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La permanente utilización de la
mentira, la falsedad y el fraude, por parte del
presidente norteamericano, George W. Bush, tiene,
como su proverbial torpeza, un origen patológico.
Su última “genial ocurrencia” sobre
las causas del fracaso de la guerra desatada en
marzo del 2003 por Estados Unidos contra Iraq, sin
ninguna justificación moral o política, puede
ocupar un lugar destacado en la larga y risible
relación de sus tan habituales desatinos.
En un sorprendente y descabellado
análisis de la razón del descalabro de su aventura
bélica, el mandatario yanqui pretende nada menos que
culpar al pueblo iraquí por haber frustrado los
esfuerzos de su gobierno e impedido “pacificar,
estabilizar, y democratizar al país”, por el
rechazo y la férrea resistencia mantenida durante
más de tres años y medio contra las tropas
invasoras, que en más de 150 mil efectivos ocupan a
Iraq.
Como esta imprevisible circunstancia
no ha hecho posible ni evidente la gran victoria
militar que desde los primeros días de la agresión
proclamó a bordo del portaviones “Abraham Lincoln”,
el inquilino de la Casa Blanca, ha concebido otra
“nueva opción” para cambiar el rumbo de la guerra:
la de enviar al país árabe otros 30 mil soldados
norteamericanos, como fuerza de tarea suplementaria
para aniquilar la insurgencia y garantizar
finalmente el triunfo marcial de Estados Unidos.
El aumento del número de los
soldados estadounidenses es quizás la única, de las
79 recomendaciones a la Casa Blanca, que Bush ha
tomado en cuenta del informe elaborado recientemente
por la comisión bipartidista del denominado Grupo
de Apoyo a Iraq presidida por el ex secretario de
Estado, James Baker, que reconoce que Estados Unidos
está perdiendo esa guerra y precisa de un cambio de
estrategia.
En una entrevista concedida al
diario The Washington Post, el presidente acaba de
justificar la decisión de aumentar los efectivos
“por la larga lucha contra los “extremistas y
radicales”, y aunque reconoció por primera vez que
Estados Unidos no está ganando esa contienda,
continuó insistiendo en su triunfalista discurso de
que “la victoria es alcanzable”.
Con vistas a tratar de salvar el
desastre de su aventurera política belicista , Bush
envió a Bagdad a su recién estrenado jefe del
Pentágono, el secretario de Defensa, Robert Gates,
para tantear con los jefes militares norteamericanos
en el terreno el aumento provisional del ejército
desplegado en el Oriente Medio, antes de decretar el
“ cambio de rumbo estratégico”.
Y aunque los estrategas del
Pentágono no han llegado a un acuerdo final sobre la
mejor táctica a seguir entre la de ampliar el numero
de efectivos o traspasar las operaciones
contrainsurgentes al inefectivo ejército
colaboracionista iraquí, el presidente parece haber
tomado ya la decisión, que no ha anunciado todavía,
de mandar más soldados a la guerra en Iraq.
Sordo a la demanda del retorno de
las tropas de la mayoría de la población
estadounidense, de sus adversarios demócratas y de
influyentes medios de prensa del país, y pese a su
creciente impopularidad, Bush persiste en continuar
una guerra, que ha cobrado cientos de miles de vidas
de ciudadanos iraquíes y la de cerca de tres mil
soldados norteamericanos.
Mientras, el gran embustero disfruta
de unas plácidas vacaciones navideñas en su
millonario rancho de Texas, las que les están
negadas a miles de enlutadas familias iraquíes y
norteamericanas en cuyos hogares el recuerdo de sus
seres queridos, victimas de una guerra injusta, hará
más doloroso y triste el advenimiento de un nuevo
año.
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