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Considerados como “daños civiles
colaterales” por las tropas anglo-norteamericanas
que invadieron y ocuparon Iraq, olvidados o
ignorados por la comunidad internacional, cuatro
millones de refugiados de este país constituyen otra
de las trágicas consecuencias de la guerra que
Estados Unidos libra desde hace cuatro años contra
la nación árabe.
Huyendo de la amenaza a sus vidas,
de la extrema violencia, del caos de inseguridad
ciudadana, de la anarquía, de la ingobernabilidad y
la enorme incertidumbre provocada por la ocupación
extranjera, una oleada de hombres, mujeres y niños
indefensos, hostigados constantemente por las
fuerzas invasoras, tuvieron que abandonar sus
hogares.
Desarraigados de sus lugares de
origen, carentes de medios fundamentales para la
subsistencia, sin más pertenencias personales que
sus vestimentas, cientos de miles de familias
iraquíes conforman hoy una diáspora obligada a
desplazarse dentro de su propio país, o hacia
naciones vecinas.
Cifras del Alto Comisionado de
Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) señalan
que de una población de 26 millones, el numeró de
desplazados internos supera los dos millones,
mientras que un millón y medio encontraron refugio
en la República Árabe de Siria, otros 800 mil en
Jordania, unos 100 mil en Egipto, más de 40 mil en
el Líbano, 54 mil en Irán, 200 mil en los Estados
del Golfo y 10 mil en Turquía.
“La comunidad internacional ignora
la crisis humanitaria creada por la invasión
norteamericana a Iraq”, asevera la ACNUR, al indicar
que hasta ahora en las noticias acerca del país
árabe únicamente se menciona la situación política o
militar, no el grave problema del desplazamiento
humano.
No obstante la solidaria acogida
brindada por diversos países y sus organizaciones
humanitarias a este enorme flujo de refugiados, ello
implica para sus gobiernos una pesada carga en
cuanto a su alimentación, viviendas, sanidad y otros
servicios sociales, agravada por los escasos
recursos que reciben de las agencias especializadas
de Naciones Unidas para brindarles ayuda.
La existencia de esta masa humana en
lugares ajenos a su medio de vida, cultura,
costumbres y tradiciones, se hace más precaria y
desesperada por tener que alojarse en campamentos en
condiciones de extrema pobreza, con insuficiencias
de alimentos, agua, electricidad y otros servicios
básicos, y sin muchas posibilidades de trabajo.
Obligados a abandonar sus hogares
con muy pocas o ningunas pertenencias y después de
horas o días de viaje tormentoso, se concentran en
tiendas de campañas o construyen humildes cobijas
con los materiales que encuentran a su alcance:
maderas, láminas de zinc, barro y piedras.
Las condiciones de hacinamiento e
insalubridad de muchos de esos campamentos de
refugiados favorecen la proliferación de
enfermedades como el cólera, la disentería, la
malaria o la hepatitis.
Los que cuentan con algunos recursos
sacados de sus países, que son los menos, logran
alquilar apartamentos en rústicas viviendas o
instalar pequeños comercios informales para la
subsistencia de sus familias.
La ACNUR ha hecho un llamado a la
comunidad internacional con el fin de que suministre
parte de la millonaria ayuda financiera para la
asistencia a los refugiados, ya que carece de los
fondos y el personal suficiente para hacerlo.
Es paradójico que mientras el pueblo
iraquí se ve expuesto a tan extremas condiciones de
vida, los procónsules norteamericanos y el gobierno
títere de Bagdad hayan malversado miles de millones
de dólares, destinados, según la Casa Blanca, a la
reconstrucción del devastado país.
Y reviste aún mayor cinismo que el
gobierno del presidente George W. Bush, máximo
causante de los sufrimientos del pueblo iraquí y de
la violación de sus derechos humanos, haya otorgado
hasta el presente 466 visas para ingresar a Estados
Unidos a personalidades muy escogidas y pudientes
del país árabe. Solo el verdugo de Iraq es capaz de
tamaña desfachatez.
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