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Más devastadores que los estragos
causados por la epidemia del VIH SIDA en África,
será para los pueblos del continente la creación del
nuevo comando militar norteamericano para
operaciones en la región, aprobado por el presidente
George W. Bush con el aparente objetivo de
“coordinar acciones y combatir amenazas potenciales
del continente”, características del síndrome del
terrorismo que padece el inquilino de la Casa
Blanca.
En el diseño de este plan del
Pentágono, subyacen los intereses geoestratégicos de
Estados Unidos para controlar los recursos
energéticos africanos como alternativa del fracaso
de su aventura militar en Iraq, lanzada con fines de
apoderarse de las ricas fuentes de petróleo del
Oriente Medio.
Este proyecto de recolonización del
África conjuga la avidez expoliadora de las grandes
compañías petroleras norteamericanas como Exxon-
Mobil y Chevron-Texaco, entre otras; el lograr mayor
influencia en los estados y organismos regionales
africanos y reforzar la presencia militar en el
área, convulsionada por graves conflictos, como el
de Somalia, en el que el ejército norteamericano se
ha involucrado directamente.
Remozando los planes y proyectos
geopolíticos de Washington hacia el África
Subsahariana iniciados por el gobierno de Bill
Clinton, denominados Operaciones de Contingencia
para el Entrenamiento y la Asistencia (OCEA), y el
Acta de Crecimiento y Oportunidad para África (AGOA
II), la Administración Bush convirtió este tema de
su agenda exterior en una prioridad para su
seguridad nacional, léase seguridad energética.
La renovada apetencia norteamericana
en los hidrocarburos de África tiene puestas sus
miras en Nigeria, la primera potencia petrolera del
continente, Ghana, Sudán y el Golfo de Adén, en el
Cuerno Africano, uno de los principales tránsitos
para el petróleo proveniente del Golfo Pérsico y
donde está ubicada la base militar estadounidense de
Djibuti, con un contingente de dos mil soldados
listos para intervenciones rápidas.
También el noroeste de África y el
Golfo de Guinea son de especial interés estratégico
para el imperio. Según fuentes del comercio
internacional el Golfo de Guinea proporciona el 10 %
del petróleo que importa Estados Unidos, y
economistas señalan que los nuevos yacimientos
descubiertos y la cercanía de las costas
norteamericanas permiten considerar que esa cifra
podrá ascender al 25 % en los próximos años.
En el orden de la “cooperación y
asistencia militar” a países del continente, el
gobierno de Bush superó el programa creado por
Clinton, con el rimbombante nombre de Iniciativa
Estadounidense de Respuesta a las Crisis Africanas
(IERCA), para la formación de unos 10 mil ó 12 mil
soldados y oficiales africanos, al duplicar su
presupuesto e incrementar la cifra a 40 mil
militares.
El nuevo plan del Pentágono para
África con el mismo argumento de “combatir el
terrorismo el terrorismo en Afganistán e Iraq o en
cualquier otro rincón oscuro del mundo”, rezuma
petróleo y gas por todos sus poros.
En la consecución de esos objetivos,
la Casa Blanca se ha pronunciado por conducir una
política diferenciada hacia Somalia, Etiopía, Kenya,
Nigería, y Sudáfrica, independientemente de la
mantenida en países como Angola, Bostwana, Camerún,
Chad, Ghana, República del Congo, Senegal y Uganda.
El nuevo comando militar unificado
permitirá al Pentágono mantener un mayor y más
efectivo control regional que el anterior, cuya
responsabilidad estará ahora distribuida en el
Comando Europeo (EUCOM), que cubre toda Rusia, el
Cáucaso y Turquía, e incluye el norte de África, el
occidente de Egipto, Sudán y el Cuerno Áfricano, el
Comando Central (CENTOCOM), que abarca Asia central
y Medio Oriente, parte de Egipto, Sudán y el Cuerno
de África, y el Comando del Pacífico (PACOM))
destinado para las islas africanas en el Océano
Índico, incluyendo Madagascar, así como toda Asia y
el Pacífico.
Expoliación económica y control
militar, son las “generosas “ventajas” que
Washington le ofrece al África Subsahariana, donde
se ubican 33 de las 55 naciones más pobres del
mundo, agobiadas por múltiples problemas
socioeconómicos y una onerosa deuda externa que las
naciones ricas y antiguas metrópolis coloniales, sus
eternas deudores, no han sido capaces de condonar, a
pesar de sus falsas promesas de contribuir con el
0,7 % de su producto interno bruto (PBI) a su
desarrollo.
Pero es aún más paradójico que la
contribución de Estados Unidos al África sea el
0,16 % de su PIB, una de las más reducidas
internacionalmente, a pesar de ser la mayor potencia
militar y económica que haya existido jamás.
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