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Es evidente que la guerra en Afganistán, como la de
Iraq, está perdida, aunque el gobierno de Estados
Unidos, su presidente, el Pentágono y la OTAN se
empeñen en ocultarlo.
Casi seis años después de que—tras los atentados del
11 de septiembre— Bush desató la primera contienda
bélica del tercer milenio para ocupar la pequeña
nación centroasiática, esta se encuentra sumida en
un caos de extrema violencia, terror, inestabilidad
política, pobreza, corrupción y narcotráfico.
La Operación Libertad Verdadera, que dio nombre a la
devastadora invasión militar norteamericana del 7 de
octubre del 2001, resultó la gran estafa. Derrocado
el régimen Taliban, la prometida pacificación,
democratización y progreso afgano continúa siendo
una farsa.
Afganistán permanece ocupado por 35 mil 500 soldados
de 37 países comandados por la OTAN, que operan
encubiertos bajo la bandera de la Fuerza
Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF),
la cual no ha sido capaz de liquidar la creciente
insurgencia ni de poner fin a la anarquía imperante.
Los bombardeos de la aviación estadounidense, los
sangrientos combates entre las tropas invasoras y la
resistencia se suceden a diario con un elevado
número de muertes civiles, consignadas por el
Pentágono como “daños colaterales”.
Y aunque fuentes del ejército de ocupación
“reportan” a diario las bajas de sus efectivos y las
desproporcionadas de los supuestos combatientes
talibanes, se abstienen de informar las de la
población, estimadas por la prensa alternativa en
más de 3 mil en lo que va de año.
Esas mismas fuentes afirman que hasta el presente el
total de muertos estadounidenses ascienden a
417,mientras que los de la coalición suman
aproximadamente 215.
En realidad no existen datos que den a conocer el
número real de la pérdida de vidas afganas desde el
inicio de la guerra, calculadas en varios miles de
personas, mientras que los refugiados superan los 90
mil.
Los mayores enemigos que enfrentan las fuerzas de la
coalición son la secular tradición de lucha
guerrillera del pueblo afgano contra sus invasores y
la abrupta topografía del escarpado terreno, que lo
convierte prácticamente en una fortaleza natural e
inexpugnable.
Paralelamente, un vacío de poder se extiende por
casi toda la geografía de Afganistán. El “gobierno”
del presidente Hamid Karsai, impuesto por
Washington, apenas rebasa los límites de Kabul, la
capital, mientras que en el resto del país rigen los
señores de la guerra, cuyos dominios se extienden
por las provincias, donde controlan la
multimillonaria producción del opio y el
narcotráfico.
El cultivo de la amapola y la fabricación de
heroína, prohibidos durante el gobierno taliban, se
han disparado en una espiral vertiginosa. Las
estadísticas de la Oficina de las Naciones Unidas
contra el Crimen y las Drogas (UNODC) indican que,
el 92% de la producción mundial de opio y el 65% de
su cultivo se ubican en Afganistán.
Se calcula que el 52% del producto interno bruto
(PIB) del país, unos 27mil millones de dólares,
procede del cultivo ilegal de amapolas.
Estimados de la UNODC indican que la fabricación de
opio superará en el 2007 la del año anterior, que
llegó a las 6 mil 100 toneladas.
Detrás del fabuloso e inescrupuloso negocio del
narcotráfico se encuentran los señores de la guerra,
los jefes tribales y grandes traficantes
norteamericanos, que han invadido la provincia de
Helmand, poseedora de 69 mil hectáreas de las 165
mil que producen opio bajo la mirada displicente de
la OTAN.
Este desolador panorama, no exento de asesinatos,
saqueos y violaciones, toma espacio en una nación
donde la infraestructura económica e industrial ha
sido destruida, y en la que imperan la miseria, el
desempleo, la desnutrición, y la mortalidad
infantil, mientras el analfabetismo flagela al 80%
de la población femenina y al 60% de la masculina.
Es esta la “Justicia Divina” que, en su desaforada
“lucha contra el terrorismo internacional”, Bush le
prometió a Afganistán, donde hoy la única victoria
verdadera es la obtenida por los traficantes de
opio.
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