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La noticia del descubrimiento de la
tumba de Herodes I, rey de Judea, por arqueólogos
israelíes al sur de Jerusalén, se expandió a la
velocidad de la luz por todos los medios de difusión
del planeta. La historia del tiránico monarca, que
según los textos bíblicos ordenó asesinar en Belén a
cientos de infantes menores de dos años para evitar
el ascenso al trono de un nuevo rey de los judíos,
volvió a resurgir con tenebrosos ribetes.
Sin embargo, el sacrificio y el
martirio de cientos de miles de niños a causa de la
guerra desatada por George W. Bush contra Iraq
permanecen en un limbo mediático.
Los bombardeos, los ataques y la
ocupación de las tropas norteamericanas y británicas
han dejado entre la población infantil miles de
muertos, heridos y desaparecidos, mientras
centenares de huérfanos deambulan por las calles
expuestos al hambre, la marginalidad y los peligros
de la degradación.
Desde los inicios de la invasión en
el 2003, estos menores son objeto de asesinatos,
maltratos, encarcelamientos, torturas y violaciones.
Según testigos, en la tenebrosa
prisión de Abu Ghraib, más de 100 niños han sufrido
encarcelamiento, golpizas, vejámenes y abusos
sexuales.
DROGAS POR ALIMENTOS
El deterioro de la situación
económica del país originó el incremento del número
de menores víctimas de la ocupación, la extrema
violencia, la inseguridad, la prostitución, las
drogas, la malnutrición y las enfermedades
infecto-contagiosas.
Carentes de todo amparo filial, los
menores son fácil presa de bandas criminales y gente
inescrupulosas que les suministran comidas y drogas
para utilizarlos en sus acciones delictivas, obtener
favores sexuales o prostituirlos. La mayoría de los
extraviados o abandonados son niñas entre 12 y 15
años de edad que han sido secuestradas o violadas.
Miles de huérfanos y sin hogar
sobreviven en Iraq mendigando, robando o escarbando
en los basurales para conseguir alimentos o
materiales de desecho para venderlos por unas pocas
monedas.
A los daños físicos y morales se
unen los severos trastornos psíquicos a causa de los
bombardeos y constantes ataques de las fuerzas
invasoras.
El insomnio, las pesadillas, el
miedo, entre otros, son algunos de los síntomas que
presentan la mayoría de los pequeños, carentes,
además, de escuelas y juegos infantiles.
EL CINISMO DE LOS DAÑOS COLATERALES
Los que Bush, Rumsfeld, Cheney y
Condoleezza Rice, suelen llamar “daños colaterales”,
no son más que parte integral de la cruel política
de exterminio llevada a cabo contra la población
civil iraquí.
En un informe del Fondo para la
Infancia de Naciones Unidas (UNICEF), publicado en
los primeros días de mayo, se da a conocer que unos
4 millones 500 mil niños iraquíes padecen de
desnutrición y que uno de cada diez menores de cinco
años tiene menos peso que el que corresponde a su
edad.
En lo que la agencia especializada
de la ONU llama en su estudio “el hambre oculta” se
enumera la carencia de vitaminas y minerales
esenciales para su desarrollo físico e intelectual
de una población en la que el 25% de los niños entre
seis y cinco años de edad sufren desnutrición
crónica o aguda.
El derrumbe sanitario del país por
la destrucción y el cierre de centros hospitalarios,
clínicas y puestos de atención pública, junto con la
carencia de agua potable, originan la muerte diaria
de cientos de pequeños, diezmados por el cólera, las
diarreas crónicas y la malnutrición.
Más de 400 mil padecen enfermedades
consuntivas, situación a la que se llega tras largos
períodos de diarreas crónicas y peligrosas
deficiencias proteínicas.
El índice de mortalidad infantil,
uno de los más elevados del mundo, se ha
incrementado desde 1990 en 150 por ciento.
PETRÓLEO POR HAMBRE
La grave situación socioeconómica y
las penurias originadas por la guerra del Golfo en
1991, y las sanciones impuestas a Iraq por el
Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, fueron
tratadas de paliar por la ONU mediante el denominado
programa Petróleo por Alimentos, un plan de 60 mil
millones de dólares que supuestamente le permitía a
Bagdad vender parte de su producción de
hidrocarburos a cambio de alimentos, medicinas y
productos de primera necesidad, siempre bajo el
control de esa organización internacional.
Pero los resultados fueron
contradictorios.
El programa apenas proporcionó los
alimentos urgentemente procisados por Iraq para
satisfacer las necesidades de la población, y no
satisfizo los requerimientos de medicinas, equipos
médicos y piezas de repuesto para sus industrias en
ruinas.
El gobierno iraquí recibió en
productos humanitarios una cantidad inferior a los
miles de millones de dólares que se vio obligado a
pagar por concepto de indemnizaciones y gastos
originados por los servicios del personal de
Naciones Unidas para la supervisión del programa,
que terminó en el 2003 con la invasión
norteamericana.
Fue solo a principios del 2004 que
saltó a la luz pública el escandaloso negocio en que
se había convertido el plan de Petróleo por
Alimentos, con el cual más de 270 personas,
incluyendo funcionarios de la ONU, políticos y
ejecutivos de empresas, se enriquecieron con la
venta ilícita del crudo iraquí, mediante la
corrupción, los sobornos y la sobrefacturación de
productos y servicios por parte de compañías
contratadas.
El fabuloso fraude del programa, al
que se unió posteriormente la malversación de miles
de millones de dólares destinados a la
“reconstrucción de Iraq”, esquilmados por el primer
procónsul yanqui en Bagdad tras la ocupación, Paul
Bremer, y su equipo de asesores, contribuyeron en
gran medida a la trágica situación de desamparo,
miseria y enfermedades en la que se ven sumidos los
niños.
Bush, como pretendió Herodes I en su
tiempo, ha tratado de asesinar el futuro de un
pueblo, aunque este genocida diga cínicamente
“sentirse orgulloso de haber dirigido el avance de
la libertad en Iraq”.
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