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25 años del genocidio perpetrados por las hordas
sionistas
El genocidio perpetrado del 16 al 18 de septiembre
de 1982 por las hordas sionistas de Ariel Sharon y
las milicias falangistas libanesas contra miles de
civiles palestinos en los campamentos de Sabra y
Chatila, en el Líbano, pervivirá en la conciencia
universal como un horrendo crimen de lesa humanidad.
Aquella masacre, abominable e injustificable como
todo acto terrorista, marcó a sus autores, símbolos
del odio racial, la violencia y la intolerancia, con
el signo de las bestias, y los situó en la lista de
criminales de guerra que debieron ser juzgados, pero
no lo han sido.
Lo acontecido en Sabra y Chatila constituye uno de
los crueles y sangrientos episodios de la Operación
Paz para Galilea, mediante la cual, el 6 de junio
de 1982, 120 mil soldados del ejército de Israel,
pertrechados con el más moderno armamento
norteamericano, iniciaron por mar, aire y tierra la
invasión del País de los Cedros, preludiada por
intensos bombardeos.
Sus principales objetivos, previstos en los planes
Washington-Tel Aviv para la región, eran los de
liquidar a la resistencia palestina y al movimiento
de liberación nacional árabe, la instauración de un
gobierno fascista en el Líbano, la anexión del sur
libanés a
Israel y la retirada definitiva de Siria del Líbano.
La Paz para Galilea destruyó 18 campamentos de
refugiados palestinos, devastó cuatro principales
ciudades del Líbano, entre ellas Beirut, su capital,
y arrasó por completo con 45 poblados, causó la
muerte demás de 30 mil ciudadanos, mientras 10 mil
resultaron desaparecidos, 40mil heridos, 20 mil
detenidos, 800 mil quedaron sin hogar y más de un
millón se convirtieron en refugiados.
En medio de esta orgía de muerte y desolación se
produjeron los trágicos sucesos que dejaron un
número de víctimas superior a las 3 mil causadas por
los atentados terroristas del 11 de septiembre en
Nueva York, y que le ganaron al entonces ministro de
Defensa de Israel, Ariel Sharon, el calificativo de
“el carnicero de Sabra y Chatila”.
El asesinato en Beirut el 14 de septiembre del líder
maronita y presidente libanés, Bashir Gemayel, jefe
de las Fuerzas Libanesas, una milicia cristiano-
falangista aliada de Israel, fue el pretexto
esgrimido por los ocupantes para desatar la ola de
terror.
En la noche del día 16, instigados y protegidos por
Sharon, las milicias falangistas comandadas por Elie
Hobeika, sucesor de Gemayel, y soldados israelíes
asaltaron los campamentos de Sabra y Chatila y
masacraron a sus indefensos habitantes, mientras los
carros de combate israelíes cerraron todas las
salidas para impedir su fuga.
Los aterrados sobrevivientes narraron escenas
dantescas de aquella carnicería humana, que se
extendió por 30 horas y durante la cual fueron
asesinados niños recién nacidos, mujeres y ancianos,
muchos de ellos degollados.
Miles de cadáveres permanecieron insepultos por
varios días en las calles, sin que se permitiera el
acceso de médicos, equipos y personal sanitario.
Aquel baño de sangre, que conmocionó a la comunidad
internacional, ha quedado impune a pesar del
edulcorado Informe, de la Comisión Kahan, presentado
en su tiempo por el presidente del Tribunal Supremo
de Israel, Yitzah Kahan, que tuvo a su cargo la
investigación de los terribles sucesos y que señaló
como responsables de los horrendos hechos a Sharon y
a las milicias falangistas.
Veinticinco años después de aquella matanza, Estados
Unidos, en nombre de la fementida lucha contra el
terrorismo, mantiene ocupado militarmente Afganistán
e Iraq, y ha reeditado en mucho mayor escala los
crímenes cometidos por Israel en el Líbano, mientras
este se dedica al exterminio de la población civil
palestina en los territorios de Gaza y Cisjordania,
lanza agresiones contra el País de los Cedros y
furtivos ataques a Siria.
Al recordar con dolor y estupor los cientos de miles
de víctimas de las guerras en Afganistán, Iraq y el
Líbano, las del exterminio de la población civil
palestina por Israel, o las causadas por los
atentados a las Torres Gemelas, la humanidad no
podrá olvidar tampoco a las de Sabra y Chatila, que
perecieron por la vesania del terrorismo
neofascista.
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