

Su mayor desfachatez e hipocresía fue la de decirse conmovido por la matanza de cientos de miles de civiles durante los conflictos étnicos en Ruanda y Darfour, sin mostrar remordimiento por las muertes de más de un millón 500 mil vidas de iraquíes y afganos causadas por las tropas invasoras en esos dos países.      

(Trabajadores) 26-02-2008


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